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Filosofía

El daimon de la vida vegetal

Traducción de Luis Garagalza y Aitziber Yeregui

Este filósofo nos invita a olvidarnos de los fines utilitarios y a quedarnos, como las plantas, sembrados en el medio. Por añadidura, explora la tendencia de sus colegas a dejarse la barba, lo que en todo caso parece acercarlos más al reino vegetal que a territorios humanos.

Ilustración de Juan Gaviria

Voy a invitarlos a trasladarse, o trasplantarse, a otro tiempo y otro lugar, a saber, la China del siglo III a. C., en los finales del período de los Reinos Combatientes. Allí encontramos un cuento sobre el carpintero Shi y un roble, cuyo autor, el maestro Zhuangzi, es sumamente consciente de que hacemos depender demasiado a las plantas, así como a los demás seres vivos, de nuestro propio sistema de valores, el cual les imponemos sin darnos cuenta. Un carpintero se queja de que el viejo roble que se encuentra cerca de un santuario de una aldea es inútil –no da frutos comestibles, ni madera que pueda mantenerse a flote para construir un barco–. El roble se le aparece en un sueño y le pregunta por el valor del valor, entendido en el sentido de utilidad. La utilidad de los árboles frutales, dice, “hace que su vida sea miserable, y así no llegan a cumplir los años que el Cielo les concede, sino que los cortan muy pronto... En cuanto a mí, he estado tratando durante mucho tiempo de ser inútil... Si hubiera sido de alguna utilidad, ¿habría llegado a crecer tanto? Además, tú eres un ser como yo. ¿A qué viene que un ser condene a otro ser? Tú, que eres un hombre sin valor, ya a punto de morir, ¿cómo puedes saber que soy un árbol sin valor?”.

Los humanos hemos insistido en la diferencia ontológica existente entre nosotros y las plantas, no solo porque su temporalidad sea distinta de la nuestra, sino porque nos hemos convencido de que nuestra vida tiene fines intrínsecos mientras que la de aquellas no (irónicamente, la metáfora preferida para expresar que se ha alcanzado un fin, que una acción ha conseguido su objetivo, se deriva de la flora y se refiere a su fruta: se dice que esa acción “ha dado sus frutos”). Tener fines perjudica la existencia porque la pone, tanto en lo interno como en lo externo, al servicio de estos. Tal concepción ha producido un desastre ético. Un modo de enfrentarlo sería reconocer que las plantas son fines en sí mismos, agentes activos y autónomos. Pero una propuesta alternativa consistiría en reconocer que la finitud carente de fines es algo que compartimos con las plantas y, desde la conciencia de esa condición común, volver al medio. Existir, ya sea como planta o humano, es estar en el...

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