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Ficción

Educación sentimental

Un cuento de Luis Noriega

.

Ilustración de Pamela Daza

 

 

La adolescencia desconoce la ironía.

El que habla es el maestro. Todos lo conocemos. Al frente, dominando el salón, pasea hacia la ventana y se detiene allí, casi dando la espalda a un auditorio que, para usar sus palabras, desconoce la réplica.

–La adolescencia desconoce la ironía –repite–. Por eso La educación sentimental no es una novela adolescente, como acaba de sugerir el señor... Perdón, he olvidado su nombre.

El señor perdón-he-olvidado-su-nombre no sabe si las palabras del maestro son una invitación y la duda le hace perder las décimas de segundo que le hubieran permitido pronunciar su nombre, cualquier nombre, y elevarlo por encima de las anónimas cabezas de sus compañeros hasta alcanzar los oídos del maestro.

–En todo caso... –oye decir al maestro, que, indiferente, continúa.

Su mirada se pierde más allá de la ventana, en los verdes prados sobre los que todavía salpica la lluvia. A perdón-he-olvidado-su-nombre esa actitud le seduce y repugna al mismo tiempo. Imagina (es apenas la tercera vez que asiste a clase) que es un gesto arrogante destinado a aclarar que es él quien puede mirar por la ventana y una forma de mostrar el desdén que le inspiran quienes se afanan en tomar nota de sus interminables monólogos. No obstante, también cree que hay razones profundas para ese desdén. Lleva un par de semanas conociendo a sus compañeros y está convencido de que buena parte de ellos, todos ellos tal vez, son indignos del maestro. El maestro habla a la ventana porque para él hablar es una forma de pensar y lo que le interesa es el curso de su pensamiento, no la correcta transcripción de sus palabras.

Sin embargo, semejante descripción es injusta con el maestro, cuya mirada efectivamente se ha detenido en los verdes prados sobre los que todavía salpica la lluvia, pero al que nunca se le hubiera ocurrido que ello pudiera interpretarse como un gesto arrogante.

¿Qué piensa el maestro?

El maestro mira los verdes prados sobre los que todavía salpica la lluvia y piensa: “Por esto regresé”.

Y esboza una sonrisa invisible para los estudiantes a los que da la espalda.

La adolescencia desconoce la ironía.

 

Al terminar la clase sigue lloviendo. Y mientras el maestro, amparado en un precario paraguas, atraviesa la universidad rumbo al paradero, el temporal arrecia.

Para cuando llega a casa los verdes prados se han transformado en charcos hediondos, y abre la puerta del apartamento empapado de pies a cabeza y con los zapatos cubiertos de barro. El lirismo nostálgico que lo embargaba una hora antes ha naufragado en el aguacero, y tras cambiarse de ropa, mira con fastidio la suciedad que ha dejado por todo el pasillo.

“Por esto regresé”, se dice mientras se dispone a limpiar el desastre, en una especie de chiste privado destinado a fomentar su desdicha. Había regresado (casi veinte años atrás) para mojarse, resfriarse, limpiar el suelo y sentirse miserable.

Cuando termina con el suelo, sigue con los papeles en el estudio. Las fichas aguantarán otro chaparrón. El ejemplar de La educación sentimental no. Es una vieja edición de bolsillo y ya va siendo hora de cambiarla. Como a todos los libros en los que por primera vez leyó una obra maestra, le tiene cierto cariño, pero no apego. Su biblioteca de estudiante, es evidente, no se cuenta entre las cosas por las que regresó, la lista cambiante que ese día han encabezado los aguaceros en el campus. Durante un rato ojea los márgenes en busca de alguna nota que valga la pena rescatar. Aunque comienza siendo exhaustivo, pronto se harta del personaje insufrible que escribió la mayoría de ellas y arroja el libro en la papelera.

 

Para perdón-he-olvidado-su-nombre, el resto de la jornada fue más amable. Sin paraguas, tuvo que esperar a que el aguacero terminara y eso le deparó un encuentro inesperado.

Leía en la cafetería cuando una muchacha se sentó frente a él para decirle que ella también pensaba que La educación sentimental era una novela adolescente o, al menos, que creía entender en qué sentido lo había dicho él.

Yo. Entender. Tú.

