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Ciencia y tecnología

Doctor Cheyne:

Ebrio, melancólico y glotón

Médico sin estudios, pero con diploma, George Cheyne fue un obeso promotor del vegetarianismo y de las curas termales en la Inglaterra del siglo XVIII. Hombre de tabernas, afectado por el “mal inglés” de la melancolía, escribió tratados y propuso dietas para combatirlo.

 

Ilustración de Daniel Senior

 

Se necesitaron varios hombres para levantar el cuerpo del difunto y respetado doctor Cheyne, quien, cubierto por las sábanas blancas, parecía un iglú. Ya comenzaban a salir las primeras hojas de la primavera de 1743. Cheyne pesaba doscientos kilos, vivía en una casa inmensa en la ciudad inglesa de Bath, uno de sus libros había sido traducido a siete idiomas y su único hijo varón estudiaba en Oxford. Era, pues, lo que se suele llamar “un hombre de éxito”. Seguía una estricta dieta de leche, vegetales y no más de un litro y medio de vino al día. Aunque algunos hombres notables de aquel tiempo respetaban sus teorías (Newton, Berkeley y Sterne tenían obras suyas en sus respectivas bibliotecas), su consejo de comer solo vegetales para conservar la salud no fue ajeno a los dardos del puntilloso genio inglés: así, un libelo firmado por un “miembro de la Royal Society” se burlaba del “Dr. Dieta”; un texto anónimo, “Carta a George Cheyne”, lo criticaba por su falta de preparación profesional; y un tal Pillo-Tisanus firmaba una “Epístola a George Cheyne” en la que, en versos, se burlaba del régimen prescrito por el doctor: “Como mi médico, te agradezco / Pero, ¡ay!, en la cocina te aborrezco”.

 

Cheyne había nacido en Aberdeen (Escocia) en 1671, cuando la peste negra todavía arrasaba con ciudades enteras. Hacía parte de una familia modesta que compartía el rango de los hijos de profesionales, los magistrados y los terratenientes menores, de modo que, como cualquier hijo de la clase media, su vida parecía destinada a la regularidad trivial, lejos de las penurias de los pobres pero también de los placeres refinados de los ricos. Sus padres lo animaron en su juventud a seguir los oficios eclesiásticos para que pudiera ascender rápidamente en la escala social, pero Cheyne desoyó la invitación y se inclinó, en su lugar, por la medicina. Así recordó el doctor sus primeros años:

 

Nací de padres saludables, en la flor de sus vidas, pero inclinado a la corpulencia por una parte de mi familia. Pasé mi juventud en continuo estudio y aplicación casi constante a las ciencias abstractas (mi principal placer); por lo tanto, tuve una vida de temperancia y sedentarismo, aunque no al punto de privarme de algunos días de fiestas, en los que me divertía con los trabajos de la imaginación y provocaba a Natura con buenas y amenas compañías; pero al cabo del más leve exceso sufría siempre de intestinos flojos o de escupitajos crónicos. De tal suerte que, posteriormente, concluí que mis glándulas eran laxas por naturaleza y mis sólidos eran débiles, opinión que fue confirmada por un temblor temprano de mis manos y una disposición a ser alterado con facilidad por cualquier cosa.

 

Dado que la educación en Escocia era similar a la del continente y en las villas se impartían clases de filosofía natural junto a la nueva ciencia de Galileo, al finalizar sus estudios el tembloroso y asustadizo Georgie Cheyne estaba familiarizado con el conocimiento más actual: era un hombre moderno, ajeno a los oscuros razonamientos escolásticos. Nada dicen las fuentes de qué hizo el recién graduado hasta 1699, cuando tenemos noticias de su arribo a Edimburgo. Es probable que trabajara como tutor estudiantil y que viviera entre libros, hombres y cervezas, en esa Escocia donde la intermitencia de la luz y la obstinación de la lluvia pueden enloquecer al más paciente.

 

En Edimburgo, Cheyne conoció a su maestro, el rubicundo y pendenciero Archibald Pitcairne, médico escocés de largo peluquín y papada de pavo, que solía atender a sus pacientes en un bar. Al ser arrestado en 1699 por escribir una carta sediciosa a su amigo londinense Robert Gray, Pitcairne alegó que lo había hecho “bajo la influencia de un pequeño exceso”; en otras palabras, que estaba borracho hasta las calzas, y de inmediato se desestimaron los cargos. Maestro y alumno se consagraron durante dos años a la celebración del conocimiento y la amistad, es decir, bebieron rigurosamente. Además, Cheyne se convirtió en el escudero encargado de atacar a quienes no aprobaban la obsesión de su tutor por explicarlo todo mediante la geometría; al referirse a un detractor de su mentor, por ejemplo, el molesto y leal discípulo resoplaba de este modo: “Aquel enemigo de todo esquema, de toda figura, de todo sentido común y de cualquier demostración...”.

