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Crónica

Radio Sutatenza

Alfabetización y doctrina en amplitud modulada

En 1947, un año antes de que el país sufriera uno de sus más turbulentos episodios, un revolucionario proyecto educativo apuntó a cambiar la vida en el campo a través de la radio. El positivo impacto social de esta iniciativa de la Iglesia tendría una controversial contraparte ideológica en tiempos de “la amenaza comunista”.

El padre Salcedo, fundador de Radio Sutatenza, lee para sus oyentes la cartilla Salud (con portada diseñada por Sergio Trujillo), 1972.

Uno

La escena sucede en un edificio moderno del centro de Bogotá. Más exactamente en la recién inaugurada carrera décima. Es el 29 de enero de 1962, y el auditorio de Radio Sutatenza reúne alrededor de cien personas, entre las que se encuentran Alberto Lleras Camargo, presidente de Colombia; José Joaquín Salcedo, sacerdote fundador de Acción Cultural Popular (ACPO); Luis Concha Córdoba, el arzobispo de Bogotá, junto a toda la alta jerarquía de la Iglesia católica, empresarios, sindicalistas y un pequeño grupo de campesinos líderes de diferentes regiones del país.

La emisora Radio Sutatenza comienza la transmisión del acto protocolario. Luego del himno nacional, el sacerdote Salcedo inicia su sobria intervención. Al primero que agradece es al gobierno colombiano por el apoyo económico en la edición de 500.000 nuevos ejemplares de las cartillas del programa educativo, orientado a los campesinos del país, que desarrolla ACPO. Como hace unos meses en varios auditorios de Estados Unidos frente a grupos de potenciales inversionistas, Salcedo se apoya en la gráfica de una pirámide con porcentajes: el panorama cultural de Colombia, tanto como el de Latinoamérica, es desolador, pues más del 43% de una población de 13 millones de habitantes es analfabeta y tiene pocas oportunidades de superar esa situación, “a pesar de querer pertenecer al grupo de los pueblos libres y democráticos”. Continúa resaltando la presencia del grupo de campesinos beneficiarios: sus avances en los últimos años ratifican la importancia de hacerle “la guerra a la ignorancia”. Para el cura, este grupo de hombres, antes ignorantes, ajenos a los cambios por los que atravesaba esa sociedad colombiana de comienzos de los años sesenta, ahora entraría a formar parte del grupo de quienes producen, consumen y pueden progresar. Ahora expuestos a un sistema de medios educativos y de comunicación, ya no estarían “en peligro de dejarse arrastrar por ideas disociadoras”.

A continuación, el presidente Alberto Lleras ratifica a Salcedo y celebra el potencial del sistema de ACPO como alternativa ante el escaso alcance geográfico de la estructura educativa del país. Relaciona los proyectos de desarrollo rural, a través de grupos de acción comunal, y la implementación de una reforma agraria con la presencia tranquilizadora de ACPO en los campos antes azotados por la violencia; recuerda que, a pesar de que todavía se habla de grupos de bandoleros en algunas regiones del país, es posible ver que han quedado atrás los odios del pasado. A continuación, le entrega las cartillas al arzobispo de Bogotá para que sea la Iglesia quien se las dé al grupo de delegatarios campesinos. El arzobispo, parsimonioso, les recuerda que con la educación les está entregando la “dignidad que le es propia al hombre”. Días después el recuento del evento es publicado en El Campesino, órgano editorial de ACPO, “un semanario al servicio y defensa de los agricultores de Colombia”. En una de las fotos aparecen los campesinos inexpresivos, algunos de corbata y saco de paño, otros con ruanas, recibiendo las cartillas.

Luego del evento salen a la luz críticas de distintos líderes sobre el problema agrario en el país. Uno de ellos es Camilo Torres Restrepo, sacerdote y figura pública por su participación en los movimientos estudiantiles de la Universidad Nacional y por su reciente expulsión de la institución educativa. En una breve misiva, Salcedo le pide a Torres que dé cuenta por escrito de algunos de los comentarios expresados en reuniones del Incora y del Ministerio de Educación, pues ha llegado a oídos de ACPO que Torres asegura que las cartillas no son otra cosa que las mismas del Ministerio y que la expresa línea editorial anticomunista del semanario El Campesino está generando violencia en algunas poblaciones rurales. Torres responde inicialmente con una breve carta de aclaración e invita a los funcionarios de ACPO a llevar a su oficina los números del semanario para poder ilustrar sus críticas.