Los pronombres y el verbo eran perfectos. Y cuando sus ojos se toparon con los de Irene, las palabras sobraban.

Ella lo había escuchado durante la clase. Lo había entendido. Lo había buscado para decírselo. ¿Podía pedir más?

Él quería más, claro, por supuesto; la cuestión era si podía pedirlo. La diferencia le parecía muy importante. Hay dioses que premian la osadía y la ambición, pero el suyo solía castigarlas, y él se sentía mejor preguntando.

Quizá como premio a semejante prudencia, hubo más. Ella no lo llamó perdón-he-olvidado-su-nombre sino que empezó diciéndole Memo, como hacía el resto de sus compañeros, y terminó llamándolo Guillermo, que, dijo, le parecía más bonito.

 

–Sí, La lección del maestro, la novela, no el cuento, de Henry James.

El que corrige es, una vez más, el maestro. Pero esta vez el escenario no es el salón de clase.

Por alguna razón que no ha considerado necesario explicar, ha llegado tan tarde que los únicos estudiantes que aún permanecían en el salón eran perdón-he-olvidado-su-nombre, alias Guillermo, según ha entendido, e Irene, su compañera, novia o amiga, una muchacha dulce y despierta en la que había reparado desde comienzo del semestre. Los ha encontrado hablando, ha dado por hecho que lo esperaban, “los únicos”, y le ha parecido apropiado premiarlos invitándolos a un café.

Un café con el maestro: el primer paso para explicarle qué querías decir cuando dijiste eso que pareció tan desacertado durante la clase anterior (todas ellas) o para que él te corrija e ilumine sin público.

–La diferencia entre cuento y novela –prosigue el maestro– no es problema de dimensiones: hay excelentes novelas de apenas unas pocas páginas.

Con el orgullo chapoteando en el poso negro que ha quedado en la taza que tiene delante, alias Guillermo oye el suspiro con el que Irene anuncia que se ha topado con la genialidad. La del maestro, como es lógico. Una vez más.

 

El regreso a casa de alias Guillermo se cuenta entre las peores experiencias desde su llegada a la capital.

Tras el café, siguieron conversando con el maestro hasta que este les propuso ir a cine. Irene accedió encantada. Él dijo que le era imposible.

Por un lado, no tenía plata. Por otro, no se había ganado la confianza que daba acceso a la llave de la puerta de la pensión, y no quería tener que aguantar los reproches por llegar tarde de la vieja bruja que la regentaba. Bruja. Llave. Pensión. ¿Cómo no se había dado cuenta? Su realidad era la de un personaje de cuento de hadas, uno ridículo y patético.

Nada de eso les dijo al maestro y a Irene, que lo dejaron para irse juntos al cine con sus mejores deseos de que aprovechara el tiempo y estudiara todo eso que tenía que estudiar. Sin embargo, encerrado en su habitación, el doncel de la torre descubre que no está estudiando la novela decimonónica, sino viviéndola, consumido por los celos y el punto de vista.

 

¿Qué tal la película? ¿Buena?

No, excelente. Y arrolladora. Y desconcertante. Y muchas cosas más que ella entendió gracias a los comentarios, incisos, llamadas de atención y notas al pie que el maestro supo intercalar durante la proyección.

Ambos habían concluido que era una pena que él no hubiera podido acompañarlos. Porque seguro le habría encantado.

Y habría aprendido un resto.

Lamentablemente él no quería enterarse de lo mucho que tenía por aprender y huyó de la cafetería bañado en llanto de acuerdo con las convenciones del héroe adolescente que desconoce la ironía.

¡Puta suerte la suya! Enamorarse de la nueva favorita del maestro.

 

 

Al maestro le gusta decir que a todas las mujeres que ha conocido las ha tenido que educar. Aprendió la frase de otro maestro y la adoptó en el acto. Es una fórmula “algo” misógina, reconoce, pero mientras corrige el trabajo de Irene no puede dejar de pensar que no ha perdido validez.

Una cita le saca una sonrisa incrédula que dos páginas después se transforma en interrogante retórico: ¿qué sería de ellas si no las educara? Resignado, se levanta para buscar el ejemplar de La educación sentimental. Es el mismo que hace un mes rescató de la papelera del estudio después de conocer el precio de la nueva edición a la que le había echado el ojo. El timbre de la puerta lo sorprende intentando localizar el pasaje que la alumna cree estar analizando.

