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Artículo

El humo del mundo

Traducción del Alemán Andrea Garcés

La riqueza y sus símbolos recorren de formas impensadas estas páginas a medio camino entre ensayo y ficción: el lastre que significa un nombre, la relación equívoca con lo germano, alimentarse solo de un tubérculo, una fijación por Heinrich Heine y una visita odontológica están conectados por el instinto humano de coleccionar objetos brillantes y canjearlos por otros. 

© Ilustraciones de Ximo Abadía 

Llevaba casi un año dedicado al tema de Heine y ahí estaba otra vez: desempleado, sentado en una estación de tren en las cercanías de Bonn, comiendo papas de una variedad y en una presentación distinta todas las noches. Un día, mientras en la sartén se doraban tres tortas de papa rallada, empecé a leer un cuento que me llamó la atención por su título, “La pareja de esposos”, y que empezaba con esta linda frase: “La situación está tan difícil que a veces, cuando me sobra tiempo en el trabajo, tomo la maleta de muestras y me voy a visitar clientes personalmente”. No pude leer más, el cuento tenía razón. Me embutí las tortas de papa sin untarlas de la habitual compota de manzana y me fui de inmediato a la cama para poder llamar por la mañana, tras un buen descanso, a un odontólogo llamado Hermann Klaas.

Había dado con él durante mis investigaciones y, si bien no lo conocía personalmente, estaba al tanto del detalle crucial de su biografía: además de ser odontólogo, y de tener un consultorio en Düsseldorf y una casa de verano en Long Island, Klaas era fan de Heine, a tal punto que desde 1995 viajaba al South Bronx a limpiar con un cepillo diseñado por él mismo los grafitis de la Fuente Lorelei, una fuente erigida en honor a Heine que había sido trasladada hasta el Bronx debido a hostilidades antisemitas. Alcanzó una breve fama como “fregón de Heine”. No obstante, como ni siquiera un odontólogo estaba en capacidad de concluir ese trabajo sin ayuda, Klaas decidió que, en lugar de limitarse a limpiar las placas de mármol, era mejor restaurar la fuente en su totalidad, y se dedicó a conseguir fondos para hacerlo. Con motivo del aniversario 200 del nacimiento de Heine, organizó una gala en el Parque Joyce Kilmer, donde está la fuente, para ese momento ya de un blanco reluciente pero todavía bastante deteriorada. Un profesor de Yale, Jeffrey L. Sammons, y el alcalde de Düsseldorf estuvieron a cargo de los discursos, y recolectaron más de un millón de dólares. Dos años después tuvo lugar el acto inaugural, en el que el entonces presidente del distrito del Bronx, Fernando Ferrer, se permitió en un arrebato de emoción llamar a Heine uno de los suyos –un disparate extraordinario, por supuesto, si bien el apellido Heinrich significa algo así como “señor que está en la casa”–.

En el desayuno le pegué un mordisco a una manzana Belle de Boskoop y a las nueve en punto marqué el número del consultorio de Klaas. Contestó una asistente odontológica. Después de una breve conversación me puso a deletrear mi nombre, me dio una cita, dijo que Marienfeld era un apellido muy bonito, yo me reí un poco en el iPhone y colgamos.

Desde el 2 de octubre de 2009 aparece ese apellido en mi pasaporte. En aquel entonces, mi novia y yo caminamos con el mejor de los ánimos hasta la Oficina del Registro Civil del centro de Hamburgo, metimos cincuenta euros en una máquina, tomamos asiento bajo unos corazones rojos hechos a mano y diez minutos después nos montamos en la línea 2 del metro rumbo a la Reeperbahn como marido y mujer. Al día siguiente, Día de la Unidad Alemana, fritamos un par de schnitzels vieneses para contrarrestar la resaca, mientras yo practicaba mi firma. Intentaba pensar en mí como un Marienfeld y no pude evitar pensar también en mi madre, cuyo apellido de soltera había sido Korthase, y en su sonrisa nerviosa al firmar torpemente su nuevo nombre en la partida de matrimonio, como si se tratara del nombre de un desconocido.

Obviamente hay muchos motivos para cambiarse el nombre. Sin embargo, los más comunes son probablemente el matrimonio, el bautismo y algunos problemas serios. A veces estos motivos van de la mano. Tal fue el caso de Heine, estudiante de derecho, quien a pesar de haber publicado recientemente Cuadros de viaje y Libro de las canciones quería encontrar un trabajo para ganarse el pan, lo cual era casi imposible para un judío en la Alemania de principios del siglo xix. Su situación lo llevó a hacerse bautizar como protestante, en 1825, en Heiligenstadt, cerca de Gotinga. Pero a pesar de convertirse ese día en un fulano cualquiera, Harry Heine nunca consiguió trabajo como abogado. Veinte años después de su bautismo todavía le fastidiaba la “cristianización” de Felix Mendelssohn, quien como converso recibió el apellido adicional de Bartholdy: “No puedo perdonarle que, a pesar de su independencia económica, sirva a los pietistas con su extraordinario talento”. Más adelante haría en Lutezia su observación más amarga: “Entre los judíos bautizados hay muchos que, llevados por su cobarde hipocresía, dicen peores cosas sobre Israel que las que dirían sus enemigos de nacimiento”.