Acto seguido, Salcedo responde negando cualquier posibilidad de visitar la oficina de Torres, y reitera la necesidad de explicaciones concretas para aclarar lo que considera calumnias desinformadas. La última respuesta de Torres recuerda sus intenciones de dialogar serenamente, “en el Señor”, sobre lo que considera un programa con buenas intenciones, pero alejado de un verdadero sentido cristiano de la educación popular. Recuerda que anteriormente ha hecho evaluaciones “científicas” sobre los alcances del programa educativo, aunque pide aclarar algunas acusaciones del semanario contra el Incora, contra miembros del Movimiento Obrero Estudiantil Campesino (MOEC) contra participantes del movimiento estudiantil y contra Gerardo Molina. Por último, se refiere a testimonios de monseñor Germán Guzmán sobre hechos violentos en El Convenio, población donde una publicación del semanario “ocasionó (si no causó)” unas cuantas muertes.

La respuesta final de Salcedo anuncia la preparación de una acusación formal contra Torres ante las autoridades eclesiásticas, pues sus comentarios “están ocasionándole a esta institución muy graves perjuicios”. Cierra con un comentario un tanto hermético sobre el reciente trabajo político de Torres: “La mayor parte de las personas que rodean a Su Reverencia son enemigas del clero y de las obras de la Iglesia”.

Escuela radiofónica familiar en Antioquia. El audio acompaña las indicaciones del maestro (circa 1965).

Dos

En 47 años de funcionamiento, entre 1947 y 1994, ACPO logró construir una empresa cultural que, orientada a la alfabetización y la educación de los campesinos colombianos, se convirtió en un referente mundial de la formación a distancia, el uso social de la tecnología y la acción comunitaria. Según cifras de la entidad, se fundaron más de 60.000 escuelas radiofónicas; más de 4 millones de colombianos tuvieron acceso al programa educativo en 900 municipios del país; se distribuyeron más de 6 millones de cartillas y libros de una biblioteca dedicada a temas de formación rural práctica; se editaron más de 75 millones de ejemplares del semanario El Campesino; estudiantes, líderes y gestores de ACPO intercambiaron más de un millón de cartas, y más de 20.000 dirigentes pasaron por los institutos de formación.

Dos de las figuras más visibles de la organización sintetizan la manera en la que acpo se acercó a su comunidad de usuarios: los sacerdotes José Joaquín Salcedo y José Ramón Sabogal. Mientras Salcedo se encargaba de gestionar los recursos en instituciones políticas, organismos de cooperación internacional, entidades católicas en Alemania e industrias de la comunicación en Estados Unidos, Holanda y Japón, Sabogal se encargaba de incentivar la fundación de nuevas escuelas radiofónicas entre los campesinos y de generar un eficiente sistema de comunicación directa y seguimiento con ellos. Mientras la consigna de Salcedo era “el subdesarrollo está en la mente del hombre”, Sabogal grababa diariamente programas sobre espiritualidad en la vida en comunidad, que comenzaban con el saludo: “Buenos días, mis viejos queridos”.

El archivo de acpo registra, por un lado, innumerables visitas diplomáticas a las instalaciones de la entidad en Sutatenza y en Bogotá, durante las cuales Salcedo mostraba el material didáctico y hacía recorridos por los edificios de los institutos de formación. Por otro lado, Sabogal siempre aparece en visitas a veredas y corregimientos rurales, celebrando misas multitudinarias (en donde el radio compartía el centro con los implementos religiosos); estimulando la aplicación de campañas como la instalación de acueductos, la construcción de caminos veredales o canchas de baloncesto; o en un intercambio constante de cartas con oyentes y usuarios del programa educativo en diferentes regiones del país.

