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Besos inmorales y cronometrados

Hollywood bajo la censura del Código Hays

Famoso por su arbitraria intransigencia, el código puso a temblar a los cineastas gringos en las primeras décadas del siglo XX con un termómetro moral escondido tras la gran industria del séptimo arte. El autor, con su particular humor, recuerda el proceder de la ley que tuvo eco en las parroquiales proyecciones latinoamericanas.

 

Notorious de Alfred Hitchcock

San benito y el ferrocarril de antioquia

En el cine parroquial de San Benito –un barrio de clase media de Medellín– los besos en vivo y en directo estaban prohibidos, y en la pantalla de la pequeña sala, adosada a la iglesia del barrio, apenas si se intuían. Había un sacristán bajito y regañón, al que bautizamos “padre Escobar” por ser el encargado de cuidar la moral y ejercer su misión escoba en mano. El sonido del proyector se confundía con el chacachá del tren que, tres veces al día, pasaba cerca dirigiéndose a Puerto Berrío, con escala en la vecina estación de Villa. Escobarito, tan pronto sentía la aproximación del obsceno peligro de un beso, subía raudo y veloz su instrumento de censura y lo tapaba. Del todo o a medias, él era el único que gozaba los besos, en proyección medio desenfocada, sobre las pajas de la escoba. Y no lo hacía por concupiscencia sino para saber en qué momento podía bajar el instrumento de censura. Pero algunas veces a través de la despelucada escoba alcanzábamos a ver medio beso, entre los silbidos de protesta de los más atrevidos. Este fue mi primer contacto con la censura. Y con los besos.

La programación de este cine parroquial estaba conformada principalmente por películas argentinas y mexicanas, como Allá en el rancho grande (“allá donde vivííííííaa”, cantábamos todos, haciéndole dúo a Tito Guízar, el protagonista). Pero las que más nos gustaban eran las argentinas, naturalmente con Gardel a la cabeza. Medellín se autoproclamaba “capital mundial del tango” y a su indiscutible afición tanguera agregaba la nada gloriosa credencial de que el Morocho del Abasto hubiera muerto achicharrado en su aeropuerto, que parecía más bien una carretera abierta apresuradamente entre guayabales. Un inteligente campesino que asistía con nosotros a las funciones nos decía que él prefería las películas en español a las que traían subtítulos, porque en estas “si uno miraba los letreros se le iba el míster, y si miraba el míster se perdía los letreros”.

Recuerdo muy bien la publicidad de una película mexicana: “Los muertos hablan en español”, y yo no sabía si la película era en español o si ese era el idioma en el que hablaban los muertos. La trama, la recuerdo bien, era interesante: un detective mexicano, aficionado a la fotografía, trata de resolver un complejo caso de asesinato. Y lo soluciona poniendo en práctica una novedosa teoría suya: “La retina es como un negativo. Ahí es donde la luz forma las imágenes de lo que llamamos visión. Entonces voy a tratar de revelar la retina del muerto, y ahí estará fotografiado el asesino”. La revela y aparece la prueba reina de las reinas o, en forma más apropiada, la “pistola humeante” (en este caso revólver), disparándole al vivo para volverlo difunto. Poco después, con la imagen del asesino esposado (¿se han puesto a pensar en lo mal casado que estaba el que bautizó así esta pareja de manillas?) aparece la palabra fin.

De san benito a hollywood

Pero los besos que combatía Escobarito ya venían censurados desde Hollywood. ¿Desde cuándo? A raíz del escándalo Fatty Arbuckle, que en 1921 hizo tambalear la industria del cine y que aún no cesaba ocho años después, cuando un grupo de personas muy religiosas empezaron a discutir un novedoso código de censura. Eran Martin Quigley, Joseph Breen, Wilfred Parsons y los padres jesuitas Fitz George Dinneen y Daniel A. Lord. El código fue redactado por el padre Lord y se lo presentaron a William Harrison Hays Sr., quien consideró que sería la salvación del cine y agregó: “Es precisamente lo que yo estaba buscando”. Hays era el nuevo presidente de la Asociación de Productores Cinematográficos de Estados Unidos (mppa, por sus iniciales en inglés) y por eso la biblia de la censura fue bautizada con su nombre: Código Hays, que solo entró a funcionar con todo su vigor a partir de 1934, a través de la Production Code Administration Office, dirigida por Joseph Breen. El omnipresente y omnipotente código fue abandonado en 1968, más que todo por la rebeldía de los productores estadounidenses, asustados por la fuerza que iba tomando la televisión y temerosos de que la liberalidad de las películas extranjeras, particularmente las europeas con sus generosas escenas eróticas –no controladas ni calificadas por el código–, les continuaran quitando más público.

