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Ensayo

La manada enaulada. Notas de clase tomadas por una profesora

Dossier: El ruido y el silencio

La lucha de un tartamudo contra su condición, la frágil contención al interior de un salón de clases, la música de las esferas celestes y el autismo de usar audífonos tienen en común la deliciosa prolongación y pugna entre la perturbación de las ondas, su calma, y la variedad de formas en que afectan el alma humana.

Ilustración de Bea Crespo

 

Todo aquel que sea vecino de uno de ellos lo sabe: un colegio es un lugar extremadamente ruidoso. Solo hay silencio cuando sale la última persona y las puertas se cierran. Quizás mientras fuimos alumnos, mientras éramos nosotros los que producíamos el ruido, no lo notábamos; pero basta con que hagamos el esfuerzo de traer a nuestra mente los recuerdos de ese tiempo y no tardaremos en descubrir ecos que retumban. No me refiero a los instrumentos afinándose para la clase de música, ni a los poemas declamados a la fuerza y mucho menos a las mezclas explosivas conseguidas utilizando la tabla periódica, sino a las carcajadas que no podíamos contener, al ruido de la caída estrepitosa cuando alguien jaló una silla oportunamente, al murmullo constante, a ratos ensordecedor; hasta el paso del tiempo se marca de manera ruidosa en el colegio gracias al potente sonido de un timbre. Lo paradójico es que ahí, donde parece tan difícil lograrlo, la voz del profesor debe hacerse escuchar.

Soy profesora de colegio. Hice el camino que algunos consideran inverso, pues empecé enseñando en la universidad durante seis años. Por esa época, al hablar de mi trabajo nadie me respondía con tanta convicción como ahora: “Yo no podría hacerlo”. Ya llevo diez años dando clases en un colegio y entiendo el cambio en la reacción: para la mayoría, los felices recuerdos de la infancia escolar suelen contrastar con la imagen del profesor a quien le hicieron la vida imposible.

La naturaleza misma de la niñez y la adolescencia es bulliciosa. En nuestras latitudes tropicales es frecuente que muchas personas nunca superen esa suerte de infantil imposibilidad física de quedarse callados o quietos al menos por un instante. En la adolescencia no controlas tu cuerpo y menos tu voz; en un punto empiezas a entender lo que significa tener una y caes en cuenta de que hasta ese momento nadie la ha tomado muy en serio. Sting, que también fue profesor de un colegio, dijo alguna vez que el oficio de enseñar no dista mucho del de un cantante de rock ya que en “ambos casos el juego consiste en encerrarse durante una hora con un puñado de posibles delincuentes, tratar de entretenerlos y, además, salir ileso”. Lo que a Sting se le olvidó es que en un concierto pueden, por lo menos, corear las canci...

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Comentarios a esta entrada

Ronald Pérez

Hay profesores más taquilleros, si. Pero, esos otros humillados pueden quedar fijados en las mentes de aquellos jóvenes que, sin reconocerlo, aprendieron alguna pasión. Texto interesante,

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Diana Ospina Obando

Ha colaborado en Arcadía, El Espectador, Pie de Página y en el portal de cine Ochoymedio

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