Durante los años veinte del siglo xix, Heine intentó acercarse a Rahel Varnhagen y a Henriette Herz, ambas representantes de la emancipación judía, bautizadas y anfitrionas de salones literarios. Más adelante, en su biografía sobre Heine, Max Brod afirmaría que no era de extrañar “que, en esa huida generalizada, las más radicales fueran precisamente las hijas. La ortodoxia educaba a las hijas para la oración y la observación de las ceremonias, pero no para la comprensión de la esencia del judaísmo –para el estudio de la doctrina–, asunto entendido como eminentemente masculino”. Después de referirse a Varnhagen y a Herz como “un par de burras”, Brod recupera el control y dice: “Hay un motivo que me permite reproducir con precisión la situación de las judías alemanas alrededor de 1800: yo experimenté la misma situación en carne propia, solo quien ignore que la oleada de asimilación tardó un siglo en llegar a Europa del este encontrará esta afirmación paradójica”. En una época marcada por el regreso generalizado de la discriminación antisemita, la situación debió ser aún peor para Heine, pero “fue capaz de dar riendo el paso de la edad media judía a la edad moderna, sí, hasta cierto punto de forma irreflexiva, y a pesar de ello supo mantener continuidad con el otrora vivo judaísmo”. Para Brod, Rahel Varnhagen, Levin de nacimiento, estaba sujeta a “un sistema de coordenadas absolutamente falso basado en lo cristiano-alemán; Heine, en cambio, no tenía sistema alguno –en ese entonces oscilaba todavía con mucha fuerza, lo cual tiene la desventaja de la incertidumbre y no ofrece grandes perspectivas, pero quizá sea mejor que estar sujeto a algo completamente falso”–.

El comentario más amable que nos hicieron después de la boda vino de un amigo abogado, quien, al escuchar la historia de los cincuenta euros que desaparecieron en la máquina de la Oficina del Registro, dijo que el divorcio siempre sale realmente caro. Lo demás fueron lágrimas, reproches, y la madre de mi padre, quien descorchó una botella apenas supo de la boda; quiso brindar por la nueva señora Richmann, hasta que le aclaramos que había sido yo el que dejó su apellido de soltero. Así como un niño pierde finalmente sus dientes de leche porque no quiere pasar su vida comiendo mortadela, porque algún día quiere también una chuleta de cerdo, y le salen nuevos dientes con los que tendrá que arreglárselas de ahí en adelante, los nombres señalan una transición hacia una nueva fase de la vida. Eso es claro. Y también es claro que aquellos que se han encontrado quieren compartir un apellido. Por un tiempo estuvimos reflexionando sobre cuál debería ser el nuestro. Tener dos apellidos no venía al caso, nos parecía la opción más ridícula, era como engalanarse el mascadero con los dientes de leche.

Mi abuela enseñaba furiosa los dientes y se enfrentaba a una realidad que no quería entender, no por tener una forma de pensar especialmente reaccionaria, sino porque mi matrimonio la había dejado de lado también a ella. El padre de mi padre murió por alcoholismo hace veinte años y a mi abuela nunca se le ocurrió recuperar su apellido de soltera, Gadau. No tenía motivos para hacerlo, pues se había liberado de la situación de otra forma. Cuando ya no pudo más se mudó del apartamento que compartían; había ganado, si es que había algo que ganar, había sobrevivido al embobamiento, se había convertido en una nueva mujer. ¿De qué habría servido entonces volver a llamarse como se llamaba cuando tenía veintitrés años? Tiempo después volvió al apartamento en el que mi abuelo se había embriagado hasta la muerte, el mismo apartamento en el que nos encontrábamos en ese momento, cada uno de nosotros resoplando un poco de tristeza en nuestras copas de champaña. No puedo hacerle ningún reproche al respecto, por supuesto, pero quizá sería necesario hacer una suerte de Congreso de Viena para la reorganización del statu quo, para reconciliar las islas de nuestra histeria en un archipiélago.

