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Al interior de un necrónimo

Traducción del inglés de Daniela Mercado

Un nombre puede definir la vida de una persona, más aún si está ligado a la muerte de otra. Dalí y Van Gogh experimentaron esta imposición: convertirse en un nuevo intento de alguien que no alcanzó a ser. También la autora de este texto lleva prácticamente el mismo nombre de su hermana, muerta mucho antes de que ella naciera. Una letra distinta soporta la misteriosa distancia y la angustiante cercanía que une a las Vanasco.

Solo tu nombre es mi enemigo.

Shakespeare

 

© Ilustración de Daniela Hoyos

 

1

Me nombraron Jeannie por la hija que perdió mi padre.

Todavía recuerdo el día en que supe de ella por primera vez. Tenía ocho años; mi padre estaba en su silla y sostenía una pequeña caja blanca. Mientras mi madre me explicaba que él tenía una hija muerta que se llamaba Jeanne, pronunciado igual que mi nombre, “pero sin la i”, mi padre abrió la caja y apartó la mirada. Adentro había una medalla que Jeanne recibió de una iglesia. “Por ser buena persona”, dijo mi madre. Él no dijo nada. Yo no dije nada. Solo miré fijamente la medalla.

Más tarde ese día, en el sótano, mi madre me contó que Jeanne había muerto en un accidente de tránsito en el Estado de Nueva York cuando tenía dieciséis, muchos años antes de que yo naciera. Dos chicas más iban en el carro. Jeanne se sentó adelante, en medio de las otras. La que conducía trató de sobrepasar un carro, dudó, y cuando trató de volver a su carril perdió el control. Jeanne salió lanzada por el parabrisas y murió inmediatamente.

–Tu padre se echa la culpa –me dijo mi madre–. No puede hablar sobre eso.

–¿Por qué? –pregunté.

–Él le dio permiso para salir esa noche.

Al morir Jeanne, mi padre compró dos lotes funerarios, para ella y para él, uno al lado del otro. Cuando se divorció de su primera esposa, ella reclamó que le cediera su lugar y él aceptó. Poco después de la separación, mi padre tuvo que presentarse de nuevo a la corte. Esta vez por haberle pegado a un indigente en la calle. “¿Por qué mereces estar vivo?”, le dijo mi padre. “Mi hija está muerta y tú ni siquiera trabajas”.

El juez reconoció a mi padre y lo dejó ir.

–¿Conociste a su primera esposa? –le pregunté a mi madre.

–No, se habían divorciado mucho tiempo antes de que lo conociera. Todo eso pasó en Nueva York.

Vivíamos en Ohio, donde mis padres se conocieron. En mi cabeza, Nueva York estaba hecho de rascacielos, taxis y accidentes de tránsito.

–¿Cómo era Jeanne?

Mi madre dijo que nunca había visto una foto.

Esa primavera pinté retratos de Jeanne en acuarela. Los llamé Jeanne. Mi profesora de arte me dijo estar decepcionada de que una estudiante tan buena no supiera escribir su propio nombre. De ahí en adelante decidí incluir una i.

 

 

2

Federico García Lorca insistía en que para todo artista es indispensable tener una aguda conciencia de la muerte. En su conferencia de 1933, “Teoría y juego del duende”, Lorca intentó definir la inspiración artística, y afirmaba que un artista debía reconocer la mortalidad para luego producir arte con duende, o sentimiento intenso. “El duende”, escribió, “no llega si no ve posibilidad de muerte, si no sabe que esta ha de rondar su casa, si no tiene seguridad de que ha de mecer esas ramas que todos llevamos y que no tienen, que no tendrán consuelo”.

La medalla, su edad y el accidente eran lo único que conocía de Jeanne, pero esos detalles fueron suficiente material para mi imaginación. En un concurso estatal de escritura durante la secundaria, escribí una historia sobre tres chicas paradas en fila para una película que no tienen la intención de ver. En cambio quieren ser vistas. Deciden moverse bajo el afiche de una película que muestra un carro estrellado contra un árbol. Dos de ellas mastican chicle y hablan de chicos. La otra piensa en su hermana, muerta en un accidente de carro. “Anne quiere perderse dentro de la película”, es la única frase que recuerdo haber escrito. El nombre de su hermana era Annie. Titulé el cuento “i”1.

