Google+ El Malpensante

Ficción

La Noria

Traducción del alemán de Andrea Garcés

© Ilustraciones de Marcianita Barona 

Monika se mudó a la noria en el verano de 2003 tras interrumpir definitivamente sus estudios de derecho. Sus padres, empresarios adinerados, ya habían manifestado su intención de seguir apoyándola financieramente y ni siquiera se sorprendieron por el precio descomunal del alquiler en el vagón 21 de la enorme construcción de acero ubicada en la periferia de la ciudad.

La rueda azul construida en medio de cierto bombo publicitario a finales de los años noventa por el arquitecto estrella de origen austríaco Albert Zmal, y cuyos radios resplandecían entre la niebla esa mañana de septiembre, se había convertido paulatinamente en el nuevo emblema de la ciudad. Sin embargo, al mismo tiempo la demanda de los apartamentos había disminuido de manera drástica, probablemente debido a que era necesario acostumbrarse al particular modo de salir de la vivienda. Era necesario esperar hasta cuarenta minutos a que el vagón alcanzara el suelo, o bien oprimir el botón que hacía detener la rueda para tomar uno de los ascensores de alta velocidad que se desplazaban por los radios hasta la torre central, donde se podía encontrar una escalera para acceder al exterior.

En ese momento, el apartamento de Monika estaba a varios cientos de metros sobre la tierra, en el punto más alto de la noria. Monika estaba sentada en la mesa de la cocina y se calentaba, con una humeante tasa de té, la mano que padecía de mala irrigación. “Darjeeling”, leyó por tercera vez la inscripción de la bolsita de té: una palabra amigable, casi cariñosa; como “darling”, pero ensanchada con una sílaba insólita.

Empezó el día con algo de pesadumbre. Al principio intentó airear las habitaciones, pero se dio cuenta de que alguien había pulsado el botón para detener la rueda, quizá incluso la retenía inmóvil –eso pasaba siempre que había mudanzas–, y aún flotaba muy cerca del ruido y la mugre de la calle principal. Entonces optó por tomar un baño y pintarse las uñas de los pies, sin que esto influyera positivamente en su estado de ánimo.

Miró por la ventana. Al otro lado del parque municipal se podía ver con claridad el exoesqueleto gris de una fábrica abandonada y, a su lado, un feísimo campanario blanco. Todo lo demás permanecía más o menos oculto detrás de la niebla.

El mejor momento del día que tenía por delante sería la visita de un técnico. Lo esperaba a las diez de la mañana. Ayer, al oprimir el botón de parada, la noria se detuvo solo cinco minutos y después se puso automáticamente en marcha, haciendo que el ascensor se inclinara ligeramente hacia un lado y ella se cayera. Qué peligro, esas cosas no deberían ocurrir. Llamó de inmediato al portero en la torre principal y le explicó todo. El portero se disculpó muchas veces y prometió mandarle a alguien al día siguiente.

Monika miró el reloj. Apenas eran las siete. Dios mío, pensó, qué se supone que voy a hacer durante tres horas. Salir a caminar no era una opción, no sabía cuánto tiempo desperdiciaría en ello. Claro, también estaba la cafetería de la torre principal, pero seguro se encontraría a la vieja señora Schuster del vagón 7, quien solía estar allá temprano en la mañana, y Monika no tenía ganas de una conversación sobre plantas para interiores, recetas de cocina y el éxito de sus nietos escritores. No, mejor permanecer en el apartamento y matar el tiempo. Tomó otro sorbo de té. Todavía estaba hirviendo. Fue al lavamanos de mal humor y dejó caer un poco de agua helada en la taza; luego revolvió el té con la pequeña cuchara plateada y tomó un poco. Ningún cambio. Volvió a poner la taza en la mesa y salió al balcón. La saludó el aire fresco, aire de ciudad, nebuloso, pobre en oxígeno. Cruzó los brazos sobre la cabeza e intentó respirar profundamente, pero enseguida le pareció que era un gesto demasiado tonto y regresó al apartamento. Se sentó junto al radiador de la calefacción sobre un pequeño cojín rojo para hacer yoga y prendió el televisor. Pasó las páginas de la guía digital con el control remoto hasta que encontró un curso de automasajes en el canal Bayern Alpha. Empezaba en siete minutos. Justo lo que necesito, pensó Monika. Cambió a un programa de cocina en el que todo transcurría muy rápidamente, luego a MTV. Una banda de adolescentes saltaba en el escenario. Uno de los jóvenes cantantes se arrancó la camisa del torso musculoso. Monika sacudió la cabeza. Volvió a sintonizar Bayern Alpha y esperó. Todavía faltaban tres minutos para que empezara el programa. Vio el final de un documental sobre la vida de los insectos que mostraba el ojo fragmentado de una mosca donde la Tierra se reflejaba cientos de veces.