Los antiguos habitantes de la actual provincia de Bahía Milne solían navegar constantemente entre sus islas. El objetivo de este recorrido en bote al que llamaban kula, palabra que significaba algo así como “anillo”, era llevar collares de ostras espinosas rojas y pulseras de almejas blancas de una isla a otra. Mientras más se transportaran aquellos objetos de intercambio y prestigio, más valiosos se volvían, y aceptarlos imponía la obligación de devolver un obsequio: si te daban una manotada de almejas debías regalar algo similar. Así se hacían las cosas, un alambicado sistema de ofrendas regulaba tanto la vida social como la religiosa de estos “argonautas del Pacífico occidental”. Todo estaba conectado, las conchas que más habían viajado tenían el mayor valor y su dueño el mayor prestigio.

Al final, mi abuela terminó regalándonos una krugerrand, una moneda de oro de Sudáfrica que en ese momento nos pareció lo más importante, especialmente en caso de un posible divorcio.

Después de hablar con la amable asistente odontológica, bajé al Rin a bañarme un rato. El tiempo estaba estupendo y en la orilla había varios adolescentes sentados en la arena, tomando de esas bebidas con poco alcohol tipo Smirnoff Ice. No hay mejor embriaguez que esa leve borrachera matutina, pensé. Pero no me puse nada sentimental. Un par de cientos de metros corriente abajo, la Roca del Dragón irradiaba su autoridad natural y el ferry entre Niederdollendorf y Bad Godesberg iba de un lado a otro como un reloj al que se le hubieran quedado pegadas las manecillas.

Hace algunos años, cuando mi esposa y yo estábamos de paseo en Normandía, nos montamos en el auto de una mujer que iba hacia Inglaterra. Como esa región también es muy bonita, decidimos seguir con ella y tomar el ferry en Dieppe, donde me fue expedido un boleto con el nombre de Geb Marienfeld. Desde entonces me convertí en Geb hasta para mi esposa, quien se acostumbró a llamarme así, excepto en los momentos que requerían el uso del diminutivo, cuando me llamaba Gebby.

Qué puerto tan feliz es el matrimonio, pensé, y quise cruzar hasta la otra orilla, pero en ese momento tres hombres en trajes de neopreno salieron de las aguas poco profundas del Rin, justo frente a mí. Mientras se quitaban los tanques de oxígeno les pregunté en qué andaban. Se presentaron como buscadores de tesoros. Al verme parpadear confundido, mirando en dirección al sol, añadieron que buceaban en busca del tesoro de los nibelungos y que se habían sumergido en el río poco antes de Bormes, pero hasta ahora habían hurgado en el cieno sin éxito. En ese momento vino la juventud Smirnoff Ice y todos nos sentamos en un círculo alrededor de los buzos, quienes empezaron a dar una breve ponencia sobre Brunilda, Krimilda, Hagen y Sigfrido. “Allá arriba Sigfrido mató un dragón para bañarse en su sangre”, dijo uno de ellos mientras levantaba su brazo señalando la Siebengebirge, una gran montaña cercana a Bonn, y siguió contando la historia que tocaba todos los grandes temas: capas de invisibilidad, hímenes rotos, intrigas, traición y la envidia de Hagen, quien codiciaba tanto la riqueza de Sigfrido que le clavó una lanza por la espalda, justo en el lugar que había quedado cubierto por la hoja de tilo, su punto débil, y así le llegó la muerte a Siggi, y a su asesino la oportunidad de tumbarle el tesoro. “Al pendejo de Von Tronje no se le ocurrió nada mejor que tirar el oro en el Rin”, dijo el segundo buzo. Fascinados, habíamos tomado un Bacardi Breezer tras otro, y queríamos saber, por supuesto, cómo terminaba la cosa, pero el tercer buzo insistió en irse. Ya era tarde, el sol se hundía entre los árboles y yo también partí en dirección a casa, para poner a hervir una olla de papas Sieglinde, las cuales, a pesar de ser cultivadas en el campo alemán desde 1935, no recibieron el título de Papa del Año sino hasta 2010.

Más tarde, como siempre que se trataba de oro, recurrí a Marcel Mauss: “El tema del don funesto, del regalo o del bien que se transforma en veneno es fundamental en el folclor germánico. El oro del Rin es funesto para quien lo conquista, la copa de Hagen trae desgracia a quien bebe de ella”. Quizá porque en lo anterior había algo de cierto, o porque de todas formas el erario público se haría cargo del costo del divorcio, decidí usar la krugerrand de la abuela para mandarme a hacer un diente de oro.