 

Por aquella época, Cheyne publicó su primera obra, Una nueva teoría de las fiebres continuas, en la que hace una detallada explicación matemática y geométrica de dicha afección. “No espero ni deseo obtener ningún prestigio de estos papeles”, dice con fingida modestia. Sin embargo, el ambicioso trabajo se dirigía a médicos, físicos y miembros de la Royal Society. Además, el autor reclama, para la comprensión de su pequeño tratado, “una cualificación necesaria, una atención moderada y algunos conocimientos de matemáticas”. Quiso, como Descartes y Spinoza, que la realidad física y espiritual cupiera en los límites severos de la geometría. En breve, Pitcairne recomendó a Cheyne ante el King’s College de Aberdeen y pidió que se le concediera un diploma de medicina. Dicha institución otorgaba títulos con base en las recomendaciones de médicos reconocidos, y aunque el título no demostraba la posesión de unos conocimientos en tal “saber”, sí permitía que los escoceses ejercieran como galenos acreditados en otros sitios. Cheyne, orgulloso, pidió prestado un traje y escuchó la proclamación del acta de grado que hacía constar, con la usual pomposidad académica, lo que sigue:

 

No solo es nuestro compatriota y, por lo pronto, no posee gran fortuna, sino que ha sido recomendado por el médico más capaz y estudiado de Edimburgo, quien lo presenta como uno de los mejores matemáticos de Europa... Ahora se dirigirá a Inglaterra por invitación de algunos miembros de la Royal Society, y con seguridad se convertirá en un emblema de nuestra nación y de nuestra sociedad.

 

Aunque en sentido estricto Cheyne no pasó por la universidad, algunos de quienes hemos transitado por las aulas de la academia conocemos por experiencia propia el valor de los títulos que allí se emiten. En septiembre de 1701, con 30 años, Cheyne empacó sin mucha delicadeza en su valija de cuero (única herencia de su abuelo materno) el diploma y unos cuantos ejemplares de su primer libro, y se marchó a Londres. El provinciano de Aberdeen probaría suerte en la gran ciudad.

 

 Londres

Las carreteras rurales en el Reino Unido eran muy precarias y un ciego podía transitarlas más rápidamente que un carruaje. Para Cheyne, médico neófito y sin práctica, el largo viaje entre Edimburgo y Londres estuvo acompañado por la expectativa y la esperanza: se dirigía a la metrópoli del comercio, la comida exótica, la riqueza, los periódicos, los panfletos, los libros y el alcohol. No en vano, el doctor Johnson decía: “Quien está cansado de Londres en realidad está cansado de la vida, porque Londres tiene todo lo que la vida puede ofrecer”.

 

Pero no todos creían en la aparente exuberancia de la capital. Algunos la imaginaban como un laberinto de ladrillos, lluvia y estrechos callejones, oculto entre la bruma, como una pesadilla. Aubry de La Mottraye, por ejemplo, observaba la alta tasa de suicidios en Londres: “No pasa un mes, ni siquiera una semana, sin que alguien se ahorque, se corte la garganta o salga corriendo y se lance al Támesis”. Una ocurrencia aseguraba que algunas gentes, como las italianas, eran proclives a matarse mutuamente; mientras otras, como las inglesas, preferían matarse a sí mismas. Y Muralt repetía la historia de un francés saludable que, tras haber pisado suelo inglés, había contraído aquel “humor predominante” y se había pegado un tiro en el pecho (aquel humor no era otro que la melancolía, enfermedad que algunos llamaban “spleen”, “vapores”, “hipocondría” o “enfermedad nerviosa”, y que siglo y medio después enfermaría de genialidad a Baudelaire).

