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Contar la barbarie

Fotografías de Mateo Gómez Rivas

Desde el siglo XIX, la narración de los conflictos en Colombia se ha apoyado con reteñido acento en las fuentes militares. En tiempos recientes, los periodistas han tenido el desafío de retratar una confrontación irregular y de baja intensidad. El resultado de su trabajo es un registro amplio y valiente, pero salpicado de lagunas y carente de matices para comprender mejor una larga y compleja historia de violencia.

 

Sus amigos llegaron hasta la estación de ferrocarril de Fontibón para asegurarse de que el reportero sinuano Antolín Díaz había regresado del frente de batalla, en el Putumayo, en buen estado de salud y con sus facultades intelectuales intactas. Llevaba seis meses en la selva, adonde el diario El Tiempo lo había destinado como enviado especial para cubrir el conflicto fronterizo con Perú. Las únicas pruebas de supervivencia que llegaban eran sus crónicas, muchas de ellas destruidas por la censura del Ministerio de Guerra en Bogotá. El calendario marcaba los últimos días de mayo de 1933.

Antolín llegó a la capital con la misión cumplida y un terrible beriberi que la guerra y el Amazonas profundo le estamparon como sello de salida. Pero en cuanto se repuso emprendió la escritura de unas memorias que aparecieron a finales de ese mismo año, bajo el título Lo que nadie sabe de la guerra. Allí vertió todas las denuncias de una contienda para la cual el Estado no estaba preparado. Y de paso completó el relato que el lápiz rojo de los militares había tratado de disimular.

Contó sobre el ignorado heroísmo indígena en la campaña del sur; señaló la descoordinación entre los mandos militares sobre el terreno y el gobierno del presidente liberal Olaya Herrera en el Palacio de San Carlos; también las precarias condiciones logísticas y sanitarias. E informó sobre el estado real de la maquinaria de guerra: “Nunca procuraron dotar a la institución de lo que el país requería para su defensa. Ni aviones ni armamento. La batería de cañones viejos, que en 1912 obsequiara el Jockey Club, era toda la artillería terrestre en el Putumayo”.

Antolín Díaz encarna uno de los primeros ejemplos de reporteros civiles “empotrados” en las filas del Ejército Nacional, patrocinados por un diario importante; contando a los lectores todo lo que veían, oían y tocaban, a través de notas enviadas por radiogramas desde el campo de batalla.

Una muestra de lo anterior se publica en El Tiempo del viernes 10 de marzo de 1933. La crónica se titula “La segunda noche de guerra en el frente”: “El oficial de administración no duerme un solo minuto. Sigo escribiendo... muy cerca, un viejo que había llegado aquella tarde, con un empleo civil, roncaba dando las más altas notas. Me impacientó un momento y quise dispararle con mi pistola. El teniente Duarte se condolió de él y, para evitar que yo procediera, golpeó con el pie la ‘yaripa’ y el maldito viejo dejó de mugir unos minutos”.

Más adelante, los diarios nacionales no desarrollarían ni una formación, ni una especialización consistente acerca de la figura del reportero de guerra. Primero, por la costumbre de los directores, dueños y editores de medios de servirse de comunicados oficiales, cables de agencia o colaboradores esporádicos para abaratar costos. Segundo, por una discutible proximidad a las fuentes militares. Y tercero, porque debido a las características de la guerra interna colombiana, irregular y de baja intensidad, dentro de las redacciones se formaría un perfil de periodista polifacético, que bien podía cubrir un día un tema económico y al día siguiente una toma guerrillera.

Fisonomistas del crimen

En el principio fueron las memorias. El historiador Jorge Orlando Melo atesora en una tabla de Excel una lista de alrededor de ochenta memorias de guerra del siglo xix, casi todas escritas por militares. Cuenta que algunas tienen “cierto valor literario”. Y las cataloga como “una suerte de periodismo retrospectivo, donde se cuentan bien los incidentes, haciendo algo de investigación, pero cinco, veinte o cincuenta años después de los hechos”.

Un caso singular es el de los diarios de la revolución, de la antioqueña Ana María Martínez de Nisser. La escritora de Sonsón se cortó el pelo y se puso uniforme de soldado para ir en busca de su esposo, un ingeniero sueco secuestrado por los rebeldes en Ríonegro, en 1841. De esas notas sale una vívida reconstrucción de la llamada guerra de los Conventos, una de las primeras guerras civiles de las nueve que vivió el país entre 1830 y 1900. “Vi el campo lleno de muertos”, escribe Martínez, “y al oír los clamores, ‘ayes’ y lamentos, me horroricé y me llené de pena contemplando esta dolorosa escena, y tanto más me sentía conmovida cuando reflexionaba que todo se debía a unos pocos ambiciosos”.

Las historias de batallas saltan de los libros a las páginas de papel prensa. Los primeros periódicos modernos surgen en las dos últimas décadas del siglo XIX. Sobresale El Telegrama, de 1886, primer diario no oficial. El primero también en remunerar a sus colaboradores y en organizar a un grupo de voceadores. Su circulación, en todo caso, no pasaba de unos pocos cientos de ejemplares, que se vendían en contadas librerías de la capital para un grupúsculo de abogados o buenos lectores. Además publicaba a cuentagotas informaciones internacionales que llegaban desde Buenaventura por el telégrafo de hilos.

Para la guerra de los Mil Días (1899-1902) la mayoría de noticias circulaba a través del gobiernista conservador El Orden Público, o de pequeñas gacetas clandestinas de la oposición. Se trataba, en realidad, de panfletos partidistas, escritos por oficiales o funcionarios. Partes militares o editoriales venenosos tan eficaces como morteros a la hora de atizar el odio.