 La semana siguiente, cuando fui al consultorio del odontólogo por primera vez, leí una nota que el doctor había pegado en la puerta: “Estimado ladrón, el pasado 18 de agosto de 2013 nos visitó sin éxito. Ni en ese entonces ni ahora guardamos dinero en el consultorio. Si quiere acordar una cita, por favor llámenos”. Giré el picaporte y entré en una sala de espera vacía. El decorado no dejaba dudas de la obsesión de Klaas por Nueva York. En las paredes había imágenes en blanco y negro de los edificios de acero; en lugar de revistas había libros de fotos con imágenes de Nueva York y en la recepción había una Estatua de la Libertad disfrazada de Bugs Bunny. “Señor Marienfeld, puede ingresar al consultorio, el doctor viene enseguida”, dijo la asistente odontológica. Sonrió. En uno de sus dientes pude ver el brillo de algo que parecía un diamante.

Sería una idiotez afirmar que siempre me siento desconcertado cuando alguien se dirige a mí con mi nuevo nombre. La verdad es que me suena como si se tratara de algo ajeno, me describieron como “calvo” o “nariz de breva”. Marienfeld es otro tipo, es agacharme para esconderme mientras recorro perfectamente erguido los corredores de la oficina, es un “puedes llamar mi atención, pero no lograrás atraerme”. En ese momento pensé que nadie se propone empezar una dinastía.

Qué maravillosa era la sensación de familiaridad que sentía donde Klaas, gracias a que en todos los consultorios se dicen las mismas cosas, ni siquiera el tono cambia. Sí, también es por eso que la gente debería ir más a menudo a tiendas por departamentos como Karstadt, ya sea a comprar un pantalón o a tomar cerveza embotellada en el restaurante, porque en ellas todo funciona según ese extraño e irracional principio de igualdad: cada piso se ve igual a su equivalente en una tienda de otra ciudad, y en las cajas todos son iguales, a todos les está permitido pararse detrás del otro y echar un vistazo a su alrededor. Aunque, pensándolo bien, ni siquiera hay ventanas, pero eso solo intensifica el efecto: si alguien se desmayara en la sección de ropa interior, al levantarse no sabría dónde está, pero tampoco se preocuparía. Oh, Karstadt, eres la más hermosa de las utopías, pensé.

Luego vino el doctor. Mascullaba algo en medio del ajetreo y el saludo de mano fue apresurado y firme. Le expliqué que mi incisivo superior izquierdo era en realidad una corona con una esquina astillada, solo un poco, pero lo suficiente –obsolescencia programada, por supuesto–, y en todo caso quería una corona nueva, preferiblemente una de oro. El doctor dijo que un diente de oro de esas características era muy costoso y preguntó si quizá tenía reservas de oro que pudieran ser fundidas, a lo cual respondí sacando la krugerrand del bolsillo de mi pantalón. Observó el objeto en silencio. Su cabello café me recordaba el corte de pelo que tenía Lorne Malvo antes de trabajar como odontólogo. Después de un rato, Klaas se acomodó las gafas de pasta y yo le pregunté, rompiendo el silencio, si hacer un diente de oro de esas características era un problema para él. Meneó la cabeza, haciendo que su capul saltara de arriba a abajo: “No, no, de ninguna manera, es un pedido poco habitual, eso es todo”, y preguntó si debía empezar por quitar un poco de placa. No había terminado de asentir con la cabeza cuando sentí los dedos del odontólogo dentro de mi boca.

De regreso en Bonn hice papas azules salteadas. Marcel Mauss dice: “La persona para la cual se cocina debe honrar la comida en voz alta. Algo parecido a la costumbre de la antigua Germania de atragantarse con cantidades enormes de comida para ‘honrar’ al anfitrión de forma grotesca”.

En la siguiente sesión de tratamiento, el doctor me preguntó por el origen del trauma en la parte anterior de mi dentadura. Como la descripción técnica de mi condición me pareció bonita y además hay que ser honesto en esta vida, le conté la historia completa: cómo en el penúltimo día de colegio mis amigos y yo fuimos al canal Dortmund-Ems y cómo nosotros, un grupo de muchachos de dieciséis años, ingerimos una barbaridad de cerveza y luego terminamos en una construcción, y cómo por algún motivo a mí se me ocurrió que la mejor forma de darle su merecido a la construcción era tumbar un letrero de señalización con una patada giratoria, cómo la placa cayó al suelo y me saltó con rabia en la cara, cómo me arrancó el diente, me partió la nariz, me produjo una contusión cerebral, y finalmente cómo caí y no volví a levantarme hasta que el gong que marcaba las pausas entre las clases dejó salir a vacaciones a los niños del Gimnasio Heinrich Heine. Klaas miraba por la ventana. Dijo que esas cosas pasan más a menudo de lo que uno cree, “obviamente es tonto, pero la adolescencia es cosa difícil”. Desde luego tenía razón, “tonto” no era adjetivo suficiente, y desde luego yo había esperado que la mención de mi colegio le hiciera hablar de Heine, pero no dio señales de querer cambiar de tema. Dijo que desde que llegaron al mercado esas patinetas de metal muchos niños han perdido sus dientes con el manubrio. Callamos por un momento hasta que, de la nada, la asistente dijo que afuera había una locura de cielo, un cielo muy rojo, según ella; pero cuando volteamos a mirar no había nada, solo el crepúsculo. Al darme la siguiente cita, la asistente me dijo que debía reconsiderar lo del diente de oro, mi dentadura no estaba nada mal, lindos dientes, no había ninguna necesidad de alterarla. Le respondí que ella tenía un diamante en el diente, muy chic y todo, y le pregunté si eso no hacía que pudiera entenderme. Ella rió y dijo: “Hasta la próxima semana, señor Marienfeld”.

