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Crónica

La otra Vancouver

Canadá: el escenario ideal para unas vacaciones perfectas en familia. También para una nada envidiable tragicomedia grupal. En una especie de anticrónica de viaje, la autora muestra que, como en las fotos turísticas, todo es cuestión de perspectiva.

Llegué a vancouver en 2012 para vivir cuatro meses en una de las ciudades con mayor calidad de vida del planeta. O eso dicen, porque yo no puedo corroborar este dato. La primera casa que conseguí para mi familia, compuesta por mamá, papá y dos hijos, estaba en la punta de la ciudad, tan lejos que pensamos que eso no era Vancouver, sino un bosque de coyotes, a los que debíamos ahuyentar a zapatazos según las normas canadienses.

Vi llover los treinta días que alquilé esa casa, propiedad de una familia japonesa que prohibía el calzado y que solo usaba palillos como cubiertos. Sin duda lo más extraño fue encontrar que, en lugar del sanitario tradicional, tenían un bidé japonés: un aparato con forma de inodoro mullido que me permitía elegir la temperatura del asiento y que con un botón sorpresa podía darme un fuerte lavado genital. Nunca en mi vida he pasado tanto tiempo en el baño como durante ese mes.

Lidié con un amargo desespero por no tener nada que hacer, salvo comer sushi empacado y fumar a escondidas en una terraza mientras escribía frases fangosas. El contrato prohibía fumar en la casa y para echarme un cigarro debía salir del condominio y alejarme veinte metros de la portería, bajo el chaparrón. Este fue el primer sitio de treinta donde me prohibieron fumar.

Cumplido el mes de lluvia, con un ataque de taquicardia entregué la casa al encargado de la inmobiliaria, pues mi hijo de siete años, para no deprimirse ante tanta clausura, siguió mis órdenes de entretenimiento y al ensayar lo que sabía de karate rompió la lámpara elegantísima que había en la sala, abriendo de paso un boquete en el suelo de roble.

A última hora, alguien me aconsejó comprar una lámpara parecida y cubrir el agujero del parqué con masilla marrón; terminé echándole colorete y todo lo que se me ocurrió para que no se notara. Mientras el tipo revisaba, estuve todo el tiempo con el pie encima del accidente. Con el dinero de la fianza en mano, los cuatro nos mudamos a la segunda morada, que alquilamos por internet. Ahora dejaríamos la casa en medio del bosque de secuoyas con olor a almendra tostada y viviríamos en la playa.

 

La casa del pipí de gato

La dueña de la casa n&ua...

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María Paz Ruiz Gil

En el año 2012 publicó la novela ´Soledad, una colombiana en Madrid´ y el libro de relatos eróticos ´Pop corn´

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