El programa sobre automasajes era presentado por una mujer no mayor de veinte años que llevaba un traje de gimnasia ceñido al cuerpo. Tetas grandes, pensó Monika, llevándose la mano a la boca mientras dejaba salir una risita. El primer ejercicio consistía en masajear suavemente la musculatura de la nuca con una pelota de mano.

–Este ejercicio es ideal para personas que permanecen mucho tiempo sentadas y al hacerlo fatigan su cuello –dijo la joven en la pantalla.

Monika intentó hacer el ejercicio tal como se lo mostraban. El resultado fue un mareo leve.

–Asegúrense de no presionar muy fuerte –dijo la masajista como si hubiera adivinado el problema de Monika.

Disminuyó la presión pero la situación no mejoró, el esfuerzo parecía empeorar la tensión. Desistió y esperó el siguiente ejercicio. Pronto perdió la paciencia y sintonizó de nuevo el canal de música. Pasaban una entrevista. Sobre un sofá negro, dos hombres sonrientes sostenían sus micrófonos con tanto desenfado que parecía que tuvieran en las manos latas de cerveza con las que quisieran rociarse mutuamente. Al principio le costó reconocer quién era la estrella y quién el entrevistador, pero después de escuchar un rato pudo descifrarlo. Se aburrió y volvió a los automasajes.

Cuando se acabó el programa apagó el televisor y se dirigió a la repisa donde guardaba sus discos compactos. Por un buen rato recorrió con el índice los nombres de las bandas, solo para decidirse por el cd que había tenido en mente desde el principio: Suzanne Vega, por mucho su cantante favorita. Hace años la había visto en vivo y hasta el día de hoy se acordaba de la ropa que tenía puesta ese día. Le gustaba especialmente la versión a capela de “Tom’s Diner”. Para Monika, esta canción podía llenar de luz cualquier mañana, incluso una así de oscura. Por otra parte, no estaba de más tener desde ya una canción pegada en la cabeza, una reserva; uno nunca sabe qué canciones tontas y tortuosas se le van a enredar en el cerebro a lo largo del día.

La melodía, breve y sencilla, era tan elegante, tan amena, que casi inducía a componer versos. Sí, cada vez que la escuchaba, le daban ganas de cantar –o al menos pensar– todas las expresiones lingüísticas del día con esa melodía. Y el texto era probablemente el poema más hermoso que conocía acerca de la vida en la ciudad:

I am sitting in the morning

at the diner on the corner

I am waiting at the counter

for the man to pour the coffee...

Esa triple descripción del principio, temporal y espacial. In, at, on. Era una imagen simplísima, un zoom desde arriba a una sola persona sentada en un café. Eso sí era verdadera poesía, no el sinsentido críptico que te muestran en todas partes. Siguió cantando en voz baja hasta que se acabó la canción:

I am thinking of your voice

and of the midnight picnic

once upon a time before the rain began

and I finish up my coffee

and it’s time to catch the train...