De regreso en Bonn intenté tajar papas Heideniere para hacer papas a la francesa. Mauss dice: “La palabra ‘interés’ es de origen reciente y se remonta a la latina interest que aparecía en los libros de cuentas junto a los valores por cobrar”. Mi esposa y yo solíamos tener un chiste en el que nos echábamos en cara que no nos merecíamos, que no habíamos hecho nada para ganarnos el uno al otro. Para obtener más información recurrí a Heine, quien había vivido en París en los primeros años de la década de 1830. “En Francia, los judíos están emancipados desde hace demasiado tiempo; los vínculos genealógicos han pasado de ser laxos a desaparecer casi por completo o, mejor dicho, ahora han resurgido al interior de la nacionalidad francesa”. A pesar de ello, los problemas eran los mismos que al lado derecho del Rin: “Acusar a aquellos que se pronuncian en favor de los judíos de tener los motivos económicos más impuros es una invención vieja y vergonzosa, pero de ninguna forma agotada”.

En 1822 el emperador austríaco Francisco i había nombrado barones a los cinco hijos de Rothschild, el banquero de Fráncfort. El más joven de estos, Jakob Mayer, quien había fundado en París el Banco Rothschild Frères, se hizo llamar desde entonces James de Rothschild. Casi veinte años después, Heine lo visitó en su “cuartel de la riqueza” de la Rue Laffitte. “Un lugar extraño capaz de suscitar ideas y sentimientos nobles, como mirar el océano o las estrellas del firmamento; aquí se ve lo pequeño que es el hombre y lo grande que es Dios, pues el dinero es el dios de nuestro tiempo y Rothschild es su profeta”, dijo Heine.

Desde principios del siglo xix los antisemitas pusieron a circular por todo el mundo varias leyendas para desacreditar a los Rothschild. Según una de ellas, Nathan, el director de la dependencia de Londres, tenía un talismán judío que era el origen de su riqueza. Una aún más abyecta afirmaba que los Rothschild habían adquirido la mayor parte de su riqueza tras la Batalla de Waterloo. En 1962 (¡1962!) esta leyenda fue desenterrada por Der Spiegel, en un artículo rebosante de clichés contra los judíos. Seis ediciones (¡seis!) antes de publicar “En estado de defensa condicional”, artículo que los llevaría a declararse “escudo de la democracia”, Der Spiegel resumió la historia de la siguiente forma: “Nathan, entonces ya una figura conocida en la capital inglesa, había recibido noticias sobre la victoria por parte de un agente de Ostende, quien le habría enviado con un navegante el primer reporte de periódico publicado en Bruselas sobre la batalla. Sin embargo, una vez en la Bolsa, el banquero actuó como si acabaran de informarle que Inglaterra había perdido la decisiva batalla. Sus insinuaciones melancólicas desencadenaron una caída estruendosa de la bolsa. Mientras los corredores se deshacían de sus acciones a cualquier precio, Nathan mandaba a sus agentes a comprarlas. Al día siguiente, cuando se hizo público que los ingleses y los prusianos habían destrozado la guardia de Napoleón y que su gobierno despótico había llegado a su fin, la Bolsa se fue al otro extremo en medio del frenesí de la victoria. El manipulador pudo entonces vender a precios normales las acciones compradas a bajo precio y ganar más de un millón de libras esterlinas”. Este sinsentido histórico sirvió como base a la trama de la película de propaganda nazi Los Rothschild: acciones en Waterloo, de 1940, la cual compuso junto con El judío eterno y El judío Süß el tríptico de fantasmas infrahumanos del nacionalsocialismo. Algún miembro de las Juventudes Hitlerianas debió haberlas visto con mucha atención y, diecisiete años después del fin de la dictadura nacionalsocialista, escribía con espíritu germánico sobre los “refinados Rothschild” –nótese el calificativo– para contextualizar el desarrollo contemporáneo de su banco. Qué más podía ser Guy Rothschild, portada en Der Spiegel, sino miembro de una conspiración judía de orden mundial. Aún en la actualidad podemos ver al fantasma gagá de esas ideas atravesando el documental Zeitgeist de Peter Joseph o los cerebros llenos de engrudo y teorías de la conspiración de Ken Jebsen y Jürgen Elsässer, las mascotas belicosas de las “vigilias por la paz”.

