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Jamaica cobra su deuda a la historia

Una disculpa y dos trillones de libras esterlinas

A propósito de los reclamos de reparación que la antigua colonia le hace al Reino Unido, un cronista se adentra en la historia y las fiestas de emancipación de un pueblo que se debate entre identificarse con una nación de esclavos, o el regreso al edén perdido de Etiopía, hoy no tan idílico, que impulsan los rastafaris.

Wallace Sterling no recuerda el origen de su apellido. “De alguna adaptación al cristianismo”, sugiere. Viste un traje azul tenue recorrido por varias figuras geométricas, ropa habitual –una larga túnica bordada a mano y en relieve: preciosa– del lugar del que desciende la mayoría de la población negra jamaiquina: las colonias británicas en la costa oeste africana, a 10.000 kilómetros de aquí. Tiene minúsculos rizos color ceniza y una piel algo más clara que muchos miembros de la comunidad de la que es coronel desde 1995. Moore Town es un poblado en una enorme hoya llamada Valle del Río Grande, rodeada por bosques tropicales y las tierras más elevadas de Jamaica, las Blue Mountains, por cuyos pies corretea, en esta época de lluvias, el río Stony.

Quienes están hoy en Moore Town escuchando a su líder se muestran especialmente conmovidos cuando dice que “la historia de Jamaica debe mucho a las mujeres”. Este 19 de octubre, en medio de un aire abrasador, comienza el discurso de apertura del Día de los Héroes Nacionales –los de Moore Town y otras siete comunidades alrededor–. Frente al coronel Sterling, en la pequeña plaza elevada que han cubierto para proteger a la audiencia del sol, se levanta un monumento con una placa que dice: “Nanny of the Maroons”. Es su tumba.

Moore Town está envuelto en un bullicio de música, celebración y ánimo: la carretera de entrada está flanqueada por una hilera de puestos de comida humeante, llegan vehículos con mujeres que cantan con medio cuerpo asomado por las ventanas, los trajes coloridos de los parroquianos brillan al sol. Es el homenaje a su heroína, y de alguna manera, a ellos mismos: el regreso a sus orígenes.

“Es el día de nuestra madre, de nuestra reina”, explica orgulloso Sterling, quien, junto a un consejo de 33 miembros, dirige esta comunidad de cerca de 1.000 habitantes y una autonomía alcanzada durante los primeros balbuceos del siglo xviii. Para ese entonces muchos esclavos se habían fugado de las plantaciones y habían creado pequeños pueblos libres entre los frondosos bosques tropicales de Jamaica. Así que durante la expansión colonizadora los británicos se toparon con la resistencia inesperados.

Nanny fue una de sus líderes, y es una de los siete héroes de Jamaica por quienes hoy se conmemora la fiesta nacional, celebrada por primera vez en 1971. Para el coronel Sterling esta fecha representa “la liberación de los africanos en el llamado Nuevo Mundo”. Los otros seis héroes, cuyos rostros también pululan en muros callejeros y en escuelas de todo el país, se fueron añadiendo a una lista relacionada con su liberación: Marcus Garvey (un predicador en defensa de los derechos de los negros), Paul Bogle (líder de una rebelión negra en 1865), Sam Sharpe (esclavo y líder de la Rebelión de Navidad, en 1831), Norman Manley (líder de un gobierno beligerante antes de la independencia), George William Gordon (político, empresario y activista en favor de la población negra) y sir Alexander Bustamante (sindicalista y primer presidente del país tras la independencia, en 1962) han servido para ir construyendo un orgullo propio tras la separación de la metrópoli.

Para la historia, Nanny ha quedado como una mujer pequeña, nerviosa y de ojos penetrantes; un ser casi mitológico que nació en la actual Ghana, que fue traída a América y vendida como esclava, para luego fugarse de una plantación. Conocida cariñosamente como “Granny Nanny”, nunca se rindió; así que cuando otro líder cimarrón, Quao, firmó el segundo tratado de paz con los británicos en 1739, ella se opuso: pensó que era otra manera de sometimiento.

Había fundado Nanny Town, una población parapetada por los bosques tropicales de las Blue Mountains quemada en 1734, durante la Primera Guerra Cimarrón (1728-1739). Los sobrevivientes se dispersaron y siguieron creando comunidades.