Gané el primer puesto.

Me dije que Jeanne había ganado.

3

“Necrónimo” significa “nombre de muerte”, y por lo general se refiere a un nombre compartido con un hermano muerto. A finales del siglo XIX, los necrónimos eran bastante comunes entre norteamericanos y europeos. Si un hijo moría durante la infancia era usual darle su nombre al siguiente. Una consecuencia natural de los altos índices de natalidad y mortalidad infantil.

Ludwig van Beethoven, por ejemplo, tuvo un hermano llamado Ludwig Maria que nació en abril de 1769 y vivió solo seis días. El compositor fue bautizado el 17 de diciembre del año siguiente, y aunque no existen registros exactos, probablemente nació el día anterior, dadas las costumbres de la Iglesia Católica del país en las riberas del Rin donde vivía. Mercadeado como un prodigio musical, Beethoven sintió la constante necesidad de probar su edad. En una carta escrita en 1809 le pide su certificado de bautizo a su amigo Wegeler: “Ten en cuenta que tuve un hermano, nacido y muerto antes que yo, que también se llamó Ludwig, pero con el añadido de ‘Maria’. Para determinar mi verdadera edad primero hay que encontrar los documentos de ese Ludwig, pues sé muy bien que otras personas han cometido error sobre esto, asignándome más edad de la que tengo –lastimosamente, por buen tiempo he vivido sin saber mi propia edad–”.

–Cuando tu papá era niño –me contó mi madre–, y de eso ya hace mucho, recuerda que vivió durante la Gran Depresión, no era raro que a un niño le pusieran el nombre de un pariente muerto, especialmente el de un hijo muerto.

En su Diccionario de Supersticiones de 1989, las folcloristas Iona Opie y Moira Tatum ofrecieron una razón para el declive de los necrónimos: muchos padres temían que fuera una maldición homicida.

Otra posible maldición: el nombre acecha al hijo de por vida. 

 


1. En inglés, "I" significa "yo". (Nota de la T)

 

© Ilustración de Daniela Hoyos

4

Cada domingo, al entrar a la iglesia donde predicaba su padre, Theodorus, Vincent van Gogh pasaba frente a una lápida con la inscripción: VINCENT VAN GOGH.

Vincent, hermano del artista, nació y murió el 30 de marzo de 1852. El pintor nació el 30 de marzo de 1853. Recuerdo tener dieciséis años y estar en el Museo de Arte de Toledo, mirando fijamente su pintura Casas en Auvers, cuando escuché a un guía del museo decir:

–Todavía no es claro si a Van Gogh le afectó saber que compartía su nombre y día de nacimiento con un hermano muerto –dijo–. ¿Preguntas?

Mi cabeza se llenó de pensamientos ruidosos y desesperados y de repente se vació, como una bandada de pájaros dispersándose por un campo.

Tenía dieciséis, la edad que Jeanne siempre tendría.

–¿Ninguna pregunta? –dijo el guía, y el grupo lo siguió a otro salón.

Yo me quedé atrás con Casas en Auvers.

En el centro del lienzo hay una casa blanca con techo de tejas azules. Una larga pared de piedra recorre el cuadro de izquierda a derecha en pinceladas sueltas. Recuerdo lo imperturbable que me pareció el cielo azul grisáceo. Me dije que estaba mirando la representación de una casa blanca, no podía abrir la puerta y entrar en ella. Pero cuando recordé que Vincent fue nombrado así por su hermano muerto, Casas en Auvers me pareció casi tridimensional.

Mientras pensaba en Jeanne, dejé atrás la pintura y manejé a casa con cuidado.

5

Mi padre tenía ochenta años y moría en lo que solía ser la sala de la casa. Su cama estaba debajo de mi pintura de un árbol, una mala imitación de Van Gogh hecha para una tarea escolar que mis padres insistieron en enmarcar.

