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Esperando a Cantinflas

Pocos personajes latinoamericanos son recordados con risas gracias a su humor, y no por resultar grotescos. Cantinflas es uno de ellos: colmó las pantallas de juegos de improvisación y retruécanos tan difíciles de entender como de olvidar, convirtiéndose en posible precursor del teatro del absurdo en tierras mexicanas.

Ilustración de Juan Gaviria

Fortino Mario Alfonso Moreno Reyes vino al mundo en el barrio Santa María La Redonda, de Ciudad de México, el sábado 12 de agosto de 1911, siendo el sexto hijo de una familia de doce hermanos. Una familia modesta –“humilde”, la llamaba el propio Cantinflas–, la cual, modesta y todo, viviendo más luego en el barrio de Tepito, quiso costearle la carrera de medicina. Lo sabemos por uno de sus poquísimos testimonios autobiográficos, donde cuenta que muy pronto abandonó la facultad para dedicarse a trabajar como humorista en las carpas y los teatros populares de la capital mexicana. Antes de eso, y según otras fuentes, hubo un intento fallido de entrar a Estados Unidos, se hizo boxeador para ganarse la vida y, a principios de 1928, se alistó en el ejército como soldado de infantería con estudios de mecanógrafo. Pero el 23 de mayo su padre solicitó su baja, demostrando que Mario tenía 16 años y no los 21 que había declarado falsamente a fin de que lo admitieran.

En las carpas, los pequeños y casi improvisados teatros populares de la ciudad –que no era la megalópolis en que se ha convertido–, Mario Moreno comenzó a destacar como humorista, hasta que se produjo su segundo nacimiento, ahora como Cantinflas. Al respecto hay dos etimologías que se disputan el honor de ese apodo. Una de ellas arguye que un espectador le había gritado: “¡Cuánto inflas!”, exasperado por uno de los monólogos que al final llegarían a ser su marca registrada. La otra es una variante, y el espectador le habría gritado: “¡En la cantina inflas!”, insinuando que el humorista estaba pasado de copas. Por su parte, el propio Cantinflas nos dejó narrado cómo fue que nació su personaje:

 Una vez sentí repentinamente “pánico escénico”. Momentáneamente Mario Moreno se quedó paralizado. Y, de pronto, Cantinflas se hizo cargo de la situación. Y comenzó a hablar, desesperadamente balbuceó palabras y más palabras. Palabras y frases sin sentido. Tonterías. ¡Cualquier cosa para defenderse de los ataques y salir de aquella bochornosa situación! Los espectadores se quedaron silenciosos, aturdidos, sin poder entender sus palabras. Luego empezaron a reír. Comenzaron con risas suaves y de repente rieron con ganas. Así, supe que había triunfado. Y en ese momento ¡nació Cantinflas!

 Hay otra versión, recogida por Carlos Monsiváis en su ensayo “Instituciones: Cantinflas. Ahí estuvo el detalle”, del libro Escenas de pudor y liviandad. Según ella, el concuñado de Cantinflas, Estanislao Shilinsky, un emigrado lituano que formaba pareja con él en aquella carpa, inició el diálogo y vio con preocupación que Mario no le respondía, a pesar de su insistencia:

 Esos segundos fueron amargos. Quise hacerlo reaccionar, y de pronto Mario comenzó a hablar y a decir cosas, muchas cosas sin principio ni fin. Parecía que su pensamiento se adelantaba a las palabras. Quise ayudarlo a salir del atolladero. Él, simplemente por su nerviosismo, no sabía lo que decía. De pronto el público comenzó a reír. Las risas sonaron más y más fuertes; después un caluroso aplauso. Azorados los dos, nos miramos interrogativamente. Poco a poco Mario se me fue acercando y de plano preguntó: “¿Qué está pasando?”. Le dije: “Se están riendo de que dices mucho y al mismo tiempo no dices nada. ¡Sigue así!”.

 Y así siguió, y en muy poco tiempo conquistó el favor del público, el de las carpas primero, el de los teatros céntricos después y finalmente el de las salas de cine. Y no solo las de México, las del mundo de habla española y aun del Brasil. Sé de lo que hablo: el Festival de Cine Iberoamericano de Huelva le dedicó un homenaje a Cantinflas en 1985, y yo me alojaba en el mismo hotel que él. Y una mañana, luego del desayuno, esperando los dos en el hall, él a que pasaran a recogerlo y yo a la persona con quien me había citado, apareció por allá el prodigioso actor brasileño Carlos Vereza, miembro del jurado. Se acercó a Cantinflas y le alargó las manos para estrechar las suyas y decirle: “He venido a darle las gracias por todos los buenos momentos que usted nos hizo pasar”. ¡Un brasileño!