Con el tratado de paz, los representantes del poder colonial realizaron varias concesiones –autonomía para esas comunidades, mayor libertad comercial, respeto a la cultura africana– y se quedaron más tranquilos: ahora podrían seguir su expansión sin las pérdidas económicas que suponía un auténtico ejército rebelde y escurridizo que destrozaba plantaciones.

Junto con otras tres minúsculas poblaciones, Moore Town mantiene un autogobierno, más simbólico que efectivo frente al poder central, donde el espíritu de libertad de un pueblo creado aquí por esclavos preserva una identidad imprescindible: la mayoría de sus tierras son comunales, conservan una lengua propia y África sigue latiendo en sus tradiciones. Pero, sobre todo, en el recuerdo.

Durante los tres siglos de dominación británica llegaron a Jamaica más de 1,2 millones de esclavos para trabajar en los campos de azúcar, las plantaciones de café, los muelles y el servicio doméstico de los británicos. Muchos murieron en alguno de los 3.429 barcos provenientes de la costa oeste de África, tras largas travesías de hasta cien días; otro gran número pereció en los dos primeros años de trabajos forzados. Algunos se rebelaron; otros –los maroons– se fugaron.

 “Todos nosotros somos, de una manera u otra, descendientes de Nanny”, explica Sterling, rodeado por un ajetreo de ayudantes que preparan la fiesta y engalanan el escenario con cacoon, el arbusto que mejor simboliza la resistencia de los esclavos que abandonaron las plantaciones y se refugiaron en las zonas más remotas e inexpugnables de la isla. De las semillas del cacoon se alimentaban, con sus hojas se ocultaban y de sus fibras armaban una fuerte cuerda para hacer llevadera la guerra de guerrillas que se libró contra el poder colonial.

Aquellas comunidades en las zonas profundas de Jamaica resistieron ataques, embestidas y dos largas guerras, hasta que en 1739 y después de mucha sangre se firmó un acuerdo de paz. Los cimarrones se asentaron en comunidades con África en la sangre y sus apellidos perdidos en la historia. Y fundaron Moore Town.

Para llegar a esta comunidad de la parroquia de Portland, en el vientre de la selva, se atraviesa un camino embarrado de 16 kilómetros desde Port Antonio, por el que se divisan niños llevando cabras, hombres que almuerzan en la orilla de la carretera y dos templos religiosos: uno de los Adventistas del Séptimo Día, comunidad que congrega al 12% de los jamaiquinos, y uno anglicano, religión con la que se identifica el 3% de la población en un país con una amplia diversidad religiosa que ha influido en su historia. Y en los apellidos de sus habitantes.

–Existía la costumbre de tomar el apellido del dueño de la plantación, y por esta zona había muchas –recuerda el coronel, cuyos ancestros fueron cimarrones–. No podemos volver a un país concreto en África porque nuestros antepasados eran de muchos países.

–¿Pero mantienen tradiciones africanas?

–Las puedes observar por ti mismo, no hace falta hablar de ellas.

Poco después, tras la celebración del discurso inaugural, los asistentes –muchos de ellos envueltos en trajes de estampados coloridos, y ellas con pañuelos anudados sobre el pelo– comienzan a asomarse a África cuando resuenan los tambores y se enciende un televisor en el que pasan un documental sobre la vida tradicional del cimarrón: rituales esotéricos del pueblo coromanti, graznidos del abeng, un cuerno que se utilizaba para la comunicación a larga distancia; espasmos que recorren los cuerpos en las danzas tradicionales, métodos manuales de agricultura. El recuerdo de una identidad disuelta en el tiempo.

Un pasado esclavista

De las costas de África occidental fueron arrancados más de 12 millones de personas para trabajar en los campos de América. En 1807, el Parlamento Británico prohibió el comercio de esclavos. Pero el modelo subsistió y siguió rigiendo la vida de Jamaica, pese a las continuas rebeliones que disminuían la producción y lo hacían parecer insostenible. La Rebelión de Navidad, que explotó el 25 de diciembre de 1831 y en la que se movilizaron 60.000 esclavos liderados por Samuel Sharpe, fue la puntada final al sistema feudal: murieron más de 500 rebeldes, incluido el propio Sharpe –otro de los héroes nacionales–, que fue ejecutado. Pero desencadenó el fin de la esclavitud, proclamada el primer día de agosto de 1834.

