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Artículo

Tríptico gonzo

Reportajes de H. S. Thompson en Colombia (más una nota introductoria de El Malpensante)

Traducción de Viviana Castiblanco, Lina Alonso y Juliána Solórzano.

Cuando aún era joven y anónimo, quien luego se transformaría en uno de los mayores exponentes del nuevo periodismo emprendió una travesía por Sudamérica. Ese viaje nos dejó estos tres retratos por momentos distorsionados, y por otros esclarecedores, de La Guajira, el colonialismo gringo y Guillermo León Valencia.

 

Nota introductoria

Parto para Colombia en un bote contrabandista dentro de unas horas... en unos tres días planeo estar en Barranquilla. Después planeo subir por el río Magdalena hasta Bogotá, de ahí a Perú a tiempo para las elecciones del 10 de junio. Pero esto es tentativo”. Eso le escribía Hunter S. Thompson a su editor en el National Observer, en mayo de 1962, desde Aruba.

Más conocido por la interpretación que de su álter ego hizo Johnny Depp en Miedo y asco en Las Vegas, Thompson fue uno de los precursores de aquella narrativa irresponsable, retorcida y deliciosa que Tom Wolfe bautizó como “nuevo periodismo”. En 1962, con 24 años de edad y decidido a hacerse un lugar en el mundo de las letras, Thompson se aventuró al sur del continente para convertirse en corresponsal del National Observer, un semanario recién fundado por el famoso Dow Jones, entonces propietario del Washington Post, que buscaba posicionarse en todo el país con un ambicioso periodismo narrativo, pero que cerró poco después. Durante su trayecto, Hunter comenzaría a desarrollar y a dar atisbos del estilo cáustico, exagerado, paranoico e hilarante por el que luego se haría famoso. Su primera parada sería al extremo norte de la península de La Guajira, en Puerto Estrella, un alejado enclave desértico, corregimiento de Uribia, sobre el cual el cantante vallenato Jorge Oñate alguna vez dijo: “Este pueblo no está más lejos porque el mar lo ataja”. Thompson interactuó con los guajiros, a quienes satiriza con una mezcla infame de exageración y malevolencia. Al fin y al cabo, nadie comprobaría los datos que suministraba, por lo que podía salirse con la suya al describir a las hordas de hombres como indígenas primitivos que apenas se vestían con taparrabos y consumían dos vasos de whisky por cada gota de agua (esto último quizás sí era cierto). En todo caso y ya lo notará el lector, sus reportajes están llenos de las inexactitudes y yerros de un joven freelancer gringo cubriendo estas latitudes.

Una página de sociales de El Heraldo (del sábado 26 de mayo de 1962) saluda la visita del corresponsal gringo que por aquellos días se entusiasmaba con los burdeles de la Arenosa –como le contaría en sus cartas a los editores del Observer– . En su trayecto río arriba por el Magdalena hacia Honda, de camino a Bogotá, Gonzo recordaba con cariño algunas referencias a El corazón de las tinieblas, diciendo en sus cartas que aquello “tenía un claro aire al Congo”, para luego agregar: “Los putos bichos están encima de mí con todas sus fuerzas. No lo soporto. Daría mis bolas por una pastilla para dormir”. Como les contaría a sus corresponsales en Estados Unidos, Thompson recorría el Magadalena a bordo de una barcaza junto con un cargamento de cerveza. “Mientras escribo esto, a seis pulgadas de mi máquina de escribir hay un escarabajo del tamaño del culo de Dios, peor que cualquier cosa que Kafka se haya imaginado”.

En Bogotá sentiría la muerte de la libido y se quejaría del ambiente pacato que hacía que la gente se abotonara los abrigos hasta la nariz. Lo enloquecería el repicar de las campanas de la ciudad católica y fría, y los empleados del Hotel Imperial lo atormentarían con sus exigencias de etiqueta (como todavía les pasa a los turistas que insisten en andar en chanclas y bermudas en una ciudad cuyo sentido de la moda obedece esencialmente a un antiguo pudor católico).

