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Iceberg

Tres cuartos de siglo

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A veces uno no nota ciertas cosas porque parecen haber estado allí desde que tiene memoria. Eso pasa con la Librería Nacional. Solo los viejos podrán recordar cuando esta librería todavía no tenía sucursal en Bogotá. En los años sesenta había aquí unas pocas librerías de renombre: la Buch-holz y la Central, para citar las dos más celebradas. En ese entonces, la Nacional, pese a haber sido fundada en Barranquilla por Jesús Aníbal Ordóñez, era a ojos de los lectores bogotanos un fenómeno caleño.

Pasaron los años y el centro de la capital empezó a anquilosarse, las burguesías comenzaron a mudarse al norte y esto afectó a las librerías mencionadas, asociadas con sus grandes locales de la avenida Jiménez y el Parque Santander. Los dueños de la Nacional tuvieron el tino de invertir en locales valiosos, como los de Unicentro o el Centro Andino, lo que les permitió atender a un público muy amplio, que no iba (y sigue sin ir) a las librerías de nicho. Pronto la Nacional se volvió la librería más grande de la ciudad y del país.

El negocio de las librerías –lo sé por amarga experiencia– es hoy el eslabón más débil en la cadena del libro. Los autores sufren pero buscan ingresos alternativos, como profesores o comentaristas radiales; las grandes editoriales han logrado economías de escala concentrándose en unos pocos conglomerados –con la consecuente burocratización y endurecimiento de corazón de sus directivos–; los editores independientes no dejan de surgir, y si logran mantener bajos los costos, sobreviven con ingresos parcos; las imprentas tienen un amplio portafolio de productos –dígase el catálogo navideño de Falabella–, mientras que un librero lo máximo que puede hacer es poner un café al final de la última hilera de libros, citar a tertulias, realizar eventos y rezar, así no crea en ningún dios distinto del viejo objeto encuadernado de sus afectos.

Muchos escritores sufrimos de lo que Felipe Ossa, factótum de la Nacional desde hace más de medio siglo, llama “el síndrome de autor”. ¿Por qué? Porque venciendo distintos niveles de vergüenza, llamamos a Felipe a preguntarle por nuestro engendro y a ver si le da una empujadita. Sobra decir que la empujadita sirve, pues algún distribuidor me decía que, según el pedido de la Nacional, él multiplicaba por tres o máximo por cua...

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Es columnista de El Espectador y fundador de la revista El Malpensante.

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