Yo tenía dieciocho años y leía en silencio al lado de su cama. Debía escribir un ensayo sobre Hamlet para el seminario de Shakespeare que tomaba en la universidad. “Era un hombre tan cabal en todo”, decía Hamlet sobre su padre muerto. “No espero hallar otro semejante”.

Yo escribiría sobre el duelo y la cuestión de la locura.

Sabía que mi padre había perdido la cordura luego de la muerte de Jeanne, y sentí que yo iba por el mismo camino. De noche ataba nudos, me rascaba las plantas de los pies, oía voces que me pedían morir. No se lo dije a nadie porque todo parecía razonable: mi padre estaba muriendo y, por supuesto, partes de mi mente morían con él. Éramos extremadamente unidos. Poco después de que yo naciera se retiró de su trabajo como pintor del hospital donde conoció a mi madre. De niña le decía:

–Voy a ser pintora, como tú.

–Solo era un pintor de mantenimiento –me explicaba–. Pero tú puedes ser una gran artista.

Cuando era pequeña, teníamos un juego que llamábamos “museo de arte”. Yo hacía decenas de pinturas (nada espectacular: casas altas y rectangulares, con techos como triángulos, árboles, con nuestros pájaros, perros y patos) que luego desplegaba por toda la casa. Él iba de cuarto en cuarto, contemplando mis cuadros y siempre decía: “Los quiero todos”.

Mientras me sentaba al lado de su lecho de muerte, irritada por la ironía (¿qué hacía un lecho de muerte en el living?), mi padre abrió los ojos y se quedó sin aliento ante una visión que flotaba sobre la cabecera. Me paré entre él y la aparición, tratando de bloquear lo que fuera que lo atemorizaba, pero él miraba a través de mí como si no existiera.

–Papá –dije–. ¿Me puedes ver?

Llamé a la enfermera de cuidados paliativos. Ella y mi madre se asomaron por la puerta.

–Vio algo –les dije.

La enfermera dijo que eso pasaba a veces.

–Ven a los muertos –explicó–. Alguien de su pasado que viene hasta ellos.

Jeanne.

 

 6

Hace poco repasé la correspondencia de Van Gogh y me sorprendió descubrir que menciona a su hermano muerto en una carta de condolencias dirigida a un antiguo empleador. En la nota, del 3 de agosto de 1877, Van Gogh trata de consolar a Hermann Tersteeg, quien sufrió la muerte de su hija de tres meses: “Mi padre también pasó por lo que usted estará sintiendo en estos últimos días. Recientemente, estuve por la mañana, temprano, en el cementerio de Zundert, al lado de la pequeña tumba donde está escrito: ‘Dejad que los niños vengan a mí porque de ellos es el Reino de los Cielos’. Han pasado más de veinticinco años desde que mi padre enterró allí a su pequeño primogénito. En cierta época lo conmovió profundamente un libro de Bungener, que le envié a usted ayer porque pienso que lo encontrará cercano a su propio corazón”.

Probablemente, el libro al que se refiere es Vigilia junto al cuerpo de mi hija: tres días en la vida de un padre, de Laurence Louis Félix Bungener. En él, describe en forma de diario cómo la fe le ayudó a superar la muerte y entierro de su hija. Publicado por primera vez en 1863, cuando Van Gogh tenía tan solo diez años, es el único libro de Bungener dedicado completamente a su hija. Que a sus veinticuatro años Van Gogh recordara a su padre leyéndolo, y que mencione su propia visita a la tumba infantil, evidencian la abrumadora empatía que sentía por el sufrimiento de sus padres. Que haya citado, palabra por palabra, la frase inscrita en la tumba y que repitiera constantemente la palabra “pequeño” es algo que encuentro desgarrador. Van Gogh finaliza la carta diciendo: “No piense mal de mí por haberle escrito esta carta como lo he hecho, sentí la necesidad de hacerlo”. Por lo que sé, en ninguna otra parte de la correspondencia familiar que se conserva vuelve a mencionarse al niño muerto.