Antes de abandonar Colombia para seguir su periplo por otros países de Latinoamérica, Thompson visitaría Cali. Ahí recogería un material que, sumado a lo que vería en el resto de su viaje en lugares como Ecuador o Brasil, daría para un reportaje retrospectivo de un humor sardónico. Entonces se mofaría de forma ambigua ante la condescendencia e impostura con que se comportaban los norteamericanos en nuestro continente. Sin embargo, en ocasiones uno no sabe si el joven Thompson hace críticas o alabanzas (tal vez ni él mismo lo sabía). Es tal su mordacidad que bien podría estar de acuerdo con aquello que por deporte satiriza.

Thompson publicaría 18 despachos en el National Observer como corresponsal en Sudamérica. Tres de ellos se centraron en Colombia y aquí los reproducimos.

 

***

1. Un americano libre y sin compromiso en una guarida de contrabandistas

6 de agosto de 1962 • Traducción de Viviana Castiblanco

 

En Puerto Estrella, Colombia, no hay mucho que hacer aparte de hablar. Sin embargo, es difícil decir exactamente de qué hablan los lugareños, pues utilizan su propio idioma: una lengua llamada “guajiro”, similar al árabe, que no suena bien a los oídos del hombre blanco.

Usualmente hablan de contrabando porque este pueblecito de chozas con techo de paja y una población total de unos cien indígenas sudamericanos es un puerto de entrada muy importante, no de seres humanos, sino de mercancías como whisky, tabaco y joyas. Para un hombre solo es imposible llegar por medio de una compañía de transportes acreditada; allí no existen ni oficiales de inmigración ni oficinas de aduana. No existe la ley en absoluto y, de hecho, es precisamente por esto que Puerto Estrella es tan importante.

Puerto Estrella está alejado, en el extremo norte de una península seca y rocosa llamada La Guajira. Allí no hay carreteras, pero sí un alto tráfico de camiones; vehículos que llevan cientos de miles de dólares en contrabando hacia el interior de Colombia y Venezuela. La mayor parte de la mercancía proviene de Aruba, transportada de noche en rápidos barcos pesqueros y desembarcada en Puerto Estrella, para luego ser distribuida península abajo en los camiones.

 

Hospitalidad forzada

Llegué al atardecer en una balandra desde Aruba. Como no hay muelle, tuve que desembarcar en un diminuto bote de remos. Arriba, sobre un afilado precipicio, estaba la población entera de la aldea mirando fijamente, con expresión grave y sin mucha simpatía, al primer turista en la historia de Puerto Estrella.

En Aruba describen a los indígenas guajiros como “locos y feroces, ebrios todo el día de whisky de coco”. También se dice allí que los hombres “no llevan más que nudos de corbata amarrados justo debajo del ombligo”. Este tipo de información puede preocupar a cualquiera, así que mientras recorría el empinado camino, tambaleándome bajo el peso de mi equipaje, decidí que a la primera señal de disgusto comenzaría a repartirles corbatas como Santa Claus: tres finas de cachemir para el más amenazante del grupo; luego rasgaría mis camisas.

Tan pronto alcancé el borde del abismo un par de niños se rieron, una anciana decrépita comenzó a dar alaridos y los hombres solo observaban. Aquí estaba un hombre blanco con doce dólares yanquis en el bolsillo y un equipo fotográfico de más de quinientos colgado al hombro; arrastrando una máquina de escribir, sonriente, sudando, sin la más mínima posibilidad de hablar el idioma y sin un lugar donde dormir, y de alguna manera iban a tener que lidiar conmigo.

Hubo una conferencia, luego un hombre pequeño se paró al frente y me hizo algunas señas indicando que debía poner mi equipo en un viejo camión que arrancaba con una manivela. Entonces fui llevado a un hospital abandonado, y puesto en una especie de celda con un colchón mugriento y ventanas rotas que dejaban pasar el aire.

En Puerto Estrella no hay mucho para el turista; ni hoteles, ni restaurantes o souvenirs. La comida tampoco es agradable. Tres veces al día tuve que enfrentarme a hojas, maíz y carne de cabra terriblemente salada, servida con agua turbia.

La bebida también era un problema, pero de un modo diferente. Al despuntar el día siguiente a mi llegada, me despertaron y llevaron ante un jurado conformado por los peces gordos del pueblo, cuyo propósito era determinar la razón de mi presencia. Los caballeros se habían reunido en la única casa de concreto del pueblo y frente a ellos, sobre la mesa, reposaba una botella de whisky escocés envuelta en papel celofán.

