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Reseñas

De Dios para Dios

Riding With The King - B. B. King & Eric Clapton

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Reprise Records. 61’19’’. 2000

 

Cuando los dioses se juntan, hacen maravillas. O destazan mortales, o destruyen naciones, o defenestran reyes, o impiden el regreso de los héroes a casa, o festejan con néctares robados, o procrean colosos. En eso se ocupan los dioses y, además, reciben con cierta suficiencia —son dioses, ¡por Dios!— holocaustos y alabanzas. Todo lo que hacen es humano, porque de las fiebres humanas vienen y es su sangre calor de hombre.

Riding With The King, el nuevoviejo álbum de B.B. King y Eric Clapton, es reunión de dioses que, exhibiendo algo de modestia terrenal, prefieren presentarse como reyes. Pero son dioses. ¿Dioses del blues? ¿Dioses del rhythm and blues? ¿Dioses del rock? ¿Dioses del pop? Dioses con corruptibles hojas de vida que han repasado, juiciosas, varias generaciones desde el día en que la música popular dejó de ser placer común de padres e hijos y se convirtió en “nuestra música” y “su música”. Eric Clapton es dios, y el acervo probatorio que ha reunido la “defensa” en cuatro décadas tiene firmeza de pirámide. Prueba número uno: docenas de paredes londinenses fueron forradas, a finales de los sesenta, con la inobjetable frase “Clapton is God”. Prueba número dos: Clapton fue amigo del beatle George Harrison, y los Beatles nunca fueron menos que dioses (y lo han sido con más fuerza desde el día en que dijeron adiós). Prueba número tres: Bluesbreakers, Yardbirds, Blind Faith, Cream, Derek and the Dominos... no se diga más. Prueba número cuatro: el guitarrista tiene cuerpo blanco y alma negra (¡milagro, milagro!). Prueba número cinco: Hollywood le ha encomendado el tema central de por lo menos cuatro películas de considerable recaudo en taquilla. Un dios. Aprobado. Lo ha probado.

B. B. King es un dios. También hay pruebas, para que quienes gusten pasen la curiosidad por el costado abierto. Prueba número uno: setenta y cuatro entradas certificadas a listas Billboard entre 1951 y 1985. Prueba número dos: Ed Sullivan, esa especie de Raúl Velasco norteamericano (o Raúl Velasco, especie de Ed Sullivan mexicano), lo invitó a su programa de televisión sin hacer caso a quienes le recordaban un detalle molesto: la piel de King. Prueba número tres: relativamente incólume se ha mantenido el sonido del guitarrista en años de rock convertido en pop barato, r&b mal emparentado con el soul de vodevil y metal endurecido en forja artificial. Prueba número cuatro: todos los dioses del rock coinciden en señalar a B. B. como su Zeus. Prueba número cinco: él jamás ha escrito reseñas musicales en Cromos, muestra de debilidad que parece molestar a lectores malpensantes de El Malpensante. ¿Más pruebas?

Hora de probar Riding With The King.

El disco es delicioso, apetitoso, sabroso... y otros “oso” que satisfacen apetitos del gran público, siempre gustoso de escuchar a Jagger con Turner, Jackson con McCartney, Iglesias con Sinatra, May con Michael, Franklin con Dion y un largo etcétera de parejas disparejas que la industria discográfica —¡tan dispareja!—, a manera de manualidad infantil, dobla, recorta y despliega según antojos de ocasión. Los boletines de prensa aseguran que se trata de una reunión en la que se ha trabajado por años, como si algo tan natural como un toque de Clapton y King tuviera visos de proeza: Clapton ama a King como King ama a Clapton. No hay Mandela con De Klerk, ni Jojoy con Castaño, ni Montgomery con Rommel —que, entre otras cosas y no pocas dunas, se profesaban admiración sublime—. Las sesiones debieron ser agradables, naturales, bien organizadas (eso sí, por Clapton, que tras bambalinas ofició de anfitrión para su viejo amigo y maestro a distancia).

Nada coincidencial la foto de la carátula, en la que algunos creen descubrir a un Clapton sirviendo de chofer a su ídolo. Admite una perspectiva más realista la composición: Clapton es quien maneja el álbum, encargándose de los preparativos, facilitando al productor (a cuatro manos con su amigo Simon Climie), comprometiendo en el proyecto a Reprise Records (compañía Time Warner con la que graba desde hace unos años), complaciendo a King con varios bocadillos de repertorio tradicional (“Days of Old”, “When My Heart Beats Like a Hammer”, “Ten Long Years”) y absteniéndose de interpretar piezas con crédito E. Clapton. Pero, ¿quién canta? Parece que de nuevo al volante está Clapton, con una sonrisa más de satisfacción que de felicidad genuina.

Riding With The King pasará a la historia del rock (¿o del rockblues?) como una joya. Y hay más clichés: “pieza de colección”, “discografía básica”, “disco infaltable”... un producto saturado de estrellas en cualquier reseña made in Billboard que se precie de medir con precisión la temperatura del mercado.

Y si el destino nos arrebata a B. B King de estos predios —Dios no lo quiera, cualquiera que sea el dios elegido—, habrá quien le agregue a la lista de calificativos el muy trillado de “testamento musical”. Sería la primera vez en la historia de la mitología que un dios dicta testamento a otro dios. Y desde el asiento trasero de un sagrado Cadillac.

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Gustavo Gómez Córdoba

Crítico de música y periodista colombiano. Actualmente se desempeña como director de noticias de Caracol Televisión. También ha trabajado en medios como Cromos, Caracol Radio y Javeriana Estéreo.

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