En Colombia, el primer cuarto del siglo XX se anunció sin apenas fisuras de violencia. Entre tanto, en el resto del mundo detonaban revoluciones y guerras a escalas antes impensables que desdibujaban mapas y poblaciones enteras. La información telegráfica de la Primera Guerra Mundial (1914-1918) llegó vía Cartagena y se divulgaba en el germanófilo Transocean o en El Nuevo Tiempo, partidario de la Triple Entente. Se trataba, en todo caso, de historias moldeadas a la medida de las necesidades de los mandos militares. El entonces primer ministro británico, David Lloyd George, lo ilustró claramente durante una charla privada con el editor del Guardian de Manchester: “Si la gente conociera la verdad, habría que detener la guerra mañana mismo”.

Los avances tecnológicos aceleran y determinan los tiempos de trabajo en las salas de redacción. La llegada de la telegrafía inalámbrica, que comenzó a funcionar plenamente en el país en 1923, facilitó la confección de diarios más dinámicos, con reporteros encargados de cubrir el día a día de los sucesos. A pesar de que había por entonces limitaciones impuestas por los conservadores para moderar a la prensa, El Espectador publicó entrevistas al general Carlos Cortés Vargas, o al presidente conservador Abadía Méndez, sobre los desmanes del Ejército en la matanza de las bananeras en Ciénaga (1928). El veterano periodista antioqueño Juan José Hoyos añade un nombre a la historia, Alejandro Vallejo: “Él escribió en la revista Universidad, en 1929, una crónica impecable sobre la matanza de estudiantes en Bogotá el 8 y el 9 de julio. Su trabajo tiene una narración maravillosa y además fue muy importante para acelerar el derrumbe de la Hegemonía Conservadora. Un año más tarde subió el primer gobierno liberal en casi medio siglo”.

Así se va tejiendo un torbellino político violento, orquestado por los dos grandes partidos políticos y en zonas rurales de Boyacá, Santander y algunos puntos del Tolima como epicentro. Los diarios y sus reporteros se convierten en primeros testigos y narradores. El columnista y político liberal Max Grillo lo describe de la siguiente manera, en mayo de 1934: “Apenas transcurre un día sin que los periódicos den cuenta de un crimen horrendo. Lo más doloroso es que la sociedad parece haberse familiarizado con la producción en serie del crimen... actos de crueldad estúpida como desollar a las víctimas o mutilarlas en forma salvaje”.

Durante los tiempos más agudos de la confrontación entre liberales y conservadores, los reporteros gráficos se desenvuelven con pericia dentro de las redacciones. Su visión del mundo ensancha el horizonte y la imaginación de los lectores. La aparición de equipos más livianos agiliza el traslado al lugar de la noticia. Cámaras como la Leica de 35 milímetros hacen escuela en la formación de los fotoperiodistas. Y la Guerra Civil española (1936-1939) sirve, quizás, como primer gran laboratorio donde un cuerpo de fotógrafos profesionales se desplaza para enviar su trabajo a periódicos y revistas.

Los fotorreporteros acompañan a los cronistas a contar hechos escabrosos de la carnicería entre liberales y conservadores, y su trabajo gráfico salta a jugar un papel central en la maquetación de las páginas. Hay quien dice que para rastrear la memoria de las violencias del siglo pasado en Colombia habría que escarbar primero en los fotogramas de pequeños diarios de región. Muchos fotógrafos dejan más tarde sus equipos de lado y se convierten en redactores. Algunos encajan dentro de la figura, algo prototípica, del clásico reportero de crónica roja, llamado también de baranda, que bebe tinto desenfrenadamente con policías y jueces, y cumple con largas guardias para registrar la criminalidad cotidiana.

Cuenta Germán Rey, académico e investigador de la Universidad Javeriana, que esta primera etapa está marcada por la narrativa policíaca. Se centra, fundamentalmente, en la representación del crimen como hecho excepcional y aleccionador para sociedades pequeñas, donde había necesidad de mirarse de alguna forma al espejo. “Los reporteros se interesaban mucho en los personajes del hampa. Funcionaban como una especie de fisonomistas del criminal y del crimen. Entonces se publicaban crónicas que generaban preocupación, rechazo, interés o morbo”.

 

 

 

Periodismo desde los estrados

Las primeras memorias del sociólogo y columnista Alfredo Molano sobre la violencia colombiana son imágenes de prensa. Recuerda fotografías de la entrega de los bandoleros llaneros al Ejército en 1953. De Guadalupe Salcedo, Dumar Aljure o Bernardo Giraldo: “Pero hay que tener en cuenta que hubo mucha censura a la prensa. La gente en las ciudades, hasta después del Frente Nacional (1958-1974), cuando más o menos empezaron a destapar cosas los periódicos, no tenía una idea clara sobre lo que sucedía en el resto del país. Al día de hoy, incluso, los archivos militares continúan secretos, blindados, nadie mete el ojo ahí para saber qué ha pasado realmente en este país, qué es lo que ha pasado en el campo...”.

Para 1958 el conflicto social seguía su sangriento curso. Razón suficiente para que se conformara una comisión, bajo el gobierno de la Junta Militar, con el objetivo de profundizar en las causas de un problema sin remedio aparente. El sacerdote tolimense monseñor Germán Guzmán Campos, el sociólogo protestante Orlando Fals Borda y el abogado e investigador liberal Eduardo Umaña Luna se ponen al frente de la empresa impulsada desde la Universidad Nacional y en 1962 publican un texto polémico para la época, seminal para la historia: La violencia en Colombia. Fue el primer esfuerzo por abordar los hechos desde un enfoque académico. También por convertir los estragos y las causas del odio en un objeto de estudio y de debate.