Luego de más de una hora de gestos, unas cuantas palabras en español y nerviosas demostraciones de mi equipo fotográfico, les pareció necesaria una ronda de tragos. Abrieron el escocés, sirvieron cinco tragos y comenzó la ceremonia.

 

Un joven Thompson a punto de abordar un avión con su novia de entonces, Sandra Conklin (circa 1960). © Robert Bone

 

Una larga celebración

La fiesta se prolongó durante todo el día y el siguiente. Se terminaron rápidamente el whisky a chorros, primero con gran solemnidad y luego con terrible desenfreno. De vez en cuando alguien se quedaba dormido en una hamaca, solo para volver un par de horas después con renovada sed y energía. Al acabar una botella traían otra con orgullo, cada una bellamente envuelta en celofán.

 Al final, tres factores hicieron de mi visita un éxito. El primero fue mi tamaño y mi capacidad para beber (era el miedo: un hombre viajando solo entre indígenas, salvajes según se dice, no se atreve a emborracharse); otro fue el hecho de que nunca rechacé a quienes querían hacerse una foto grupal conmigo (el miedo otra vez); y el tercero fue mi “amistad de toda la vida” con Jacqueline Kennedy, a quien ellos consideraban una especie de diosa.

Con excepción de algunos hombres sofisticados y los peces gordos locales, la mayoría de hombres usaba “corbata”, versión guajira del tradicional taparrabos. Las mujeres, también con algunas excepciones, llevaban sosos vestidos negros, largos e informes.

Gran parte de los hombres portaba también relojes de pulsera de doscientos y trescientos dólares, un fenómeno que se explica por la estratégica localización de Puerto Estrella y la peculiar naturaleza de su economía. No sería justo afirmar que los indígenas se llevan a discreción una generosa tajada de todo el contrabando que pasa por su aldea; pero tampoco sería inteligente llegar y empezar a hacer preguntas tan directas, en especial considerando que todo el que llega por su cuenta depende enteramente de la buena voluntad de los indígenas para salir de ahí otra vez.

Intentar salir de ahí hace salir canas. Simplemente estás atrapado hasta que alguno de los indígenas tenga que llevar contrabando península abajo hacia Maicao. No hay nada para hacer más que beber, y después de cincuenta horas de lo mismo empecé a perder la esperanza. El final no estaba a la vista; y si ya es suficientemente malo beber escocés durante todo el día en cualquier clima, llegar al trópico y tomarse uno tras otro, durante tres horas cada mañana, antes del desayuno, puede provocar un colapso general en tu salud. Las mañanas se iban tomando escocés y echando pulsos, y las tardes en escocés y dominó.

La tregua llegó al anochecer del tercer día, cuando el dueño de una camioneta Power Wagon se levantó abruptamente de la mesa donde estábamos bebiendo y anunció que partiría inmediatamente. Bebimos la última ronda, nos estrechamos la mano con todos y nos largamos. El carro ya estaba completamente cargado y yo me subí atrás con mi equipo y una joven indígena.

Según la ruta que se elija, el viaje de Puerto Estrella a Maicao toma de diez a doce horas, que en el platón se me hicieron cuarenta días. Además de la atroz incomodidad, existía la posibilidad de que la policía o los bandidos nos atacaran y dispararan. Por lo que respecta al contrabandista, unos son tan malos como los otros.

Los contrabandistas viajan armados, pero confían más en la velocidad, castigando sin piedad tanto a sus autos como a los pasajeros cuando rugen a través de ríos secos y planicies, similares a las mesetas africanas, por trochas que ningún carro convencional podría recorrer jamás.

Nos topamos con Maicao a las tres de la tarde. Me dejaron en el aeropuerto, donde mi equipaje fue revisado a fondo por un gendarme de aspecto salvaje, antes de permitirme abordar un avión hacia Barranquilla. Una hora después me registraron de nuevo, ahora en el aeropuerto de Barranquilla. Cuando pregunté por qué, respondieron que yo venía de La Guajira, famosa por su población de asesinos, ladrones y hombres entregados a vidas de crimen y violencia.

Tuve la sensación de que nadie creía realmente que yo hubiera estado allí. Cuando intentaba hablar de La Guajira, la gente sonreía cordialmente y cambiaba de tema. Y luego pedía otra cerveza, porque el escocés es tan caro en Barranquilla que solo la gente rica puede darse ese lujo.

