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Artículo

Arte del barbero peluquero-bañero

Don Manuel García Santos Y Noriega

Escrito en francés por François Alexandre de Garsault y traducido al castellano por don Manuel García santos y noriega. Con licencia en Madrid: en la imprenta de Andrés Ramírez, calle de la magdalena, 1771.

En el siglo XVIII, con el ánimo de expandir el conocimiento sobre toda materia imaginable, circularon volúmenes breves, instructivos, fieles al espíritu explicativo del Siglo de las Luces. Este prólogo de un manual para barberos, que pretendía instruir a futuros profesionales del pelo en los cortes y estilos de la realeza francesa, demuestra que la disposición del vello facial y los serios asuntos de pelos y pelucas eran un asunto de Estado. 

Clodoveo, primer rey de los francos, sus sucesores y los príncipes de su sangre, miraban la cabellera larga como señal de suprema dignidad y jamás se hacían cortar sus cabellos. Rasurar la cabeza a un príncipe de la Casa Real era excluirle de la Corona. La nación conservaba también sus cabellos, pero más o menos cortos; y es todo lo que podemos decir sobre este asunto por la mucha oscuridad que causa en esta parte la falta de monumentos. Se ha visto en un sello real de Hugo Capeto, duque de París y jefe de la tercera raza, que está representado con los cabellos cortos y una barba bastantemente larga. En 1521, habiendo sido herido en la cabeza por accidente, Francisco i –el Rey Guerrero– se vio obligado a mandarse cortar el pelo, y todos hasta los sacerdotes hicieron lo mismo. Desde este tiempo ha sido indiferente a los reyes el llevar sus cabellos largos o cortos y por este hecho quedó sin uso aquella señal de dignidad.

Después de la primera época, esto es después del reinado de Clodoveo, vemos que la barba fue muy recomendable entre los francos por espacio de muchos siglos, hasta que habiéndosela hecho rasurar enteramente Luis xvii, siguieron su ejemplo todos sus vasallos: por esta razón no hubo más barbas en Francia, hasta Francisco i, que habiéndose hecho cortar los cabellos en 1521 –como acabamos de decir–, se dejó entonces crecer la barba. Este fue el tiempo en que les volvieron las barbas a los franceses, entre quienes solas las gentes de Justicia no quisieron volverlas a admitir. Enrique iv, primero de la casa Borbón, dio una forma regular a la suya redondeándola por abajo y se cortó los mostachos en forma de abanico, como se puede ver en su estatua ecuestre, que está sobre Pont Neuf.

Todo esto fue poco a poco disminuyéndose, de suerte que en el reinado de Luis xiii –llamado el Justo– el mostacho estaba ya muy disminuido y nada se conservaba del resto de la barba más que un copete, o guedeja pequeña en punta por debajo del labio inferior. Después se comenzó a cortar este copete y Luis xiv –su hijo, el Rey Sol– no tuvo más que un filete, o línea de barba en el sitio de los mostachos, a la que llamaban una real, y que ni aun la conservó hasta el fin de su reinado de 72 años.

Desde entonces ni el rey ni alguno de sus vasallos se dejan crecer la barba y todos los franceses, de cualquier estado y condición que sean, se hacen afeitar. Los soldados, principalmente los granaderos, conservan aún sus mostachos, que en el día se contemplan como un ornamento militar del soldado, pero no del oficial al mando.

Como después de Francisco I quedaron anuladas aquellas prerrogativas que se habían apropiado los cabellos y la barba, hacen lo que quieren aquellos que tienen buen cabello, sin que de ello se les siga consecuencia alguna. Pero la perfección que nosotros mismos hemos asignado a nuestro cabello es una perfección rara. Pocas personas se encuentran –y especialmente entre los hombres– que le tengan con todas aquellas cualidades necesarias, que consisten en que sea razonable el pelo y fuerte; de un bello color de castaña más o menos oscuro, o de un hermoso rubio plateado; de una mediana longitud y que baje hacia la mitad de la espalda; que sin ser rizado artificialmente se ensortije por sí mismo, o a lo menos mantenga por largo tiempo el rizo, y que las entradas de la frente y lados estén bien pobladas.

Los cabellos, en general, están sujetos a bastantes accidentes y otros defectos que fue necesario soportar, o a lo menos procurar encubrir antes de la invención de la peluca. Muchos hay que tienen muy pocos cabellos, porque hay enfermedades que los hacen caer, y aun a veces se caen ellos sin enfermedad aparente. De forma que no solamente las personas de edad, pero aun las que no lo son, suelen aparecer calvas antes de tiempo, por cuya razón fue preciso usar una especie de gorro o solideo, adorno triste y llano principalmente cuando no le acompañaba algún cabello.

