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Perfil

Carl Panzram, que sin embargo era humano

Hay hombres cuyo talento para la destrucción y la violencia no puede ser contenido por los muros de ninguna prisión. Esta es la historia de un perverso criminal gringo de principios del siglo xx, que ambicionó, y casi logra, ser más malo que el diablo.

©Ilustración de Silvia Pietrov

La maldad no necesita razones, le basta con un pretexto.

Goethe

Esta es la atroz historia del nefando Carl Panzram, el asesino de niños, el sodomita, el incendiario de iglesias, el ladrón y el pirata, que la noche antes de morir colgado en la prisión de Leavenworth, en Kansas, el 5 de septiembre de 1930, cantó una canción procaz y escupió al verdugo manifestando la tenuidad de su arrepentimiento. Carl Panzram sofocó la voracidad de los cocodrilos de Angola alimentándolos con los cuerpos de seis negros a los que mató a tiros; le robó al ex presidente de los Estados Unidos William Howard Taft un revólver de calibre cuarenta y cinco; le lisiaron un huevo en la enfermería del penal de Dannemora, en Nueva York, mientras lo operaban para arreglarle las dos piernas rotas, y cuando fue capaz de volver a caminar lo celebró rompiéndole el culo a otro preso. Tuvo en común con el diablo las marcas y los planes desmesurados. Las marcas fueron: un ancla en el antebrazo izquierdo, la cabeza de un chino en el antebrazo derecho y dos águilas en el pecho. Los planes desmesurados fueron: envenenar con arsénico un río, volar una estación de metro y hundir un barco inglés anclado en el puerto de Nueva York para provocar una guerra entre su país y Gran Bretaña. Como el diablo, usó otros nombres en la consecución de sus iniquidades: Carl Baldwin, Jefferson Rhodes, John King, Copper John y el capitán O’Leary. Como el diablo, no tuvo interés en perpetuar su faz y las únicas fotografías que de él se conservan se las hicieron en los penales. Además era impuntual, pronunciaba el nombre de Dios en vano y no observó regularidad en su aseo personal. Sin embargo, evitó las distinciones y dijo: “Odio a la raza humana entera, incluyéndome a mí”.

Carl Panzram nació en el condado de Polk, en East Grand Forks, Minnesota, el 28 de junio de 1891, en una familia de granjeros austrohúngaros que apenas le robaban a la tierra un manojo de nabos para quitarse el hambre. Su padre se llamaba Johann y era un hombre sin voluntad que, una vez la juntó toda, se largó de casa dejando a su mujer que se las viese para sacar adelante a siete mocosos. A Carl le arrestaron por primera vez a los ocho años por embriaguez y a los doce le mandaron al reformatorio del estado por robar en la casa de unos vecinos. Allí lo mataron a palos y un celador le metió un dedo en el culo y le enseñó el rudimento de la maniobra de masturbarse. En el reformatorio estatal de Minnesota, además de promover la gimnasia, enseñaban la Biblia a correazos y a uno de sus barracones le decían la Casa de la Pintura, porque los chavales entraban allí con la piel en blanco y la sacaban pintada de cardenales a punta de golpes. Panzram quemó la Casa de la Pintura pero no le descubrieron y salió de allí dos años más tarde, aprendido y villano. Frecuentó brevemente la escuela hasta que le echaron por intentar asesinar a un maestro y con catorce años se escapó de casa para ver mundo colándose en los trenes en marcha. En uno de ellos conoció a una banda de vagabundos que le prometieron ropa limpia y un café y le violaron tumultuosamente y en cuadrilla. Durante dos años robó al descuido y mendigó en la calle hasta que le volvieron a encarcelar en Montana y en el presidio le abrió la cabeza a un guardia con un tablón. Se fugó al año siguiente y se dedicó a quemar iglesias hasta que se alistó en el ejército mintiendo sobre su edad. Prestó el servicio militar borracho y le condenaron a tres años de trabajos forzados por robar intendencia y contrabandearla. Los cumplió en un secarral de Missouri picando pedruscos durante diez horas al día y soportando una bola de veinticinco kilos mordiéndole el tobillo. Potenció sus músculos, talló casi dos metros, se dejó un bigote negro e hizo retroceder su piedad. Se convirtió en un hombre malo, grande y duro.

