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Animales altruistas

Biólogos y economistas se ven en aprietos para justificar el sacrificio desinteresado. Mientras unos intentan comprender su utilidad evolutiva, los otros tratan de descifrar su intención pecuniaria. En ambos casos, la supervivencia del gen altruista desafía nuestra concepción del hombre y de algunos otros animales.

© Fotografía Nick Dale

Habrá sido decepcionante para el hombre encontrarse con un pingüino cuando ya tenía claro lo que era un pájaro. Aunque con pico y alas, no hubo nada en la gorda elegancia del pingüino que demostrara aptitud para el vuelo y fue necesario repensar la taxonomía de las aves. Algo similar ocurrió con los economistas, que ya tenían claro lo que era un hombre hasta que tuvieron que lidiar con un altruista. ¿Qué clase de persona es esta a la que le importan los otros? Está claro que no pertenece al taxón del homo economicus, ese ser que solo desea maximizar su utilidad; hasta un pingüino está más cerca de clasificar como tal.

Que no se engañen los fanáticos de los pingüinos: a pesar de las apariencias, estos no son animales altruistas. Se alcanzó a pensar que sí: cuando ventea en la Antártida y los pingüinos se arruman para protegerse del frío, se les ve hacer rotaciones y tomar turnos para dar la cara al viento o resguardarse. Pero no es ningún sacrificio, y basta un ángulo económico para explicar el comportamiento: las rotaciones no son otra cosa que pingüinos egoístas buscando su bienestar. Cuando un pingüino llega al límite y enfrenta el frío, da la vuelta al grupo para protegerse. El que queda de barrera termina por hacer lo mismo y pasa atrás; así uno tras otro hasta que cada uno resulta obteniendo la misma cantidad de frío y calor, ninguno se expone más que otro.

A esto se le conoce como “la mano invisible”, la idea más popular del egoísmo económico. Fue Adam Smith, el economista por antonomasia, quien la patentó: es gracias a que el carnicero, el cervecero y el panadero buscan una ganancia que podemos esperar una buena cena esta noche. Las acciones individuales tienen beneficios sociales involuntarios, proponía Smith, y es precisamente lo que sucede con los pingüinos: el egoísmo de cada uno logra la supervivencia a largo plazo de todo el grupo. No es altruismo. Y si algún fanático requiere una prueba de más, habrá que recordarle aquellos pingüinos que tienen la costumbre de arrojar a uno de los suyos al agua para ver si hay depredadores rondando antes de saltar ellos mismos.

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Hablemos de altruismo, no de cooperación ni reciprocidad. No valen los lobos que se unen para cazar un bisonte de cuatro veces su tamaño, ni el mono que acicala al otro para recibir el mismo tratamiento luego. Descartemos de una vez la selección de parentesco o de comunidad, ese aparente altruismo con el que las especies aseguran que sus genes pasen a la siguiente generación –por ejemplo, la abeja obrera que da la vida por la colmena–. Hablemos de procurar el bien ajeno en detrimento del propio. ¿Existirá en el reino animal aparte de nosotros?

De entrada, para muchos biólogos (que entienden los animales como seres (que entienden los actos animales en términos de instinto) la pregunta no tiene sentido: no hay intenciones, solo respuestas, actos reflejos. Otros, sin embargo, aseguran que el altruismo está bien documentado y defienden cada pedazo de evidencia: delfines ayudando a otras especies, un leopardo cuidando de una cría de babuino, experimentos sofisticados con ratas, ballenas jorobadas protegiendo otros animales de orcas asesinas. Estos se resisten a la idea de que, detrás del acto generoso, siempre hay egoísmo oculto, un quid pro quo escondido.