Monika escuchó la canción otras cinco veces, pero no volvió a cantar (el sonido de su propia voz le producía siempre una sensación de desamparo), se limitó a seguir la letra de la canción con los labios, en silencio. Después escuchó el álbum completo. Mientras lo hacía miraba por la ventana. Pensaba en lo lindo que sería si la ventana obedeciera a un control remoto, como lo hacían el equipo de sonido o el televisor. Si así fuera, se podrían congelar los momentos especialmente hermosos o dejar que el día transcurriera más rápido o más lento según fuera necesario. Adelantar. Qué ágiles y sencillas se ven las ciudades en cámara rápida: las luces de los carros se funden en cintas multicolores que se deslizan sin dificultad por la ciudad, el sol es una moneda que alguien arroja de oriente a occidente, las grúas de construcción hacen gimnasia sobre los edificios que emergen de la tierra, las nubes corren por el cielo como un rebaño de ovejas huyendo de un perro pastor. Todo es líquido, todo se entremezcla. Las personas aparecen si acaso por una centésima de segundo, relampaguean como la mugre en las cintas de viejas películas.

Monika estaba sentada con los ojos cerrados cuando tocaron a la puerta. El timbre desgarró sus ensoñaciones y la poesía urbana de las canciones de Suzanne Vega. Oprimió stop en el control remoto, se levantó y se dirigió al citófono. Vio en la pantalla a un hombrecillo con overol. Debía ser el técnico. Había llegado demasiado temprano, apenas eran las nueve y diez. Dudó por un momento, pero luego oprimió el estilizado pulgar azul ubicado bajo la pantalla y la puerta se abrió.

© Ilustración de Marcianita Barona 

–Buenos días –dijo el técnico–. De la firma Treadmill, vengo por lo de la caja de control...

–Sí, por favor –dijo Monika y se hizo a un lado.

Quería mostrarle el camino, pero él lo encontró por sí mismo. Todos los apartamentos de la noria tenían el mismo plano, solo que algunos eran el reflejo invertido del de ella. El hombre había estado en muchos apartamentos y supo de inmediato a dónde ir. Monika lo siguió en silencio. Al pasar frente a un espejo se aseguró de que su peinado no se hubiera estropeado con el automasaje. No, todo en orden. Se veía igual que siempre.

El técnico había encontrado la caja de control y empezó con la inspección sin decir una palabra.

–Sí –dijo Monika–, parece haber algún error en el control temporal.

–Hmm...

El técnico removió el panel superior. Cuando terminó dio un vistazo alrededor durante una fracción de segundo, sonrió mecánicamente y dijo:

–Tiene usted un apartamento muy bonito.

–Gracias –dijo Monika, encogiéndose de hombros.

El técnico asintió con recelo como si ella lo hubiera contradicho. Luego se volvió nuevamente hacia la caja de control y murmuró:       

–Qué estupidez lo del botón de parada. Mal programado, me parece a mí. Pero igual, tiene usted bastante suerte.

A Monika no le quedó claro a qué se refería. Tampoco le preguntó. En cambio dijo:

–No quiero ni pensar qué habría pasado si hubiera tenido que salir corriendo del apartamento. Quiero decir, corriendo.

El técnico había sacado el último tornillo y levantó la fina cobertura metálica color piel del módulo de control.

–¿Intentó volver a oprimir?

–¿Qué? ¿El botón?

–Sí.

–Pero eso no hubiera servido de nada. Ni siquiera es posible. Es decir, si la rueda vuelve a moverse de repente mientras yo sigo en el ascensor, me caigo haga lo que haga, ¿no? Además en el ascensor no hay ningún botón, qué pregunta es esa, cómo que si volví a oprimir.

–Está bien, está bien –dijo el técnico–, solo quería estar seguro.

El técnico se limpió la cara con la mano y buscó a tientas una herramienta en su cinturón. Como no la encontró se agachó para mirar en la maleta de cuero. Hurgó y hurgó hasta encontrarla. Era una cosa larga y plateada que Monika no pudo identificar a pesar de hacer un gran esfuerzo. Algo así podría ser útil en una sala de cirugía o en una cámara de tortura, pero aquí...

Aclaró la voz y miró en otra dirección. Era tan molesto tener extraños en el apartamento.

Al técnico le había tomado una hora corregir el error en el control temporal del módulo y aun así no podía descartar que volviera a ocurrir eventualmente.