Pero si los académicos optaron por examinar las raíces de la sombría realidad, desde el gobierno apelaron a la censura. Los directores de los 39 diarios más importantes del país se reunieron en octubre de ese mismo año (1962) con funcionarios del gobierno para discutir el enfoque que se le debía dar a la información. Tras los primeros cuatro años de gobierno del liberal Alberto Lleras Camargo, el primero del Frente Nacional, el desangramiento entre bandoleros conservadores y escuadrones liberales no cesaba, especialmente en zonas de Caldas y Tolima, e inquietaba. Se firmó entonces un acuerdo con 15 puntos que allanaban el campo para una alianza entre medios y oficialismo, lesionando la libertad de prensa. A saber, que evitarían polémicas sobre las responsabilidades de los dos partidos políticos en la situación del país. Ese juicio histórico, apuntaba el texto, quedaría en manos de una “generación menos angustiada y comprometida”. También se acordaba evitar los rótulos para víctimas y victimarios. Y priorizar las informaciones sobre aspectos como la “democracia, la justicia, la tolerancia y la concordia”. A partir de entonces los medios de oposición fueron pocos y tuvieron evidentes cortapisas para trabajar.

Entre los 39, el único diario que se negó a firmar fue Tribuna, de Ibagué. Su director era un veterano reportero llamado Flavio de Castro, quien argumentó que con el pacto no amainaría la violencia. La había vivido de cerca. Sabía de lo que hablaba. Su antecesor había sido asesinado cuatro años antes.

A mediados de los sesenta se comienza a dar una transición en el trato y enfoque de la información: de las páginas de crónica roja se pasa a una tipificación judicial de los hechos. Germán Rey lo explica de la siguiente manera: “Debido al cambio en la naturaleza de los delitos, la sociedad colombiana ya no está tan interesada en el crimen individualizado como en el proceso social de confrontación con las guerrillas que se empieza a vivir. Ese es el punto que poco a poco va a interesar más a los periodistas”.

El seguimiento a los procesos judiciales se agiliza en las salas de redacción y pasa a ser el hilo conductor de la narrativa. Las capturas, las indagatorias, la presunción de inocencia, las imputaciones y las sentencias resultan un lenguaje más actual que los antiguos sucesos criminales. Los encargados de las secciones de justicia se apostan en los juzgados, en las cortes y tribunales, y se le da mayor espacio a todo lo que brota de los estrados. Así mismo, las secciones de justicia y de orden público absorben las notas sobre enfrentamientos entre el Ejército y las guerrillas. Y se destinan reporteros específicamente a cubrir fuentes militares o de policía. El antiguo crimen pasa a ser tratado como un fenómeno socialmente inusual y lo reemplaza el registro de las confrontaciones bélicas en el campo.

La prensa internacional pasó de largo, en puntas de pie y sin hacer mayor ruido, en pleno nacimiento de las primeras guerrillas. Dos meses después de los bombardeos del Ejército a los reductos fundacionales de las FARC, en la zona de Marquetalia (1964), al sur del Tolima, el New York Times publicó una nota de un par de párrafos escrita por un colaborador anónimo en Bogotá. La única reacción, más o menos notable, no provino de los medios, sino de una carta de intelectuales franceses firmada entre otros por Sartre y su compañera Simone de Beauvoir, donde se solidarizaban con el campesinado colombiano.

Una historia con elementos cinematográficos ocurre tres años más tarde. El 9 de marzo de 1967, el Frente José Antonio Galán, del recién formado ELN (1969), guerrilla con fuertes influencias cubanas, atacó el tren pagador petrolero del Ferrocarril del Magdalena. La emboscada se haría célebre por el cubrimiento del mexicano Mario Renato Menéndez, director del semanario Sucesos Sensacionales. Menéndez filmó la acción y publicó varias entrevistas a comandantes guerrilleros. Cuenta el historiador británico Malcolm Deas que se trató, en realidad, de un montaje teatral que serviría a los fines propagandísticos de la guerrilla. “Fue una farsa para llamar la atención. Los integrantes del tren estaban pagados por la guerrilla. ¡Querían evocar las viejas emboscadas de Pancho Villa y la Revolución mexicana!”.

Solo hasta finales de la década se publicó una entrevista en extenso a un líder guerrillero. Llevaba la firma de Germán Castro Caycedo, en 1969, en sus días como cronista del diario El Tiempo. Fue a Jaime Arenas, miembro del ELN, y uno de los líderes estudiantiles más importantes de la segunda mitad del siglo pasado. Arenas escapó de la guerrilla por diferencias ideológicas con la comandancia, y tras su fuga se entregó al Ejército. Castro Caycedo fue a buscarlo tres meses más tarde a la cárcel y sacó material para una conversación que se publicó en tres páginas enteras. Domingo, lunes y martes.

“Me contó sobre las contradicciones del ELN por dentro; de la animadversión que sentía Fabio Vásquez, antiguo cajero de banco que llegó solo hasta cuarto de primaria, por el ala intelectual de la guerrilla, y sobre el absurdo de haber mandado a Camilo Torres desarmado a su primer combate para que se ganara su primer fusil”, afirma el autor de libros como El Karina o La bruja.

La politóloga y periodista vallecaucana Olga Behar recuerda que, en los años setenta, en cada redacción surgieron figuras nebulosas denominadas los “tiras” o “sabuesos”. Afirma, sin revelar nombres, que incluso algún director de noticiero fungía como tal: “Ese era un término para señalar al reportero como denunciante encubierto del Ejército, el DAS o la Policía. Eran, en general, muchachos sin mayor formación académica o política, que reproducían comunicados de las Fuerzas Militares. Se especializaban en ir a las comisarías, a las estaciones de policía, batallones y también a los juzgados”.