 

El escándalo arbuckle

¿Pero quién fue el tan mentado Roscoe Conkling “Fatty” Arbuckle, que abrió el camino a la adopción del rígido código? Un conocido personaje del cine mudo, descubridor y amigo de Buster Keaton, protector y mecenas de un desconocido joven inglés llamado Charlie Chaplin, a quien le regaló un abrigo viejo y un sombrero para crear un personaje de vagabundo. Fatty era el más importante actor de su época, bajo contrato primero con Keystone y luego con la Paramount, frecuente compañero de trabajo de Mabel Normand y Harold Lloyd. A pesar de su prominencia, fue acusado de haber violado con una botella de champaña a una jovencita, Virginia Rappe, quien murió pocos días después. Para empeorar el escarnio, alguien dijo que la botella no era de champaña sino de Coca-Cola. Esta acusación acabó con la carrera de Fatty y puso en peligro toda la industria cinematográfica.

Avivó el escándalo el dueño de una cadena de periódicos amarillistas, William Randolph Hearst (genialmente retratado por Orson Welles en Citizen Kane), con intereses tanto cinematográficos como políticos: quería que la producción de cine se estableciera no en Hollywood sino en el norte de California, donde él tenía extensas propiedades, y para eso apoyaba al fiscal del caso, Matthew Brady, aspirante a gobernador. Más tarde, Hearst le comentó a un amigo: “Nunca había vendido tantos periódicos desde el hundimiento del Lusitania”.

Después de sufrir tres largos juicios, Fatty Arbuckle finalmente fue declarado inocente. En los dos primeros, el jurado no se pudo poner de acuerdo, y en el tercero no solo lo declaró inocente, sino que le pidió excusas, algo sin precedentes en la historia judicial de Estados Unidos, según cuenta Kevin Brownlow, autor de Hollywood: los pioneros. Después se vino a saber que la joven había sido enviada por Maude Delmont, conocida como “Madame Black”, quien se había especializado en construir ese tipo de escándalos para luego extorsionar a directores, productores y actores. Y que la muerte de la joven (por rotura de la vejiga) probablemente se debió a que, debilitada por sus cinco abortos anteriores, no pudo soportar tener encima a Fatty, con sus no despreciables 120 kilos. Pero cuando se declaró su inocencia ya era demasiado tarde. Después de vivir unos años en Europa y de tratar inútilmente de rehacer su carrera, Arbuckle murió en Hollywood en 1936, en completa ruina. Él, que había sido el actor mejor pagado de la época (un millón de dólares al año), no pudo volver a trabajar y sus películas fueron prohibidas.

 

El código en acción

El infame Código Hays era meticuloso en sus prohibiciones y hacer en ese tiempo un Almodóvar hubiera sido imposible, y ni pensar en Salò o le 120 giornate di Sodoma, de Pier Paolo Pasolini. Le concedía particular importancia a la cama y sus posibles usos pecaminosos: se debía evitar darle una visualización excesiva a este mueble. “Se prefiere que las parejas casadas duerman en camas separadas y, de ser posible, evitar la cama común. No se permitirá bajo ningún concepto mostrar a un hombre y a una mujer en la cama al mismo tiempo, aunque estuvieran solo sentados, y menos si no son casados. Y, desde luego, nunca se deben ver en posiciones sugestivas”.

