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Entre el aplauso y la taquilla

El crítico en su laberinto

La experiencia de escribir sobre cine en Colombia

El  papel del crítico, un testigo necesario pero incómodo en una industria que aún parece que diera sus primeros pasos, está en crisis. Su aparente antagonismo y los cambios que produjeron las innovaciones tecnológicas han llevado a algunos de estos personajes a convertirse en gestores de sí mismos y a involucrarse de otras maneras con el mundo del séptimo arte. 

Echemos mano de una metáfora biológica; imaginemos el cine colombiano como un organismo pequeño y en formación. A ese cine, así considerado, se le atribuyen muchas de las características de la infancia: inocencia en la mirada, ternura en el esfuerzo, incapacidad o falta de madurez para hacerle frente a discusiones sensibles que comprometan sus maneras espontáneas de ser. Como frente a un niño que da sus primeros pasos, y tropieza y cae, se pide que los críticos o periodistas celebremos con fervor los logros de esa criatura y perdonemos sus faltas.

La condescendencia no se reclama de manera abierta; reconozcamos que la generación que hoy hace cine en Colombia –o por lo menos la que tiene una figuración dominante– está mejor formada que generaciones anteriores, como lo está su entorno: gestores culturales, jefes de prensa, empresas dedicadas al cine. Ha habido un salto cualitativo hacia adelante.

Los críticos hacemos parte de ese entorno, solo que a medias o de forma culposa y vergonzante, como si las malas caricaturas sobre el oficio hubiesen calado en el inconsciente. Con frecuencia somos invitados a participar del proceso creativo, aunque casi siempre en unas fases muy tardías de las películas –en el último corte–, cuando ya lo único que se espera de nosotros es la aprobación, el aval, la palmadita en la espalda. Nuestros comentarios en esas instancias, casi siempre civilizadamente recibidos, suelen en la mayoría de los casos ser pasados por alto. El papel tradicional que se nos asignó en la cadena industrial del cine, con su ritmo infernal de proyectos en marcha, innovaciones tecnológicas, festivales y premios, estrenos que se pisan los talones, fue el del idiota útil que rubrica con una reseña, un comentario, un ensayo, un tuit, algo de lo que está excluido pero en lo que resulta un testigo necesario, alguien que participa en un convite en el cual es mirado con sospecha y prevención. Claro, es que no entendemos los sufrimientos y sacrificios de hacer arte.

Así aparece el chantaje emocional, no digo de los directores, pero sí de parte de ese consenso vocinglero en las redes sociales. Que los críticos tenemos unas pretensiones que las películas no tienen; que es fácil destruir en dos horas lo que costó un esfuerzo de años; que es inicuo dar opiniones que desfavorezcan los resultados estéticos de películas hechas por o sobre sujetos marginales, y un largo etcétera de reclamos ajenos a las únicas cosas que deberían importar en una crítica: la obra y su contexto, pero donde este último no sirva para justificar nada de lo que salió mal sino para iluminar unas condiciones de producción, una atmósfera cultural, un dispositivo institucional que también es responsable de lo que son las películas. Un contexto que solo cambia si se vigila.

Esas condiciones de producción son lo que se suele llamar “industria”, un concepto nuevo para el cine colombiano que siempre dependió de entusiasmos empresariales aislados o de apoyos estatales condicionados a los vaivenes políticos. Y en esa industria hay unos “actores” más vanidosos que otros. Empresas productoras pequeñas y directores que se conciben a sí mismos como autores reclaman una comprensión especial porque hacen un cine estética y socialmente relevante. Un crítico tiene pocas posibilidades de cambiar el curso de las películas masivas, lo que la propia industria llama blockbusters. Pero sí puede influir sobre el otro cine, de presupuestos pequeños o medianos; películas que pelean con los tanques de Hollywood por un lugar en la taquilla y que son tratadas con impaciencia por los exhibidores, quienes les exigen unos mínimos de público y en caso de no cumplirlos, les decretan la muerte prematura. El periodismo y la crítica tienen el rol de acompañar el camino de esas películas que, al no apuntar al gusto estandarizado, son más vulnerables; pero este acompañamiento no puede ser a cualquier precio. ¡Hay mal cine de autor!