Los cambios en las dinámicas del conflicto se trasladaban al interior de las redacciones. El veterano periodista Javier Darío Restrepo, que cubrió siete conflictos armados para el noticiero 24 Horas, incluyendo las guerras en Centroamérica y la de las Malvinas, explica que en ciertos medios se fue formando una “doble trinchera”: la de los reporteros que tenían afinidad con el Ejército, y la de los que sentían cercanía con las guerrillas. “Lo cual demostraba”, afirma, “una nula formación. Porque si hay algo elemental para el periodista que va a cubrir un conflicto armado es que tenga la voluntad y la capacidad de observar, y tratar de comprender los dos lados de ese absurdo. Pero lo que sucedía era que las pasiones transformaban al reportero en un combatiente más, sin armas, pero con un estilógrafo”.

Juanita León, directora del portal La Silla Vacía, enriquece el retrato. Señala que muchos de los escándalos que se han conocido sobre los desmanes de la fuerza pública en las décadas posteriores han salido a la luz gracias a una suerte de trato no escrito entre periodistas y fuentes oficiales:

 

A partir de las filtraciones que hacían los militares, los reporteros de judiciales crecieron mucho en los periódicos y noticieros. Sin embargo, se trataba de un cubrimiento completamente acrítico de esas fuentes. Había un pacto tácito: “Usted a mí no me cubre de manera independiente y yo le doy todas las chivas sobre la guerrilla”. Y se daba también un fenómeno de “contrapesos”. El que seguía esa línea, cubriendo por ejemplo a la Policía, conseguía exclusivas sobre irregularidades en el Ejército, y los del Ejército aportaban a su vez información sobre escándalos dentro de la Policía. Obviamente hay todo tipo de excepciones, y había reporteros independientes, pero creo que eran la absoluta minoría.

 

 

Cuando la lógica desaparece

Vinieron tiempos incómodos y peligrosos para la libertad de prensa. Desde las políticas de la doctrina del Estatuto de Seguridad Nacional, del liberal Julio César Turbay Ayala (1978-1982), muy ligadas a las tácticas represivas de la Escuela de las Américas estadounidense y dirigidas a atajar la expansión del comunismo soviético en la región, empezaron a publicarse denuncias de violaciones contra los derechos humanos, torturas, detenciones ilegales, seguimientos, ejecuciones extrajudiciales e interceptaciones telefónicas. Revistas de izquierda como la desaparecida Alternativa, diarios como El Espectador, cadenas radiales como Todelar, y noticieros como Contrapunto, entre tantos otros, las pusieron de manifiesto.

Según Olga Behar, esa fue una señal de alerta inequívoca para los directores. ¿Qué era lo que estaba pasando? “En cuanto a los medios de comunicación se sintió que en el tratamiento periodístico había un vacío tremendo”, recuerda. “Empiezan a aparecer los movimientos de las madres de los presos políticos, y artistas que en distintos escenarios visibilizan la situación. García Márquez se exilia en México en 1981. Y creo que desde el periodismo se fue comprendiendo que esto tenía un fondo muy profundo. Que estaba conectado con temas como la desigualdad, el abandono institucional o las secuelas de la cerrazón política que dejó el Frente Nacional”.

La radio cumple un papel central. La instantaneidad de la transmisión en directo y el urgente y llamativo anuncio de “¡extra!” se encargaron de contar en tiempo real las ruidosas tomas de la guerrilla del M-19 en poblaciones como Génova (Quindío), en 1985, o Florencia (Caquetá), en 1984. El investigador Jorge Iván Bonilla, profesor de la Universidad Eafit en Medellín, aún recuerda la cobertura de Caracol Radio de esta última: “La transmisión fue en vivo, con un corresponsal sobre el terreno, en pleno programa 6 a.m.-9 a.m., y en un acto de agilidad Yamid Amat incorporó llamadas de gente del común, que desde las calles de Florencia narraban lo que estaba pasando en ese combate”.

Con la llegada del presidente Belisario Betancur (1982-1986) hay un cambio de enfoque en el tratamiento del conflicto armado. Las conversaciones de paz con las guerrillas, con las FARC principalmente, pero también con el M-19 , con el maoísta EPL (Ejército Popular de Liberación) y la Autodefensa Obrera, abren un panorama novedoso para los reporteros de distintos medios, que vieron una oportunidad idónea para acercarse a los grupos alzados en armas. “Sentíamos que había una necesidad, tanto en lo personal como en lo colectivo, de conocer a estos personajes, de contar cuál era la razón de ser de estas organizaciones guerrilleras, de saber desde dónde operaban, cuáles eran sus ideas y cómo eran sus líderes”, explica Olga Behar.

Los años ochenta vieron el florecimiento de los medios regionales. Y el asesinato de muchos de sus miembros. Informadores que husmeaban en torno a dos fenómenos entrelazados que se venían incubando desde la década pasada: la formación de grupos de autodefensa y el tráfico de drogas. Alrededor de 41 periodistas murieron asesinados a lo largo de la década, incluido el director de El Espectador, Guillermo Cano. Prácticamente todos cayeron a manos de pistoleros y no en medio del fuego cruzado; la gran mayoría en ciudades como Cali, Medellín, Manizales o Montería. Muchos otros partieron al exilio.

Para Jorge Iván Bonilla estos años configuran un punto decisivo en el cubrimiento del conflicto y en el oficio de los periodistas:

 

El reconocimiento oficial de la dimensión política de las guerrillas y la aparición de otros factores como el narcotráfico, y de agentes como los paramilitares, exigen al sistema de medios la conformación de plantillas de reporteros mejor preparados, egresados de las universidades. La figura del reportero se va adaptando e inscribiendo en estas transformaciones que experimenta la violencia política en Colombia.

 

Acciones de guerra como la toma del Palacio de Justicia en Bogotá por parte del m-19 y la posterior retoma por parte del Ejército, cuando murió un centenar de personas, el 6 y el 7 de noviembre de 1985, ponen a prueba la capacidad de reacción periodística.