Describir cada una de las interdicciones del código sería interminable. Aquí va una selección de unas pocas y los lectores pueden ir pensando en las posibles películas del cine contemporáneo que no se hubieran podido exhibir en ese entonces:

 

• No se podía mostrar una mujer mal sentada. (Como Sharon Stone en Basic Instinct.)

• Los sacerdotes, los pastores y las religiosas nunca se podrán mostrar como personas capaces de cometer un crimen o formando parte de un grupo impuro.

• No se debe mostrar excesivo consumo de bebidas alcohólicas.

? Ni escenas de seducción.

? Ni danzas obscenas que acentúen los movimientos.

• Una cantante no debe mover excesivamente las caderas. (Menos mal que Shakira no había nacido: no hubiera podido filmar una escena en un cuarto lleno de orinales, donde intenta desvestirse mientras seduce a Maluma.)

• No se pueden decir las siguientes palabras prohibidas y las de carácter religioso solo se podrán usar si son reverentes:       

? “Dios”, “Señor”, “Jesús”, “Cristo”.

? “Mierda”, “burdel”, “jodido” (fucking), “tirar” (fuck). (Expletivos que se oyen por cientos en cada una de las películas actuales.)

? “Caliente”, “perra” (cuando se refieren a una mujer), “virgen”, “puta”, “marica”, “cornudo”, “hijo de puta”.

• Prohibido hacer chistes sobre inodoros, mostrar el mueble y ni siquiera dejar oír el ruido de su descarga, aunque el excusado no se vea.

? Mostrar a una mujer quitándose las medias. (Remember El graduado.)

? Dejar ver el ombligo.

? Mostrar la esclavitud, cuando los esclavos son blancos.

Miscegenation

Me topé en el código con una palabra que no entendí (falta de ignorancia, que diría Cantinflas): “miscegenation”. Esta palabreja me mandó al diccionario (tumbaburros, lo llaman en México) que me desasnó al enseñarme que es “mezcla de razas (mestizaje, en español). Del latín miscere, mezclar, y genus, género”. O sea que se prohibía expresamente mostrar haciendo el amor a parejas de distintas etnias, particularmente blancos y negros. Los matrimonios interraciales estaban prohibidos en Estados Unidos por leyes bendecidas por la Corte Suprema. Más tarde hubo reglamentaciones similares en la Alemania nazi y desde luego en la Sudáfrica del apartheid. Se usaba a Dios todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, como el inventor de la separación de las distintas razas, alegando que él, sabiamente, había distribuido los colores de los hombres en distintos continentes: los blancos en Europa, los amarillos en Asia y los negros en el África. Lo que quería decir –según los segregacionistas– que Dios se oponía a que las razas se mezclaran.

 

Guess who’s coming to dinner

Ya en sus postrimerías, al débil código le tocó aprobar en 1967, con reluctancia, la película Guess Who’s Coming to Dinner (en español, Adivina quién viene a cenar) de Stanley Kramer, el valiente director que también hizo Inherit the Wind (Heredarás el viento), película poscódigo sobre el “juicio del mono” a un profesor que se atrevió, en los años veinte, a enseñar la teoría de la evolución de Darwin. En Adivina quién viene a cenar se mostraba un noviazgo entre una blanca, Joanna Drayton (Katharine Houghton) y un negro, el doctor Prentice (Sidney Poitier). La novia quiere presentarle a sus padres al novio con el que se quiere casar e irse a vivir a Suiza. Los padres de la novia, que no saben que él es negro, representados por Katharine Hepburn y Spencer Tracy, se encuentran más que sorprendidos. Por otra parte, el novio es completamente impecable, así que la única objeción podría ser su raza. La película tuvo gran éxito, a pesar de que en ese momento aún había catorce estados que prohibían los matrimonios interraciales. Al poco tiempo, la Corte Suprema suprimió la prohibición de la miscegenation.