Salcedo era un sacerdote mediático. Sobresaliente no solo por la usual relación con las clases políticas que suponía su posición dentro de la Iglesia católica, sino por su conciencia nada ingenua de las posibilidades que le brindaban los medios de comunicación masiva a su empresa cultural. Innumerables veces fue acusado por sectores de izquierda, centro y derecha de financiar su iniciativa privada con recursos públicos que, consideraban los críticos, hubieran estado mejor invertidos de haberse fortalecido el sistema educativo estatal. Sea esto cierto o no, Salcedo logró que su sistema parroquial de educación campesina a través de la radio fuera considerado en las discusiones sobre el futuro del campesinado latinoamericano en el Congreso de Colombia, y en la antesala de la política de Estados Unidos. Su capacidad de gerencia le permitió constituir una de las emisoras más potentes del mundo que, apoyada en la institucionalidad católica, se convirtió en una organización referente para los programas de desarrollo. Al actuar desde un edificio de trece pisos en donde eran recibidos grupos gremiales e industriales interesados en abrir el mercado rural del país, y al alquilar un auditorio equipado para hacer radioteatro y transmisiones en vivo con grupos de actores y comunicadores, la emisora fue acusada de utilizar al Estado para construir un “emporio de los millones de la cultura campesina” y crear una base social para la fundación de un partido de democracia cristiana.

Lo cierto es que, antes de 2008, el programa de ACPO había sido poco estudiado y las interpretaciones que circulaban en medios académicos e informativos lo caracterizaban con una ambigüedad política que daba cuenta de su carácter complejo: en ocasiones como un programa doctrinario y religioso, apático frente a las transformaciones estructurales que pedían los sectores revolucionarios; en otras como un segmento progresista de la institucionalidad católica, ideológicamente cercano a la pedagogía del oprimido de Paulo Freire y colindante con la teología de la liberación. El campesinado, sin embargo, siempre aparecía en el centro, como el sector en disputa ideológica entre las posiciones institucionales del Frente Nacional, la revolución antioligárquica de los grupos de izquierda armada y los partidos de izquierda, la cooperación internacional interesada en el modelo capitalista de desarrollo y una Iglesia católica en plena transformación, luego del Concilio Vaticano ii. Su mérito, quizás, fue esa ecuación en la que combinó el trabajo directo con las comunidades, el uso de los medios de comunicación masiva y un discurso sobre la educación como una forma de progreso individual, comunitario y social a la que ninguna tendencia parecía realmente poder oponerse.

 

Tres

Afiche propagandístico de Acción Cultural Popular (circa 1968). 


La empresa educativa de Acción Cultural Popular fue indiscutiblemente asociada con el Frente Nacional pues sus objetivos y enemigos eran los mismos, tanto en lo político como en lo económico. Durante las siguientes tres décadas, ACPO fue acusada de ser una iniciativa privada casi enteramente sostenida por recursos del Estado que, con contundentes cifras de alcance, le permitía al Ministerio de Educación eximirse de realizar reformas educativas estructurales que desembocaran en resultados cualitativos. Al igual que sus aliados y financiadores, Radio Sutatenza siempre rechazó el comunismo como sistema político, en la línea del discurso mediático de la época, con artículos condenatorios de múltiples “conspiraciones del comunismo internacional”. Sin embargo, todo esto aparecía junto a la denuncia minuciosa de la ausencia del Estado en el campo, críticas a la industria y a la baja cobertura en servicios; era una alineación con el anticomunismo propia de la época, aunque la misma coyuntura filtrara discusiones en las que convivían visiones ideológicas que hoy se perciben como diametralmente opuestas.