Es claro que en Van Gogh persistió la afinidad con el duelo paterno a lo largo de su vida. Con eso en mente, investigué las fechas de sus autorretratos y encontré que el primero que se conoce fue pintado luego de la muerte de su padre –como si solo entonces el pintor pudiera acabar de convertirse en sí mismo–. Van Gogh pintaría más de treinta autorretratos que revelan su técnica cambiante y su deterioro psicológico. En septiembre de 1889, mientras estaba hospitalizado en Arlés por lo que los doctores llamaron “manía aguda con delirio general”, pintó simultáneamente dos versiones de sí mismo. En una, aparece delgado y pálido contra un oscuro fondo azul-violeta. En la otra, luce sano contra un fondo claro. Acerca de los autorretratos, Van Gogh le escribió a su hermano Theo: “La gente dice –y estoy muy dispuesto a creerlo– que es difícil conocerse a sí mismo, pero pintarse tampoco es fácil”. En septiembre, Van Gogh se pintó por última vez y le regaló a su madre la obra, Retrato del artista sin barba por su cumpleaños.

Luego vino otro Vincent van Gogh.

En enero de 1890, la esposa de Theo, Jo, dio a luz a un niño a quien Theo llamó Vincent, y escogió a su hermano mayor como padrino. “Estoy pidiendo un deseo”, le escribió Theo a su hermano, “que sea tan determinado y valiente como tú” (una carta de Jo dirigida a su familia, meses antes, revela que escogieron el nombre poco tiempo después de quedar embarazada: “A Theo le gustaría ‘Vincent’, pero yo no le doy mucha importancia a los nombres”.)

En una larga carta de felicitación, Van Gogh propuso que llamaran al niño Theo en memoria de su padre, Theodorus. “Eso sin duda me daría muchísimo placer”, explicó Van Gogh en otra carta a su madre. “Yo habría preferido que Theo le diera el nombre de papá, en quien tanto he pensado en estos días, en vez del mío. Pero, en fin, ahora que ya está hecho, me he puesto inmediatamente a hacer un cuadro para él, un lienzo para colgar en su dormitorio: gruesas ramas de un blanco almendro en flor sobre un fondo de cielo azul”.

Menos de seis meses después, Van Gogh murió de una herida de bala en el pecho, a los 37 años de edad. Según Theo, quien permaneció junto a la cama de su hermano hasta el final, las últimas palabras del artista fueron: “La tristesse durera toujours” (“La tristeza durará por siempre”). Theo sufría de sífilis y tras la muerte de su hermano su salud se deterioró con rapidez. Seis meses después, murió. Theo está sepultado junto a su hermano mayor en un cementerio de Auvers.

Cuando pienso en Jeanne, veo Casas en Auvers, pintado durante el último año de vida de Van Gogh. 

7

Mi padre está enterrado bajo un árbol parecido al que pinté. Cuando yo era pequeña, su ex esposa le ofreció el lote funerario junto al de Jeanne; él lo rechazó.

–Tengo una familia aquí –le dijo.

La última vez que lo visité, le dije a la tierra de su tumba que aunque había pensado varias veces en Jeanne y en lo mucho que quería ser como Jeanne, había pasado más tiempo no pensando en Jeanne.

En 1964, los psicólogos Albert C. Cain y Barbara S. Cain acuñaron el término “hijo sustituto” para referirse al hijo concebido poco tiempo después de que los padres sufrieran la muerte de otro. Su artículo, “Sobre reemplazar a un hijo”, señala que los hijos sustitutos suelen padecer de neurosis y psicosis. Nacidos en una atmósfera de duelo, el nuevo hijo es “prácticamente sofocado por la imagen del hijo muerto”, dicen los autores. “Los problemas de identidad de estos niños son tales que a duras penas pueden respirar como individuos con sus propias características e identidad”. Quince años después, los médicos clínicos Robert Krell y Leslie Rabkin identificaron tres tipos de hijo sustituto: atado, resucitado y poseído. Los padres del hijo “atado” pueden ser sobreprotectores en el aspecto físico, pero permanecen distantes emocionalmente en preparación para una siguiente pérdida. Al hijo “resucitado” se le trata como la reencarnación del hermano muerto. El “poseído” vive en una familia agobiada por la culpa, que impone una “conspiración silenciosa”. Yo no soy una hija sustituta, de acuerdo con la definición precisa del término. Ni mi padre me hizo sentir alguna vez como una. Ni me mencionó nunca a mi media hermana. Si acaso, quedé medianamente poseída.

