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La Orden Andante, avanzada inglesa

Muchos autores han escrito sobre lo que significa para ellos caminar o correr. Pasear ofrece una particularidad distinta: la placentera posibilidad de disfrutar del camino sin tener que llegar a ningún lado. Algo similar ocurre con el género del ensayo. El arte del paseo inglés, libro editado por Tumbona en México y del cual tomamos este prólogo, reúne exquisitas muestras de ese ejercicio de perderse voluntariamente.

©Ilustración de Javier Jubera

En todas las ciudades hay alguna esquina que nos arroja a una ciudad interior, a una ciudad oculta e imprevista. Callejones o pasadizos que, alejados del ajetreo cotidiano, de espaldas a los asuntos prácticos de la vida, conducen a parajes insospechados, a veces siniestros, en donde lo familiar se transforma en estremecimiento y nosotros mismos ya no sabemos quiénes somos o a dónde nos dirigíamos. A cualquiera de esos puntos de acceso, de esas auténticas fisuras de la urbanística, Thomas de Quincey los denominaba “pasajes del noroeste” (northwest passages): atajos a no se sabe qué, umbrales que nos acercan a un reino que parece encantado, misterioso, quizá transitorio, bañado por una luz que no es de este mundo y que, como la mayoría de los secretos celosamente guardados de una ciudad, es inútil buscarlos en las guías de turistas.

De Quincey gustaba de recorrer las calles de Londres sin ninguna meta definida, de mezclarse con la multitud y seguir su corriente, sus vaivenes, su pulso, en una variedad noctámbula y contemplativa de la vagancia. Esa afición peripatética, que quizá le venía de sus años de adolescente en Londres, cuando había renunciado a su herencia y caminaba famélico y perdido en busca de Ann, su compañera de desdichas, él acostumbraba aderezarla con fuertes dosis de láudano, una tintura psicoactiva que en aquella época se vendía en las farmacias y que, a diferencia de los estereotipos sobre los efectos letárgicos del opio, en vez de postrarlo y encadenarlo a la posición horizontal, lo propulsaba a deambular sin rumbo en una suerte de euforia sensorial y meditativa.

Aunque el carburante tóxico que empleaba De Quincey podría despertar cierta suspicacia ante la idea de un pasaje del noroeste, cualquiera que haya andado a la deriva por una ciudad, dejando que la locomoción bípeda estimule sus terminaciones nerviosas e irrigue de ensueños su horizonte, sabe que uno de los efectos del errabundeo es precisamente el de llevarnos a una suerte de trance ambulatorio, donde lo sensitivo se alía con la reflexión, donde la atención alerta no excluye las largas divagaciones metafísicas; gracias al cual el caminante no tarda en descubrir que no solo se ha alejado de los circuitos habituales, de ...

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Luigi Amara

Actualmente se desempeña como jefe de redacción de Pauta. Desde 2005 es director de Tumbona Ediciones. En 1997 ganó el Premio Norman Sverdlin por la mejor tesis en filosofía.

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