Según la historiadora Mary Roldán, desde la década de 1950, Salcedo recibió la asesoría de grupos de católicos norteamericanos para la compra de radios. Esto permitió que, si en 1950 se contaba con 700 radios comprados a General Electric, en 1953 se avanzara en la importación de 5.000 aparatos Philips, y en 1962 y 1963 se importaran 10.000 Philips y 100.000 Toshiba. Además, cada radio venía con un sistema de frecuencia única, es decir, solo se podía escuchar Radio Sutatenza en ellos, pues, según Salcedo, de esta manera se evitaría el uso innecesario de un recurso tan caro, como eran las pilas, en la escucha de otro tipo de emisoras. Durante los años sesenta, este apoyo se entroncó con el programa económico de la Alianza para el Progreso que, por lo demás, le permitió a Salcedo firmar contratos con los gobiernos colombianos comprendidos entre la presidencia de Alberto Lleras Camargo y la de Misael Pastrana Borrero, además de recibir apoyo técnico del gobierno y de iniciativas privadas norteamericanas. En 1961, en la coyuntura de la visita de John F. Kennedy al país, ACPO ya era identificada como un brazo que suplía las carencias del Ministerio de Educación. Alternando con artículos que condenaban la relación de Fidel Castro con la Unión Soviética y cómics dedicados a la vida del presidente Kennedy, Acción Cultural Popular desarrolló a través de las páginas de El Campesino una fuerte campaña de apoyo a la reforma agraria, incentivada por el gobierno frentenacionalista de Lleras, en la que se planteaba la necesidad de una reforma agraria integral (RAI) que fuera más allá de la simple redistribución de la tierra; es decir, que generara políticas estatales para llevar servicios de salud, educación, vivienda, desarrollo agrícola e infraestructura comercial, además del programa de Educación Fundamental Integral (EFI) de ACPO.

El EFI se entendía como un programa de contenidos dirigidos a cambiar esquemas de pensamiento y comportamiento entre el campesinado colombiano. Inspirado en el diseño conceptual que realizaron los sacerdotes sociólogos François Houtart y Gustavo Pérez en 1960, ponía en primer plano la categoría de cambio social, entendida como una transformación gradual, por estadios, de las problemáticas que aquejaban a las sociedades latinoamericanas. Su carácter paulatino se oponía a la revolución armada, violenta, que irrumpía en todas las estructuras de las sociedades. Se presumía que las instituciones afectadas por la corrupción y el clientelismo podrían ser “convenientemente estructuradas y fortalecidas” para que los campesinos se pudieran integrar “socioculturalmente” a los procesos de desarrollo que tenían lugar en el apacible continente. Pero la realidad que se quería resaltar era otra: si no se hacía una reforma agraria en el país, se daría paso al comunismo.

Cuatro

Señalando una pila de libros dispuestos sobre una mesa, el alto y desgarbado sacerdote se dirige a la cámara. Entre panfletos sobre las “verdades acerca de la Unión Soviética” y biografías de Lenin, Stalin, José Martí y Fidel Castro, Salcedo dice con altivez: “El comunismo ha tomado posiciones hace muchos años. Ha invadido estos países de literatura. En todos los medios ha encontrado el modo de llegar a la mente de los hombres”. Es un video de propaganda sobre el programa educativo. Salcedo continúa: la guerra es ideológica, pues “el subdesarrollo está en la mente del hombre, no en su estómago”. Está acompañado por un norteamericano de corbata y pelo engominado, quien traduce desprolijamente sus palabras; en inglés, le añade al discurso: “El comunismo se dirige al tipo de personas que pueden ser convencidas, por lo que leen o lo que ven, para trabajar por sus intereses”. El asunto era la propaganda (léase con acento agringado). Detrás de los personajes un técnico acciona equipos de transmisión radial; luminosos armatostes de mostrar representan el poder de la comunicación para vencer –especialmente en Colombia– distancias y accidentes geográficos. Sobre ellos ACPO construyó su empresa; consiguió recursos suficientes para expandir sus antenas y transmisores a Cali, Medellín, Magangué y Belencito (Boyacá), y llegar a recibir reportes de sintonía desde Cuba, Nueva Zelanda y Suecia, entre otros países.

Mientras tanto, los campesinos de Colombia escuchaban la emisora, enviaban cartas sobre la situación de sus familias y comunidades, pedían complacencias musicales, bendiciones para sus parcelas, ayuda para los procesos de legalización de sus tierras, o hacían denuncias sobre la ineficiencia del Estado en su región. Algunos daban cuenta del nacimiento de las guerrillas; se quejaban del bandolerismo y de la polarización política: “Toda la vida fui laureanista porque pensaba que estaba en contra de los comunistas; pero ahora llegaron unos tipos al pueblo y dicen que Laureano es comunista”, expresa una carta de un campesino tolimense, escrita hacia mediados de 1962.

