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Breviario

El padre de todos los errores

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Xilografía alemana del siglo XVII que retrata a Titivillus • Archivo Julio I. González Montañés

 

El 7 de julio de 1925, un redactor del Petit Journal de París escribía una breve nota contra la edición recién publicada de las Obras completas de Anatole France, revisada por monsieur Léon Carias. En la nota mordaz, el indignado autor anónimo se quejaba de las innumerables erratas del primer tomo. Haciendo gala de su implacable y quisquillosa lectura, el satírico reseñista citaba como evidente uno de los muchos deslices del volumen, un plural dudoso en la nota del editor: “La revisión de textos y de las notas bibliográficas son de M. Léon Carias”. El redactor cerraba su texto con sorna, temiendo por el alma de monsieur Carias, cuya suerte, decía, quedaba en manos de Titivillus por la inmensa sarta de yerros que se le colaron hasta la imprenta.

Pero siglos antes de ese invento de Gutenberg, en las abadías y monasterios medievales, la leyenda de Titivillus ya era un relato inseparable del oficio del copista en el scriptorium. Cuenta el Dictionnaire historique des arts, métiers et professions exercés dans Paris depuis le treizième siècle (París, 1906) que: “Existía, según se decía, un demonio llamado Titivilitarius o Titivillus, el ‘puntilloso’, por corrupción de una palabra popular de la latinidad antigua, y todas las mañanas ese demonio traía al infierno un saco colmado con las letras que los religiosos habían omitido o bien en sus copias o bien en sus salmodias de la noche”. Este laborioso maleante apareció en la escena monástica alrededor de los siglos XII y XIII; fueron Juan de Gales (muerto circa 1258) y, antes de él, Jacques de Vitry (circa 1170-1249) los que popularizaron en sus textos la figura diabólica en el ámbito letrado de la época a través de los populares relatos morales conocidos como exemplum. En estas fábulas sobreabundantes en los libros y anaqueles medievales, el padre demoníaco de la corrección de estilo desplegó su mirada vigilante a lo largo y ancho de Europa, cubriendo un área que iba de España hasta Rumania.

Aunque hay pruebas de que, desde entonces, el malvado puntilloso ya vigilaba con atención la dicción y la copia de las Sagradas Escrituras, solo siglos más tarde fue proclamado el padre de todas las erratas de escritores y editores y ya no solo las de contenido religioso. El historiador español Julio I. González Montañés concuerda con otros estudiosos en que fue el mismísimo Anatole France quien se encargó de la investidura. Escribía monsieur France en la nota que precedía su biografía Vida de Juana de Arco, en 1908:

Creo que ese diablo, justamente puntilloso, si sobrevivió al descubrimiento de la imprenta, asume hoy la pesada tarea de recoger las erratas sembradas en los libros que pretenden la exactitud, pues sería bastante ingenuo que se ocupara de otras. Pienso que él pone esas erratas, según el caso, en manos del impresor o del autor. Debo un inmenso reconocimiento a mis editores y amigos, messieurs Calmann-Lévy y sus excelentes colaboradores, por haber aligerado mucho, con sus cuidados y experiencia, la bolsa con que Titivillus me imputará el Día del Juicio.

Titivillus pasó desde entonces a merodear por las oficinas de editores llegando a ser, para algunos, un tentador precursor del nombre que tomó el aprendiz de las imprentas. En el mundo anglosajón, printer’s devil es el título que se da a quien apenas comienza en el taller, entintando y organizando tipos, entre otras tareas menores. Cargo que desempeñaron, por ejemplo, Ambrose Bierce y Walt Whitman. De hecho, el poeta insigne de la literatura estadounidense leyó a clásicos como Shakespeare y Homero en aquel desamparado cargo que comenzó a ejercer a la corta edad de doce años, en Brooklyn. La formación autodidacta de Whitman, iniciada en la lectura y revisión de las pruebas de imprenta, es un ejemplo que llama la atención sobre la inmensa cultura escrita que Titivillus debe haber adquirido durante su meticulosa labor de eras.

No obstante, la historia del demonio editorial revela otra faceta de los relatos medievales sobre la escritura. En aquel diccionario de artes y oficios parisino se cita a Orderico Vital (1075 - circa 1142) para contrastar la leyenda de Titivillus con la siguiente anécdota:

Había en un monasterio un religioso culpable de diversas infracciones a la regla de la casa; pero sabía escribir, era asiduo al trabajo y copiaba muy buena parte de las Santas Escrituras. Murió y su alma fue conducida delante del tribunal del Justo Juez para ser examinada. Los malos espíritus formulaban contra el alma vivas acusaciones y hacían exposición de sus innumerables pecados; sin embargo, del otro lado, los santos ángeles mostraban el libro que el religioso había copiado y presentaban, una tras otra, cada una de las letras del enorme volumen para oponerlas a cada pecado. Al final, el número de letras resultó inmediatamente superior al de los pecados, y todos los esfuerzos de los demonios fueron impotentes para atribuir un solo pecado más al religioso.

Así, la perfección en la escritura era para algunos el terreno en que se jugaba (y se juega) la salvación o la condena. En ese escenario, el implacable corrector Titivillus es un paradójico defensor del lenguaje y la pureza, y la suya una prueba permanente que toca vencer a punta de revisión de galeradas para ganarse la vida eterna.

El monje que describía Orderico Vital es sin lugar a dudas un buen ejemplo de que, desde tiempos remotos, el que peca y reza empata. Un lector juicioso habrá identificado algunas de las víctimas predilectas de este viejo demonio, juez de los autores, tormento de los editores y ocasional redentor de unos y otros (en nuestro reino terrenal, para copistas y editores sería imposible empatar sin Titivillus, adorado chivo expiatorio de todas las embarradas y extravagancias). Miremos, por ejemplo, a Gabriel García Márquez, a quien el diablillo molestaba sin descanso. Así lo confesó Gabo en Vivir para contarla: “Aún hoy, con diecisiete libros publicados, los correctores de mis pruebas de imprenta me honran con la galantería de corregir mis errores de ortografía como simples erratas”. Esperemos que en la hora del Juicio (y pese a los deseos de una enfurecida María Fernanda Cabal, que condenó al Nobel a retorcerse en el infierno junto a Fidel Castro y otros camaradas), esos esfuerzos hayan logrado salvar su alma.

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Jorge Francisco Mestre

Historiador de la Pontificia Universidad Javeriana. Hace parte del equipo editorial de El Malpensante.

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