 

Los besos en serie de notorious

En el segundo capítulo del código, dedicado muy en especial al candente tema del sexo, se prohibían entre muchas otras cosas las escenas de adulterio, pasión, violaciones, pero, sobre todo, se reglamentaban en detalle los besos: que no fueran libidinosos y con una duración menor a tres segundos. Siempre con la boca cerrada y no podían ser del inmoral tipo llamado french kiss, con la boca abierta y lengua penetrante. No deja de ser irónico pensar que una de las escenas más eróticas del cine se le debe agradecer al Código Hays. En este caso el famoso transgresor primerizo fue Alfred Hitchcock, en Notorious (Tuyo es mi corazón, en Latinoamérica; Encadenados, en España), una película de espionaje de 1946, protagonizada por la pareja romántica formada por una amiga del alcohol (que el código prohibía), Ingrid Bergman, y Cary Grant. Ambos andaban en Río de Janeiro tras unos espías que querían comprar uranio para hacer una bomba atómica. En esa película, Hitchcock dirigió la más sensual secuencia de besos que se haya filmado: 21 en total, uno tras otro, en una sucesión amorosa que comienza con la bahía de Copacabana al fondo, vista desde la terraza de un hotel. Para no transgredir la letra del código y no pasar el límite establecido, los besos se interrumpen constantemente, sin dejar de ser muy amorosos a pesar de la banalidad de la conversación que los separa, como preguntarle a Ingrid si sabe cocinar, a lo que ella responde que no y que se van a tener que conformar con un pollo asado que los espera en la nevera, todo esto mientras se siguen besando. Una vez la Bergman le acaricia cachondamente la oreja a su pareja y, luego de regresar a la habitación (siempre besándose mientras hablan), Grant hace una llamada a la recepción del hotel –interrumpida por besos–, para saber si hay mensajes. Es la secuencia de besos más larga de la historia del cine: dura en total dos minutos y medio, y tuvo que ser dirigida cronómetro en mano, para que ninguno de los besos se fuera a pasar de los tres segundos estipulados por el severo código. 

La idea de la película había sido rechazada por varios estudios, por hablar de algo prácticamente inexistente, la bomba atómica, ya que estamos en 1944, un año antes de Hiroshima. Hitchcock le cuenta a François Truffaut, en Le cinéma selon Hitchcock (su excelente libro-reportaje sobre el director de Notorious), cómo se entrevistó con el Premio Nobel de Física de 1923, Robert Andrews Millikan:

 Ben Hecht (el guionista de la película) y yo fuimos a la Escuela Politécnica de Pasadena para entrevistarnos con el doctor Milliken (sic), en ese momento el más grande sabio norteamericano … La primera pregunta que le hicimos fue: “Doctor Milliken, ¿qué tan grande puede ser una bomba atómica?”. Nos miró y nos dijo: “¿Quieren hacerse arrestar, y quieren que me arresten a mí también?”.

 El científico, finalmente, les dijo que fabricar una bomba atómica era imposible en ese momento, pero debió alertar a las autoridades porque, según Hitchcock, después de la entrevista “el fbi me estuvo siguiendo durante tres meses”.

Psycho

Vamos a hablar de violencia en el cine, contra lo que advertía el código: “No se mostrarán los detalles de asesinatos brutales”, y nos referiremos a la secuencia cinematográfica del asesinato más famoso del cine: la dirigió Alfred Hitchcock, en su película de 1960, Psycho, en donde Norman Bates (Anthony Perkins), administrador de un lúgubre motel, asesina a cuchilladas a Marion Crane (Janet Leigh), una secretaria que va huyendo luego de robarle a su jefe 40.000 dólares. Al llegar al motel decide tomar una ducha y es asesinada (cada vez que una mujer se baña en una película gringa le pasa algo). La famosa, húmeda, sanguinolenta y truculenta secuencia del homicidio tomó siete días de filmación y se hicieron 78 tomas desde distintos ángulos de cámara. Algo extraño, la Oficina del Código no objetó la exageradamente sangrienta filmación del brutal crimen. Su representante solo pidió que se suprimiera un ruido como de descarga de un inodoro que se oía al fondo. Naturalmente se apresuraron a hacerle caso. El gran prestigio –artístico y comercial– del transgresor reincidente del código, Alfred Hitchcock, hacía que todo lo suyo fuera intocable.