Y ACPO respondía a tiempo. En las cartas de sus usuarios se encontraban muchos países superpuestos: problemas bipartidistas que se suponían olvidados salían a relucir, opacando la nueva “gran amenaza”, la bacteria ideológica que había que atacar con contundencia: el comunismo. O como se decía –entre los redobles de una orquesta heroica– en la cortinilla del Agente 169, radionovela transmitida por Radio Sutatenza y favorita de muchos oyentes: “La lucha de un grupo de hombres para defender a su patria del peor de los traidores: el comunismo internacional. Una novela de aventuras, que se fundamenta en hechos reales ocurridos recientemente en un país latinoamericano”. Entre la circulación de contenidos educativos, aparecía este tipo de contenidos radiales donde la referencia al nuevo “peor de los traidores” resonaba como una reminiscencia de las oportunidades en las que Salcedo le decía a Camilo Torres –al parecer con insistencia y hasta exasperarlo– que las reformas necesarias podrían darse por vía institucional, mientras que la revolución armada desconcentraría a los pueblos del continente.

En esa dirección, la empresa de educación a distancia tenía como principal objetivo acompañar el proceso de integración del campesinado colombiano a la vida social y económica del país. Vista como una intención que tuvo resultados interesantes, como lo fue efectivamente en el terreno de la organización comunitaria, la formación de líderes autónomos y la visibilización de problemáticas rurales, destaca la compaginación intermitente de los medios de ACPO con la propaganda anticomunista de Estados Unidos en América Latina. Al vincularla con el proceso educativo, la “bacteria de la ideología comunista” podría ser evitada por medio del modelo de enseñanza de las escuelas radiofónicas: desde su propia casa –a donde también llegaban los grupos de autodefensa campesina, los guerrilleros y los comunistas–, los campesinos debían escuchar la emisora al tiempo que leían cartillas, libros y el semanario El Campesino. Esa inoculación sería bloqueada aún más si los campesinos asistían a cursos de formación en liderazgo comunitario en tres institutos en Boyacá y Antioquia. Bajo la consigna: “La educación nos hace libres, el ignorante es un esclavo”, el modelo de Educación Fundamental Integral se planteaba como una forma de invitar al campesinado a “hacerle la guerra a la ignorancia” y por este camino hacerse “dueños de su propio progreso”. Paralelamente, en artículos del semanario y afiches impresos en serigrafía y de tamaño tabloide, circulaban avisos en los que sobresalía la mano diabólica del comunismo junto a una lista de problemas asociados a este sistema económico, como el monocultivo, el alcoholismo, el abandono de los campos y el lujo en las clases altas, entre otros.

Frente a la publicitada victoria revolucionaria en Cuba ACPO manifestaba que “la mente subdesarrollada del hombre latinoamericano” lo hacía susceptible de “ser cooptado por las ideas amenazantes del comunismo internacional”. El campesinado era un sector del mercado y en torno a esa población se libraba una batalla con claros intereses: si una reforma agraria no se efectuaba, los comunistas llegaban primero. El Campesino hizo seguimiento a la incidencia que tenían las tímidas políticas económicas centrales sobre los procesos productivos de la economía rural agrícola, pecuaria y minera. Ante ello, se abrió la discusión sobre si el modelo a seguir era la migración desarrollista del campo a la ciudad, o si más bien debía incentivarse la “creación de una clase media rural con acceso a todos los servicios a los que el campesinado no puede acceder en los cinturones de miseria que llega a engrosar en las ciudades”. Además, denunciaron la necesidad de fortalecer la estructura institucional de la reforma y gestionar inversiones económicas específicas para incentivar infraestructuras de riego, crédito y comercialización. Para ACPO existía una clarísima relación entre los problemas de productividad, la inequidad y la violencia: todos derivados de la estructura de tenencia de tierra y de la falta de acceso a la educación en diferentes regiones del país.