En mi último año de universidad, estando hospitalizada por un “episodio mixto” de manía y depresión (un frenesí de ideas, alucinaciones y sobredosis), les dije a mis doctores que mi padre estaba muerto. Les dije que mi padre había perdido a una hija llamada Jeanne.

–Le agregó la letra i a mi nombre –dije.

Les traté de explicar que su muerte, a los dieciséis años, casi lo destruye, y que ahora la muerte de él me estaba destruyendo a mí.

Los doctores dijeron que el duelo opera de manera diferente.

Mi padre murió y yo no estaba en la habitación con él. ¿Se hubiera quedado Jeanne en la habitación? ¿Fue ella la aparición que vio?

 

8

Luego de graduarme de la universidad, me mudé a la ciudad de Nueva York. Recuerdo haber andado pensando por esos días: “No vivo lejos de donde murió Jeanne”. Pero no sabía exactamente dónde había ocurrido.

Un sábado en la tarde, en la oficina de la revista literaria donde trabajaba, estaba editando un ensayo sobre la historia de la disección. El ensayista decía que el médico inglés William Harvey disecó los cuerpos de su padre y su hermana. En ese momento sentí que una ráfaga de viento abría una puerta muy pesada. Pensé en mi padre (¿cómo se veía su cuerpo dentro del ataúd?) y en Jeanne (¿cómo había sido físicamente?). Me metí a internet y busqué “Jeanne Vanasco”. La página de resultados me preguntó: “¿Quiso decir Jeannie Vanasco?”. Me desplacé a un link en el que estaba su obituario del colegio. Alguien había puesto una foto de Jeanne; por primera vez pude ver su cara. Traté de agrandar la imagen pero solo se volvía más difícil de ver: cabello oscuro y ondulado, cortado a la altura de sus hombros, la cabeza un poco ladeada a la izquierda, un collar de perlas. Miré fijamente la foto, por largo tiempo, como si así pudiera entrar en la mente y el cuerpo de la hija cuya muerte casi destruye a mi padre.

Una semana después me hospitalizaron de nuevo por presentar un “episodio disfórico de carácter mixto”. ¿Acaso estaba en duelo por la muerte de Jeanne? ¿Cómo haces un duelo por alguien a quien nunca conociste?

–Él ni siquiera quería que supieras de Jeanne –me dijo mi madre–, temió que pensaras que te comparaba con ella, porque nunca lo hizo. Solo veía el nombre como una señal de respeto. Le habló a un cura del tema y él lo animó a que te nombrara así en honor de ella, siempre y cuando no las comparara. “Nunca haría eso”, respondió tu padre. Pero pensé que debías saber sobre ella. No quería que te enteraras de otra forma, debías escucharlo de nosotros mismos.

Espero que mi padre nunca haya sabido por qué yo estudiaba tan duro, por qué averiguaba sobre las vidas de los santos (quería una medalla de la iglesia), por qué me sentaba frente al espejo de mi cuarto con un cuaderno para documentar mi apariencia y lo que debía cambiar. Necesitaba ser una hija inteligente, amable y bella.

Trataba de no escuchar su nombre cuando él pronunciaba el mío.

 9

Salvador Dalí murió de gastroenteritis al año y nueve meses de nacido. Nueve meses y diez días después, nació el artista Salvador Dalí.

“Esa continua presencia de mi hermano muerto la he sentido a la vez como un traumatismo –como si me robaran el afecto– y un estímulo para superarme”, escribió Dalí en sus memorias, Confesiones inconfesables de Salvador Dalí.

Es bien sabido que Dalí exageró la mayoría de los hechos de su vida, y sin embargo, como alguien que lleva el nombre de su hermana muerta, le creo cuando dice: “Yo he vivido la muerte antes de vivir la vida”.