–Está bien, dijo Monika.

–No puedo asegurarle que el problema no volverá a presentarse –repitió el técnico.

Su expresión facial era de enfado. Parecía enojado consigo mismo. Probablemente no se veía con frecuencia en la situación de tener que hacer una tarea a medias. Monika solo quería que se fuera. Lo acompañó hasta la puerta.

Miró el reloj y resolvió que no era demasiado temprano para almorzar como Dios manda. Fue a la repisa dedicada a libros de cocina –en total tenía cuatro repisas– y tomó un libro especializado en comida asiática. Encontró algo que se veía bastante bien y empezó a leer la receta. La mitad de los ingredientes no le decían nada o no los tenía en casa. Decepcionada, cerró el libro y lo puso de vuelta en la repisa.

La cocina estaba en completo silencio.

Monika aplaudió un par de veces. Al ver que esto no causaba ningún cambio digno de ser mencionado, comenzó a cantar. Definitivamente su voz se parecía a la de Suzanne Vega, no mucho, pero sí un poco. Mientras cantaba en voz baja, se vistió, escogió el más liviano de sus tres abrigos de otoño, se puso su bufanda favorita y oprimió el botón para detener la noria. Como era previsto, una ligerísima sacudida estremeció el apartamento. Alguien desprevenido habría creído que sería producto de su imaginación.

Salió del apartamento y tomó el ascensor de la torre principal. El café con el poco creativo nombre de Noria Bar estaba vacío a pesar de ser la hora del almuerzo. Por fortuna no había rastro de la señora Schuster. Se sentó en una mesa cercana a la puerta de la cocina, de tal forma que a la mesera no le tomara mucho tiempo traerle el pedido.

–Hola señora Stilling –dijo la mesera–. Qué bueno verla tan a menudo por acá.

Monika se acaloró de repente. Había olvidado quitarse la bufanda.

–Ah, sí –dijo sonrojada–, el café de acá es muy bueno.

–¿Puedo ofrecerle uno?

–No, quisiera comer algo. Así que solo una cerveza pequeña y...

A pesar de saberse la carta de memoria, la abrió para estudiar la sección de platos pequeños. Se llamaba “Para el hambre veloz”.

–Un sándwich de queso –dijo– con salsa de tomate.

–Con gusto –respondió la mesera con una hermosa sonrisa.

Monika la siguió con la mirada mientras se alejaba. El atuendo que tenía que usar para trabajar le recordaba un uniforme de tenis, la tela se tensionaba sobre el trasero pequeño y compacto de la joven produciendo un único doblez. Monika cerró los ojos por un momento y se sumió en sus pensamientos. Luego sacudió la cabeza y volvió a abrir los ojos. Pasó las manos por la fría superficie de la mesa, detectando boronas y lugares grasosos, restos dejados por clientes anteriores. Quizá por ella misma. Cuando almorzaba en el Noria Bar casi siempre se sentaba ahí. Era su mesa de siempre. Mi mesa de siempre, pensó Monika, y repitió la frase algunas veces, hasta que las palabras empezaron a adquirir un significado sombrío. Cinco minutos después vino la mesera con el pedido. Monika evitó hacer contacto visual, pero la siguió otra vez con la mirada. El doblez seguía ahí y parecía guiñarle un ojo a cada paso.

Comió lentamente, con parsimonia. A veces tragaba demasiado rápido y luego se sentía mal. El sándwich de queso estaba perfecto. A la vez crujiente y jugoso. El queso apenas empezaba a derretirse.

Después de comer permaneció sentada durante una hora mirando por la ventana. Desde ahí la niebla parecía menos densa. Quizá era porque hacía rato no limpiaba el vidrio de la ventana de su apartamento, quizá simplemente el clima había cambiado. Una de dos. La mesera regresó varias veces para preguntarle si podía ofrecerle algo más. En cada ocasión, Monika pensaba un poco y hojeaba la carta como es debido, solo para después negar con la cabeza y susurrar:

–Gracias.