En 1939, Cantinflas fundó su propia productora, Posa Films, que muy pronto se ligó a Columbia Pictures para garantizar la distribución en toda Hispanoamérica, y aquí cito ahora del ensayo de Monsiváis: “Algunos periodistas y –en privado– muchos productores ven en Cantinflas a la punta de lanza del capital norteamericano en el cine [mexicano], pero la acusación no le afecta al interesado, ni persuade a los espectadores nacionalistas”. Lo cierto es que en 1993, cuando murió Cantinflas víctima de un cáncer de pulmón, se armó tremendo pleito entre sus herederos familiares y la Columbia, por los derechos de 34 películas protagonizadas por él. Y al cabo de ocho años, gracias a una sentencia de un tribunal norteamericano, los derechos se los quedó la productora de Hollywood, que sigue sacándoles el máximo beneficio.

Antes de entrar en la consideración de su legado artístico,  quisiera mencionar que también dejó uno como sindicalista y otro como filántropo. En cuanto a lo primero, hace poco, Juan Villoro dijo que “en México hasta los mitos están sindicalizados” y yo no sé si estaba pensando en Cantinflas cuando lo dijo, pero muy bien pudiera ser, porque este presidió durante años la Asociación Nacional de Actores, siempre de una manera comprometida, no simplemente nominal. Además, y sobre todo a partir de su retiro, dedicó tiempo y dinero sin cuento a labores de beneficencia, en especial aquellas que tuvieran que ver con la infancia, por ejemplo los orfelinatos, lo cual le valió una popularidad casi mayor de la que disfrutaba como humorista.

No es baladí sacar a colación estos aspectos de su personalidad, porque de ella hay zonas que no se suelen tocar. Así, el historiador estadounidense Jeffrey M. Pilcher, especialista en temas mexicanos, dice en su libro Cantinflas and the Chaos of Mexican Modernity que “las jerarquías sociales, los patrones del lenguaje, las identidades étnicas, y las formas masculinas de comportamiento, todos cayeron ante su humor caótico para ser reformulados en nuevas formas revolucionarias”. Es curioso que el profesor Pilcher se detenga en esa precisión, “las formas masculinas de comportamiento”, porque son precisamente dos homosexuales militantes, Carlos Monsiváis y Salvador Novo, los primeros valedores y exégetas de la obra del humorista surgido de las carpas. Y, en efecto, en muchas de sus películas Cantinflas cuestiona el machismo desde dentro, llegando al extremo de incluir una escena de travestismo en El signo de la muerte, un aspecto del que (al menos fuera de México, y que yo sepa) por entonces se hablaba muy poco. Pero creo que es un elemento muy destacable, porque no les descubro el Mediterráneo si les digo que México lindo y querido se cuenta entre los países más machistas del mundo.

Y completado de este modo el retrato robot de la persona, entremos a hablar de su personaje.

Su primer largometraje como Cantinflas, el personaje que conquistó el imaginario popular, es de 1940 y se titula Ahí está el detalle. El título, además, es otra de las contribuciones de Cantinflas al acervo del idioma, hasta el punto de que el título del ensayo de Monsiváis (“Ahí estuvo el detalle”) casi debe considerarse un réquiem. Sea como fuere, entre 1940 y 1981, año en que está fechada su última película, El barrendero, Cantinflas no deja de producir un promedio aproximado de una película por año. Ese corpus cinematográfico es absolutamente impar dentro de la historia del séptimo arte en nuestro idioma.

Los personajes que interpretó son como un abanico que incluye la mayoría de los oficios más humildes y algunos no tan humildes de la actividad humana: boxeador, ruletero, gendarme, torero, mosquetero, analfabeto, zapatero, mozo de hotel, prófugo de la justicia, aviador, asistente de un científico, portero, pistolero, peluquero, bombero, diputado, fotógrafo, sastre, limpiaventanas, cartero, agente secreto, limpiabotas, ascensorista, extra de cine, cura de barrio, embajador, médico, boticario, abogado, profesor, conserje, burócrata, evangelista y barrendero, además de ayuda de cámara de Phileas Fogg en La vuelta al mundo en ochenta días.