 

***

 

2. Las víctimas del impacto cultural: ¿por qué la tormenta antigringa sopla al sur de la frontera?

19 de agosto de 1963 • Traducción de Lina Alonso

 

Uno de los recuerdos más vívidos que tengo de Sudamérica es el de un hombre con un palo de golf número cinco –si la memoria no me falla–, golpeando pelotas desde la terraza de su penthouse en Cali, Colombia. Era un inglés alto y lucía lo que los británicos llaman una “panza distinguida” en lugar de cintura. A su lado, en una pequeña mesa de patio, había un vaso largo de gin-tonic que recargaba de tanto en tanto en el bar.

Tenía un buen swing y cada uno de sus tiros planeaba por mucho tiempo sobre la ciudad. ¿Dónde caían? Ni él ni yo, ni nadie en la terraza ese día, teníamos la más mínima idea. El penthouse, en todo caso, estaba en un sector residencial en la ribera del río Cali, el cual atraviesa la ciudad por el medio. En algún lugar debajo de nosotros, en los tejados y estrechas calles delineadas por el adobe blanco de los bloques residenciales del proletariado urbano, resonaba un granizo extraño: pelotas de golf, “obsoletas pelotas de práctica”, me dijo el inglés, que “apenas vale la pena tirar”.

En las semanas siguientes, cuando fui más consciente de la actitud que una buena cantidad de colombianos tiene hacia la población de esa nación anglosajona, agradecí que nadie hubiera rastreado el origen de esos golpes bien dados. Bien puede ser que los colombianos, junto a sus vecinos venezolanos, sean la gente más violenta del continente, y esa mezcla de insultos y daños materiales no sería muy apreciada por los comensales criollos.

 

El concepto de noblesse oblige

Dudo que ese mismo hombre hubiera disparado pelotas de golf desde la azotea de un edificio en mitad de Londres. Pero no es sorprendente ver que lo haga en Sudamérica. Allí, donde la distancia entre ricos y pobres es enorme, y donde los anglosajones automáticamente entran a formar parte de la élite, el concepto de noblesse oblige está sujeto a extrañas interpretaciones.

El comportamiento, sin embargo, no pasa inadvertido; los nativos consideran de malos modales al extranjero que se para en un tejado para lanzarles pelotas de golf. Tal vez carecen de sangre deportiva o de sentido del humor, pero el hecho es que los ofende y es fácil entender por qué a la menor oportunidad son capaces de ir a las urnas y votar por quien les promete librar a la nación de esos “arrogantes gringos imperialistas”.

Si el candidato en cuestión es un cretino, un ladrón, un comunista o incluso las tres cosas, no importa mucho cuando las emociones son lo que impera, y así son pocas las elecciones al sur del río Grande que se ganan sobre otra base que el llamado descarado a las pasiones populares.

 

Una cuestión emocional

La presencia norteamericana en Sudamérica es una de las cuestiones políticas más acaloradas en el continente. En la mayoría de países, especialmente en Argentina y Chile, también existe una considerable presencia europea. Pero en la historia reciente, tal cual es, cuando los vientos antigringos comienzan a soplar se propagan hacia el norte, hacia Estados Unidos, que para los latinoamericanos es más capitalista e imperialista que cualquier otro país del mundo.

Dicho esto, un viajero en Sudamérica se sorprende una y otra vez ante las posturas de sus compatriotas gringos –y a veces siente una sorpresa incluso mayor ante la actitud que él mismo asume–. Un joven estadounidense lo puso de esta manera: “Llegué aquí como un liberal entusiasta, quería acercarme a la gente y ayudarle, pero en seis meses me he vuelto un conservador empedernido. Estas personas no entienden lo que uno les dice, no se ayudan, y lo único que buscan es tu dinero. Todo lo que quiero ahora es irme cuanto antes”. Es una triste verdad que vivir por cierto tiempo en un país latinoamericano suele provocar esto en muchos norteamericanos. Para evitarlo, se necesita de una capacidad de adaptación tremenda, de idealismo y fe en el destino común.

Vender comida a especuladores

Tomemos por ejemplo a un joven llamado John, representante de una organización internacional humanitaria en un país latinoamericano. Su trabajo consiste principalmente en distribuir alimentos suplementarios entre los pobres. John trabaja duro, a menudo hace salidas de campo por tres o cuatro días a través de caminos difíciles, con mala comida, alojamientos primitivos y disentería.