La mesera no dejó de sonreír en ningún momento. Monika permanecía sentada y la observaba. La tarde comenzó. En algún punto decidió que había pasado suficiente tiempo en el café y pagó, sin olvidar dejar una buena propina para la mesera. Después regresó a su apartamento. Al quitarse la bufanda –¿para qué llevó una bufanda si no pensaba salir al aire libre?– le vinieron lágrimas a los ojos. Tuvo que pensar en la joven mesera. ¿Cuántos años tendría? Dieciséis, diecisiete.

Por segunda vez en lo que iba del día, sintió ganas de tomar un baño, pero esta vez no dejó que la bañera se llenara completamente. Sacó de la cómoda el... el nombre de ese aparato sonaba tan tonto, tan infantil... como el nombre de un héroe en un estúpido cómic para niños. Cada vez que lo leía o lo escuchaba en alguna parte se avergonzaba. Pero era necesario, si no iba a estallar. De deseo, de... Se dijo que una breve sesión en la tina sería suficiente para sentirse mejor. Faltaba todavía el lubricante para poder introducirse el objeto negro. Cual adolescente, pensó. Para ella siempre era muy difícil alcanzar el orgasmo con algo dentro de su cuerpo, desde afuera era más fácil y más rápido, pero el resultado nunca era igual de intenso. Se sentó en el agua tibia, que le llegaba solo hasta el ombligo, y deslizó una toalla enrollada bajo la nuca. Como el agua no llenaba toda la bañera, al echarse para atrás se estremeció por el frío de la superficie. Sin embargo, un par de minutos fueron suficientes para acostumbrarse. Después todo fue muy sencillo. Pensó en la joven mesera. Se la imaginó mojada, como si hubiera estado caminando bajo la lluvia. El uniforme se desprendía sin dificultad de su cuerpo menudo, flexible, vivaz. Dios mío, lo que uno podría hacer con un cuerpo así.

Muy pronto vio venir el primer orgasmo. Antes de que llegara decidió venirse tres veces, pero el orgasmo fue tan intenso que comenzó a llorar de nuevo y tuvo que olvidarse de los otros dos. Sollozaba como una niña chiquita y golpeaba con las palmas de las manos la superficie del agua, salpicando en todas las direcciones. Hubiera querido ponerse de pie, bajar desnuda y mojada al Noria Bar, arrodillarse ante la joven y pedirle matrimonio.

Gradualmente recuperó la calma.

Con las piernas un poco temblorosas, salió de la bañera, se encorvó (al hacerlo un ligero sismo residual le recorrió el vientre) y vació el agua. Se secó con una toalla suave, teniendo especial cuidado al secarse entre las piernas. Estaba muy sensible, fácil de lastimar. Una leve brisa podía matarla.

Guardó el masajeador en la cómoda bajo dos capas de calzones de colores. Se sentó frente al televisor y empezó a pasar canales. En una comedia, unas personas reían mientras eran atendidas por una mesera fea y muy vieja. No pudo evitar sonreír. Se abrazó a sí misma con satisfacción. Justo cuando había logrado entender la trama, sonó el teléfono.

–¿Aló?

–Hola, Moni. Es Elke. Oye, solo quería asegurarme de que está bien pasar mañana con los chicos como quedamos hace dos semanas.

Elke era su hermana y madre soltera de dos hijos varones. Monika recordó que Elke había mencionado alguna vez por teléfono que los chicos querían ver el interior de la noria. En ese momento Monika no había tenido tiempo, y desde entonces no había recibido más de tres o cuatro llamadas de Elke. Hace mucho no se veían.

–Ok –dijo Monika y se sorprendió de lo fácil que salió esa palabra de su boca–, ¿mañana a qué hora?

–Ehm, había pensado ir en la tarde. ¿A eso de las tres?

–Perfecto. ¿Cómo has estado?

–Pues, la verdad, igual. Por acá no hay ni un segundo de silencio, gracias a mis dos pequeños artistas de performance.

Las hermanas intercambiaron un par de frases más y se despidieron. La conversación no fue especialmente profunda, sin embargo a Monika le parecía que así estaba bien. Volvió a la comedia, pero estaban en comerciales, entonces cambió de canal.