The outlaw

Hubo otros filmes que hicieron tambalear el código: uno de ellos fue The Outlaw, de 1943, dirigido por Howard Hughes, con la ayuda de Howard Hawks (sin crédito en la película) y protagonizado por Jane Russell, quien exhibía unos enormes senos que desafiaban las leyes de gravedad y despertarían la envidia de toda aspirante al paraíso; aunque no se supo si parte de su increíble erección se debía a la naturaleza o a una compleja estructura que servía de sostén a la exuberancia, hecha de alambres de acero, cuidadosamente diseñada y calculada por el director de la película, el excéntrico billonario Hughes, que además era ingeniero. En la película, Doc Holliday y Billy the Kid se pelean por Rio McDonald, interpretada por la Russell. El director tuvo que dar una pelea contra el código, que duró casi cinco años, hasta que, gracias a un recorte de dos minutos de tomas de los senos de la Russell, la película se pudo exhibir y fue un éxito de taquilla.

Anatomía de un asesinato

En 1959 otra película desafió el código: Anatomía de un asesinato, del vienés Otto Preminger –con música de Duke Ellington–, considerada por muchos críticos la mejor película de juicio en Corte. Preminger luchó valientemente contra el código y lo hizo trastabillar. Esta cinta violaba una serie de prohibiciones de la estricta censura: se usaba la palabra “perra”, refiriéndose a una mujer. Se hablaba de penetración, violación, esperma, mujer promiscua. Pero, extrañamente, lo que para el juez resultó más escandaloso fue el uso de la palabra “panties”, que designaba una prueba decisiva en el juicio. La película narra cómo “Manny” Manion, un teniente del ejército representado por Ben Gazzara, es acusado de asesinar a Barney Quill, luego de que este golpeara y violara a su esposa, Laura Marion (Lee Remick). El abogado Paul Biegler (James Stewart) menciona a menudo los “panties” desgarrados, aunque hasta el momento no aparecen, aun habiéndose convertido en pieza decisoria del juicio. El juez de la película le pregunta al abogado si no hay un nombre sustituto, más delicado, para una prenda tan escabrosa, y el abogado le responde: “Si existe, nadie lo conoce”. Finalmente, una testigo secreta aporta los incriminatorios panties convenientemente desgarrados y Paul Biegler gana el juicio. El papá de James Stewart se sintió tan ofendido con la obscena película protagonizada por su hijo que dio declaraciones a los medios pidiéndole a la gente que no fuera a verla. En Colombia fuimos más decididos, prácticos y moralistas: la Junta de Censura le quitó los calzones a la película y al cortarlos la dejó medio desnuda y, naturalmente, incomprensible.

Y ya que hablamos de calzones, Fernando González en el prólogo de El remordimiento se pelea por carta con su editor porque este le quiere cambiar “calzoncitos” por calzones:

 

¿Crees tú que la olida de los calzoncitos de Tony es inmoral? ¿Es mala? Entonces eres moralista ... ¿Cómo te atreviste a poner “calzones de Tony”, en vez de “calzoncitos”? La muchacha tiene “calzoncitos”, o sea pequeños, limpios, y Pacho-loco, el mendigo que acaba de entrar a casa, tiene “calzones”.

 

Se prohíbe la aparente crueldad
con niños o con animales

Las tres películas de la serie El Padrino, de Francis Ford Coppola, hubieran hecho las delicias del código. Es probable que hasta se hubieran metido con el título que se usó para lanzar la primera parte en Estados Unidos, Mario Puzo’s The Godfather (1972), ya que “puzzo” en italiano quiere decir mal olor. En esta película la censura vino de dentro y la ejercieron los propios guionistas. La película se iba a llamar La mafia, pero la poderosa Liga de los Derechos Civiles de los Italoamericanos lo supo a tiempo y contactó a los guionistas: el novelista Puzo y el director Coppola –ambos de origen italiano–, y la película cambió de nombre, ganando de paso con la sustitución.