A menudo el artista recordaba una visita que hizo de niño a la tumba de su hermano mayor, donde sus padres le dijeron que él era la reencarnación de su primer hijo. Guardaban en su habitación una fotografía retocada del niño muerto. La “majestuosa fotografía”, decía el pintor, estaba colgada junto a una reproducción del Cristo crucificado de Velázquez, “y esa imagen del cadáver del Salvador-Jesús que el Salvador Dalí mi hermano había ido a encontrar, sin duda alguna en su ascensión angélica, condicionaba en mí un arquetipo nacido de la existencia de cuatro Salvadores que me cadaverizaban”. Los cuatro Salvadores eran: el padre de Dalí, el hermano de Dalí, Dalí y Jesús. “Tanto más que decidí parecerme a mi hermano muerto como si yo fuera su espejo”. Dalí sentía que su nombre lo transformaba en una osamenta sin vida.

En su pintura Retrato de mi hermano muerto, de 1963, Dalí creó un autorretrato compuesto, de él y su hermano, en una trama de cerezas oscuras y claras, donde las oscuras eran para el Salvador muerto y las claras para el vivo. Su decisión de fusionar su cara con la del hermano refleja el duelo del padre: “Cuando mi padre posaba su mirada en mí, miraba tanto a mi hermano como a mí mismo. A sus ojos yo era solo la mitad de mi persona, o un sustitutivo”. Dalí representó a su hermano como un niño de siete años, una edad que nunca alcanzó. En sus memorias escribe: “Mi hermano murió a causa de una meningitis, a la edad de siete años, tres antes de mi nacimiento”.

A lo mejor al principio Dalí mintió sin querer, pero posteriormente se rehusó a aceptar que había nacido nueve meses después de la muerte de su hermano. Incluso luego de que Luis Romero publicara un libro sobre el pintor, con la ayuda del mismo Dalí, que revelaba cuándo había nacido y muerto su hermano, él mantuvo la historia de que su tocayo había alcanzado a vivir siete años. Entiendo su necesidad psicológica de crear una distancia. También puedo entender la necesidad de Dalí de fusionar su imagen con la de su hermano. Cuando me retrataba en la primaria, pretendía que estaba pintando a Jeanne. Quería convertirme en Jeanne. Quería ser ella para mi padre. Naturalmente, Dalí necesitaba pintar Retrato de mi hermano muerto.

En la esquina inferior izquierda del cuadro, Dalí reprodujo la escena de la pintura de Jean-François Millet, El Ángelus, en la cual un hombre y una mujer recitan una oración junto a una canasta de papas. Un rastrillo, algunos costales y una carretilla están regados alrededor. En su libro El mito trágico del Ángelus de Millet, publicado en 1934 y dedicado completamente a El Ángelus, Dalí argumenta que la madre campesina mató a su hijo y anticipa que será sodomizada por su esposo antes de que ella lo canibalice.

Cuando Millet completó esa pintura en 1857, pintó a un hombre y una mujer rezando sobre una figura oscura con la forma de un ataúd. En 1859, luego de que el estadounidense que encargó la pintura no quiso aceptarla, Millet pintó una canasta de papas sobre lo que Dalí insistía era un pequeño ataúd (una radiografía de la pintura de 1963 soporta vagamente su argumento).

No todos los historiadores del arte concuerdan sobre la presencia del ataúd, pero sí están de acuerdo en que la inclusión de El Ángelus en la pintura de Dalí funciona como metáfora del abrumador duelo de sus padres por el primogénito.

“Esa pintura de Millet”, le escribió Van Gogh a Theo sobre El Ángelus, “es magnífica, es poesía”. Van Gogh reprodujo la misma pintura en 1880 y tituló el resultado El Ángelus (después de Millet). ¿Habría visto una conexión entre la reencarnación y su propio nacimiento? ¿Acaso vio el ataúd de un niño?

Ni Van Gogh ni Dalí tuvieron hijos.

10

Alrededor del décimo aniversario de la muerte de mi padre, dejé de investigar sobre necrónimos y empecé a buscar detalles sobre Jeanne.

Encontré su dirección de infancia y visité lo que fue su casa. Entrevisté a uno de sus compañeros de clase y a algunos vecinos. Conocí a una de sus amigas de la secundaria.