Para terminar de hartarme de antisemitismo, me conseguí una edición comentada de Los protocolos de los sabios de Sion, la patraña sobre un supuesto congreso judío para conquistar el mundo, que preparó el terreno para todo lo que sucedió a partir de 1940.

Todo se deformaba paulatinamente mientras leía recostado en la orilla del Rin. Los protocolos son tan indignantes que su supuesta autenticidad me gritaba a cada línea: “Hola, aquí estoy, soy la antigua ficción mal hecha”, y el prólogo del editor Jeffrey L. Sammons, que resumía la historia de la creación y publicación del texto, parecía preguntarme si me tragaba todos esos giros y anécdotas que, si bien tenían un respaldo histórico, sonaban increíblemente falsos. La sola aserción de que “los protocolos no solo fueron tomados en serio por los necios y los que padecían de alguna discapacidad cognitiva, sino especialmente por los letrados y las personas privilegiadas” me dejó hecho trizas. Entonces me levanté sacudiendo la cabeza y vi a la juventud Smirnoff Ice que se disponía a jugar al limbo con el agua a las rodillas. Tuve una epifanía. Qué chistoso es todo esto, por Dios, pensé mientras hurgaba enfadado en la arena, ese tal Sammons no solo dio un discurso sobre Heine en la fiesta de mi odontólogo en el Bronx, sino que escribió esta lumbrera de prólogo.

© Ilustraciones de Ximo Abadía 

Lo que después sería publicado como Los protocolos estaba en realidad compuesto por dos textos completamente distintos entre sí. Uno de ellos era Biarritz, la novelucha antisemita publicada en 1898 por un tal sir John Retcliffe, quien en realidad no era un noble, sino un trabajador del Correo silesio que falsificaba cartas para la policía secreta prusiana y llevaba originalmente el nombre de Hermann Ottomar Friedrich Goedsche. El otro texto –y eso es aún más curioso– era Dialogue aux enfers, una conversación de muertos entre Montesquieu y Maquiavelo, “que Maurice Joly, un abogado liberal, mandó a publicar anónimamente en Bruselas en 1864 o 1865” para atacar la política de Napoleón iii. Sammons contaba también que “el libro fue confiscado por la policía fronteriza francesa y el autor fue condenado a quince meses de cárcel y una multa de 300 francos. Después de años de lucha valerosa el combatiente liberal se cansó y se suicidó”.

Perplejo, dejé de lado Los protocolos, caminé hacia la juventud Smirnoff Ice y me eché a flotar en el agua un rato. Lo más fuerte de todo es que después de que las investigaciones revelaran que Los protocolos eran un plagio, los antisemitas se limitaron a decir que Joly “era un judío llamado Moïse Joël”. Así funciona, pensé, si no es posible comprobar a los judíos sus tejemanejes, esto no es más que una prueba de su astucia; si un tipo pone a un Maquiavelo perturbado a hablar sin ton ni son, es porque se está entrenando para su papel como sabio de Sion; y si yo hubiera buceado hasta el fondo del Rin en busca del tesoro de los nibelungos y hubiera regresado solo con una peluca de algas, sería porque Hagen escondió muy bien el tesoro.

En efecto, Los protocolos fueron publicados por primera vez en Rusia, en 1903, para convencer a Nicolás ii de oponerse a los intentos de reforma al interior de su gobierno. Cuando los bolcheviques fusilaron a la familia del zar quince años después, encontraron en posesión de la zarina Alejandra Fiodorovna, nacida con el nombre de Victoria Alix de Hesse y el Rin, La guerra y la paz, una Biblia y Los protocolos en una edición del “místico religioso” Serguéi Nilus, un loco que esperaba la llegada inminente del “anticristo profetizado”. Él mismo había “aceptado la posibilidad de que Los protocolos fueran falsos, gracias a la convicción inalterable de que, aun en caso de que lo fueran, eran una herramienta de Dios en contra de los judíos”. Un fascista ruso terminó trayéndolos a Alemania, donde fueron publicados en 1920 con el título de Los secretos de los sabios de Sion por un tal Gottfried zur Beek, seudónimo de Ludwig Müller, un “antisemita comprometido” que hacía poco “había escrito uno de los muchos pasquines incendiarios en contra de Heinrich Heine bajo el nombre de Müller von Hausen”. Cuatro años antes del ascenso de Hitler al poder, el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán se aseguró los derechos del libro.