Los animales tienen sus excepciones, pero en nosotros el altruismo parece darse con más frecuencia: damos a otros sin dobles intenciones, nos preocupamos por extraños sin parentesco e incluso por otras especies. Hemos sido llamados animales políticos por Aristóteles, abejas por Mandeville, lobos por Hobbes. Más recientemente, la crisis financiera de 2008 nos recordó aquello que decía Keynes, que de vez en cuando nos poseen espíritus animales, impulsos que infringen nuestra racionalidad para tomar decisiones. Y a través de la historia ha habido una constante, tal vez la diferencia definitiva entre nosotros y los animales: nuestra capacidad para el altruismo viene acoplada a una evaluación moral: ¿somos buenos altruistas o malos egoístas?

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En el juego del dictador hay dos participantes. A uno de ellos, que vendría a ser el dictador, se le da una dotación, digamos, de veinte dólares, con la opción de donar cuanto quiera al otro participante, el receptor. El primero hace su donación y el juego termina. Así marcha el experimento favorito de los economistas para medir el altruismo, lo realizan una y otra vez, y siempre encuentran que, a diferencia de lo que se esperaría de la teoría económica clásica, la mayoría de los dictadores dan. De hecho, dan en promedio un cuarto de su dotación. He aquí el homo alteri, el animal altruista.

Entre los muchos economistas que han experimentado con este juego está Ernst Fehr, un ex campeón de lucha austríaco que ahora está sonando para el Nobel. Según él, la economía se ha basado en principios crueles y erróneos que han derivado en las crisis recientes, en ese 1% de Wall Street cuya avaricia desencadenó la última crisis económica mundial. Fehr lleva más de veinte años buscándole un lugar en la economía al buen samaritano, proponiendo que la reciprocidad, la equidad y el altruismo pueden ser tan poderosos para la economía como el egoísmo. Sus experimentos han encontrado indicios de estas características y, aún más, del poder que tienen: según las condiciones, es posible que unos pocos altruistas logren convencer a varios egoístas de que se les unan. El altruismo es infeccioso: de repente aparecen más y más camisetas de Un Techo Para Mi País en los perfiles de Facebook y las iniciativas para rescatar perritos perdidos se multiplican en Twitter.

En la otra esquina del cuadrilátero: John List, descendiente de agricultores y camioneros, también suena para el Nobel. Este economista, oriundo del estado de Wisconsin, no es tan entusiasta. Su lógica es sencilla: si las personas son tan altruistas, ¿por qué no encontramos con más frecuencia fajos de billetes al pie de nuestra puerta junto al periódico? A List le bastó con modificar un poco el juego del dictador para que el altruismo fuera desapareciendo de a pocos. ¿Qué pasa, por ejemplo, si el dictador además de donar lo que quiera también tiene la facultad de quitar, digamos, un dólar? Reaparece el homo economicus en un 20% y el homo alteri se reduce a la mitad. ¿Y si a ambos participantes les damos la misma dotación, pero solo a uno, al dictador, le permitimos tomar o dar lo que quiera? Se doblan los egoístas y queda apenas un 10% de altruistas.

Todo depende de las normas sociales y de las instituciones, de lo que se espera de nosotros. Si no podemos quitar dinero, no se espera que lo hagamos, y no lo haremos. Pero cuando se nos da la opción de hacerlo... La situación cambia con el contexto: si una señora embarazada entra a un bus lleno –sí, una tautología– y pide una silla, las más de las veces obtiene una para pasajeros especiales. Sencillamente las expectativas no son las mismas para los que están sentados en las sillas azules que en las rojas. A este problema, List añade el de la presencia del investigador: un participante siempre querrá mostrarse benevolente frente a un observador; pero si nadie está mirando, la disposición al altruismo no será la misma. Ser altruista, concluye List, tiene sus motivaciones. He aquí el regreso del homo economicus, que maximiza su utilidad.

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¿Sigue siendo altruismo aquel que tiene motivación? Quizá pierda su pureza, pero económicamente no hay otro tipo de altruismo posible: sí, pensamos en los otros, pero no tomamos decisiones que los beneficien a costa nuestra, lo hacemos siempre buscando alguna clase de utilidad. Descartando la reciprocidad, los economistas ven dos motivaciones posibles para el altruismo: o bien nos gusta dar, o bien preferimos no hacerlo pero no nos gusta decir no.