Sharpe era un predicador bautista que acabó por encender las demandas de los esclavos, quienes reclamaban un salario mínimo. Las condiciones parecían estar dadas, así que entraron en huelga. Pero los terratenientes no accedieron y aquel mensaje que el predicador había propagado entre los esclavos acabó por explotar en la rebelión más sanguinaria de la historia de la isla. Un informe de marzo de 1832 de la Asamblea de Jamaica estimó en más de un millón de libras los daños económicos de la revuelta, el equivalente actual a 72 millones de libras esterlinas.

Aquel episodio certificó el fin de la sociedad de plantación, y el Reino Unido, ante las pérdidas millonarias de los dueños de las industrias, indemnizó a cerca de 46.000 negreros con el equivalente a 3.000 millones de dólares: ya no podrían disfrutar de mano de obra sin coste alguno. Pero las víctimas nunca fueron indemnizadas.

“Todos coinciden en que la reparación es una causa justa, ya que no hemos tenido la oportunidad de crear infraestructuras para desarrollar nuestro país. Y esa carencia ha provocado, durante cientos de años, el subdesarrollo de Jamaica”, expone Verene Shepherd, presidenta de la Comisión Nacional de Reparación, un comité creado por el gobierno en el año 2009 para encauzar las peticiones de ayuda.

Shepherd es una mujer alegre que dirige y da clases en el Instituto de Género y Desarrollo de la Universidad de las Indias Occidentales (UWI, por sus siglas en inglés). Acaba de ser aceptada en el Comité para la Eliminación de la Discriminación Racial, de las Naciones Unidas, y me explica, en su despacho colmado de condecoraciones, cómo ese organismo recoge testimonios de las víctimas en un país mayoritariamente negro. Es decir: de ascendencia esclava.

“Los británicos se fueron en 1962 y no dejaron un paquete de reparación. Estuvieron 307 años y deberían haber dejado un plan de desarrollo y dinero para construir colegios, hospitales, para arreglar carreteras. Entramos en un país independiente sin un plan de ayuda financiera, sin dinero para satisfacer a la población, así que los gobiernos han luchado para asegurar facilidades”, continúa Shepherd, subrayando el papel de este país en un debate que ha estado abierto por años.

Pero Jamaica no ha perdido el tiempo. Ha participado en foros, impulsado investigaciones y estudios, enviado cartas. Y ha calculado la cantidad de dinero –teniendo en cuenta la mano de obra, los beneficios económicos para la metrópoli y el sufrimiento humano– que el Reino Unido le debe al país: 2,3 trillones –sí, trillones– de libras. Sin embargo, esa petición es solo una más de las diez que sugiere el Programa de Justicia Reparativa de la Comunidad del Caribe empezando por una primera obligación: unas disculpas oficiales que no llegan para unas heridas que siguen abiertas.

El ex primer ministro británico, Tony Blair, admitió en el año 2007 “pena” y “vergüenza” por la esclavitud, pero no quiso volver los ojos al pasado. Ese mismo año, la reina Isabel ii escribió una carta a Jamaica condenando el comercio de esclavos. “Esos hechos vergonzosos pertenecen al pasado. Los gobiernos de hoy no pueden aceptar la responsabilidad por lo que sucedió hace 150 años”, decía desde el Palacio de Buckingham.

Para Shepherd, el reto actual está en que las demandas de la antigua colonia sean entendidas y aceptadas por el Reino Unido, del cual Jamaica busca desvincularse del todo –su sistema político es una monarquía constitucional, así que Isabel ii sigue siendo su reina–. “Estamos tratando de gestionar un país independiente con pequeños recursos debido a la colonización por parte del Reino Unido, aunque los gobiernos poscoloniales también tienen parte de la responsabilidad”, expone. La presencia británica en la isla aún es palpable, a pesar de que el país caribeño prepare una enmienda para liberarse de la jefa de Estado, la reina de Inglaterra. La Embajada británica, la Oficina de Programas de Desarrollo y el Departamento de Comercio Internacional, que cuida las relaciones económicas para esta importante rama de los negocios del Reino Unido que es Jamaica, son los símbolos del poder británico que se mantiene en la isla.

Tampoco el actual primer ministro británico, David Cameron, se dio por aludido en su visita a Jamaica en septiembre de 2015. Le recordaron la deuda histórica que tenía el viejo imperio con la isla: disculpas oficiales, compensación económica y demás capítulos del programa de reparación. Además alguien escarbó entre archivos para hallar que un antepasado del propio Cameron, sir James Duff, se había enriquecido gracias a las plantaciones de azúcar y los esclavos.