Ricardo Silva Romero publicó en el blog que antes llevaba, Desde mis Gafas, un texto cuyo final no tiene desperdicio:

Este es mi álbum de fotos: Cantinflas bailando el bolero de Ravel en El bolero de Raquel, Cantinflas pegándole al hostigante Chabelo en la tristísima El extra, Cantinflas rescatando de un bar mariguanero al hijo de un juez en Conserje en condominio, Cantinflas cantando “La barca de oro” con su maestro en la bellísima El quijote sin mancha, Cantinflas yendo al colegio con los demás niños en la brillante El analfabeto, Cantinflas conduciendo el ascensor en la estupenda Sube y baja, Cantinflas zapateando la musiquita de la hollywoodense La vuelta al mundo en ochenta días, Cantinflas sacándole a un niño de la oreja no sé qué legumbre en El doctorcito, Cantinflas salvando a un niño en El padrecito. Juro otra cosa: que no he consultado internet ni una sola vez para hacer este artículo. Que todas esas escenas están en mi memoria.

No se puede sino admirar la memoria de Ricardo y la implantación inerradicable de Cantinflas en su disco duro.

Tengo también, a título personal, el testimonio del entretanto ya fallecido Cinna Lomnitz, sismólogo mexicano de fama internacional; por cierto, alemán de nacimiento, de Colonia, donde vivo, pero él es mexicano, irrevocablemente, y además un sabio al estilo del Renacimiento, que no se limita a la parcela de su especialidad científica sino que se interesa por la literatura, la poesía, el arte y, cómo no, el cine. Y cuando le consulté sobre Su Excelencia, película de Cantinflas de 1966, mi buen amigo me deparó la sorpresa de una reflexión larga y así mismo sin desperdicio, escribiéndome lo que sigue:

 En esta película (digo yo), Cantinflas trata de imitar al Gran dictador de Chaplin [de 1940] una película mediocre, y logra hacer eso: una película mediocre, demagógica, pero no tan mala como era la de Chaplin. El mensaje es políticamente de derecha: reduce el conflicto ideológico mundial a una pelea de cantina. Si todos los países fueran tan insignificantes como lo es México (parece decir), estaríamos en paz. No es el mejor Cantinflas.

En cuanto al “cantinflismo”, considero que Mario Moreno fue un genio del idioma. En sus películas cómicas, transforma el verbo mexicano en un espectáculo de malabarismo. Como un dato curioso, en España y en Sudamérica se piensa hasta hoy que Cantinflas habla y no dice nada. Profundo error. Lo que pasa es que su mensaje está en código.

Entonces, ¿cuál es el mensaje? Como en el mundo real, los mensajes cifrados son los mensajes más importantes. Son actos de guerra. El código es para que el enemigo no entienda. Cantinflas en sus películas cómicas, cuando se ve en aprietos, empieza a dialogar con el espectador por sobre las cabezas de la autoridad (el policía, el burócrata, el papá de la muchacha...). Ese es el enemigo que no entiende nada. Y el espectador en su butaca recibe el mensaje, lo descifra y ¡oh milagro! se pone a reír.

¿Por qué nos reímos con Cantinflas? En esa época que parece tan lejana (o quizá no tan lejana como quisiéramos), reír era un acto de rebeldía, de desafío, de libertad. El régimen vigente era opresivo, hipócrita, estúpido y despreciable. ¿Y por qué no nos reímos con Cantinflas en el papel de supuesto embajador de México? Porque habla igual a como hablaría el Señor Embajador de verdad. Eso no tiene chiste. El chiste era burlarnos de los embajadores, pero eso –en el México de los años cincuenta– era un poco peligroso.

 La larga cita de Cinna Lomnitz me parece muy preñada, como diría Unamuno, sobre todo porque le da la vuelta del calcetín (lo que los cultos llaman la inversión copernicana) a la tesis según la cual Cantinflas habla mucho y no dice nada.

Los pueblos latinos son (somos) verborrágicos. La garrulería poética de Neruda y la dizque elocuencia oratoria de Fidel Castro responden a ese esquema del hablar mucho para no decir nada. Cantinflas, en ese sentido, es más decente: él habla así (o parece hacerlo, según Cinna Lomnitz) como legítima defensa contra la injusticia del idioma reglado, el de quienes mandan y el de quienes guardan pudores vergonzantes. Y así, es en los quiebros del lenguaje donde está el mejor Cantinflas, por ejemplo en la escena de Caballero a la medida, cuando describe a la mujer que vio en el hipódromo “con un vestido de tisú de lamé de un color azul tirando a mango, con un descote hasta la cintura, dejando al descubierto, dos piedrotas de esmeralda montadas en un pendantife que valían por lo menos, como no sé cuánto”.