Javier Darío Restrepo recuerda:

 

Estamos acostados de barriga en la terraza del Capitolio, mirando de frente al Palacio. Es el segundo día del asalto. A mi lado están el camarógrafo y el operador de sonido, que tiene una casetera delante. De pronto vemos salir del Palacio de Justicia a unos soldados que cargan un cadáver. Lo tiran sobre el suelo de la plaza de Bolívar, pero nos llama la atención que de la mano del cadáver sale una cuerdita que un militar toma con mucho cuidado. El soldado se lleva la cuerdita y se detiene en una saliente del Palacio. El camarógrafo me dice: ‘Ese hombre tiene una granada y la van a hacer explotar’. Le digo: ‘¿Lo tienes?’. Responde: ‘Sí, lo tengo’. Cuando regresamos a la sede del noticiero para editar, nos damos cuenta de que la película se apaga justo en el momento en el que el soldado le quita con cuidado la granada. ¿Qué pasó? Que al operario de sonido lo invadió el miedo y hundió el dedo para apagar la cámara, justo en el momento que todos queríamos ver.

 

Concluye que en un escenario de guerra toda lógica se desvanece cuando se imponen los complejos mecanismos de supervivencia: “Todos los involucrados tienen tanto miedo de que los maten como los mismos periodistas. Y las reacciones varían mucho. Entonces, ante un personal en esas condiciones, se puede estar hablando y escribiendo toda la cháchara del mundo sobre objetividad, equilibrio, frialdad, distancia frente a los hechos, y lo más seguro es que en esos instantes de poco sirva”.

Para Jorge Cardona, editor general de El Espectador, la autocensura durante los hechos del Palacio de Justicia fue, probablemente, el mayor fracaso en la historia del periodismo colombiano. Se prescindió de la transmisión televisiva de los hechos, insertando en la parrilla un intrascendente partido de fútbol entre Millonarios y Unión Magdalena mientras el presidente de la Corte, Alfonso Reyes Echandía, clamaba por el respeto de la vida de los rehenes.

“Todas las versiones que se encuentran de la época son dictadas por los militares. A mí me llamó mucho la atención que el presidente salió al final de todo a hacer un reconocimiento a los periodistas por haber sido ‘grandes colaboradores’ ”. La ironía no pasó desapercibida. “Yo llegué a la conclusión de que habíamos sido unos simples escribanos del Ejército”, concluye Javier Darío Restrepo.

Un interrogante se incrustaba con insistencia en las salas de redacción: ¿hay o no hay guerra en Colombia? En abril de 1987, el diario conservador El Siglo publicó un artículo donde se contaban, en lo corrido del año, 235 muertes atribuidas a la lucha con la guerrilla. Y un editorial de El Tiempo señalaba: “Lo que empieza a diseñarse [sic] en Colombia no admite ya el nombre de guerra de guerrillas. Es una guerra, que nuestras Fuerzas Armadas libran en condiciones desventajosas”.

Los frentes guerrilleros se multiplican; la alianza entre carteles de droga y escuadrones paramilitares, en connivencia con miembros o ex agentes de la fuerza pública, se consolida. Una amalgama que desemboca en secuestros, masacres, hostigamientos, asesinatos de dirigentes políticos e incluso prácticamente la eliminación del brazo político de las FARC: la izquierdista up. Es una guerra de todos contra todos y se acuña la etiqueta de “guerra sucia”.

El año 1988 es recordado como “el año de las masacres”; y en 1989, Semana saca en portada una historia titulada “El dossier paramilitar”. Era la primera vez que se le daba rostro a un fenómeno con fuertes raíces en Puerto Boyacá, con el narcotráfico como fuente de financiación y ciertos sectores de la fuerza pública, ganaderos, hacendados y comerciantes como impulsores y patrocinadores. Una historia que aún flotaba algo borrosa para el lector, porque la prensa prefería utilizar etiquetas como “asesinos desconocidos” o “encapuchados”. Y más de una vez se le adjudicaban masacres y asesinatos directamente a otro grupo armado.

¿Qué había detrás de esos escuadrones de la muerte, aparentemente mimetizados tras un pálido discurso político de lucha contra la subversión comunista? La historia, basada en un informe secreto del das, incluía además el desembarco en Colombia de mercenarios británicos e israelíes para entrenar a los combatientes, bajo el mando, entre otros, de un desconocido Henry Pérez. El asunto, como anotaría el mismo semanario meses más tarde, “no se tomó muy en serio”.

A lo largo de estas dos décadas la atención de los medios internacionales se concentró en las guerras de Centroamérica, donde los Estados Unidos tenían fuertes intereses ideológicos en juego. Al sur de la región, países como Argentina, Chile o Brasil, aquejados todos por dictaduras militares, acaparaban los focos. La toma de la Embajada dominicana durante 61 días, en 1980, por parte del m-19, rompió por primera vez con esa tendencia, por la sencilla razón de que el embajador estadounidense estaba entre los rehenes. Las grandes cadenas de televisión y los diarios más importantes enviaron a sus equipos, que se instalaron durante meses en los hoteles Hilton y Tequendama. Algunos de ellos se quedaron un tiempo más y otros tantos regresarían más adelante para cubrir una vertiente del conflicto que involucraba directamente al país más poderoso del mundo: el narcotráfico.

 

 

Dar voz a las víctimas

Uno de los experimentos más interesantes en el cubrimiento del conflicto nació a finales de 1992. Fue en las instalaciones del diario El Colombiano de Medellín, y  recibió el nombre de Unidad de Paz y Derechos Humanos. Surgió como producto de la reflexión de un grupo de jóvenes reporteros que se lanzaron a servirse de los instrumentos del derecho internacional humanitario y los protocolos de Ginebra como enfoque para la cobertura del conflicto.