Pero la gente con que tiene que tratar le fastidia. No puede entender por qué el director de un colegio rural roba la comida destinada a sus alumnos para luego venderla a especuladores. No puede entender por qué su almacén, ubicado en la mitad de un distrito donde la comida se distribuye con regularidad, es constantemente asaltado por las mismas personas que una semana atrás hicieron fila para recibir su ración.

John rumia al respecto y se pregunta si está logrando un cambio o si sencillamente lo toman por un idiota. Y entonces un día en que está particularmente de mal humor ante nuevas evidencias de corrupción e insensibilidad, escucha los gritos de una muchedumbre bajo su ventana. Un hombre parado en los escalones de una fuente grita con voz ronca sobre “los derechos del pueblo” y lo que se debe hacer para garantizarlos. Y la multitud ruge felizmente una respuesta: “¡Abajo con el cerdo capitalista!”.

Nuestro hombre pierde los estribos de repente, se asoma a la ventana, agita su puño y grita: “¡Abajo del pueblos!” [sic], para enseguida escabullirse de nuevo dentro de la habitación. Pero la familia vecina, también de pie ante su ventana, oye cuando el gringo agrede a la multitud. Se corre la voz y unos días después nuestro hombre es insultado cuando va camino a la cantina de la esquina a comprar cigarrillos. Él habla un buen español y les devuelve los improperios, sin entender por qué los vecinos ya no son amistosos. Pero esto lo amarga mucho más y, una vez la corriente toma esa dirección, es muy difícil revertirla.

 

Un visitante en el pueblo

Un día, un nuevo estadounidense aparece en el pueblo, un aprendiz de uno de esos bancos gringos con sede en Sudamérica. Nuestro John lo conoce en el Club Anglo Americano y en el curso de la conversación le cuenta sus impresiones de la gente local: “Un montón de ingratos despreciables, estúpidos y corruptos del primero al último”.

El recién llegado oye a otros gringos decir lo mismo. Una noche, en su nuevo y frío apartamento, comienza a pensar que los vecinos hacen ruido a propósito para fastidiarlo. Muy pronto se vuelve igual de amargado que los demás. Cuando llega la inevitable huelga bancaria –como ocurre a intervalos regulares en la mayoría de países de América Latina–, nuestro nuevo visitante acepta el consejo de un colega gringo más veterano y se aparece en su oficina con una pistola, que pone sobre su escritorio a modo de pisapapeles para mostrarle a los trabajadores que él va en serio.

La reacción de los lugareños es evidente. Nuestro aspirante es calificado como prueba andante, otra más, de que los gringos son unos imbéciles maliciosos. El resultado neto –por lo que concierne tanto a John como al joven banquero– es el lamentable retroceso de la esperanza de que Norteamérica y Sudamérica se entiendan la una a la otra, y así evitar una ruptura que hundiría el hemisferio occidental.

El joven norteamericano de visita en estos países enfrenta otros peligros. Por ejemplo, tiene que lidiar con la colonia estadounidense que florece en toda ciudad de tamaño considerable. Los norteamericanos que viven en Latinoamérica a menudo son más esnobs que los mismos latinoamericanos. Para los estándares locales, el típico gringo tiene mucho dinero y rara vez se topa con algún coterráneo en una situación diferente. El empresario estadounidense, a quien poco le importaría ser visto en las calles de su ciudad natal con una camisa deportiva, se ofendería ante la sola sugerencia de que se aparezca, digamos, en Río de Janeiro vistiendo algo que no sea abrigo y corbata. El mismo hombre –de no más de treinta años por lo general– puede haber vivido en una casita prefabricada en los Estados Unidos, pero en Río viviría en frente a las playas de Copacabana, con dos empleadas, cuartos para el servicio y un balcón con vista al mar.

Algunas personas dicen que los norteamericanos están contaminando su propia imagen en Sudamérica y que, en lugar de ser ejemplos de democracia, no solo tienden a remedar a los latinos ricos y antidemócratas sino que a veces los vencen en su propio juego. Al encontrarse de repente en medio de la élite, el nervioso norteamericano está decidido a permanecer ahí a como dé lugar. Y, a diferencia del aristócrata genuino (que nunca duda de su valía), el recién llegado al mundo del estatus busca probarse en cada oportunidad.