 

 

El padre Sabogal, locutor y gestor, durante una misa radial ante una multitud de campesinos feligreses en Cundinamarca (circa 1968).

Cinco

Luego del entusiasmo durante el gobierno de Lleras Camargo, el semanario denunció la pausa burocrática en que cayó la reforma durante el gobierno de Guillermo León Valencia. El último impulso vino durante el gobierno de Lleras Restrepo, cuando el semanario volvió a dedicar un buen número de páginas a reflexionar sobre la importancia de una reforma agraria integral (RAI), y se editaron discos con bambucos, rumbas criollas y guabinas, cuyas letras recordaban que “la reforma no es pretexto pa’ a los ricos despojar, sino para que la tierra todos puedan explotar”. Con el fin de dejar en claro que esta buscaba justicia social con un carácter cristiano, antes que con violencia, se recordaba también que “ya se oían silbar las balas” porque el comunismo venía “a reformar por las malas”.

Además de la asociación directa entre el comunismo  y el uso de métodos violentos para generar cambios estructurales en el campo, las canciones señalaban dos elementos principales: por un lado, el rechazo tajante por parte de latifundistas y propietarios a la expropiación, y por el otro, que el objetivo básico de la RAI era que todos los habitantes del mundo rural pudieran hacer uso de la tierra como recurso, más allá de las diferencias políticas.

En la canción “El toro dijo a la vaca” se narra la historia de dos animales que conversaban sobre las dificultades para implementar la política agraria: “A esta reforma, mijita, habrá que meterle el cuerno”. A manera de síntesis, el coro entusiasta recordaba que “todos, todos queremos la reforma integral, que con ella tendremos techo, pan y libertad”. La mención sobre la falta de vivienda y alimentación permite sumar elementos a la idea de la RAI, pues revelaba que el problema de la propiedad de la tierra no era únicamente uno productivo. También destacaba en esta canción la mención de la política higienista en contra de la venta de chicha: “La comadre Sinforosa está muerta de la dicha, y dice que si hay reforma no vuelve a vender más chicha”, y la referencia a las discusiones sobre el supuesto carácter partidista de la reforma y el accionar conciliador de Carlos Lleras Restrepo: “Un viejito que es muy sabio anda diciéndole a todos que la reforma es pareja pa’ liberales y godos”.

Por otro lado, la rumba “¿Qué tal?” recordaba con un tono humorístico el panorama de los países gobernados por regímenes comunistas: establecía un vínculo político entre Cuba y la URSS, pues la voz cantante preguntaba qué pasaría “si Fidel se cortara la barba”, “si Kruschev se pintara la calva”, “si Kruschev no dijera mentiras” y “si Fidel no tuviera a los rusos”. Además, planteaba una relación conflictiva entre los soviéticos y la Revolución Cultural china: la voz cantante se preguntaba qué pasaría si Rusia fuera reformada por los chinos. Continuando con el recurso interrogatorio, la canción indagaba hipotéticamente sobre reformas estructurales en el régimen de producción agrícola rural que hacían parte de la ley: “¿Qué tal si reforman las leyes agrarias, los mercados, los medios de siembra, los medios de carga?”. En la última parte, establecía un vínculo entre el proceso de la RAI y algunos de los cambios sociales que podrían incentivarse: “¿Qué tal si formaran maestros rurales, si pagaran a tiempo buen sueldo, si construyen escuelas decentes, si educaran también a los pobres, si supiera leer todo el mundo?”.

Por último, aparecía el merengue vallenato “¿Qué será la RAI?”, que contaba la historia de un hombre que vuelve a su pueblo para enterarse de que todo el mundo habla de “que a Colombia le hace falta una reforma integral”, pues era “una cosa muy buena que debemos conseguir, pa’ tener los campesinos tendrán siquiera dónde vivir”. En un tono más publicitario, la canción exhortaba a los campesinos a que se informaran y la consiguieran. Como lo muestra la pregunta insistente del coro, “¿qué será la RAI?, ¿con qué se comerá?”, se enunciaba que el concepto debía ponerse a circular en la sociedad colombiana, y que sus términos debían aclararse preguntándole, por ejemplo, a los sacerdotes, pues era una “cosa muy rara que no se podía entender”. Entre los supuestos equívocos que buscaba aclarar, la canción explicaba que la RAI era impulsada hasta por el papa, pues era un asunto de “justicia social”.