Era la primera vez que la guerra salía de las páginas de política, justicia u orden público (concepto bastante castrense, por lo demás). El tratamiento era novedoso. Empezaron a aparecer relatos sobre víctimas, antes opacados por la atención y entusiasmo que despertaban los combatientes. Se asumía la responsabilidad, ya no simplemente de registrar el horror, como en los ochenta, sino además de tomar posición a favor de una función cívica.

Juan Carlos Pérez Salazar fue reportero de planta y primer editor de la Unidad de El Colombiano en aquel Medellín de los primeros noventa. Ahora vive en Londres y trabaja para la BBC. Recuerda por Skype que en aquellos “tiempos en Colombia mataban a 30.000 personas al año. Y en Medellín a 6.000 o 7.000, la mayoría por violencia social, cotidiana, no política. En ese contexto, y bajo la dirección de Ana Mercedes Gómez, nosotros empezamos a interesarnos por procesos”. Ya el cubrimiento espontáneo, inconexo, de una masacre, de una toma, no interesaba tanto porque se lo “llevaba el remolino del día a día y no aportaba elementos al lector para ahondar en una realidad violenta, compleja. También nos centramos en abrir las páginas a historias sobre todos los implicados en la guerra, la guerrilla, los paramilitares. A las víctimas, a los desplazados, que son siempre los mayores perjudicados”.

El horror paramilitar arreciaba en Antioquia. En poblaciones del oriente como San Carlos o Cocorná. Pero también en el Urabá, por las zonas del Darién, en Chigorodó. Pablo Escobar eliminaba policías a su antojo y amedrentaba a las ciudades con carros bomba. Las FARC, por su parte, reunieron un ejército de alrededor de 10.000 combatientes regados en 70 frentes con capacidad creciente de destrucción. El tráfico de droga aceitaba la guerra y permeaba los rincones más insospechados de la sociedad. “Fue muy difícil”, cuenta Juan Carlos Pérez, “porque desde otros medios locales nos empezaron a tildar de guerrilleros. Pero nuestra lógica era la de decir ‘hombre, hay un conflicto armado, es necesario que todas las partes puedan hablar a ver si se comprende un poquito mejor de qué se trata todo esto’ ”.

En aquella escuela de El Colombiano surge un fotorreportero clave en esta historia. Se llama Jesús Abad Colorado. Tiene 50 años y nació en Medellín. Recuerda nítidamente sus días en el diario conservador de la familia Gómez, cuando los fotógrafos y camarógrafos con frecuencia llegaban primero a los lugares de los hechos “porque había que arriesgar para contar la historia”. Enfatiza que nunca ha trabajado para ningún ejército. Su vocación ha sido la de relatar la historia más dura desde el respeto por las víctimas. Y recuerda algunas de las masacres que ha documentado con su cámara: La Chinita (1994); Bajo del Oso (1995); Aracatazo (1995); la masacre de Los Kunas (1995); Machuca (1998) y Bojayá (2002).

La década de los noventa supuso la privatización, auge y posicionamiento de la televisión. La tecnología, con los primeros teléfonos satelitales y el denominado fly-away, o sistemas de transmisión portátil, aceleró la búsqueda de la inmediatez. Las líneas de Telecom no se volvieron a colapsar con un puñado de reporteros dictando sus apuntes. El laboratorio de ensayo de estos adelantos fue San Vicente del Caguán, la zona de despeje donde se celebraron los fallidos diálogos de paz (1999-2002) entre el gobierno del conservador Andrés Pastrana (1998-2002) y la guerrilla de las FARC.

La cobertura estuvo marcada por aprendizajes y desaciertos. Abundan historias sobre la ligereza con la que ciertos periodistas se acercaron de más a la guerrilla, llegando incluso a hacer negocios de ganado. O sobre el afán desmedido por la exclusiva, que impidió a los centenares de reporteros en el Caquetá sacar la cabeza por encima de la premura del día a día y darse tiempo para dudar, comprender y elaborar un material más reposado sobre la importancia de lo que estaban contando. Se evidenció una limitación enorme en los medios en torno al abordaje tanto de la guerra como de la paz.

Diversas organizaciones comprendieron que había que formar mejor a los reporteros. Se impulsaron cursos y talleres. Sobre derechos humanos, derecho internacional humanitario, o los protocolos para trabajar en medio del fuego cruzado. El Tiempo publicó en 2003 un manual donde se dejaba claro, por ejemplo, que sus reporteros debían evitar los traslados en vehículos militares, incluso a zonas de difícil acceso. Lo que en la guerra de Irak se denominó reporteros “empotrados”, o “embebidos”, y que causó más de una controversia. Así mismo el Ejército abrió cursos de instrucción para corresponsales de guerra, vistos con bastante recelo por muchos periodistas que intuyeron una clara forma de cooptación.

Fueron años de terribles masacres paramilitares, como la de El Aro (1997), o Mapiripán (1997). Algunas fuentes sostienen que el seguimiento a la maquinaria de terror operada por las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) no fue consistente. Dos sucesos se llevaron el espacio informativo. Primero, la financiación por parte del narcotráfico de la campaña presidencial del liberal Ernesto Samper (1994-1998), capítulo bautizado como el Proceso 8.000. Y segundo, la persecución policial de los carteles de Cali y Medellín. El editor Jorge Cardona lamenta que, debido a los finos hilos que mueven las narrativas dentro de los medios de comunicación, hubo una limitación enorme a la hora de desnudar ante la sociedad civil la naturaleza verdadera del paramilitarismo: “Hay un trabajo de tesis de la Universidad Javeriana”, afirma Cardona, “donde se evidencia la forma como los medios ‘vedetizaron’ a Carlos Castaño. Es cierto que había zonas grises para trabajar, como algunos decretos oficiales que legitimaban la existencia de las Convivir. Pero también es cierto que se normalizó por mucho tiempo una empresa criminal atroz. Recuerde que a finales de los noventa, los canales de televisión mandaban a sus periodistas más connotados a hacerle entrevistas, sin apenas cuestionamientos, a Carlos Castaño. Luego se emitían en horario triple A. Volvieron al tipo importantísimo. Eso ha sido hasta hoy un nudo gordiano grande en el relato de la guerra”.