Vio televisión hasta que se hizo de noche. Entretanto calentó una pizza congelada. Le supo horrible, demasiados champiñones. Tiró la mitad a la basura.

El amargo sabor de los champiñones trajo de nuevo pensamientos sombríos. Buscó un canal en el que hablara alguien. Necesitaba voces que sonaran siempre igual, si no…

Buscó y buscó hasta que encontró un panel sobre música moderna. Escuchó con atención y se concentró para entender al menos un poco de qué se trataba.

–El problema de la serie como tal hace mucho dejó de ser obsoleto y no está resuelto –decía uno de los hombres.

Monika no entendía nada. No obstante escuchó la discusión hasta el final y luego se fue a la cama. Se había hecho bastante tarde, había perdido la noción del tiempo. Eso pasaba frecuentemente cuando veía televisión. Las horas pasaban como si fueran disueltas en agua caliente. Mientras se lavaba los dientes volvió a pensar brevemente en la joven del café y el cepillado se hizo más lento. Hizo gárgaras, escupió el agua espumosa en el lavamanos y la vio desaparecer por el desagüe.

La cama estaba fría y la almohada incómoda y deforme, era como descansar la cabeza sobre un balón desinflado. Tenía el mentón contra el pecho y a pesar de la posición horizontal sentía que la cabeza le colgaba. Tuvo que incorporarse y sacudir la almohada, incluso darle una pequeña paliza, hasta que estuvo lo suficientemente blanda. Después permaneció un rato en silencio acostada de medio lado. Escuchaba su respiración. El orificio izquierdo de su nariz hacía un poco más de ruido que el derecho.

Solo vienen a visitarme porque vivo aquí, pensó. No soy más que el medio para lograr lo que quieren. Quieren ver la noria, montar en el ascensor de alta velocidad, deambular por las escaleras de la torre principal, comer algo en el café, hacerle un pedido a la mesera, comportarse como pequeños simios, ensuciar todo y embadurnar de comida el suelo. Y yo, yo debo jugar el papel de la tía amable, tengo que mostrarles mi apartamento, ir con ellos al balcón y contarles cada cuánto bajo al café y que esa es una de las pocas constantes de mi vida.

De repente vio todo con claridad: la visita de su hermana y sus sobrinos sería el mejor momento de mañana, tal como la visita del técnico había sido el mejor momento de hoy. “Mejor momento”, la expresión se henchía, se hacía viscosa y le robaba el aire para respirar. Tuvo miedo. Prendió la lámpara de pie junto a la cama y miró el reloj: una y media. Era demasiado tarde, pero debía intentarlo de todas formas. Con los dedos helados marcó el número de su hermana, dejó que el teléfono timbrara una vez y colgó con el corazón en la mano. Cual niña chiquita, se reprendió a sí misma. Como era de esperarse, el teléfono sonó unos instantes después. Contestó:

–Marqué mal, Elke, lo siento.

–Está bien –respondió la voz adormilada de su hermana.

–¿Te desperté?

–¿Qué?

–Que si te desperté.

–Sí, supongo que sí, me despertaste.

–Lo siento mucho.

–Me despertaste. Estaba soñando...

La voz se cortó. Algo crujió. Quizá había sido Elke sentándose en la cama. ¿Cómo se vería el cuarto? Monika nunca había estado allí.

–Discúlpame, fue una estupidez de mi parte.

–Estaba... ay... espera un momento... así está mejor. Estaba soñando, ¿sabes qué estaba soñando? Algo muy chistoso. Estaba soñando que llovían ventiladores. Aspas y todo, pequeñas hojas de sierra...

–Soy una tonta –dijo Monika–, no debí haberte despertado. Pero, ¿sabes?, ya que estás despierta, ¿podría... podrías hacerme... quizá dos favores?

–¿Hmm?

Crujir sordo de sábanas. Respiración acelerada demasiado cerca a la bocina del teléfono.

–Primero: ¿sería posible que vinieras con los niños otro día?