Cuando volví a la estación se me había ido el apetito, una mala señal, y por supuesto me preguntaba cuántos clavos era preciso meter en una papa para que produjera suficiente dolor al estrellarse contra la cabeza de alguien. Mauss dice: “El hombre piensa de buena gana que lo que antes fue y ahora es también será. Nada es más concluyente en este sentido que nuestra opinión sobre el dinero. Nos cuesta enormemente imaginar un dinero que se ha separado de su portador de metal, el oro, por una parte porque en las economías comparables con las nuestras los metales preciosos han servido siempre como dinero; por otra parte, porque fuimos educados, en menor o mayor medida, en una ‘religión del oro’, con todo lo que el término implica –para algunos adoración, para otros aversión y para otros más simplemente la constatación objetiva de una realidad–”.

Al día siguiente, mientras una jeringa penetraba en mi encía, el doctor y la asistente hablaban sobre una paciente que se había casado. Aparentemente, por el cambio de apellido, tuvieron una confusión al momento de cuadrar una cita. En cualquier caso, Klaas estaba un poco enojado y yo le hubiera contado con gusto alguna anécdota breve, pero la procaína ya había impregnado mi paladar y comenzaba a adormecer primero los labios y luego las aletas nasales.

Con gusto le habría contado cómo a mis dieciséis años, cuando todavía me faltaba ese incisivo superior izquierdo, me puse a saltar de Ford Fiesta en Ford Fiesta en la entrada de un concesionario, y cómo mi cargo de conciencia por los capós hundidos había desaparecido cuando me enteré de que Henry Ford había publicado Los protocolos, inicialmente en su periódico The Dearborn Independent y posteriormente como libro bajo el título El judío internacional: el primer problema del mundo, con el fin de hacerlos llegar a un mayor número de lectores. Le hubiera contado que Ford fue en su tiempo el estadounidense más amado en Alemania y que Hitler tenía la esperanza de que se convirtiera en el siguiente presidente de Estados Unidos. Le hubiera dicho al odontólogo “el mismísimo Hitler, ese hijo de puta”, y luego habría citado unas líneas de Mi lucha: “Los protocolos de los sabios de Sion, tan inmensamente detestados por los judíos, muestran, de una manera incomparable, hasta qué punto la existencia de ese pueblo está basada en una mentira ininterrumpida. El Frankfurter Zeitung gime una y otra vez que son falsos, lo cual es la mejor prueba de que no los son. Lo que muchos judíos tal vez hagan inconscientemente se encuentra aquí al descubierto. Pero la mejor forma de evaluarlos es frente a la realidad. Quien examine el desarrollo histórico del último siglo desde el prisma de ese libro comprenderá también la gritería de la prensa judía”. Y luego le habría preguntado si había oído que después de la guerra Adolf Eichmann se preguntó si el mismo Hitler no fue una marioneta de los sabios de Sion –el desencanto más absurdo de todos los tiempos–, o si sabía que Walther Rathenau tuvo que morir porque sus asesinos asumieron que habían reconocido en él a uno de esos sabios. Le habría preguntado si era por todo eso que él había recurrido a balde y cepillo –solo a manera de gesto porque la locura nunca nos abandona–, y si después de la gala en el parque había caminado un poco con Sammons por el South Bronx. Pero nada de eso fue posible, mi boca estaba completamente adormecida; podía saborear la sangre sobre la lengua mientras el doctor profundizaba en mi cavidad oral y la asistente le preguntaba una vez más si había entendido que desde hace rato la señora Becker ya no era la señora Becker, sino la señora Langer.