Para remediar pues este disgusto se imaginó al principio del reinado de Luis xiii el colocar en aquellos gorros unos cabellos postizos, dispuestos de tal forma que pareciesen ser propios; después se colocaron y entrelazaron los cabellos en una tela estrecha de pasamanero y también en un tejido a modo de franja que llamaban –y llaman– punta de Milán. Cosían luego en hilera aquellos entrelazados sobre el gorro mismo, que para este efecto era más delgado y más ligero. Servíanse para ello de una cabritilla sobre la que formaban una cabellera que acompañaba muy bien a la cara y caía sobre el cuello, y a esto fue a lo que se dio entonces el nombre de “peluca”, perfeccionándose después sobre esta especie de modelo que ya era como disposición para las trenzas.

Hallose pues la idea de las trenzas hechas sobre tres hilos de seda que se ordenaban y cosían sobre cintas u otras telas extendidas, y coordinadas encima de cabezas de madera, y por último se llegó a imitar una cabellera entera con toda aquella perfección que necesitaba para poder suplir la falta de los cabellos naturales. Este descubrimiento pareció tan bueno y socorrido que en 1656 creó Luis xiv –el Grande 48 barbero-peluqueros que siguiesen a la Corte, y al mismo tiempo se erigieron otros 200 en favor del público. Esta creación no tuvo lugar por entonces, pero habiéndose hecho otra de igual número en 1673, logró por fin todo el debido efecto.

Pareciole al ministro monsieur Colbert, que salían del reino sumas inmensas para comprar pelo en otros reinos, y desde luego se resolvió que se aboliesen las pelucas y se usase en lo sucesivo una especie de bonete semejante, poco más o menos, a los que usan ciertas naciones, y de los cuales se probaron muchos modelos delante del Rey. Pero habiendo trascendido los peluqueros que se trataba de aniquilarlos, presentaron al Consejo una memoria acompañada de una tarifa bien circunstanciada, por la cual hacían ver que siendo ellos los primeros que ejercían este nuevo arte que todavía no había pasado a los estados circunvecinos, tales como la España, la Inglaterra y la Italia, sobrepujaban en mucho al gasto las remisiones de pelucas que harían, y que por este medio volverían al reino sumas mucho más considerables que las que saliesen para las compras de pelo, cuyas razones fueron causa de que se abandonase el proyecto de los bonetes.

Después se han erigido nuevos oficios, y ahora subsisten en número de 850 bajo el título de barbero-peluquero-bañeros. Reciben sus patentes en la Cancillería y sus oficios son hereditarios: sus oficiales consisten en guardias, síndicos, y un preboste; tienen el derecho y les está apropiado el comercio de pelo, al por mayor y menor, y permitido que hagan y vendan sus polvos, pomadas, opiatas para los dientes. En una palabra: todo aquello que puede servir a la limpieza del rostro y de la cabeza. Pero ya no se embaraza la mayor parte de los peluqueros en estas composiciones porque las dejan a los fabricantes y vendedores de perfumes, bajo de cuya jurisdicción caen regularmente.

Ellos hacen la barba, y esta es la sola operación de los peluqueros que está permitida a los cirujanos, por cuanto la navaja de afeitar está reputada por instrumento de cirugía. Pero como el peluquero y el cirujano tienen en común el derecho de hacer la barba, que es una operación diaria y general, y el cirujano no goza del deponer y acomodar la peluca, era necesario distinguirlos uno de otro por medio de unas señales exteriores. Esta es la razón por la que –a fin de que el público pueda reconocer a cuál de los dos ha de dirigirse para cada cosa respectiva–debe tener el cirujano por insignia las bacias de azófar (o de latón), y no puede pintar la fachada de su tienda más que de encarnado o de negro, mientras que el peluquero tiene las bacias blancas (de estaño) y puede pintar la delantera de su tienda de todos los demás colores.

La manufactura de las pelucas es un arte moderno que va perfeccionándose de día en día, con apariencia de que será durable por las ventajas que adquiere sobre los cabellos naturales, de las cuales es una el desembarazarnos de los cuidados diarios del peinado. Las mujeres también se aprovechan del arte, aunque más raramente, porque su cabeza no se aligera del cabello tan comúnmente como la de los hombres. En una palabra, la peluca es de todo sexo y de todas condiciones. 

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François Alexandre De Garsault

Publicó el arte de hacer lencería (1771), El arte del zapatero (1767), El arte del sastre (1769) y El arte del talabarbero (1747), entre otros. Editó libros sobre plantas indígenas y medicina

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