“El dinero que ganaron gracias a la esclavitud se quedó en las familias británicas y está en todo el mundo porque lo han invertido. Y exigimos que nos lo devuelvan”, opina el activista Benjamin Asamoah, supervisor del Movimiento por el Renacimiento de la Cultura Africana (ACRM, por sus siglas en inglés), una organización que trata de mantener la conciencia de la herencia africana a través de la educación.

Sin embargo, Cameron se volvió a su país ahogando las expectativas: dejó solo la propuesta de un pequeño paquete económico para todo el Caribe, además de la promesa de donar 25 millones de libras para crear solo una infraestructura, una enorme prisión para repatriar a los 600 presos jamaiquinos que purgan condena en el Reino Unido.

Buscando sus raíces

La Jamaica contemporánea se enfrenta a un pasado que nunca se ha ido. Los 300 años de comercio de esclavos y colonialismo han dejado huellas que permanecen inalterables en el espíritu social del país caribeño, y Asamoah –miembro de una clase social media y nacido en un país ya independiente– subraya: “La mentalidad de la esclavitud, promovida por los británicos, sigue viva. Y esa es la situación de la mayoría de las personas”.

Tampoco corren mejor suerte los jamaiquinos que actualmente residen en el Reino Unido, relegados a las clases sociales más bajas. “Necesitamos la reparación que nunca recibieron con los negros y así ser compensados. Es algo más que dinero”, opina el activista.

Era 1971 y un grupo de jóvenes de la Universidad de Tecnología (UTech) decidió enseñar voluntariamente, a chicos de los barrios marginales de Kingston. La historia de África y las raíces de la opresión blanca Así comenzaron a dar herramientas a los jóvenes que no sabían leer y que raramente podían conseguir un empleo de calidad. De esta forma nació el ACRM: “En los años sesenta y setenta, si buscabas un trabajo y no eras una persona marrón o mestiza, no conseguías un empleo de cara al público. Si eras negro estabas donde no se te veía. Contra eso era que luchaban los estudiantes”.

En aquella época, Red Stanley, profesor de la UWI, publicó un informe titulado “Una aproximación introductoria a la concentración de poder en Jamaica”, en el que demostraba que el poder económico de la isla estaba en manos de 21 familias, ninguna de ellas afrodescendiente. El último censo del país reta a esa estructura: más del 90% de la población es negra y el 6% mestiza; solo el 0,2% es blanca.

Los cursos del ACRM siguen activos, aunque con mayores dificultades desde cuando la propia universidad que los amparaba derribó el edificio, donde impartían clases a alrededor de cincuenta personas, para construir un aparcamiento, que aún no existe. Al referirse al parqueadero, Benjamin Asamoah –mirada penetrante y camisa colorida– señala unos barracones al fondo del campus.

Pero de lo que apenas se habla es de la identidad. El supervisor del ACRM dice que cuando le expresa a alguien que se considera africano, le responden: “Pues yo no, señor, yo no soy africano”. “Pero si yo, que soy negro, digo que no soy africano, estoy mintiendo”, asegura Asamoah.

Una lucha a la que también apunta Verene Shepherd al referirse a “la pérdida de conexión con África, especialmente en relación con nuestra identidad”. El coronel Sterling, líder de un pedazo de África en Jamaica, la respalda: “Cada uno se puede sentir como quiera, pero el hecho es que nosotros somos africanos que vivimos en un país que se llama Jamaica”.

–¿Y usted, Benjamin?

–Yo soy de Ghana –responde.

–Su tatarabuelo... –sugiero.

–Yo soy de Ghana –concluye.

Un país de héroes

Los británicos crearon en 1795 la primera prisión de Jamaica en la bahía de Saint Ann’s, al norte del país. El edificio había sido primero un fuerte, levantado medio siglo atrás, pero aquella sociedad necesitaba un lugar donde encerrar a todo tipo de personajes. Así que se habilitó una cárcel que tenía, entre otras instalaciones, una celda para morosos y otra para lunáticos. A esa bahía, donde ahora había un presidio, había llegado Colón en 1494, en su primera visita a la isla. Y allí mismo, en 1887, nació el mayor dolor de cabeza del Reino Unido, un predicador llamado Marcus Garvey.