Los ejércitos buscan siempre la adhesión de los civiles a su propia cruzada. La información hace parte central de la estrategia. El tópico dice que los Estados Unidos no perdieron la guerra de Vietnam en el campo de batalla, sino en las páginas de los diarios y sobre todo en las pantallas de televisión. En Colombia, apunta el sociólogo e investigador Camilo Tamayo, ciertos medios tomaron partido y olvidaron el carácter civilista de su labor. Se reprodujeron estereotipos que radicalizaron el debate. Desde su punto de vista, los colombianos “hemos vivido en una guerra de buenos y malos, de indios y vaqueros. Son contados los casos en que se ha logrado mostrar los matices, las excepciones, la multiplicidad de alianzas y variables de un conflicto tan complejo. Un elemento vital para desarrollar una sociedad con un criterio menos reduccionista de los hechos”.

También es cierto que las condiciones para trabajar han sido delicadas. Una robustecida guerrilla de las farc propinaba golpes certeros al Ejército: Las Delicias (1996); el cerro de Patascoy (1997); El Billar (1998); Miraflores (1998); o Mitú (1998), entre otros. El ambiente en las redacciones se agitaba. Los reporteros salían en viajes relámpago para registrar los hechos. Travesías que podían durar días, o semanas, y resultar hazañas. Por eso hay quien afirma que, más que reporteros de guerra, en Colombia ha habido periodistas expertos en reconstruir los destrozos de la violencia. De nuevo Jorge Cardona: “Cuando llegábamos ya era para contar muertos”.

El acceso a las zonas de combate ha sido uno de los grandes obstáculos. Ocasionalmente las Fuerzas Armadas organizaban comitivas de periodistas para llegar a los lugares de combate. Pero todo funcionaba dentro de una lógica que no daba garantías de independencia a los reporteros. Sobre todo porque cuando llegaban todo había pasado. Lo único que había eran cadáveres cubiertos por tulas negras. Alfredo Molano afirma que, debido al monopolio de la información en manos del Ejército, este ha sido un conflicto con una ausencia importante de imágenes de acciones de guerra o de grandes crónicas desde las trincheras.

Por entonces se barajaba la posibilidad de que la guerrilla estuviera en tránsito de una guerra de guerrillas tradicional a una guerra de posiciones. El veterano periodista caucano José Navia Lame vive a escasas calles de la que fuera su casa: El Tiempo. Desde el silencio de un apartamento austero recapitula que para los periodistas fue sorpresivo “porque de esa guerra a veces imperceptible, tediosa, donde pasaban tres, cuatro meses en los que solo había hostigamientos aislados, o algún enfrentamiento pequeño en la selva, se pasaba de repente a enfrentamientos entre ejércitos de centenares de hombres que dejaban decenas de muertos y secuestrados. Además, duraban varios días y no unas pocas horas, como era lo habitual”.

Los corresponsales internacionales iban y venían. En principio para seguir las pesquisas contra los carteles de la droga. Luego se fueron abriendo campo en los entresijos más profundos de lo que ocurría y elaboraron trabajos con otras voces, otros actores, que en algunos casos ampliaban el panorama. La CNN, el New Yorker, el semanario alemán Der Spiegel, el Times de Londres, entre otros, trabajaron en Colombia con enviados especiales que publicaron crónicas donde se daban el lujo de examinar contextos, vincular lo que sucedía en una escala regional, prácticas poco frecuentes en Colombia debido a los ritmos incesantes del cierre diario y al embotamiento en la propia realidad. Varios corresponsales forjaron lazos con reporteros locales para publicar denuncias que los editores colombianos preferían mirar de soslayo por miedo o por motivos políticos. Fue una forma de aligerar las presiones que llegaban desde distintos frentes del poder.

Llegaron tipos como Douglas Farah, del Washington Post, o el español Gervasio Sánchez, que ha reportado la guerra del Golfo Pérsico, o conflictos en Bosnia o Sierra Leona. Ambos coinciden en las dificultades que supuso cubrir, y sobre todo contar, una agenda con cuatro actores armados en contienda y que en más de un punto se solapaban, se entrecruzaban o se confundían (Ejército, guerrillas, paramilitares y carteles de la droga). Todo esto en un contexto de democracia y no en una dictadura o régimen autoritario. Para ambos, al rompecabezas de los últimos 30 años del conflicto interno aún le faltan fichas clave para lograr el relato de un país más completo.

 

 

En busca de piezas ausentes

En Colombia, 153 periodistas han sido asesinados en los últimos 40 años por razones de su oficio. La gran mayoría, informadores de pequeños medios de región. Es probable que allí, en esas redacciones remotas, en los fondos sonoros o archivos de estaciones como Radio Andaquí (Caquetá), en los del Colectivo de Comunicaciones de Montes de María (entre Sucre y Bolívar), o en los del Diario del Sur (Pasto), se hallen algunas de las piezas ausentes que echan en falta varias de las fuentes que nutren esta crónica.

Martha Ruiz, consejera editorial de Semana, afirma por ejemplo que la guerra desatada contra las FARC durante los dos períodos presidenciales de Álvaro Uribe (2002-2010) aún no se ha contado. Señala que cuando suceden los grandes episodios como la muerte de Raúl Reyes, la Operación Jaque o la Operación Camaleón, “todo se lo traga lo anecdótico, lo banal. Y creo que ese es uno de los factores por los cuales acá la gente nunca entendió por qué esto terminó en una negociación de paz: porque los medios vendieron la idea de que iba a haber una victoria militar, lo cual era falso”.