 

El doctor Cheyne se instaló en una modesta pensión en Whitechapel. Su plan era acumular el dinero suficiente que le permitiera mudarse a un barrio respetable, como Holborn o Notting Hill. Se aseguró, no obstante, de que cada nuevo amigo creyera que él vivía no muy lejos de la catedral de San Pablo, hacia donde se encaminaba con solemnidad cada noche, después de despedirse, para seguir de largo y apurar el paso hacia su lóbrego barrio con olor a hollín. Lo único que tenía claro era que volver a Escocia con las manos vacías no parecía una alternativa y mucho menos lo era buscar fortuna en Europa, esa tierra donde se expondría a una multitud de influencias nocivas, “como el despotismo absolutista y las tentaciones al libertinaje y la extravagancia”, según Cave. Además, los franceses tenían un insoportable olor a ajo; incluso Atenas, antigua patria de los sabios, había perdido su esplendor remoto: lady Craven, tras andar por sus calles y ver una danza infantil, espetó, entornando los ojos: “Es el espectáculo más estúpido que he visto en toda mi vida”.

 

La llegada del pueblerino Cheyne a Londres no causó el impacto que él soñaba. Pocas personas conocían su libro sobre las fiebres, y otras pocas se resignaron a recibirle uno de esos ejemplares que llevaba a todas partes en el bolsillo del abrigo deslucido. La carta de recomendación de Pitcairne solo le ayudó a conseguir un trabajo modesto: le daba clases de matemáticas a William Ker, veinteañero, hijo de un conde y quien se mostraba más interesado en la vida del doctor Cheyne en las tabernas de Edimburgo que en los axiomas y las demostraciones que aquel tanto se esmeraba en enseñar. Adicionalmente, en la ciudad no solo abundaban las enfermedades, sino también sus múltiples y arrogantes curanderos: los médicos licenciados miraban por encima del hombro a los cirujanos-barberos, quienes a su vez subestimaban a los apotecarios (desdeñosos, a su turno, de los farmaceutas). Las ganancias económicas para quienes lograban hacerse a una clientela eran magníficas, pero igual de inmensa era la pobreza de quienes no encontraban enfermos a quienes curar. Desesperados, pues, los médicos se veían obligados a hablar profusamente de sus virtudes, con la esperanza de que la gleba se decidiera a celebrarlos y a pagarles sus flacos servicios. Cheyne se encontró en medio de un Londres efervescente, sin clientes, con un título escocés, muy poco dinero y la obligación urgente de autopromocionarse en público. Woodward, en El arte de ejercer la medicina en Londres, recomendaba comportamientos algo impúdicos que todo doctor a la caza de enfermos debía seguir:

 

Y ahora, acabado de llegar a la ciudad, sin el beneficio de tener a un conocido en Oxford o en Cambridge, ni ningún contacto con la nobleza o el clero; en síntesis, un absoluto desconocido, la primera cosa que te aconsejo es hacer todo el ruido y el bullicio que puedas, de manera que la ciudad entera sepa de ti: todos sabrán, de este modo, que existe en carne propia –y además en la ciudad– un médico como tú.

 

Cheyne comenzó a buscar lugares que le permitieran notificarle a Londres que él estaba, por fin, allí. En consecuencia, como tantos otros antes y después de él, se vio obligado a beber para sobrevivir. En la ciudad había 207 posadas, 447 tabernas, 2.000 cafés, 5.875 bares y 8.659 tiendas de brandy. Para hacerse a una filosa reputación, uno debía ser al menos un hombre de tres botellas; todo el mundo aseguraba conocer la verdad y, como ocurre con frecuencia, nada igualaba al alcohol como medio de persuasión propio y ajeno. Cervezas amargas, oscuras y espesas, que equivalían a generosas porciones de pan, pasaban de mano en mano durante las tardes y las noches. Desde las calles se oían las risotadas al interior de los bares, de donde salía un olor dulzón a tabaco.

 

Pero en lugar de sorprender en esos bares con su genio geométrico y matemático, y encontrar en ellos a sus enfermos anhelados, las obligaciones etílicas arruinaron el espíritu del doctor Cheyne, quien algunos años después recordaría esa época así:

 

Después de mi llegada a Londres encontré de lo más fácil el acceso a los amigos de la botella, los jóvenes de la pequeña nobleza y los vividores. Muy pronto, susceptible a la amistad y a las relaciones sociales (sin que nada se requiriera para tal propósito salvo tener la capacidad de comer animadamente y tragar bastante licor), al ser de un gran tamaño, temperamento alegre y una vívida imaginación, y habiendo acumulado durante mi retiro en el campo un número considerable de ideas y de hechos, todas mis calificaciones me llevaron a ser acogido muy pronto entre tales gentes. Crecí cada día en volumen y amistad con estos caballeros alegres y sus conocidos: estaba tentado a continuar en este camino, sin duda por gusto, así como para procurarme una clientela (método que había visto obrar con éxito en otros). Así que, cenando y merendando de continuo en tabernas y en las casas de mis amigos sensibles y de buen gusto, en unos pocos años mi salud sufrió una gran aflicción por cambio tan violento. Me engordé demasiado y no podía respirar bien. Me encontraba letárgico e indiferente.