Al respecto me resulta muy esclarecedor lo que me dice mi gran amiga Lillian Levi, desde México, en un español sabroso, con regusto a tortilla y a guacamole: El mejor Cantinflas es el de sus primeros tiempos, cuando todavía hacía dúo con Medel y poco después. Desde que le dio por copiar a Chaplin ya valió madres. Como seguramente sabes, también copió El circo”, además de El gran dictador, y a propósito de esta, añade:

 A saber quién le habrá escrito el discursito, pero de seguro no fue propio, aunque se lo atribuyen a él. Nunca demostró ser capaz de hilar dos ideas, de allí su peculiar estilo emborucador. Una cosa que pienso de él es que, sin darse cuenta, fue la actualización del Güegüense, o Huehuenche, personaje de los tiempos de la Colonia que constituye una de las primeras obras de teatro de Mesoamérica, y que seguramente conoces. Tiene muchos rasgos en común con él. Es el mestizo que no es reconocido ni por los indios ni por los blancos, no domina el idioma, no tiene sitio social, ni recursos, ni nombre, ni padre, ni oficio, un paria que a fuerza de ingenio y trácalas logra ir escalando, hallando su huequito y su reconocimiento, e igual que el Huehuenche, a fuerza de disfracismos y borucas logra burlarse de medio mundo, en especial de las figuras de autoridad y poder, y salirse con la suya. Alguien debería hacer ese estudio. Lástima que ya se nos murió Monsiváis, hubiera sido el indicado.

Debo discrepar con Lillian cuando dice que “el mejor Cantinflas es el de sus primeros tiempos, cuando todavía hacía dúo con Medel y poco después”, porque con Medel solo filmó cuatro películas, que poco o nada tienen que ver con el personaje Cantinflas, e incluso dos de ellas son anteriores al mismo. También discrepo en que sea una pena que Monsiváis no haya hecho un estudio sobre el idioma peculiar de Cantinflas, porque sí lo hizo, en su ensayo “Ahí está el detalle: el habla y el cine de México”, sobre el cual no puedo extenderme acá, pero sí quiero citar su espléndida frase inicial: “En su carta a Bill Clinton, Antonio de Nebrija decía que la tecnología ‘es el arma del imperio’, y creo que Nebrija, una vez más, tenía razón”. Y volviendo a mi amiga Lillian, sí creo, en cambio, como ella, que es una lástima que no se haya investigado (por Monsiváis o por quien fuese) esa variante güegüense de la retórica de Cantinflas.

Ahora bien, al tema de su idioma me referiré luego de explicarles que durante la preparación de este texto he vuelto a ver siete de sus películas; ocho, si cuento en la listaLa vuelta al mundo en ochenta días, que en rigor no es del personaje Cantinflas. Y las he visto despacio, devolviendo la proyección atrás todas las veces necesarias, y con una creciente sensación de desasosiego, diré más: de decepción. Cada vez me parecía más y más que este humor dejó atrás hace mucho su fecha de caducidad, y que solo podemos disfrutarlo aún, si acaso, en nombre de los niños que alguna vez fuimos.

Debo añadir que llevé a cabo una contraprueba, revisionando mi edición casi completa de los cortos de Chaplin y los del Gordo y el Flaco, así como varias películas de los hermanos Marx, y en todos los casos quedé sorprendido de que lo único viejo en esos filmes era la evidente fecha en que fueron rodados; porque por lo demás continuaban haciéndome reír a veces a carcajadas, igual que entonces, cuando yo era un muchacho, pero sin necesidad alguna de hacerlo en honor de ese muchacho, sino como el adulto (perdón, el anciano) que soy. ¿Dónde se originaba, pues, esa diferencia tan crasa en la percepción de lo cómico respecto de las películas de cartón piedra que me estaban pareciendo las de Cantinflas?

