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Literatura

Llegar tarde a David Foster Wallace

El descubrimiento tardío de una obra que vaticinó nuestro agitado presente, con tanta precisión como la de Orwell o Huxley, sacude las certezas del autor de este artículo. El esfuerzo por seguirle los pasos a Foster Wallace –entre las matemáticas, el tenis, la cultura pop y Heidegger– desemboca para este lector en una nueva oportunidad de juntar la literatura y la experiencia.

© Ilustración Juan Gaviria

La buena literatura tiene un poder revelador que puede romper nuestro escepticismo y obligarnos a creer o buscar cosas extraordinarias que nos sacan de nuestros moldes mentales. Si hay un autor a quien por lo general regreso en mis clases de literatura es Edgar Allan Poe, porque encuentro idónea la estructura de sus cuentos para exponer lo que es el pacto entre narrador y lector. Los narradores de Poe suelen comenzar sus relatos explicando racionalmente lo que están a punto de contar, por lo general una experiencia del terreno de la fantasía y el terror. En esos dos o tres párrafos iniciales intentan decirle al lector: mire, yo era como usted, un tipo normal, e imagínese en lo que terminé metido. En mis clases siempre les pregunto a mis alumnos quiénes no lo han leído, y cuando veo las manos en alto les digo que los envidio terriblemente por la experiencia que están a punto de tener por primera vez en sus vidas.

Cuando tenía unos dieciséis o diecisiete años, un escritor desconocido me dio un consejo que por ese escepticismo ramplón de la adolescencia dejé pasar como si no fuera del todo importante: que le dedicara dos años de mi juventud a la lectura de “todos los clásicos”. No me lo decía como si fuera un tema menor, sino que le parecía fundamental que desde joven supiera reconocer quién había hecho qué, cómo, cuándo, y a través de qué.

De haberle hecho caso, me habría perdido de las sorpresas que grandes libros y escritores me han deparado para la edad adulta. Si hubiera llegado antes a ciertos autores, ahora los recordaría como desconocidos que poco o nada me dijeron en su momento. Más allá de ver los libros leídos como un parámetro de prepotencia cultural, lo que deberíamos preguntarnos es cuánto de lo que hemos leído nos ha permitido cambiar nuestra propia realidad. En eso consiste la verdadera dimensión de ser lectores. Es fundamental regresar a una comprensión de la literatura como algo que busca el cambio de la experiencia y del ejercicio de la vida. Creo en esa máxima de que no es uno quien lee los libros, sino los libros los q...

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Camilo Hoyos

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