 

Es la primavera de 1704 y han pasado tres años desde que Cheyne se fue de Edimburgo. El prado comienza a reverdecer y un hilillo de luz se filtra entre los árboles altos de Hyde Park. La tarde, por fin, se prolonga más allá de las cuatro. Hay muchas razones, por lo tanto, para estar feliz. Pero Cheyne no ríe y cuando respira emite un tenue silbido. Le enseña matemáticas a un joven malcriado y ningún paciente lo busca. Su salario es mínimo. Bebe y come en grandes cantidades con sus amigotes. Como tantos otros, se encuentra en la mitad de la vida resignado a ser profesor para subsistir en una ciudad llena de ambiciosos sin fortuna. Sufre una crisis. Quizás se sabe un hombre perdido y solo; un tipo de 33 años, soltero, sin hijos, sin la menor perspectiva laboral decente. Quizás su acento de Aberdeen, como casi todos los acentos, lo relega a segundos o terceros puestos. O quizás su letargo nace en algún lugar remoto que no puede conocerse. En cualquier caso, decide regresar, vencido, a su país. En Londres, el brillo de la vida es tan deslumbrante que cualquier derrota personal te arroja, por contraste, a un oscuro túnel.

 

De Aberdeen a Bath

 

Nada duele tanto como volver a la patria chica para descubrir que el mundo ha seguido tediosamente igual sin ti. Cheyne recorrió, con todo su cuerpo y su malhumor, los ochocientos kilómetros que separan a Londres de la pétrea y grisácea Aberdeen. De vuelta a su pueblo, buscó urgentemente a un doctor que lo curara, pero en su lugar dio con quien sería su segunda influencia intelectual después de Pitcairne: el teólogo George Garden, admirador de Antoinette Bourignon (esa mística que mezclaba cenizas con la comida para eliminar el apetito y así evitar la tentación de comer). Garden creía que el hombre abandonaba a Dios por tres caminos: el del falso amor, el del amor al presente y el de la adicción a los apetitos sensuales (especialmente los de la panza). Para Cheyne, médico matemático, gordinflón treintañero, soltero melancólico (en suma, un fracasado), ¿no valía la pena intentar un cambio, al menos de credo? Así, abandonó el deísmo de su juventud y lo reemplazó por una suerte de misticismo basado en la fe interior y la piedad individual, un giro religioso que contemplaba una profunda relación entre la comida, el cuerpo y el espíritu. En otras palabras, se puso a dieta. La mejoría en su salud, que no en su volumen, fue manifiesta: respiraba bien, se le veía animado caminando por las playas doradas de Aberdeen y leía alegremente en su estudio. Al poco tiempo, incluso, publicó sus Principios filosóficos de religión natural.

 

En 1706 viajó por primera vez a Bath para flotar bocarriba, como una isla, en sus aguas termales, y para trabajar como doctor durante el verano. Bath era el destino médico más importante del país y las personas no solo se bañaban en sus fuentes, buscando curarse de múltiples malestares, sino que bebían de ellas. Las aguas, se creía, tenían propiedades misteriosas que sanaban las dolencias, aunque Defoe descreía de tales milagros: “Es el centro de los sanos, más que de los enfermos; los baños son más un deporte y una diversión que un tratamiento para mejorar la salud; la ciudad está llena de rifas, juegos, pasatiempos y, en una palabra, toda suerte de engañifas”.

 

En 1708 fue a Croydon, donde conoció un tratamiento que recomendaría en un futuro a sus pacientes y que consistía en el consumo exclusivo de vegetales y leche. En efecto, como diría el famosísimo médico Thomas Sydenham, la ingesta del líquido materno servía para tener una sangre “balsámica y suave” (“la leche de mujer es más dulce, más ligera y más acorde a nuestra naturaleza, pero la dificultad es conseguirla en cantidades suficientes”, decía). Cheyne, ahora un enorme ternero, pasó los diez años siguientes en una relativa calma. Adicionalmente, dejó de lado sus abstrusas demostraciones geométricas de antaño y optó por escribir en un diario los síntomas y padecimientos que veía en sus pacientes. Se casó con Margaret Middleton, hija de un respetado clérigo, y tuvo una camada de hijos.