Silencio. La respiración se hizo un poco más silenciosa.

–Moni, no te equivocaste de número –afirmó su hermana con calma–. Di lo que tengas que decir, te conozco.

Monika se mordió el labio y pensó: me estoy mordiendo el labio. El gesto era tonto y poco original. Es evidente que veo demasiada televisión.

–Y segundo –siguió vacilante–, por favor no te enojes por... ya sabes por qué.

–¿Por qué no lo dijiste antes? ¿Qué pudo haber cambiado a las... Dios mío, a la una y media?

Es de noche, eso fue lo único que se le ocurrió a Monika. Aparte de eso nada había cambiado. Pensó un poco al respecto, eso es todo. Prefería estar sola. Al menos mañana. Al menos en los próximos días o semanas.

–¿Qué pasa, Moni? –preguntó Elke después de un rato–. Háblame. Me despertaste, ahora habla conmigo.

–No sé qué se supone que debo decir –confesó Monika–. Solo puedo decir que lo siento. Es por... hoy vino un técnico al apartamento.

–A la noria –dijo Elke con la voz más adormilada.

–Sí, y él... tuvo que venir porque había un problema con el mecanismo de control o algo así. Era bastante peligroso. ¿Qué habría pasado si hubiera tenido que salir de afán del apartamento? ¿Entiendes?

–No, no tengo ni idea de qué estás hablando, Moni. Pero si te sirve de algo: sí, entiendo.

–Gracias.

–Está bien. Pero estoy muy cansada. Mañana podríamos...

–De verdad no quería despertarte. Es solo que... quizá otro día. Por favor.

–Estás hablando en serio, ¿verdad? –dijo Elke–. No quieres que vaya con los chicos.

–No, no es eso. El problema es mañana. Y los próximos días. Prefiero estar sola.

–¿Pero por qué? Siempre estás sola.

–No, no es así.

–Sí, sí, el técnico que fue hoy.

–No me refiero a eso.

–¿Te lo inventaste entonces?

–No, de verdad había algo dañado.

–Sí, sí, el mecanismo de control, dijiste.

Silencio. Ambas hermanas respiraban en la bocina.

–No te molestes conmigo, ¿sí? –dijo Monika finalmente–. Acuérdate del segundo favor.

–¿De qué?

–Del segundo favor que... ay, olvídalo.

–No estoy enojada, simplemente no te entiendo. Los chicos no hablan de nada más desde hace dos semanas, quieren dar una vuelta completa en la noria y ver cómo se siente estar en el balcón, si es posible sentir la corriente producida por el movimiento, etcétera.

–No –dijo Monika en voz baja y con seriedad.

–¿No qué?

–No, no se puede sentir. El movimiento de la rueda es demasiado lento.

–Moni, ¿qué te pasa de verdad? ¿Por qué me llamas tan tarde para decirme que mejor no vaya a visitarte? ¿Te pasa algo? ¿Necesitas ayuda?

Monika se quedó pensativa.

–Si necesitara ayuda, dejaría que vinieras, ¿no?

–Hasta eso lo dudo. Hay algo que no me estás diciendo. Te... ¿te mudaste?

Monika no pudo evitar reírse. No había esperado esa última pregunta. Pero era una solución tan elegante al problema, por lo menos desde la perspectiva de su hermana, que casi le produjo alegría.

–No –dijo riéndose–. No, no me he mudado. Sigo aquí arriba, mejor dicho, creo que en este momento estoy bien abajo. Pero luego volveré a subir, todo el día, toda la noche. Arriba y abajo.

–Arriba y abajo –repitió su hermana–. De todas formas me estás ocultando algo.

–No te oculto nada. Llevo mucho tiempo acostada y estuve pensando. Eso es todo.

–Hmm. Igual los chicos van a estar decepcionados. Es posible que luego ni quieran visitarte. Estarán ofendidos. Tú sabes cómo pueden llegar a ser los niños.

Monika pudo sentir que su hermana estaba a punto de llorar.

–No hagas eso, Elke, por favor.

–¿Qué?

