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Ensayo

Soñar con otra energía

Traducción de Karim Ganem Maloof

En la raíz de los conflictos sociopolíticos y medioambientales hay una concepción simplificadora de la energía como recurso. Pero más allá de su explotación y acumulación, la energía como algo real, que nos rodea y nos conforma, suele ser ignorada. Este ensayo, exclusivo para El Malpensante, presenta los puntos centrales de un libro enfocado en nuevas formas de acercarse a este concepto central en nuestro tiempo.

© Ilustración de Xavier Mula 

La energía nos cautiva. Desde el eslogan político en los Estados Unidos que busca “la independencia energética”, hasta las calorías presentes en una gaseosa o quemadas durante una intensa rutina de ejercicio; desde la fluctuación del precio de un barril de petróleo hasta el muy necesario tránsito hacia “lo renovable”, la energía está en boca de todos.

¿Cierto?

En el mejor de los casos, nos preocupan muchas formas de este deseado objeto: química, cinética, potencial, solar, nuclear... Podemos examinar los innumerables ejemplos de energía que soportan nuestra existencia y aun así quedar perplejos cuando se trata de señalar cuál es su esencia. En la base de nuestra relación con este elusivo fenómeno hay varias suposiciones que deben ser analizadas. Una de ellas aparece sugerida en este texto: el afirmar que la energía es un “objeto deseado”. Se le trata como un recurso, la manzana de la discordia en el núcleo de conflictos sociopolíticos y preocupaciones ecológicas. Pero, ¿hay justificación para reducir la energía a su dimensión de objeto? ¿Acaso no es también un sujeto, una fuerza activa y vivificadora que fluye dentro y a través de nosotros? ¿Acaso no somos transportados más allá de la oposición lineal entre quietud y actividad cuando utilizamos la voz pasiva para decir que estamos llenos de energía, poseedores de la capacidad de ser capaces?

La energía, como una varita mágica, es aquello que hace posible todo lo demás pero que, al procurarnos el impulso necesario para la realización de nuestros deseos, evapora, anula o destruye algo que ya existe. La “independencia energética” de los eslóganes políticos entraña nuestra dependencia de una forma de energía predominantemente negativa. Al perseguirla olvidamos que nosotros también somos energía. Si acaparamos este precioso bien es con la intención de aumentar la supercapacidad que nos otorga para el futuro, a menos que, como pasa cada vez más hoy en día, se pierda de vista el objetivo específico para el cual se acumula y un indiferente “para lo que sea” se cierna con todo su tamaño hasta eclipsar el resto.

Y al mismo tiempo no es solo la cosa misma, en todos sus tipos y manifestaciones materiales, lo que puede acumularse. Llamemos a tal exceso de energía “trabajo”.

He escogido el término deliberadamente. Mi elección lleva algo del significado original que Aristóteles le dio a la palabra griega energeia, de la cual derivan nuestras expresiones en inglés y en español. El sentido literal del concepto aristotélico era “en el trabajo” o “para el trabajo” (en-ergon). Pese a que la diferencia parece intrascendente, la validez de ambas acepciones ilustra la naturaleza dual de la energía como un proceso y un producto, una fuerza indomable y un recurso. “En el trabajo”, está en marcha, activa y actuando. “Para el trabajo”, se le cosifica y se pone a nuestra disposición. Podríamos construir una historia completa de los conceptos filosóficos de Occidente a partir de las interpretaciones de la noción aristotélica, pasando por la distinción entre sujeto y objeto de la modernidad temprana, el intento de Hegel por reconciliar esta división en la unidad del espíritu, y la insistencia de Nietzsche en que no hay un sujeto, un hacedor detrás de la acción y diferenciado de lo que simplemente se hace.

Podrían haber notado ya que, sorprendentemente, ambos aspectos –el dinámico y el estático– coinciden en el uso que Aristóteles le da a la palabra. Sin embargo, en su Metafísica él recurrió a energeia para designar aquello “no dunamis” (esto es, no meramente posible) o, puesto positivamente, lo real. En vez de la varita mágica que concede todos los deseos, con la que asociamos a la energía hoy, el concepto original se refería a la plenitud y estabilidad que se producen cuando lo potencial se “actualiza” o se vuelve real.

Para nosotros los modernos, por el contrario, la energía es vigorosamente móvil y frenética –no un objetivo o un trabajo real en sí misma, sino la sola acción, el estar activo–. Hemos puesto la idea antigua patas arriba y la hemos vuelto tan indeterminada y abierta que nuestros esfuerzos nunca se ven satisfechos, nunca se convierten en resultados plenamente reales.

Así que: ¿qué es preferible, la energía estática de un cuerpo en reposo (a lo que desde el siglo xix los físicos se refieren como “energía potencial”) o la energía dinámica de la corriente, detenida solo momentáneamente en objetos identificables? Febril, carente de cierre, la energía moderna transforma el mundo en una confluencia de fuerzas dinámicas listas para barrer o virtualizar entidades finitas en el mundo. Esa es en buena medida la mentalidad detrás de la actual crisis medioambiental provocada por la búsqueda desquiciada de una energía que, al ser extraída y liberada de su “cascarón material”, deja su huella sobre el planeta (en primera instancia, en los reinos elementales del aire, la tierra y el agua). El extractivismo no es el origen sino un síntoma de esta comprensión implícita de la energía y lo real.

Dicho esto, es imposible revivir la antigua noción de energeia. El término de Aristóteles se ha perdido para siempre, pese a que la palabra, misteriosamente, permanezca. ¿Qué queda por hacer? Creo que debemos buscar un significado de energía que no deje a un lado sus dimensiones estática y dinámica, objetual y activa. Brindarle energía al mundo no es disolver sus estructuras en corrientes amorfas y campos de fuerzas.

Todavía queda algo por decir acerca de la olvidada energía de lo real –de la energía como realidad o actualidad en contraste con lo meramente posible–, que era tan familiar para los antiguos. Especialmente en una época que valora la virtualidad y la posibilidad, como el mismo Heidegger lo admitió en El ser y el tiempo, por encima de la realidad. No sugiero abandonar este plano de la experiencia, sino intercalarlo con instantes de respiro en medio de la finitud de la vida, aquellos momentos llenos de una energía calma que, consideramos los anticuados, contribuyen a la felicidad. Sugiero que dejemos de asimilar el frenar con la muerte. Que obtengamos energía de la superficie de las cosas y no en su profundidad. Que al mirar las superficies energéticas a nuestro alrededor nos reconozcamos –nuestra propia energía, nuestro presente y potencia– en ellas.

La tarea de reconciliar ambas caras de la energía es difícil. Pero también es imprescindible. Nuestro futuro, más allá de un conjunto de contingencias abstractas, infinitamente variables, eventualmente vacías y posiblemente letales, depende de ese balance

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Michael Marder

Filósofo y profesor de la Universidad de país Vasco. Escribe sobre fenomenología, filosofía política y temas ambientales. Este mes, Columbia University Press publicará su libro Energy Dreams: of Actuality

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