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Ensayo

El ruido mata (y el silencio enloquece)

Dossier: El ruido y el silencio

La lucha de un tartamudo contra su condición, la frágil contención al interior de un salón de clases, la música de las esferas celestes y el autismo de usar audífonos tienen en común la deliciosa prolongación y pugna entre la perturbación de las ondas, su calma, y la variedad de formas en que afectan el alma humana.

 

Ilustración de Bea Crespo

 

 

El ruido mata –a mí al menos me mata–. Desde que tengo conciencia plena de mi tartamudez no soy bueno para conversar en lugares donde los decibeles mandan: en las fiestas de barrio o en las discotecas, por ejemplo. Cuando tengo que hablar muy fuerte para que me comprendan, tenso los músculos del cuello hasta que se asemejan a las cuerdas de una guitarra, me atraganto con mis propias palabras y siento que no merece la pena el esfuerzo. Y cuando me olvido de la tartamudez, el maldito ruido me la recuerda de nuevo. La razón es sencilla: a diferencia de otros tartamudos que tartamudean mucho menos en ambientes ensordecedores, donde ni siquiera se escuchan, yo trato de gritar lo más posible para hacerme oír cuando me encuentro en ellos, y entonces abandono el ritmo de mi respiración y me cuesta tanto transmitir una idea que al final suelo recurrir al instinto de autoprotección y opto por permanecer callado, por guardar las frases en la recámara de mi garganta.

De pequeño, la especialista que me trataba, una mujer de ojos chiquitos y papada grande, me metía dentro de una caja enorme, a oscuras, porque creía que, gracias a las cuatro paredes con planchas de metal delgadas que la conformaban, respiraría mucho mejor, me concentraría en el manejo correcto de mi diafragma y tartamudearía menos cuando me traicionaran los nervios. Pero lo que me alivió no fue la caja, sino el silencio monacal que había allá adentro. El silencio invitaba a la serenidad –al ensimismamiento–. La tranquilidad inherente a aquellas sesiones imponía orden en mi cerebro: lo oxigenaba. Y aunque aquel detalle no solucionaba nada, aunque mi lengua volvía a perder su GPS cada vez que movía los labios para relacionarme, dentro de la caja “mágica” me alejaba de los fantasmas que me perseguían. Sobre todo, de las repeticiones que me hicieron sufrir más de la cuenta durante la infancia, de las pes, eles, erres, enes y emes mal pronunciadas.

Un sonido aparentemente inofensivo en mitad de un silencio casi absoluto –como el de aquella caja– puede ocasionar una hecatombe. En el número 9 de la revista Etiqueta Verde, el periodista Eliezer Budasoff comentaba que un caño que gotea sin cesar puede inundar una cocina, mantener en vela a un in...

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Álex Ayala Ugarte

Periodista español radicado en Bolivia. Colabora con publicaciones como "Etiqueta Negra", "Ecos" y el "Virginia Quarterly Review".

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