–No empieces con la manipulación psicológica. Estoy desintoxicándome de mis culpas, cold turkey, como dicen los americanos.

No pudo evitar imaginarse un pavo desplumado, acostado sobre una bandeja plateada con las patas gordas en el aire. Elke bostezó en el auricular y luego dijo:

–Pero sería mentira si te dijera que no van a estar decepcionados. Estaban tan felices por ir. Y yo, a decir verdad, también. ¿Hace cuánto no nos vemos?

Monika tuvo que pensarlo.

–¿Ves? –dijo Elke–, tienes que pensarlo. Tres. Hace tres años. Se cumplieron justo la semana pasada...

–Tres años –completó Monika.

–¿Entonces? ¿Cuál es el problema? Tres años, eso es mucho tiempo. Y mañana podríamos ponerles fin.

Monika volvió a morderse el labio, pero esta vez no se dio cuenta.

–Pero no se trata de eso. No es que no me alegraría verlos. No tienes que hacerme cuentas de los años que llevamos sin vernos.

–Sí porque ni siquiera sabes cuánto tiempo ha pasado.

–Mi memoria nunca fue... –empezó a decir Monika.

Pero luego dejó de hablar. Una sacudida muy muy leve estremeció el apartamento. Alguien había oprimido el botón para detener la noria. En plena noche.

–Creo que volveré a acostarme –dijo–. Discúlpame otra vez por despertarte. No sé por qué no tengo sentido del tiempo.

–Espera –dijo Elke–. ¿De verdad no quieres que vayamos mañana? Es decir, ¿estás segura?

Monika pensó en algo más para decir. Le parecía haber probado todas las frases a su disposición. Ya no quedaba ninguna que fuera pertinente.

–No te enojes –dijo finalmente.

Elke no respondió. Luego aclaró la voz y dijo:

–Bueno. Si así lo quieres. Se lo diré tal cual a los chicos.

–Ok.

–Ok.

–Buenas noches, Elke. Espero que puedas volver a dormir después de que te...

–No te preocupes por mí –dijo Elke antes de colgar.

Otra vez estaba sola. Se estiró en la cama y escuchó en el exterior el viento que recorría la noche. Como un hombre borracho que está a la fuga. No, eso no funcionaba, el viento no se puede comparar con nada. Mucho menos cuando uno depende de él, mucho menos dentro de un vagón dividido en cuatro apartamentos sobrevalorados que se mece levemente en algún lugar entre el cielo y la tierra. Y uno de esos apartamentos la contenía a ella, Monika. Estaba acostada en su cama en un cuarto completamente a oscuras.

Abajo, en el Noria Bar, probablemente hacía mucho se habían apagado las luces. Se imaginó cómo sería irrumpir en él a esa hora. ¿Qué encontraría? Un local abandonado con mesas sobre las cuales las sillas se paraban de cabeza. Y, en un armario, los uniformes sin vida de las meseras. Las pequeñas escarapelas con los nombres. Tina.

Monika intentó arrastrar sus pensamientos lejos de ese nombre. Fue difícil, como si se tratara de una manada de perros conectados por una sola correa. Pero lo logró. Se amarró un cohete en la espalda y voló sobre la ciudad. El cielo negro de la noche la volvía invisible, bajo ella pasaban de largo los muchos miles de edificios que componían la ciudad. Y todos estaban repletos de seres humanos. No se desperdiciaba ningún espacio.

La rueda seguía quieta y Monika se envolvió un poco más en la cobija. En los ascensores de alta velocidad gente desconocida se dirigía a sus apartamentos.

Monika rodó hasta quedar de medio lado y miró fijamente la oscuridad. Cerraré los ojos cuando volvamos a movernos, pensó. Pero sabía que el engranaje de la noria se ponía siempre en movimiento con tal suavidad y consideración que era prácticamente imperceptible. No había nada de malo en eso. El único problema era que nadie había hecho nada para merecerse ese trato tan cariñoso. Nadie. Al menos no esta noche, pensó Monika. Al menos no por un enorme armatoste metálico sin alma en la periferia de una ciudad industrial intermedia. «

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