La primera tiene nombre propio: warm glow –quizá traducible como “resplandor cálido”–, esa sensación agradable de ser altruistas; nos gusta dar, como nos gusta el café o el chocolate. Esta motivación viene del lado de la oferta: maximiza mi utilidad y por lo tanto doy. Es el que hoy se acuesta con una sonrisa plantada en la boca después de haberle conseguido casa a un gato desamparado, el que este fin de semana corre a levantar techos en las afueras de Bogotá.

La segunda llega por el lado de la demanda; es decir, no ser altruista me resta utilidad porque me veo obligado a responder no, por lo tanto prefiero serlo. Nuestra reticencia podría deberse a dos razones: no nos gusta dar pero nos cuesta negarnos por presión social o, en una visión menos cínica postulada por el economista James Andreoni, no nos gusta decir no porque en realidad queremos decir sí, pero no siempre podemos. Cada quien decida dependiendo del día que tenga.

Lo cierto es que tanto List como Andreoni diseñaron experimentos de beneficencia para observar estas dos motivaciones y los resultados son claros: qué tan altruistas somos puede ser alterado. Si apelamos al warm glow pidiendo donaciones del tipo “haga de este un día mejor, caliente su corazón”, obtendremos más que con un “haga mejor la vida de otro”. Si entramos en contacto, cara a cara, con un posible donante, las posibilidades de que este contribuya, quiera o no quiera, se disparan comparadas con lo que sucedería si le enviamos un correo o un panfleto. Tácticas que, sospecho, hubieran podido cambiar la respuesta negativa que obtuvo la oficina de donaciones del programa Ser Pilo Paga la semana pasada cuando llamó a mi casa. Mínimo, me hubiera costado más decir no.

Podemos ser pragmáticos y aceptar al homo economicus disfrazado de altruista. Podemos contentarnos con amaestrar al animal e ignorar lo que hay detrás. Qué importa si a la gente no le interesan los enfermos terminales mientras se regodeen rellenando la alcancía de la fundación Make-A-Wish. Qué importa que el Ejército de Salvación arrincone a posibles donantes mientras que las arcas estén llenas anticipando cualquier desastre. Qué importa que demos limosna solo para sentirnos bien mientras el indigente tenga que comer. Todo sea por una buena causa.

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Desde el principio, Darwin supo que el verdadero altruismo iba a ser un problema para su teoría. El altruismo es tan misterioso para la biología como para la economía, no les cuadra en el mundo que han construido. Pero no es el mismo misterio: los biólogos, más que preocuparse de si los animales lo son o no, buscan la razón detrás de la supervivencia del gen altruista. Por su lado los economistas, estudiosos de las decisiones humanas, desean saber si lo somos y por qué, e inevitablemente, como en toda cuestión humana, flota alrededor un juicio moral.

No hay leones malos, solo leones hambrientos. No hay pingüinos crueles, solo pingüinos obstinados en sobrevivir. Pero villanos hay de sobra. Muchas veces, ante la barbarie humana, se escucha decir que estamos por debajo de las otras especies: ¡ni los animales harían eso! Por supuesto, esta percepción viene de nuestras expectativas –no esperamos que las palomas en la Plaza de Bolívar nos arrojen arroz–, expectativas que llegan más en un ángulo cínico que en uno esperanzador. Estamos a la constante expectativa de una guerra e ignoramos los momentos de paz con los nuestros, con las otras especies, con el mundo y el universo. ¿Qué es la paz si no la posibilidad de conectarnos?