–Papá: te buscan –anuncia una voz desde el umbral.

El maestro no ha decidido aún qué va a decirle a Irene del trabajo. Por el momento, se dice, lo mejor es ofrecerle un té.

 

Cuando Guillermo comprende que el trabajo al que tantos elogios dedica el maestro es el suyo queda petrificado. Por fin, piensa, ha dejado de ser perdón-he-olvidado-su-nombre.

Sin embargo, al terminar la clase, mientras sus compañeros le palmean la espalda a medida que van abandonando el salón, él solo tiene ojos para las marcas rojas que salpican cada página del ensayo como un sarampión. El nivel de la ortografía, ha lamentado el maestro al devolvérselo, no estaba a la altura de las ideas expuestas.

Los elogios y la profusión de errores lo avergüenzan por igual, aunque por razones opuestas, y dos días después acude al despacho del maestro para prometerle que será más cuidadoso con las tildes y las comas, pero también para decirle cuánto valora sus comentarios y lo mucho que le gustaría profundizar en ciertos temas que, afortunada coincidencia, son los que constituyen la especialidad del maestro.

Al verlo en la puerta, el maestro lo saluda con una sonrisa y lo invita a pasar y sentarse.

–Memo. ¿Puedo llamarte Memo? –empieza.

La conversación es casi como la había imaginado y, también, como la había temido. Tras invitarlo al grupo de estudio que se reúne en su casa los sábados por la mañana, el maestro añade que si quiere puede decirle a Irene que lo acompañe.

               

Antes que por las manos que le tapan los ojos, la reconoce por el olor, un perfume afrutado, más bien infantil.

–Te pillé.

Y Guillermo, que en verdad se siente pillado, se apresura a cerrar el libro que lo ha llevado a la biblioteca. Es el poemario del maestro. De Urías, como lo llaman Irene y el resto de sus compañeros, menos respetuosos (o pueblerinos) que él.

–¿Es bueno?

–Buenísimo –dice sin vacilar–. Muy profundo.

Le avergüenza menos mentir que confesar que solo ha leído unos pocos poemas y no ha entendido ninguno, y ha aprendido que en tales circunstancias “profundo” es un adjetivo mucho mejor que “oscuro”. Mencionar la invitación a la casa del maestro le parece la mejor forma de evitar tener que elucidar en qué consiste esa profundidad.

El entusiasmo inicial de Irene parece desvanecerse cuando le aclara que no serán los únicos invitados. No es que no le guste la idea de participar en el grupo de estudio del maestro; es que, para ser sincera, los uriólogos le parecen unos posudos.

“Los uriólogos” es como la gente de la facultad llama al selecto club que forman los alumnos preferidos de Urías. El club al que ahora pertenece él. O pertenecen ellos. O casi pertenecen.

–Son los mejores estudiantes de la carrera –dice para defenderles.

¿O ha sido para defenderse?

Irene dice que lo pensará. Y se despide plantándole un beso en la mejilla que lo deja aún más incapacitado para entender los versos del maestro.

Relee las tres líneas que componen el poema titulado “Hjelmsleviana”. Y se rinde.

 

Le importa un bledo ser uno de los mejores estudiantes de la carrera.

Le importa un bledo que el maestro recomiende a sus compañeros leer sus trabajos.

Ese es el tipo de cosas que le pasan por la cabeza mientras corre por los verdes prados sobre los que todavía salpica la lluvia para alcanzar a Irene antes de que llegue a la salida de la calle cuarenta y cinco.

Cuando identifica el paraguas multicolor, está completamente empapado. Eso hace que ella se ría, y él se dice que le fascina verla reírse.

Con todo, no sabe cómo explicar la prisa, la ropa empapada, el tartamudeo, sin recurrir a la lógica de cuento de hadas de la que ha decidido escapar. Lo tiene hechizado, sí, pero no piensa decírselo. Así que se conforma con acompañarla a esperar un taxi mientras le cuenta alguna trivialidad que, como no deja de señalar ella, bien habría podido contarle sin mojarse, por teléfono (si pudiera llamar desde la pensión).