 

Entonces emprendió un segundo y definitivo exilio. Con toda su prole se fue a vivir a Bath, donde encontró, para el resto de su vida, aquellos pacientes que tan esquivos le habían sido en el pasado, y publicó Un ensayo sobre la verdadera naturaleza y el método debido para tratar la gota y Un ensayo sobre la salud y la larga vida, libros en que criticaba la autoindulgencia y defendía la frugalidad. La reputación del voluminoso doctor comenzó a estar a la altura de su talla y el correo comenzó a acumularse cada semana en el buzón: los pacientes le escribían de toda Inglaterra pidiendo ayuda, y Cheyne les recomendaba hacer dieta. Sus obras, además, ya no estaban destinadas a los quisquillosos y fieros intelectuales de la Royal Society, tan inclinados a la refutación y la polémica, sino a esas clases en ascenso, más mansas, que se zambullían en las aguas de Bath y buscaban una orientación no muy enfática para vivir bien.

 

Hacia 1730, Cheyne era un hombre reconocido en amplios círculos sociales. Sus Principios filosóficos se estudiaban en Oxford y Cambridge, y se contaba entre los consejeros personales de Richardson y Pope. No obstante, aún le faltaba emprender una última empresa notable, esa que lo instaló para siempre en los libros de historia. Mientras miraba el cielo plomizo a través de la ventana y ensortijaba entre sus dedos el peluquín que le caía imponente sobre los hombros, el doctor Cheyne se prometió curar a Inglaterra de aquella melancolía congénita e indómita que lo había obligado a irse de Londres veinte años atrás.

 

La melancolía de George Cheyne

 

Desde finales del siglo xvi, los libros dedicados a la melancolía eran cada vez más numerosos. Algunas obras sofisticadas eran Un tratado de melancolía (Bright, 1586) y La anatomía de la melancolía (Burton, 1621). Otros textos de menor envergadura intelectual fueron publicados por médicos populares y teólogos, lo que permitía que el tema fuera accesible no solo a las élites, sino también a las personas del común. Marriott (1652) publicó El charlatán inglés: o dispensario médico con varias recetas extrañas y excelentes de Mr. Marriott... para expeler tristezas y melancolías, y Amyas (1659) ofrecía 53 “secretos raros” en Antídoto contra la melancolía. Adicionalmente, una cantidad significativa de publicaciones al alcance de las clases trabajadoras (colecciones de historias ingeniosas, chistes y canciones) se presentaban como remedios para la conocida afección. Este considerable acervo de panfletos incluía, entre muchos otros, Robin Good-Fellow, sus bromas locas y alegres chistes. Medicina apropiada para la melancolía (anónimo, 1628), y Bromas refinadas y mejoradas de Inglaterra... que pueden servir como compañía del hombre ingenioso, diversión del hombre laborioso y cura y recreación del melancólico... (Crouch, 1693).

 

Hacia 1733, Cheyne sabía que los trabajos sobre la melancolía eran como raíces incontables de un mismo árbol, cuyo fruto inevitable sería su propio libro. El título del mismo ya resumía con ostentación este dictamen: El mal inglés: o tratado de las enfermedades nerviosas de todo tipo, como spleen, vapores, desánimo, desequilibrios histéricos, etc. En el prólogo, el doctor precisaba que la enfermedad era una consecuencia de la abundancia de aquel país y de su gente:

 

 

...la exuberancia y fertilidad de nuestra tierra, la riqueza y pesadez de nuestra comida, la riqueza y abundancia de los habitantes, la inactividad y el sedentarismo de los más aptos (entre quienes este mal abunda)... han aumentado estos males. Tales desórdenes nerviosos son motivo de queja en una tercera parte de las personas acomodadas de Inglaterra.