 

¿Disciplina o anarquía?

Con todo, otros repiten la vieja y confiable frase de “donde fueres haz lo que vieres”. En Sudamérica, se dice, las clases bajas no entienden una pizca sobre igualdad y toman la laxitud como una debilidad. Así que la única alternativa es hacerte respetar. “Sé que es ridículo gritarle a la empleada cada vez que se equivoca”, dice un ama de casa norteamericana en Brasil. “Pero es que es perezosa y quiero hacerle saber que la estoy vigilando. Con esta gente es disciplina o anarquía”.

Otro problema que atormenta al gringo es la bebida. Ya que nunca se siente de verdad a gusto con un idioma extranjero; ya que su ingreso es vergonzosamente abultado para los estándares locales; ya que todo el tiempo le preocupa ser engañado al comprar cualquier cosa; ya que no se sobrepone a la sensación de que todos los latinos de clase alta lo consideran un pendejo de un país donde incluso los pendejos son ricos; y ya que nunca ha podido entender por qué las personas no lo toman por lo que es  –un buen tipo que se siente un poco fuera de lugar en estos parajes y entre costumbres desconocidas–, en suma, por todas estas inquietudes y otras parecidas, el gringo bebe mucho más de lo que acostumbraba en casa. “Para relajarse”, es la excusa usual, pero a veces no hay alternativa. En Río, por ejemplo, los embotellamientos del tráfico en la mañana son tan terribles, que llegar desde el distrito comercial hasta Copacabana –donde vive “todo el mundo”– es casi que imposible entre las cinco de la tarde y las ocho de la noche. Una de las primeras cosas que le dicen al visitante es: “Si no puedes salir de la ciudad a las cinco, olvídalo y ponte a beber con juicio hasta las ocho”. Este momento del día se denomina “la hora feliz”.

Para muchas personas, la “hora feliz” pronto se convierte en un hábito necesario. A veces conduce al desastre. A menudo algún norteamericano llegará a casa roto y trasnochado a las tres o cuatro de la mañana, arrastrando su maletín y maldiciendo el tráfico ya distante. Por cosas como la hora para beber y otras situaciones locales por el estilo, al hombre que regresa a Estados Unidos, después de estar en Latinoamérica, lo suele dejar perplejo la pregunta: “¿Qué podemos hacer por ese lugar?”.

 

Rara vez hay tiempo para relajarse

No tiene idea, porque nunca tuvo suficiente tiempo para relajarse y pensarlo bien. Su meta era sobrevivir. Objetivamente es una de las primeras víctimas del “impacto cultural”, un término para designar la enfermedad que aparece cuando un norteamericano, con su herencia de puritanismo pragmático, de repente se encuentra a sí mismo en un mundo con diferentes tradiciones y modos de ver la vida.

Es una sensación extraña la de regresar de un año en Sudamérica y leer un libro escrito por algún político cotizado que hizo un tour de seis semanas por el continente, hablando solamente con presidentes, ministros y otras “figuras notables” como él mismo. Los problemas e inconvenientes se esclarecen de forma súbita y se vuelven tan simples como nunca lo fueron cuando estabas en medio de ellos.

Ahora, volviendo al tipo con el palo de golf, es fácil verlo como una bestia imbécil y cruel. Pero recuerdo muy bien lo normal que me pareció todo en aquel momento y cómo me hubiera sorprendido si alguien, de la docena de personas que había en la terraza, hubiera saltado para protestar.

 

***

3. “Optimismo cauteloso” en casa por el visitante de Kennedy

24 de junio de 1962 • Traducción de Juliana Solórzano

 

El lunes a mediodía, un hombre pequeño con bigote de cepillo se sentará a almorzar en la Casa Blanca con el presidente Kennedy. Aunque su llegada a Washington el sábado pasó desapercibida, es el nuevo presidente de uno de los países más estables de Sudamérica.

Su nombre es Guillermo León Valencia, y por los próximos cuatro años será el presidente de Colombia (se posesionará el 7 de agosto). Él y su esposa se encuentran en Estados Unidos sobre todo para hacerse revisiones médicas en el Hospital Johns Hopkins de Baltimore, lo cual hace de esta una visita extraoficial que no amerita un protocolo elaborado del Departamento de Estado. Pero mientras está aquí, discutirá la Alianza para el Progreso y otros asuntos con funcionarios de Washington.