“Es mi inspiración”, dice Verene Shepherd en su despacho, bajo un retrato de uno de los mayores defensores de los negros que jamás ha tenido el país: recorrió América, promovió huelgas, fundó periódicos, dio conferencias, fue perseguido y creó la Asociación Universal para la Mejora del Hombre Negro, entre otras peripecias. Pero, sobre todo, fue un tipo que creyó en la educación de los negros para liberarse de una opresión que él mismo sufrió.

La Comisión Nacional de Reparación recoge el impacto que han tenido los golpes históricos de la esclavitud. “Algunos grupos de la población sienten carencias educativas: se debe al tipo de educación colonial inglesa que se mantiene aquí. Hablan de su interés en reformar el sistema educativo, cambiar el contenido, hacer un currículo más africano. Mucha gente cree que les han robado ese tipo de educación”, opina su presidenta, que insiste en que gran parte de la población ha crecido con la historia británica. “Y por eso no todos creen en la reparación”.

Si la abolición de la esclavitud creó un caos económico en un país que alimentaba su organismo gracias a la explotación laboral, cuando las colonias inglesas del Caribe se desgajaron del Reino Unido cerca del 70% de los negros eran analfabetos. Marcus Garvey había muerto dos décadas antes de que Jamaica se independizara en 1962, pero su nombre –y sobre todo sus enseñanzas– seguían resonando con fuerza.

“Más allá de que el gobierno haga las cosas bien o no, cada individuo debe de ser responsable de su vida. Lo que Marcus Garvey nos enseñó es que debemos confiar en nosotros mismos: la confianza es la clave y la educación es una forma de alcanzarla, saber que si estudias hay muchas cosas que puedes hacer”, celebra Benjamin Asamoah, que filtra esa filosofía en el ACRM, un movimiento cuyo apellido –“renacimiento”– trata de privilegiar la cultura africana dentro del orgullo nacional e introducir al África en los programas de estudio.

Kemo Rameses, joven y apasionado presidente del ACRM, cree que no hay una base africana en el currículo de la escuela, “e incorporarla es importante para que nuestros estudiantes preserven y cuiden una importante estructura en nuestro país, un vínculo con África y un equilibrio entre nuestra tierra, nuestra gente y nuestra conciencia de mantener todo junto”. Verene Shepherd cree que la presencia de la cultura negra en las escuelas a mejorado, pero que debería potenciarse la inclusión del continente africano antes del comercio de esclavos trasatlántico. “La gente está desconcertada y avergonzada de hablar de la historia de la esclavitud”, opina.

Uno de los discursos más célebres presentados por Marcus le mereció el apelativo de profeta. “Mirad a África: un rey negro será coronado, porque la liberación está cerca”, pronunció en los inicios de los años veinte. En 1930, Tafari Makonnen –considerado por sus seguidores como el último descendiente del rey Salomón– fue coronado emperador de Etiopía con el nombre de Haile Selassie i.

Un grupo de personas que luchaba por los derechos de los negros en los barrios pobres de Kingston rebuscó en la Biblia y halló la respuesta en los Salmos, que la tradición atribuye al rey David, padre de Salomón: “Etiopía se apresurará a extender sus manos hacia Dios”.

Así comenzaba el movimiento rastafari: Haile Selassie era su rey y todos volverían a casa. A África.

Africanos “en la diáspora”

Desde el mar Caribe que se agita en Bull Bay, una población al este de la capital jamaiquina, el viento corre aullando por un camino de tierra sembrado de agujeros y piedras. Los paisanos dicen que para subir al campamento hay que tomar un taxi; el trayecto no dura más de diez minutos, pero al llegar a la cumbre se comprueba que África no quedaba tan lejos.

Bobo Hill es un campamento cercado por los colores verde, rojo y amarillo de la bandera rastafari, que ondea por todas partes. Alguien abre una puerta de madera y lo primero que se ve es un cartel donde se lee: “Nación soberana negra”, “Embajada de Etiopía” y “Egipto en Jamaica”. En el campamento habita desde 1968 un centenar de integrantes de Bobo Ashanti, uno de los grupos más importantes de rastafaris, también conocido como Congreso Internacional Etíope.

“No somos jamaiquinos. Si vas a la Embajada de los Estados Unidos, estás en Estados Unidos. Aquí estamos en Etiopía: somos etíopes en el exilio. No cantamos reggae, solo rezamos. Y lo hacemos entre aplausos”, explica Priest Morgan –viejo, amable, sabio– en una especie de oficina con un sofá, mientras su desconfianza inicial se va apagando.