 

En la descripción de la enfermedad estaba resumida la visión de un pueblo inclinado a los excesos en la comida y el alcohol (y que Cheyne, literalmente, encarnaba). La melancolía se asociaba especialmente a las personas de la clase alta o a las que tenían la aspiración de pertenecer a ella y, por ello mismo, se daba con mayor frecuencia entre los “mejores” miembros de la sociedad: esa suerte de dilema hizo que su valoración oscilara entre el entusiasmo y la calumnia. “Los estúpidos e idiotas no sufren de melancolía”, decía con voz de acero el doctor Cheyne, repitiendo un prejuicio que había pasado de siglo en siglo desde la Antigüedad. Sus tratamientos para la melancolía no fueron novedosos: los más violentos incluían purgas con eléboro, vómitos inducidos y sangrados; y los más benévolos, por su parte, recomendaban el consumo de vegetales, las distracciones sencillas y las costumbres moderadas. En pocas palabras, aconsejaban vivir la vida placentera que defendió Horacio (y tomar leche con frecuencia).

 

Más allá de ese dispensario milenario, el doctor escocés complacía a los compradores de su libro, gentes que se encontraban en pleno ascenso social y que luchaban por ganarse la consideración de sus conciudadanos. Es verdad que algunos pensaron que los consejos de un doctor de doscientos kilos eran ridículos, pero la evidente sinceridad de Cheyne y su presentación como enfermo, conocedor de primera mano de aquel mal, le ganaron la simpatía de muchos. En un mundo repleto de truhanes y encantadores, la figura pintoresca de aquel médico paquidérmico no fue una objeción a su ejercicio profesional, sino más bien una confirmación bastante visible de su propia experiencia.

 

*

 

 

La promesa de Cheyne no prosperó y la enfermedad de la melancolía no se acabó con sus sencillas recetas. Los siglos subsiguientes atestiguarían la multiplicación de la afección y sus diversos tratamientos: sesenta años después de que muriera el doctor, Esquirol inventó un tribunal ficticio, conformado por él y otros colegas disfrazados de ángeles, encargado de absolver a un melancólico que se creía condenado al infierno (“esta estratagema funcionó, pero el éxito fue breve, por la imprudencia de un indiscreto que le confesó al hombre que había sido un juego”, precisó el irritado galeno en su expediente). Reil recomendaba azotar a los melancólicos con ortiga o amenazarlos con hierro caliente; o hacerles cosquillas en los pies; o, en fin, tenderlos bocarriba y ponerles en el pecho chinches y hormigas. Al finalizar el siglo XIX, los remedios para la locura y la melancolía incluían el magnetismo, el hipnotismo y las descargas eléctricas; el consumo de agua de lauroceraso, cloroformo, hachís, morfina, líquido testicular y aceite de hígado de bacalao fosforado; la aplicación de sanguijuelas en las sienes y en la nuca, y el uso moderado de opio (“para recobrar la esperanza y la serenidad”). Y si nada de esto funcionaba, el suplicio de la ducha con agua helada.

 

Cheyne no conoció tantas crueldades. Su obra sobre el mal inglés gozó de un éxito singular y se reimprimió varias veces. Durante sus últimos diez años de vida, el doctor vivió una tranquila obesidad: tomaba leche, comía verduras y flotaba en las aguas tibias de Bath.

 

Hoy nadie se declararía “enfermo de melancolía”, a menos que se tratara de alguien terriblemente poético o muy inclinado al melodrama. Lo cierto es que la palabra, que nació originalmente en el siglo v a. C. para designar un humor corporal (la “bilis negra”) y la enfermedad que se derivaba del exceso de tal humor, con el tiempo adquirió un uso menos estricto. En la época de Cheyne ya podía hablarse de un “ruiseñor melancólico” o de un “atardecer melancólico”, y la melancolía era a la vez enfermedad y sentimiento. De ahí que los médicos buscaran con el tiempo otros términos –que no fueran “propiedad de los poetas y del vulgo”– para referirse a aquel estado en que se presentaba una tristeza injustificada (dieron con nombres más bien mustios, como “monomanía triste”, “depresión” o “bipolaridad”). En la extensa historia de la melancolía, quizás hay una sola cosa clara, no exenta de ironía: entre enfermos y médicos, es difícil distinguir desde la distancia quién ha sido el loco y quién el cuerdo.

 

Un obituario

 

El Gentleman’s Magazine de 1743 menciona a Cheyne tras su muerte: “...aquel médico letrado, cristiano firme, estudioso profundo, cálido amigo”. Aunque, a fuerza de insistir, el médico de Aberdeen terminó por convertirse en uno de los más importantes de su momento, su nombre fue extinguiéndose poco a poco con los años hasta reducirse a la línea que Starobinski le dedica en su famosa Historia del tratamiento de la melancolía (1960): “En una obra singular titulada El mal inglés, el doctor George Cheyne cuenta la historia de su propio spleen”

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