Ningún jefe de Estado está en una posición tan insólita como el doctor Valencia. A pesar de que el pasado 6 de mayo fue elegido por un margen de casi dos a uno sobre los demás candidatos, nadie está seguro de qué clase de presidente será. En Bogotá, la fría y gris capital del país, hay una actitud que podría ser descrita como de optimismo cauteloso. El doctor Valencia era algo así como un colorido político conservador, dicen los comentaristas; pero el doctor Valencia como presidente puede ser otra cosa.

 

Algunas declaraciones impactantes

Entre otras cosas, el presidente electo tiene tendencia a escandalizar a la gente. En un discurso de campaña, prometió que les dispararía a sus hijos si alguna vez deshonran a la familia. También dejó atónitos a los banqueros cuando les pidió “más justicia social y menos planeación económica”. Y sobre su nueva posición, dice que todos los presidentes necesitan “un poco de demencia”.

Por otro lado, el doctor Valencia es considerado un pro Estados Unidos incondicional. En la prensa norteamericana ha sido descrito como “un hombre con coraje e integridad, un galán romántico” y –en una frase que les encrespó el pelo a varios– como “un hombre precapitalista, obligado a permanecer al lado de la gente pobre porque no hay nada que él desprecie más que la burguesía”.

En Colombia, estas notas de prensa no le harán daño a un hombre, pero refuerzan la idea general de que el doctor Valencia es “poco práctico”. Eso sí, inquietan a aquellos que ven el presente como una era en la que los políticos prácticos de mano dura no solo son la regla, sino una necesidad para la supervivencia.

¿Cómo es que con todas estas reservas a su alrededor el doctor Valencia fue elegido presidente? La respuesta reposa en la historia reciente de Colombia. Luego de más de una década de anarquía y violencia, el país derrocó al dictador Rojas Pinilla en 1957 y, para asegurarse de que no apareciera otro Rojas, adoptaron una curiosa Constitución.1 

Solo dos partidos políticos estarían permitidos, el liberal y el conservador. Según la Constitución, se alternarían la Presidencia entre ellos cada cuatro años. (El presidente liberal saliente, Alberto Lleras Camargo, fue elegido en 1958.) Esta situación continuará hasta 1974, cuando Colombia volverá a tener una democracia menos regulada.

Esta es, en efecto, una tregua legalizada entre las dos facciones tradicionales de la política del país. Y la cosa les ha salido bastante bien, logrando formar una coalición poderosa que equivale al gobierno de un único partido. Ambos partidos, por ejemplo, participaron en la elección del doctor Valencia para la candidatura presidencial.

Pero hay más de dos escuelas de pensamiento en la política colombiana, aunque no haya más que dos partidos oficiales. Los conservadores, por ejemplo, están divididos entre el ala oficial del partido, liderada por el ex presidente Mariano Ospina Pérez (1946-1950), y los conservadores “disidentes”, de extrema derecha, bajo la dirección del ex presidente Laureano Gómez (1950-1953). Los laureanistas, como son llamados, se rehúsan a aceptar la resolución de la coalición de las pasadas elecciones porque no les gusta el doctor Valencia, quien fue elegido, según dicen, por ser el único conservador en quien los liberales podían confiar.

Hay algo de verdad en esa declaración. Como creen casi todos en Colombia, la razón principal por la que el doctor Valencia resultó el presidente electo es el apoyo incondicional del líder del partido liberal, Carlos Lleras Restrepo.

 

Un político inconformista

Los liberales también están fragmentados. El señor Lleras Restrepo tiene como oposición el Movimiento Revolucionario Liberal (MRL), del que se dice que es “antinorteamericano” y “blando con Castro”. Esta descripción, probablemente, es una simplificación excesiva. El candidato a la Presidencia por el MRL, Alfonso López Michelsen (hijo de Alfonso López Pumarejo, presidente durante los períodos 1934-1938 y 1942- 1945) está alineado a la izquierda de la coalición dominante.

Aunque la Presidencia le habría sido denegada constitucionalmente al señor López Michelsen de haber sido elegido, los grupos “externos” de ambos partidos oficiales pueden ganar asientos en el Congreso. Y en las últimas elecciones para el Congreso, el 18 de marzo, el mrl tuvo algunos triunfos inesperados.