Además, el gobierno añadió confusión al divulgar la tesis de que en Colombia no había conflicto armado, sino una amenaza terrorista. Desde el oficialismo se emplearon a fondo estrategias de comunicaciones, esta vez espoleadas por la fuerza de internet, los nuevos medios digitales y las redes sociales. Un veterano del oficio como Álvaro Sierra sostiene que Uribe no ganó la guerra militar en ocho años de gobierno, pero sí se impuso en la confrontación dialéctica. Convenció a todo el mundo, incluidos los medios, de que las FARC eran la raíz de todos los males del país. E imprimió en el imaginario colectivo conceptos movedizos que los mismos medios se encargaron de reproducir, como el del “narcoterrorismo” o el “castrochavismo”.

Actualmente una generación de jóvenes periodistas trabaja para continuar la historia con herramientas digitales. Trabajan en un contexto de desescalada y transformación de los fenómenos de violencia, con nuevos actores y dinámicas; también de un concluido acuerdo de paz con las farc, tras más de medio siglo de confrontaciones, y cuya cobertura estuvo condicionada por el hermetismo impuesto por los negociadores. La información siguió el curso de un exceso de declaraciones, que es posible que haya desviado la atención del eje esencial: lo que se discutía sobre la mesa.

Óscar Parra forma parte de este relevo. En la última década se ha enfocado en la reconstrucción periodística de las masacres ocurridas desde 1982. Primero para el portal Verdad Abierta y ahora en Rutas del Conflicto, que, como ¡Pacifista! o La Silla Vacía, son iniciativas multimedia con alto grado de independencia y vocación para enriquecer la historia con más contexto, mejor contenido y recuperando la multiplicidad de voces de este relato.

Siguiendo el mismo hilo, Jesús Abad señala que los intereses de los grandes medios capitalinos han obstaculizado la comprensión de la historia. Describe una suerte de cerrazón entorno a una versión muy limitada de la realidad. ¿Cuál ha sido el resultado? Una banalización de la tragedia, responde. “En muchos medios ya daba lo mismo que fueran cinco o diez muertos. Era más importante documentar deportes, fútbol, farándula o reinados que ir a contar historias de desplazamiento forzado y mucho menos la muerte de un líder indígena en el Cauca o Nariño”. Y remata: “Los colombianos aún no hemos sido capaces de mirarnos en el espejo roto de la guerra”.

¿Cuál es el reto ahora? ¿Qué aprendizajes quedaron? A la primera pregunta responde Óscar Parra: “Tratar de llenar los huecos que faltan. Aún se pueden resolver muchas conexiones de esta guerra. Por ejemplo, entre actores armados y actores del Estado, o entre actores armados y empresas privadas. La variable económica: ese es un hueco gigantesco, en el que hay que evitar generalizaciones. Hay que ir a las regiones y ver caso por caso. Discernir cuándo se trata de una extorsión y cuándo es la misma empresa la que busca alianzas ilegales”.

Para la segunda habría que mencionar las dificultades que han implicado la cercanía y la falta de escrutinio a las fuentes oficiales. Se volvió costumbre trabajar bajo los parámetros de lo que Álvaro Sierra cataloga como un “unifuentismo con un fuerte sesgo en el lado militar”. A los grandes medios colombianos, y a sus directivos, les ha faltado consistencia para interpelar al poder. Quizás por eso, por ejemplo, aún no se ha escrito una historia profunda sobre las desapariciones forzadas; o sobre el manejo del presupuesto del Ejército; o sobre cómo se mueve el poder dentro de las FARC. También ha habido falta de continuidad en proyectos periodísticos valiosos, como es el caso de las unidades de Paz, que fueron desmontadas una a una después del Caguán.

Martha Ruiz da su diagnóstico en detalle:

 

Yo tengo la impresión de que nos hizo falta una especialización clara. Como la hubo en política o en deportes. En las naciones europeas, que se conformaron a través de guerras mundiales, de conflictos civiles, todo eso forma parte del mundo intelectual. Los reporteros heredan una tradición, una literatura y un saber hacer, y convierten ese cubrimiento en un objeto de estudio y de reflexión de alto nivel. Yo siento que aquí todo se ha hecho de forma muy espontánea. Con tres dificultades claras. Primero, que la guerra fue durante años un asunto exclusivo de los militares. Segundo, que siempre ha habido decretos oficiales, u otras medidas como prohibir entrevistar a guerrilleros, que directa o indirectamente han estado dirigidos a controlar a la prensa. Y tercero, que durante años fue costumbre en las redacciones enviar a muchachitos como ‘cargaladrillos’. Más tarde, cuando a lo mejor ya tenían algún fogueo, los rotaban por el mismo desgaste del oficio. Entonces no se cultivó el nivel para leer a grandes rasgos las tendencias, dinámicas y derroteros del conflicto.

 

A algunos les parece que al periodismo le faltaron análisis y reposo. Otros hablan de falta de tiempo para ir a los sitios y sobre todo para dudar. Es probable que se trate de aspectos que solo lleguen con el tiempo y el trabajo amalgamado de profesiones como la historia, la antropología o la sociología. La experiencia enseña que en todos los conflictos internos, guerras civiles o mundiales, las múltiples verdades emergen, en un momento u otro, a la superficie. Y para ello siempre será fundamental el trabajo infatigable de reporteros honestos, que tengan el pulso para dar voz a aquellos que no figuran en los partes oficiales, y que en determinados escenarios tengan el arrojo para cumplir con los rudimentos básicos de su misión: explicar sin artificios la magnitud de la crueldad y la destrucción humanas.

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Camilo Sánchez

(Bogotá, 1982). Politólogo y periodista. Colaborador habitual de El País de España.

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