Hollywood naturalmente aparece en la película, cuando el productor Jack Wolz (John Marley) le niega un papel al cantante Johnny Fontane (Al Martino), personaje que se dice calcado de Frank Sinatra. Fontane recurre al Padrino y este manda a su consigliere, Tom Hagen (Robert Duvall), a hablar con el productor reticente. En la reunión que transcurre en su mansión de Hollywood, el productor se muestra prepotente e irrespetuoso con el Padrino y niega definitivamente el papel a Fontane. Al día siguiente amanece con las sábanas de satín ensangrentadas, porque ha dormido con la cabeza de su mejor caballo, que le ha sido cercenada al animal. Finalmente, Fontane consigue el papel. (Se dice que el personaje del productor estuvo inspirado en Louis B. Mayer, el de la Metro, muy aficionado a los caballos.)

También hubo en el primer Padrino un polvo, un rápido de pie con crujido de puerta, que se echa Santino (James Caan) con una dama de compañía, mientras afuera se está celebrando el matrimonio de Connie (Talia Sire), la hija de don Vito Corleone, con Carlo Rizzi (Gianni Russo). Pero tal vez no hubiera tenido técnicamente problemas con el código, que era muy estricto en el uso de la cama, y en esa escena no hubo.

 

Una eva y dos adanes

El travestismo no estaba prohibido taxativamente en el código, pero sí ver a hombres o mujeres “vendiendo sus virtudes”. ¿Tenía Jack Lemmon alguna virtud para vender? De todas maneras, según el código:

 

Un amor impuro nunca debe aparecer como atractivo o hermoso, no debe ser objeto de una comedia o una farsa, o ser utilizado para provocar risa, ni debe originar en el espectador el deseo de una curiosidad malsana.

 

En Some Like it Hot (Una Eva y dos Adanes, en Latinoamérica; Con faldas y a lo loco, en España), también de 1959, con guion del director Billy Wilder y de I. A. L. Diamond, los personajes interpretados por Marilyn Monroe, Jack Lemmon y Tony Curtis huyen después de haber presenciado la matanza de San Valentín en un garaje de Chicago, y se enrolan en una orquesta femenina, naturalmente vestidos de mujer. El personaje de Curtis (Josephine) se enamora de Marilyn Monroe (Sugar), y aquel comentó fuera de cámara, refiriéndose a las escenas amorosas, que besar a la Monroe era como besar a Hitler.

 

Finale con allegro

De Daphne (Lemmon) se enamora un millonario, Osgood Fielding iii (Joe E. Brown, conocido entre nosotros como “Bocazas”). Para mi gusto, este es el mejor diálogo de cierre de cualquier comedia y es puro anticódigo. Mientras el millonario y Daphne van navegando hacia el sol poniente, dirigiéndose al yate de Osgood, ocurre el famoso diálogo, del que pudimos gozar a pesar de que el infame Código Hays seguía estando vigente, pero se oían sus estertores como clara señal de que estaba agonizando:

 

Osgood: Llamé a mamá, se sintió tan feliz que rompió a llorar. Quiere que lleves su vestido de novia, con su velo blanco.

Daphne: No, Osgood, no creo que me pueda poner el vestido de tu mamá, no tenemos el mismo cuerpo.

Osgood: Lo hacemos ajustar.

Daphne: Oh, no, Osgood, yo no me puedo nivelar contigo. No nos podemos casar.

Osgood: ¿Por qué no?

Daphne: Bueno, en primer lugar, yo no soy rubia natural.

Osgood: Eso no importa.

Daphne: Yo fumo, fumo todo el tiempo. (Osgood odia el cigarrillo.)

Osgood: No me importa.

Daphne: Tengo un pasado terrible: durante tres años viví con un saxofonista.

Osgood: Te perdono.

Daphne: No voy a poder tener hijos.

Osgood: (Impávido) Adoptamos varios.

Jerry-Daphne: Es que no entiendes, Osgood. (Se quita de un golpe la peluca, cambiando su voz a masculina) Bueno: es que yo soy un hombre.

Osgood: (Imperturbable, sin descomponerse y aún enamorado.) Nadie es perfecto.

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Herman D

xx

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Guillermo Angulo

Fue director del periódico 'Ciudad Viva' y actualmente regenta la Orquidiócesis de Tegualda.

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