El problema básico para entender las películas de Cantinflas desde mi perspectiva actual es que me temo que no sean cine, sino fotografía. Fotografía animada y enriquecida por el sonido, pero fotografía. Y la fotografía no sobrevive en el cine sino como fotograma, como carteles, como prospectos. Así, uno de los mejores críticos cinematográficos de América Latina, el mexicano Luis Tovar, con quien consulté varias veces mientras redactaba este texto –y a quien le expuse mi sospecha de que una de las causas del envejecimiento y acartonamiento de las películas de Cantinflas es estructural, o sea, se debe a lo flojo de los guiones–, me contestó lo siguiente:

Pues sí, la verdad es como lo has apreciado: las de Cantinflas se resienten, estructuralmente, y no poco, debido a que fueron diseñadas para lucimiento de los monólogos muy de cuando en cuando interrumpidos. ¿Recuerdas Así es mi tierra y Ni sangre ni arena? Son dos de las primeras-primeras, y quizá sean las que menos adolecen de lo que invade a las demás. No diría que en-descargo-de, pero sí tengo la impresión de que esa misma debilidad guionística, argumental, aqueja a un número enorme de películas del cine mexicano de la “época de oro”; basta con decir canción-serenata-bravata-gorgorito, en vez de monólogo cantinflesco.

No contento con esta corroboración de mi sospecha, consulté con varias amistades en América Latina, donde sé que los ciclos de películas de Cantinflas son una programación casi tan fija, por lo menos una vez al año, como la transmisión de Dinner for One en los canales de la televisión alemana la noche de Año Viejo. Y para mi gran sorpresa me encontré con que Cantinflas era adorado, literalmente adorado, no solo por gente de mi generación, sino por personas que incluso nacieron después de que rodase su último filme, El barrendero.

Ahora quiero citar en extenso el testimonio de una persona muy joven y muy querida:

La que más he visto (porque es una de las que más presentan) es El barrendero, con María Sorté. ¿Qué tal esa escena en la que una de las chicas lo contrata para que supla a un mesero? ¿Qué tal cuando se le van las copas y empieza a hablar de tú a tú con los empresarios y los banqueros y les cuenta en su idioma impredecible cómo ve él la situación del país, la economía y los negocios? Creo que ese es el tema: que la burla es un lenguaje universal. Que todos queremos ser irreverentes como ese barrendero, o como cualquiera de sus personajes, que se sale de todo protocolo para decir cosas que normalmente incomodan, que son políticamente incorrectas, que no están ni en los manuales de cortesía, ni en los libros de protocolo. Entonces sí tiene que ver con su humor que a mí me fascinara. Me desternillaba de risa viendo sus ocurrencias, ese hablado que decía mucho y no decía nada y uno se reía igual, y que dio origen al “hablar cantinflesco” o “acantinflado”. También tiene películas tristísimas, es decir, películas en las que uno se está riendo mucho y lo encuentra graciosísimo (cruelmente graciosísimo porque tengamos en cuenta que sus personajes casi siempre eran el tipo pobre, a mal traer, explotado muchas veces, pero feliz, alegre), y de repente se vuelve una historia triste hasta las lágrimas, como la del niño al que su mamá dejó al cuidado de Cantinflas y cuando regresa, convertida en una persona rica y con un globo para ‘comprarlo’, se lo lleva... En fin, fascinación por Cantinflas desde niña por todo: por su gracia en la actuación, por su humor que me era familiar, por su irreverencia y su desparpajo, por su sencillez, por sus bailes; por lo que él significó en mi vida, momentos tan tan alegres, tan felices, que uno no se puede imaginar su vida sin haber visto las películas de Cantinflas, las mejores que se han hecho en Latinoamérica siempre. 

Naturalmente se trata de un testimonio sincero, sin duda alguna, y por ello muy valioso, a pesar de la evidente exageración que hay en la última frase. Sin embargo, lo que más me interesa es resaltar esa incorrección política un tanto quijotesca pero cuyo mensaje –como apuntaba Cinna Lomnitz y ya les dije antes–, políticamente, no es que sea de derecha, es que le hace el juego a la derecha: seamos decentes y el mundo marchará mejor. Por desgracia sabemos de sobra que eso no es así.