Un taxi frena antes de que haya reunido el valor para decirle lo que de verdad quería decirle y es entonces, al entender que el tiempo se ha agotado, cuando le suelta la frase en la que no ha dejado de pensar desde la primera vez que pasaron la tarde juntos hablando; esto es, que Irene es lo mejor que le ha pasado en la vida después de La guerra de las galaxias. Ella se hace repetir la frase y sonríe. Es muy tierno, le dice. Y sube al taxi.

Guillermo se queda en la esquina, bajo la lluvia, pensando en que ha dicho lo más romántico que puede decirle a una mujer sin causar ningún efecto. No, no ha sido tierno. Ha sido cursi. Ha hecho el ridículo. Otra vez. Maldice su ingenuidad, su inexperiencia y lanza un grito que, quiere creer, es un canto de amor wookiee. Está en ello cuando el taxi que había abordado Irene se detiene antes de haber avanzado cien metros.

Irene desciende y se expone a la lluvia y lo llama y él corre hasta ella y, temblando, la besa, en los labios, y ella corresponde.

El primer beso, sin embargo, no es el instante fuera del tiempo que le habían prometido. Están mojados. Hace frío. Suenan pitos. Y Guillermo vive la escena en cámara lenta. Piensa que su forma de besar es demasiado torpe. Y piensa que Irene piensa que es demasiado torpe. Pero en lugar de lamentar no ser el pirata espacial que le hubiera gustado ser, piensa que no es el maestro.

 

Quiere saber qué es lo que le ha abierto las puertas del grupo de estudio del maestro.

Quiere creer que está ahí por los méritos de su trabajo, un ensayo original y prometedor, como ha dicho el maestro al presentarlo; pero le resulta imposible sacarse de la cabeza la decepción que creyó percibir en su mirada cuando le abrió la puerta y descubrió que había venido solo. Intenta no pensar en ello y presta atención a lo que el maestro y sus discípulos más adelantados discuten sin preocuparse por la presencia del novato.

Por desgracia, la poesía colombiana del siglo XX le parece la cosa menos estimulante sobre la cual debatir un sábado a las diez de la mañana, y no tarda en empezar a pensar en el grupo como “los uriólogos”.

 

 

 Él, se dice, no es un uriólogo. No está ahí para formar parte del comité de aplausos del maestro. No está ahí para oír exégesis de poemas que no leería ni a palo.

El listado de negativas se va prolongando a lo largo de la velada, pero Guillermo no se atreve a preguntarse por qué entonces está ahí.

 

–Recítanos uno de tus poemas insectívoros.

El responsable de esta invitación displicente es el amigo del maestro, un poeta, uno de verdad.

La amistad y el aguardiente disculpan las burlas que desde hace media hora el tipo dedica al maestro –como le ha explicado Irene– por una serie de poemas eróticos en los que el maestro se metamorfosea en topo. A él la imagen le parece de mal gusto, pero no a Irene, que encuentra “muy sutiles” los versos que describen al hombre topo como un hocico flexible, insaciable y ciego. La culpa, piensa Guillermo, es suya: fue él quien le regaló a Irene el poemario del maestro.

–El orden de los insectívoros ya no existe –aclara el maestro impasible–. La clasificación actual es soricomorfos.

El club de admiradores del maestro disfruta con esa réplica erudita llamada a poner en su sitio al borracho: puede que sus poemas sean magníficos, pero, han aprendido, su obra no sería nada de no ser por todo lo que el maestro ha sabido encontrar en ella. Sin crítica, la poesía se detendría en seco.

El amigo poeta, sin embargo, no se rinde.

–Colega, a estas alturas lo que importa es si pertenecemos al orden de los viagrófagos o de los proustáticos –dice antes de soltar una carcajada y pedir otro aguardiente.

El chiste ha dejado a la mesa en silencio. Pero esta vez Guillermo advierte que alguien más tiene que esforzarse para no dejar escapar una risa comprometedora: otro discípulo varón del maestro, un tipo de séptimo semestre.

Dicen que es el estudiante más brillante de la carrera. Dicen que el maestro se tira a la novia.

 

Es ella la que ha insistido en que hagan el amor.

Ha hablado así, de hacer el amor.

De todo lo demás se han encargado a partes iguales la biología y la inexperiencia.

La imagen del hombre topo no lo abandona y se superpone a otras imágenes, mucho más didácticas aunque, probablemente, menos poéticas.