–Me dejaste atónita –me dijo su amiga–. Te pareces tanto a Jeanne.

Me enteré de que murió el 2 de marzo de 1961, veintitrés años y siete días antes de que yo naciera.

Entre más sabía sobre Jeanne, más me sumergía en un estado extraño. Perdí el control de mis brazos, de mi cuello y de mi voz. Repetía: “Jeannie va a morir, Jeanne está muerta”.

Contacté el cementerio donde está enterrada. Pregunté por el lote junto al suyo, si aún le pertenecía a mi padre.

–Tú padre lo compró, por ende le pertenece –me dijo el trabajador del cementerio.

De hecho, la primera esposa de mi padre le había cedido el espacio, pese a su resistencia.

–¿Y si murió...? –comencé a decir.

Le conté que mi padre había decidido ser enterrado en Ohio.

–¿Se lo dejó a alguien en su testamento?

–No lo especificó –dije yo–. Quiso que todo lo suyo fuera mío.

–Entonces te pertenece a ti.

Luego visité la tumba de Jeanne. Ahí, sobre la lápida de granito gris, estaba grabada una imagen de la Virgen María. Los ojos de la Virgen miraban hacia abajo, donde estaba el nombre de Jeanne, escondido entre hojas. La sombra de dos arces atravesaba el espacio de tierra baldía que se extendía junto a su tumba, tierra que me pertenecía.

Llamé a mi madre. Sin mencionar la visita que había hecho al cementerio, le pregunté si mi padre alguna vez dijo algo más sobre Jeanne.

–Cuando apenas estabas aprendiendo a caminar –dijo–, nuestra vecina Sheila me llamó al hospital, donde aún trabajaba en el área de registro. Tu padre estaba en casa contigo. “Barbara”, me dijo Sheila, “deberías venir a casa. Terry está deambulando por el jardín, llorando y cargando a Jeannie. No la quiere soltar”. Entonces me vine a la casa, y tranquilamente le pregunté a tu padre qué pasaba. “Es un día difícil”, me dijo. Eso fue en abril o mayo. Entendí que se trataba del cumpleaños de Jeanne. Tú seguías llorando, pero tu padre se rehusaba a soltarte. Estaba aterrorizado de que te lastimaras.

La mañana siguiente a esa llamada me hospitalizaron por tener un “episodio disfórico mixto con características psicóticas”.

“Entra en la tierra, Jeannie”, fue lo que escuché.

“Basta”, les decía yo a las voces.

Sin embargo, para aquellos alrededor mío yo le estaba hablando al aire.

–Mi padre murió –les expliqué a los doctores en el hospital.

Igual que los doctores anteriores, preguntaron:

–¿Cuándo?

–Hace diez años –dije yo–. Visité la tumba de Jeanne en su décimo aniversario de muerto.

–¿Jeanne? –preguntaron.

Traté de explicar que me nombraron así por mi media hermana muerta. Traté de explicarles sobre la i en mi nombre. Sentía lágrimas calientes atravesando mi rostro. Estuve internada en el hospital por un mes.

Antes de que me dieran de alta, mis doctores insistieron en que debía parar de investigar sobre Jeanne, pero dejar de hacerlo parecía imposible. Regresé al hospital tres veces más.

Por el momento, he terminado con Jeanne.

Kristina Schellinski, una psicoanalista junguiana y autodeclarada “hija sustituta”, escribió en su artículo de 2009, “La vida después de la muerte: la búsqueda de identidad del hijo sustituto”, que la culpa puede surgir del hecho de que el “yo” no es el verdadero “yo”2, que el hijo sustituto no es libre de vivir su propia vida, y que por eso siente culpa de cualquier forma de autorrealización.

¿Sería por eso que mi padre agregó una i a mi nombre? ¿Para recordarme que yo soy mi propia persona?

 


2. En el original: "The 'I' is not the real 'I'". (Nota de la T.)

 

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Jeannie Vanasco

Este texto hace parte de "The Glass Eye", una autobiografía lírica próxima a ser publicada por Tin House Books. Es colaboradora habitual de The Believer, The New Yorker y Little Star Journal

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