El clímax de la empresa educativa pudo ser la visita del papa Pablo vi a Colombia en agosto de 1968. Gracias a la convocatoria gestionada por la entidad, 300.000 campesinos se reunieron en Mosquera para encontrarse con el pontífice. Si en las canciones sobre la reforma se decía que “eso lo quiere hasta el papa, y es de justicia social”, en esta oportunidad todos los medios de acción de la organización se desplegaron con un nuevo entusiasmo en torno a las posibilidades de cambio social. Si a comienzos de los sesenta las palabras más utilizadas habían sido “progreso”, “libertad” y “democracia”, para 1968, y de acuerdo con una coyuntura renovadora y favorable a la implementación de más cambios, se comenzó a adoptar el discurso del desarrollo como “el nuevo nombre de la paz”. Sostenida en la concordia religiosa, la empresa educativa recibió el último impulso político por parte del presidente Carlos Lleras Restrepo, quien trabajó de la mano con Salcedo para gestionar la visita papal, y facilitó los trámites para la compra de nuevos equipos logísticos y la repotencialización de los equipos de Radio Sutatenza en todo el país.

Sin embargo, fue allí cuando comenzó su lenta disolución, hasta el cierre de los institutos en 1994. Luego de la visita del papa, los distintos críticos del programa educativo evidenciaron la capacidad de movilización de masas del sistema de medios y la potencial creación de un partido cristiano demócrata; señalaron con sorna el crecimiento de la infraestructura en el pueblo de Sutatenza y el irrestricto apoyo económico de los gobiernos en la importación de material audiovisual, en detrimento del mercado de los medios de comunicación comerciales. Además, desde mediados de la década de 1970, a raíz de una campaña por la “procreación responsable” con la que se ponían en discusión los métodos de educación sexual rural y las consecuencias del crecimiento poblacional, comenzaron sucesivas polémicas públicas con miembros del catolicismo, que desembocarían en el rechazo público de un sector de la institucionalidad católica por el programa. Desde 1974, y hasta 1987, la emisora sufrió la retirada de sus fuentes de financiación, paralelamente al crecimiento de las deudas adquiridas para lograr su funcionamiento. Se habla también de la competencia imposible de sostener por parte de la radio popular, de cómo su programación y su visión del problema rural fueron quedándose atrás frente a los cambios por los que atravesaba el campo, del escepticismo del gobierno de López Michelsen. Se menciona tímidamente el ingreso de algunos líderes en las guerrillas o en los grupos paramilitares, así como las amenazas hacia Salcedo por parte de un grupo guerrillero y su posterior viaje a Estados Unidos, a mediados de los setenta. Luego de algunos intentos por revitalizar la empresa, que incluyen la compra de un equipo reproductor portátil con materiales didácticos llamado Disco Estudio, o el trabajo conjunto con Camina, un programa de alfabetización nacional de comienzos de los años ochenta, los transmisores de la emisora se apagaron el 17 de febrero de 1989, y sus equipos tecnológicos se vendieron a una cadena radial colombiana, todavía en funcionamiento hoy. Sus edificios siguen en pie, aunque sin el uso que merecen, y una red de líderes campesinos aún se reúne. En los últimos años, Acción Cultural Popular echó a andar de nuevo, esta vez con el proyecto de Escuelas Digitales Campesinas.

 

© Este texto fue escrito a propósito de la exposición “Radio Sutatenza: una revolución cultural en el campo colombiano (1947-1994)”, abierta al público en la Biblioteca Luis Ángel Arango. Sus curadores son Ayder Berrío, Jorge Rojas Álvarez y Juan Pablo Angarita. 

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Juan Pablo Angarita Bernal

Ha trabajado en proyectos de difusión radial y musical como Radio Pachone y el Festival Distritofónico.

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