Yo me aventuro a pensar, resumiendo, que el gran predicamento del que sigue gozando Cantinflas entre los públicos latinoamericanos se debe en buena parte a la condición humilde de los papeles que desempeñó en el cine y cuya lista les hice al comienzo. Y a esa asombrosa síntesis de don Quijote y Sancho Panza que lograba componer en cada papel, de una manera inequívocamente suya, propia, personalísima. Y desde luego a esa verborragia, también inequívocamente suya, propia, personalísima, ya sea que no la entendamos porque nos quedamos como hipnotizados acústicamente por el flujo de sinsentidos, ya sea que sí se la entienda de un modo subliminal, como protesta contra el lenguaje “educado”. Y puesto que estamos en ello, no quisiera terminar sin aludir al hecho de que el sinsentido tiene una tradición también culta en América Latina, como bien lo demuestra de una manera irresistiblemente cantinflesca, y al mismo tiempo altamente académica, el desopilante poema “La serenata”, de José Manuel Marroquín, poeta y presidente de Colombia de comienzos del siglo pasado. No resisto la tentación de transcribir un trozo, porque es algo así como Cantinflas antes de Cantinflas, uno de sus más excelsos precursores. Dice de este modo:

 

Ahora que los ladros perran,

ahora que los cantos gallan,

ahora que albando la toca

las altas suenas campanan;

y que los rebuznos burran,

y que los gorjeos pájaran

y que los silbos serenan

y que los gruños marranan

y que la aurorada rosa

los extensos doros campa,

perlando líquidas viertas

cual yo lágrimo derramas

y friando de tirito

si bien el abrasa almada,

vengo a suspirar mis lanzos

ventano de tus debajas...

 

Lo dicho: Cantinflas Romeo, debajo del balcón de Julieta, y acompañándose con la mandolina, no lo hubiera cantado mejor.

Ahora, muy cerca del final, déjenme decirles que durante todo el tiempo de incubación, investigación, documentación escrita y audiovisual, y finalmente escritura de este texto, sentía siempre en el desván de mi disco duro mental un murmullo que no logré identificar hasta los primeros días de mayo. ¡Cantinflas puro, en una escena clave de una obra clave del teatro del siglo XX, nada menos que en Esperando a Godot, de Samuel Beckett!

Al darme cuenta de ello, sin solución de continuidad me lancé sobre el texto de la obra, y allí estaba, el monólogo de Lucky cuando su amo, Pozzo, le grita: “¡Ponte en pie! [y Lucky se pone en pie] ¡Atrás! [y Lucky retrocede] ¡Ahí! [y Lucky se detiene] ¡Arre! [y Lucky se vuelve hacia el público] ¡Piensa!”. Y entonces Lucky, de cara al público, en un tono monocorde, dice:

Dada la existencia tal como se desprende de los recientes trabajos públicos de Poinçon y Wattmann de un Dios personal cuacuacuacua de barba blanca cuacua fuera del tiempo del espacio que desde lo alto de su divina apatía su divina atambía su divina afasia nos ama mucho con algunas excepciones no se sabe por qué pero eso llegará y sufre al igual que la divina Miranda con aquellos que están no se sabe por qué pero se tiene tiempo en el tormento en los fuegos cuyos fuegos las llamas a poco que duren todavía un poco y quién puede dudarlo incendiarán al fin las vigas a saber llevarán el infierno a las nubes tan azules por momentos aun hoy y tranquilas tan tranquilas con una tranquilidad que no por ser intermitente es menos bienvenida pero no anticipemos y teniendo en cuenta por otra parte que como consecuencia de las investigaciones inacabadas pero sin embargo coronadas por la Acacacacademia de Antropopopometria sin otra posibilidad de error que la correspondiente a los cálculos humanos ha quedado establecido tablecido tablecido lo que sigue que sigue que sigue a saber pero no anticipemos no se sabe por qué resulta tan claro tan claro que en vista de las laborales inacabadas macabadas resulta contrariamente a la opinión contraria que el hombre en una palabra en fin a pesar de los progresos de la alimentación y de la eliminación de los residuos está adelgazando...

Estas son 238 palabras de las 805 que componen el monólogo de Lucky en Esperando a Godot, y a mi juicio demuestran que si Samuel Beckett no conocía las películas de Cantinflas, tampoco andaba muy lejos de su retórica. Por eso el título de este homenaje a ese metafísico cantinflesco que fue el Lucky de Beckett es “Esperando a Cantinflas”.
Ilustración de Juan Gaviria

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Comentarios a esta entrada

Manuela Castillo Jaramillo

Esclarecedor artículo sobre Cantinflas, y que comparto.

Su comentario

Ricardo Bada

Escritor y radiodifusor. Escribe para el diario El Espectador

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