En lo que fue ampliamente interpretado como una victoria aplastante, la coalición dominante obtuvo el 61% del total de votos. Pero lo que no fue ampliamente interpretado fue el hecho de que el Congreso colombiano necesita dos tercios de la mayoría para pasar un proyecto de ley. La gran coalición no tendrá una mayoría en la Cámara baja, donde lo máximo con que puede contar es con 110 de 182 asientos (incluso asumiendo la victoria en algunas circunscripciones donde aún se están contando votos).

 

Mayoría simple en el Senado

En el Senado, la coalición ha tenido éxito extraoficialmente. Con algunas elecciones que aún están siendo disputadas, la administración tiene 68 de 98 asientos, dos más de los que requiere para la mayoría necesaria.

En efecto, esto significa que el doctor Valencia tendrá que lidiar con el MRL, que escaló de los 16 hasta los 34 asientos (de 91 liberales) en la Cámara, y de 0 a 14 en el Senado. Para la administración esto será un gran interrogante. El presidente Lleras Camargo, incluso con una mayoría teórica, apenas se las arregló para pasar una ley de reforma agraria gracias a una disposición especial según la cual los “proyectos de ley con carácter social” requieren tan solo la aprobación del 50%.

La ley de reforma agraria es una buena forma de determinar la postura de las diversas facciones. Dicha ley le permite al gobierno comprar tierra a precio comercial y revenderla a los pequeños campesinos al mismo precio.

El MRL dice que esta es una falsa reforma y quieren que el gobierno compre la tierra a su valor de catastro más el 20%, para revenderla a ese precio. Si los pequeños campesinos pudieran permitirse comprar tierra a su valor comercial, dice el mrl, la habrían comprado hace mucho tiempo.

 

Acuerdo sobre la Alianza

El MRL y el doctor Valencia están de acuerdo en el valor básico de la Alianza para el Progreso –y en la necesidad de gastar más fondos de esta en verdaderas necesidades y menos en lo que el doctor Valencia llama “elementos meramente útiles como autopistas costosas”–. Ambos también coinciden en que el mayor apoyo que Estados Unidos le podría dar a Colombia sería ayuda para “estabilizar” el precio del café en el mercado mundial. En estos dos años ha caído aproximadamente de 45 a cerca de 39 centavos la libra –y los ingresos por exportaciones de Colombia dependen en un 77% del café–.

Sobre estos temas, así como sobre otras cuestiones de progreso y reforma, la mayoría de la gente concuerda en que algo se debería hacer. Son los métodos, los detalles y el grado del cambio los que causan discusiones. Sin embargo, una pequeña diferencia de opinión sobre un proyecto importante puede hundirlo por completo.

 

Juventud contra “la oligarquía”

En Colombia, la División con mayúscula de los partidos liberal y conservador no es tan grande como la división liberal-conservadora. En ambos partidos, las nuevas generaciones están pisando los talones de lo que llaman “la oligarquía”. Los jóvenes conservadores, Misael Pastrana y Belisario Betancur, por ejemplo, son más “liberales” que el jefe del partido liberal, Lleras Restrepo.

Al final es una vieja historia la cuestión de convertir palabras en resultados –y al mismo tiempo, lidiar con diversas manías, celos, opiniones y prejuicios–.

Este es el problema de León Valencia. Él es un orador impresionante, pero ahora tendrá que hacer mucho más que hablar. Colombia ha progresado mucho en los últimos cuatro años, y Alberto Lleras Camargo es un gran hombre que ha dejado la vara muy alto. Esta es la razón por la que Bogotá tiene un optimismo cauteloso, y por la que nadie está realmente seguro de lo que significará la elección de Valencia.


1. Thompson confunde el Pacto de Benidorm con una nueva Constitución.

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Hunter S. Thompson

Figura del nuevo periodismo y padre de su vertiente gonzo. Escribió para las revistas RollingStone y Playboy, entre muchas otras, y publicó el clásico del género Miedo y asco en Las Vegas.

Octubre de 2017
Edición No.190

1

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2

Taller Malpensante de Escritura

Por El Malpensante

3

La escritura como seducción

Por El Malpensante

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Un débil abrazo

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5

En la muerte de los blasfemos

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1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

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2

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