Quizá el problema sea percibir el altruismo como un asunto moral, como una decisión consciente que nos pone del lado del capitalismo o de la protesta. Si en los animales surge en ocasiones un instinto primitivo de empatía, en el hombre surge un instinto de conexión que suele pasar desapercibido. La perspectiva económica lo expone de una manera sencilla: somos capaces de sumarnos utilidad por medio de otros. No depende de qué tanto compartimos en el juego del dictador, sino de la calidez que nos ofrece la alegría ajena cuando le brindamos bienestar a otra persona. Este es, quizás, el único homo alteri posible, la raza a la que pertenecemos; no por lo que damos sino por lo que recibimos de la conexión con otros.

Adam Smith, suele olvidarse, fue un filósofo moral antes que un economista. Por ejemplo, “la mano invisible” llegó al imaginario del economista por medio de La riqueza de las naciones, considerado por muchos el primer libro de economía, pero en realidad la figura ya había aparecido 17 años antes, en 1759, en una obra menos célebre: Teoría de los sentimientos morales. En este libro, el escocés se explaya en un tema que poco se le reconoce, el altruismo, al que él llamaba empatía (o simpatía, según se traduzca), sin alejarse mucho del supuesto clásico de maximización.

Smith no tuvo la pretensión de imaginar al hombre como un animal que se sacrificara por el prójimo y se conformó con atribuirle una genuina preocupación por los intereses de otros. Llamémosle, por qué no, el homo empatheticus. La empatía es la atención que nos prestamos a nosotros mismos y a otros en un mismo espectro, no partimos de una fuente diferente: el yo y el otro no se oponen. Somos más simpáticos con nosotros mismos –prestamos más atención a nuestros intereses– porque nuestra situación nos es más cercana que la de otros. Es nuestra naturaleza. Pero, de la misma manera, podemos sentir compasión por otro cuando lo vemos reaccionando a su situación; podemos atenderlo y preocuparnos igual que lo hubiéramos hecho con nosotros mismos. Naturalmente, el nivel de empatía que experimentemos dependerá de qué tan cercano es ese otro para nosotros: nos preocupa más un primo que el tío abuelo segundo por parte de mamá; no nos mueve lo mismo nuestro labrador chocolate que el ratón que se filtra en nuestro hogar.

La empatía no es altruismo puro, pero, ¿por qué habría de serlo? Debería ser suficiente la capacidad de suspender nuestro interés propio para darle paso al de otros, de otorgarle la atención a quien lo requiere en cada momento y obtener utilidad de ello. Para Smith no tiene nada de reprochable que a menudo pensemos en nosotros mismos. La virtud de la prudencia, como él la llamaba, es distinta al egoísmo y no es más que la necesidad natural de preservar nuestro bienestar. Tampoco es legítimo ver el warm glow como un acto egoísta, pues esta sensación requiere del acto desinteresado de ocupar la situación de aquel que nos simpatiza y sentir la misma satisfacción que este siente cuando lo auxiliamos. Todavía más interesante era la opinión de Adam Smith sobre los principios morales de su época, que despreciaba por considerarlos rezagos de la Iglesia cristiana. Era incomprensible para él que la virtud fuera exclusivamente identificada con el altruismo puro, es decir, con el abandono de los intereses y necesidades propios por adoptar los de otros. El filósofo escocés era más bien de la opinión contraria: abandonar lo propio es lo verdaderamente inmoral.

La teoría de Smith tranquiliza a los economistas. No pasa nada, no importa que el pingüino no vuele, sigue siendo un pájaro; tranquiliza a los que mantienen a flote a la fundación Make-A-Wish –está bien que lo hagan por ustedes mismos–, les da valor a quienes se sienten acosados por el Ejército de la Salvación –piense en usted primero, ya vendrán los otros– y al que da limosna lo reconforta –es usted el indigente cuando la moneda cae en el vaso–. Y al resto de nosotros los animales nos deja contentos. No seremos altruistas, pero a lo mejor somos muy empáticos.

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Economista y escritor habitual. Ha colaborado también con Cartel Urbano

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