Siempre que hacen su arribo los chantajes, directos o encubiertos, pienso en lo que se cuenta de Theresienstadt, ese macabro campo de concentración nazi donde solían darse actividades artísticas, de las cuales participaban los prisioneros judíos. Un crítico presente en uno de esos espectáculos tuvo la osadía de juzgar (mal) sus méritos. Incluso en esas circunstancias extremas predominó su noción de responsabilidad. Sabemos que esta era una situación excepcional en la que el crítico no estaba alentado por la idea decimonónica de futuro, impensable en estos lugares de exterminio. En condiciones normales, el crítico sí trabaja para los espectadores de mañana. Pues si algo mediocre se legitima, esa medianía será la forma del porvenir, el rasero, la norma. Y con ese empobrecimiento perdemos todos.

En los últimos años, como consecuencia del giro digital y de los cambios de modelo en el papel de los medios de comunicación, la autoridad del crítico ha sido lesionada desde muchos frentes. En páginas como IMDb o Rotten Tomatoes su opinión como garante del buen gusto se relativiza y entra en juego la de los usuarios. Esta saturación de opiniones tiene algo de desafiante y provechoso, pues previene de los abusos y el autoritarismo del crítico. Su anverso es el inmediatismo de las redes sociales y el debilitamiento de la argumentación. Thierry Frémaux, director del Festival de Cannes, se quejaba no hace mucho de que la obsesión de los críticos por tuitear acerca de las películas no le hacía ningún bien al espíritu del evento.

Cuando las empresas periodísticas tomaron nota del modelo de información que emergía, actuaron en consonancia. Figuras emblemáticas de la crítica fueron despedidas de sus trabajos al ser consideradas prescindibles; se redujo el espacio disponible para las reseñas valorativas y se amplió el dedicado a publicidad encubierta con información; en paralelo empezó a proliferar el antiintelectualismo y se dio la ascensión vertiginosa de los estudios culturales y visuales, con su deseo de poner en pie de igualdad a todas las manifestaciones culturales.

Pero lo cierto es que las mismas tendencias que desplazaron su presencia han hecho que el crítico se convierta en una especie de gestor de sí mismo, que encuentre nuevas formas de participar en el proceso del cine sin perder su responsabilidad. Yo mismo me veo en la posición aparentemente contradictoria de ser columnista de cine de una reconocida revista cultural y programador del festival de cine más importante del país, el Festival Internacional de Cine de Cartagena. Y de ñapa, tengo un blog que quiere ser activo en el debate sobre el cine colombiano; no solo sobre películas, sino acerca de procesos, instituciones, tendencias, discusiones. El resultado de esto es que ahora el crítico participa en la formación del canon en muchas más instancias de las que nunca antes hubiera imaginado. Sí, el crítico se ha reinventado y, a pesar de que se mire con sospecha, ha pasado a ser una parte más activa de la industria, como seleccionador o programador de festivales, jurado de concursos de distintos fondos y profesor de las carreras en que se forman los futuros realizadores, entre otros oficios.

En todos los casos anteriores se las ha arreglado para sobrevivir como un filtro socialmente reconocido, alguien a quien se le ha devuelto la autoridad (aunque en algunos casos esto signifique, lamentablemente, su ilimitado visto bueno y su total anuencia). Participo en estas instancias y reconozco su ascendencia. Me tranquiliza el hecho de que no son los únicos espacios a la mano. De que existan otras revistas, otros festivales, otros blogs, otro cine, donde cierta polifonía es no solo posible sino deseable. De que mi criterio, formado pero falible, nunca será definitivo. Y si lo fuera, si una opinión o una decisión opacó una película con la que después no pasó nada, que murió como mueren los organismos débiles, seguramente quienes la hicieron merecían conocer ese criterio. Lo que está después, en el caso del cine sin metáforas, no es, por fortuna, la muerte. Son obras humanas, y aunque sean importantes, la vida no se reduce a ellas.

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Su comentario

Pedro Adrián Zuluaga

Periodista, crítico de cine, docente, blogger y programador del Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias.

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