–Se supone que debe ser algo divertido –le susurra Irene–: relájate.

Él está de acuerdo, sobre todo en lo de “se supone”.

 

Regresa a la habitación de alquiler pensando que se ha pasado todo el semestre combatiendo contra un fantasma.

Irene lo ha aceptado en su corazón (y entre sus piernas). El maestro lo ha acogido en su círculo. Debería sentirse satisfecho, es cierto, pero una y otra vez tropieza con la idea de que no es él quien tiene a Irene y al maestro, sino que son ellos los que lo tienen a él.

Y tras tropezar, se despeña.

Con torpeza, enciende un cigarrillo. Aspira. Tose. Mientras él apenas está aprendiendo a fumar, le dice su reflejo en la ventana, el maestro hace años que dejó el hábito.

La ironía, la ironía auténtica, le ha explicado el maestro, es el primer paso hacia la disolución del sujeto, que al mismo tiempo que se sumerge en la ensoñación poética se distancia de ella con conciencia de su carácter de artificio.

Tal vez, se le ocurre ahora, no ha entendido nada. No ha entendido un culo.

Quiere pensar en las tetas de Irene, pero sigue azotándole la imagen del maestro disfrazado de topo.

 

Irene lo ha mandado a la mierda. Así, literal. Nada del carajo o la porra.

–¡Vete a la mierda!

No es bonito oírlo, menos aún escribirlo. Pero él necesitaba preguntar.

Y ahora, sentado entre los uriólogos sin Irene a su lado, lamenta no haber esperado hasta el domingo o el lunes para preguntar lo que, insiste, necesitaba preguntar.

Ese sábado, sin embargo, pasa algo que cambia por completo su forma de entender lo ocurrido a lo largo de los últimos meses.

Para empezar, la conversación le parece interesante. De repente, se descubre admirando de nuevo las sentencias del maestro. Y sus compañeros le resultan mucho menos hostiles que de costumbre; algunos, incluso, le parecen claramente amistosos.

Para certificar el cambio se anima a intervenir.

Y el maestro lo premia refiriéndose a él como Guillermo.

 

Por fin ha dejado de llover.

El maestro tiene ante sí dos pilas con los trabajos de los alumnos de primer semestre.

 

La primera, la más pequeña, son los ensayos que ha calificado. La segunda, la más grande, son los trabajos de todos aquellos que se contentarán con un tres y que, por tanto, no tiene que molestarse en examinar. Le gustaría apretarle las tuercas a más de uno del segundo grupo, pero no lo suficiente como para perder el tiempo leyendo decenas de páginas que solo servirán para confirmarle que la docencia es un trabajo estéril.

Los buenos alumnos no necesitan sus clases.

Los malos nunca aprenden.

Y las muchachas dulces y despiertas, concluye, quizás estarían mejor estudiando artes plásticas que discutiendo las sutilezas de la ironía romántica.

 

Irene no puede creer que haya estado enamorada de semejante idiota.

Lo ve caminar por los pasillos de la facultad camuflado entre los uriólogos y le cuesta trabajo reconocer debajo de toda esa afectación a la misma persona que el semestre anterior la hacía reír con sus cantos de amor wookiees y la desesperaba con sus celos provincianos.

Pensar que para estar con él había llegado a acompañarlo a la reunión de la secta de admiradores del maestro y a elogiar los bodrios de este sobre el hombre topo.

Creía que Guillermo era distinto a todos esos posudos, pero todo se había acabado cuando él quiso saber si ella se acostaba con el maestro.

¿Ella con el maestro? ¡Por el amor de Dios! ¡Si es un viejo!

Luego, cuando reconoció que había sido él quien la arrastró a las reuniones de los uriólogos, intentó corregirse sugiriendo que temía estarla empujado a los brazos del maestro. No sabía qué era peor.

Tal vez, se dice, no estaba enamorada sino engañada. Ambos estaban engañados.

O tal vez en eso consista estar enamorado.

Ahora lo ve pasar de largo y piensa que fue él quien se lanzó a los brazos del maestro. Y los brazos estaban abiertos.

 

 

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Luis Noriega

Radicado en España desde hace más de 15 años. En 2013, publicó su último libro 'Donde mueren los payasos'.

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