El animal

durante los años siguientes vagó por kansas y Texas y espantó manadas, quemó cosechas y robó y violó a cualquier hombre con el que se cruzó. Sodomizó a un vigilante ferroviario en un tren que iba a Oregon y luego le tiró en marcha; se hizo el duro de la cárcel en Deer Lodge, donde agrupó a una corte de queridos que se sometían por el puro terror que inspiraba su ferocidad. Panzram no era necesariamente homosexual, usaba su miembro como un ariete de punición y es probable que nunca disfrutase de una mujer. Sus acometidas llevaban más resentimiento que lujuria. En 1920 entró en la casa del ex presidente William Howard Taft en New Haven, Connecticut, y le robó tres mil dólares y su revólver. Con el botín se compró un yate y practicó la piratería sin consolidar tripulación. En los puertos reclutaba marineros y a bordo les rompía la cabeza y les tiraba al mar con una piedra atada al cuello. En 1921 se embarcó en un mercante con rumbo a Angola, en donde trabajó brevemente en una compañía petrolera, pero no se hizo al horario y reclutó a seis negros para una expedición de caza y en la selva los mató a tiros y los dio de merienda a los cocodrilos. En Lobito Bay violó a un niño de once años y le aplastó la cabeza con una piedra. Volvió a América e intentó iniciar carrera de asesino a sueldo, mató y violó a otro chaval de doce años en Salem, Massachusetts, y a otro más en New Haven; le sacó un rendimiento a su violencia empleándose como rompehuelgas, robó un barco, se hizo llamar el capitán O’Leary, se mancilló la piel con tatuajes de anclas marinas y se enroló en un barco con rumbo a China pero no llegó a embarcar porque la noche anterior se mezcló en una pelea. Conoció prisiones y le metieron palizas de muerte y planeó envenenar un río y volar una estación de metro para vengarse de la humanidad. En la cárcel de Dannemora intentó fugarse escalando un muro de diez metros y se rompió las dos piernas, los dos tobillos y se hizo puré la espina dorsal. Le devolvieron a su celda roto y sin aspirinas y nadie se preocupó por curar sus fracturas hasta que fue inevitable operarle catorce meses después y perdió un testículo. Quedó medio capón. Se recuperó, no obstante, y violó a otro preso. Le trasladaron al penal de Leavenworth. Les dijo a los guardias que no le tocasen el cojón. El oficial Robert Warnkle se lo tocó. Panzram le sorprendió en la lavandería y le mató a golpes con una barra metálica. Le condenaron a morir en la horca y Panzram recién escuchó la sentencia se rio como un orate. Nunca le dieron nada y devolvió el doble.

La noche anterior a su ejecución se la pasó cantando una canción obscena que él mismo había compuesto y maldijo a su propia madre. Rompiendo las seis de la mañana del 5 de septiembre de 1930 le sacaron de la celda y le condujeron al patíbulo. Se estaba quedando calvo, vestía la sarga del presidiario y ostentaba el número 31614. Era un medio cojo de treinta y nueve años y ni una semana de honradez. Subió los trece escalones del cadalso y escupió al verdugo que quiso cubrirle la cara con un trapo negro. El verdugo le acomodó el nudo cuidadosamente y Panzram le metió prisa y le insultó. La trampilla se abrió pasando tres minutos de las seis y Panzram se precipitó en una caída de un metro sesenta centímetros y se rompió el cuello. Había confesado haber matado a veinte hombres. Había dicho que su madre no le enseñó nada que mereciese la pena. Dijo haber asesinado a cuatro marineros con el revólver del presidente Taft. Dejó ese imponderable para la gloria de la nación. A las seis y trece un médico certificó su muerte. Se fue al infierno a dar por el culo al diablo, resentidamente. A las seis y catorce, un periodista pidió pincharle los pies con una aguja para comprobar que era cierto.

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