A mediodía, Priest Morant, mucho más joven y vestido de amarillo intenso, se asoma a un balcón que domina el campamento y da un soplido a una corneta. Un eco grave retumba entre las colinas: es uno de los tres momentos del día en los que leen los Salmos por media hora, implorando que se cumplan las profecías.

En Jamaica hay alrededor de 29.000 rastafaris, pero los que habitan en las colinas de Bobo Hill dicen representar a todos los negros del mundo. “El Congreso se levanta en nombre de todos los negros de la diáspora”, dice convencido Priest Morgan, que siguiendo la analogía bíblica –de donde los rastas han extraído su razón de ser– cree que Occidente es su Egipto y África la Tierra Prometida. El 1º de agosto, Día de la Emancipación, es su fecha más representativa. Ese día del año 1834 se abolió la esclavitud en el Caribe. En contraste, la independencia de Jamaica y su fiesta les son ajenas.

Pero los Bobo Ashanti también recuerdan con claridad el 1º de marzo de 1958, día en que 3.000 rastasfaris marcharon para congregarse en la Plaza Reina Victoria de Kingston.

–¿Quién es su líder? –preguntó en aquel entonces un policía de la Jamaica colonial.

La multitud señaló a Emmanuel Charles Edwards, quien sería el fundador del Congreso Internacional Etíope, reconvertido en la secta Bobo Ashanti. Aquel hombre sería considerado el sumo pontífice de los rastas y pasaría a ser parte de la santísima trinidad junto con Marcus Garvey y Haile Selassie

La repatriación es el primer objetivo de los varios grupos de rastafaris que existen en Jamaica. Y en estas colinas donde rezan mirando a África, no dicen ser representados por la Comisión Nacional de Reparación creada por el gobierno central.

–De la misma forma que nos trajeron como esclavos nos deben de llevar a casa: ellos hablan de disculpas, de compensación. Pero nuestro primer objetivo es la repatriación –afirma Priest Morgan.

Días antes, Verene Shepherd me decía que los negros pueden encontrarse a sí mismos en Jamaica: “Yo creo que este país puede ser organizado de manera que los negros podamos estar cómodos”.

–¿Y se están “encontrando” a sí mismos? –pregunto a Morgan.

–La esclavitud continúa –responde–, pero la gente negra se está levantando para tener el control de sí misma: los negros nos estamos reencontrando ahora.

Kingston, la capital jamaiquina, tiene su origen en una reprimenda divina. Cuando en 1692 un terremoto destruyó Port Royal, la anterior capital, el hecho se interpretó como un castigo por los pecados que aquella ciudad corsaria encerró en sus días de esplendor y tesoros. Si le añadimos una población traída desde África y pasada por el filtro de 400 años de dominio inglés, se entiende la inestable aleación que hoy es Jamaica: un batiburrillo de África y sus mitos, Europa y sus raíces.

Aquella población se había levantado sobre los cimientos del comercio de esclavos: si a mediados del siglo xvii había 1.400 personas negras en la isla, en 1807 ya eran 300.000. Entre quienes exigen volver a África y quienes aspiran a construir un país, las instituciones tratan de consolidar una fuerte identidad nacional: sus banderas, sus siete héroes, su historia común. Para ello, además, se impulsó el Día de la Independencia en lugar del Día de la Emancipación –el fin de la esclavitud–: una fábrica para construir nación. “Pero aun así a la mayoría de la gente negra no es la independencia lo que le preocupa, sino la emancipación, ya que sus ancestros lucharon por ello”, dice Shepherd. “Los rastafaris, por supuesto, hablan de su conexión con África, pero creo que mucha gente prefiere ser identificada como jamaiquina: la mayoría de los negros no quiere volver a África, sino desarrollar este país”. Verene Shepherd se muestra esperanzada por esa construcción. “Ser jamaiquino significa haber nacido aquí y sentir lealtad por Jamaica”, señala, aludiendo a los sueños que ya dibujó Marcus Garvey, el héroe cuyo retrato le sostiene ahora la mirada en su despacho y que una vez dijo: “Muéstrenme una nación bien organizada, y les mostraré una gente y una nación respetadas por el mundo”.

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Diego Cobo

(Santander, España, 1986). Periodista y cronista de viajes. Ha publicado sus textos en medios como El País, El Universal, El Mundo y Travesías.

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