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Ruido que hiere el paisaje

Como ocurre con tantas otras cosas, bogotanos y caribeños recibieron de formas muy distintas los modernos caminos férreos que interrumpieron la bucólica vida de antaño. ¿Cómo se expresó eso en la literatura y en el estilo de vida de unos y otros?

© Tramo del Ferrocarril Cartagena-Calamar, diciembre de 1938.

El prudente y fiel Mr. Stevens –el mayordomo, personaje principal de Los restos del día, del Nobel Kazuo Ishiguro– tenía claro que el paisaje era una de las formas de reafirmación de la grandeza de Inglaterra. Se había hecho a esa idea mientras preparaba manteles y disponía cubiertos de plata pulidos con esmero para las grandes veladas políticas que se ofrecían en Darlington Hall. La primera vez que decidió salir de su refugio laboral para emprender un recorrido en auto por la campiña inglesa padeció toda clase de contratiempos, sobredimensionados en la mente de alguien que se ha tomado la vida como una cruzada para evitar los imprevistos. En cierta forma, el viaje fue también la verificación nostálgica y dolorosa de que los valores en los que había creído eran arrastrados por la borrasca innovadora de la posguerra. Pero a Stevens todavía le quedaba como consuelo el paisaje de Inglaterra, con su condición serena y comedida. Cavilaba el veterano mayordomo que Inglaterra no necesitaba de los “grandes contrastes y la espectacularidad” pues su grandeza estaba inscrita en la gracia discreta y atemperada de su paisaje. Era la forma en que la geografía contribuía a la superioridad moral de una nación.

Si estas ideas estaban instaladas desde hacía tiempo en la mente de muchos británicos, parece normal que sintieran que el paso de una locomotora acezante surcando el territorio era una herejía contra esa condición superior del paisaje y la vida apacible de la campiña. Los trenes herían con su ruido la quietud campestre, y la literatura lo expresó desde el momento en que la industria ferrocarrilera se tomó por asalto al país, en la primera mitad del siglo XIX.

Por ejemplo, las páginas de Middlemarch, de George Eliot –seudónimo de Mary Ann Evans–, novela ambientada en la región central de la isla (Midlands) entre 1830 y 1832, están llenas de referencias a los conflictos que el ferrocarril imponía en el espacio y en la cabeza de la gente. Ante el inminente paso del tren por su localidad, los habitantes de Lowick se preguntaban: ¿qué pasaría con el ganado...

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