Y como en ese momento estaba muy sensible intenté pensar en algo bonito y tragar rápidamente la sangre o dirigirla con la lengua hacia el aparato de succión que la asistente sostenía dentro de mi boca. Pensé en la época en que conocí a mi mujer en Normandía a los quince años. Pasábamos los días tirados en la playa fumando porro y las noches borrachos junto a las carpas; como la sidra sabía a jugo de manzana fermentado, tomábamos solo calvados y fumábamos Gitanes imitando a los pilotos de la Primera Guerra Mundial. En una ocasión manejamos hasta Colleville-sur-Mer, pero allá tampoco encontramos nada, otra vez las mismas mesas de billar, las maquinitas, los alemanes en sus casas rodantes, algunos burros franceses y dos semanas del cielo más claro que mis ojos habían visto hasta entonces. Mi nariz todavía era esa línea recta pero ancha que atravesaba mi cara y los crespos me llegaban hasta los hombros. Hablamos sobre música y sobre la Fracción del Ejército Rojo –un grupo extremista de izquierda implicado en ataques con bombas–, y llegamos a la conclusión de que a fin de cuentas no había sido tan malo. Una historia de amor clásica, quizá no tan clásica como la de mis padres, que vivían en la misma calle y se enamoraron después de que a mi padre lo atropellara un bus y mi madre empezara a llevarle a casa las tareas de la escuela, pero de todas formas una historia clásica, adaptada a la vida de finales de siglo. En los siguientes seis años nos vimos poco. Cuando nos encontramos por azar en un puesto de kebab en Dortmund, en la primavera de 2009, yo acababa de llegar de Heidelberg después de haber interrumpido mis estudios. Lo único que había llevado conmigo era el Ensayo sobre el don, de Marcel Mauss.

Cuando regresé a Bonn el anestésico había perdido su efecto. De todas formas comí puré. Mauss dice: “Los seres humanos han sabido comprometer su honor y su nombre mucho antes de saber firmar”.

 En la mañana del 29 de septiembre, mientras me dirigía en un tren hacia Düsseldorf para llegar a tiempo a la entrega del diente de oro, leí que la Log Lady estaba muerta. La tercera temporada de Twin Peaks, cuyo rodaje empezaba por esos días, tendría que arreglárselas sin Catherine E. Coulson y su personaje Margaret Lanterman. Me puse a ver otra vez en el iPhone los monólogos introductorios de los primeros cinco episodios de la serie. Qué maravilla la forma como sostiene el leño mientras dice cosas crípticas frente a la cámara, pensé conmovido. Simplemente se abre el telón y todas las preguntas quedan abiertas: “Sí, yo cargo un tronco. ¿Te parece chistoso? A mí no. Todo tiene una razón de ser. Las razones pueden incluso explicar el absurdo. ¿Tenemos tiempo para descubrir las razones detrás del variado comportamiento de los seres humanos? No creo. Algunos se toman el tiempo. ¿Se llaman detectives? Observa y mira lo que enseña la vida”. Mark Frost y David Lynch localizaron su Twin Peaks en el estado de Washington, en algún lugar en la frontera entre Estados Unidos y Canadá, cerca de la región que fuera alguna vez el hogar de los kwakiutls. Mucho antes de que la fiebre del oro pusiera patas arriba el costado occidental de Norteamérica, el cobre era para ellos el metal precioso más importante. Los kwakiutls organizaban potlatches que cumplían una función similar a la del intercambio kula de los trobriandeses. Se trataba de fiestas para celebrar el matrimonio, el nacimiento o la muerte, en las que se regalaban unos a otros cobres heráldicos y mantas de lana, sus bienes más valiosos. A veces hasta quedarse sin nada. Ninguna ofrenda podía ser rechazada y cada una debía ser correspondida con otra. Si un clan organizaba un potlatch en honor de otro clan, este estaba obligado a hacer lo mismo. “Aquel que regale su riqueza de forma más derrochadora gana prestigio, pone a los demás bajo la sombra de su nombre”, dice Mauss. La competencia llevó incluso a que un cacique tirara la totalidad de su fortuna al Pacífico, dar más habría sido imposible. “La palabra kwakiutl significa, por cierto, simplemente ‘rico’ (‘humo del mundo’) e indica por sí sola la importancia de los fenómenos económicos”. Pero los cobres no solo eran “los bienes de potlatch más importantes”; los kwakiutls “identificaban el cobre con el salmón” y, además de ese momento metafísico, cada cobre era “objeto de creencias individuales y especiales. Cada uno tiene un nombre y una personalidad propios; cada uno tiene su propio valor en todo el sentido mágico y económico de la palabra”. Eso hacía de ellos talismanes, “objetos sobrenaturales”; la palabra kwakiutl para nombrarlos era logwa, la cual provenía de la raíz log, la “fuerza sobrenatural”.

Por eso Lynch hizo que Coulson cargara un leño en las manos.

Más tarde cuando me senté en la silla del odontólogo, Klaas dijo que era preciso limpiar primero mis anteojos porque estaban muy sucios, y me contó que había tenido unos similares. Le alegró oírme decir que eran marca Shuron y dijo, señalando su marco de pasta, que había comprado los suyos en un almacén en Broadway. “Es un lindo modelo”, respondí, y seguimos hablando un rato hasta que Klaas dijo que podíamos continuar más tarde la conversación sobre Estados Unidos. Entonces me recosté y abrí ampliamente la boca.

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Pascal Richmann

Ha publicado ensayos y cuentos en las revistas Edit y Bella Triste

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