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El hambre

Privación y glotonería son el paisaje en el que habita la narradora de estos fragmentos. A veces la comida es mejor como metáfora para describir carencias que para saciar el hambre.

Ilustración de Elizabeth Builes


ENSALADA DE BOTONES

Mamá solía hacerme muñecas de tela así como mi abuela se las hacía a ella. Les bordaba los ojos, cosía a mano cada hebra de pelo falso, las vestía con retazos transfigurados en faldas, blusas y abrigos. Muñecas rubias, negras, azules. Muñecas-títere, muñecas-almohada, muñecas descalzas, flacas y gordas.

Extendía los materiales de costura sobre la mesa del comedor y yo me paraba sobre una silla para no perderme cada nacimiento. Así me gané su confianza para que con el tiempo me dejara ayudarla. Lo que yo más disfrutaba era enhebrar la aguja, incluso pincharme y chupar la sangre. Pensaba en una frase bíblica de mi abuela:

Es más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja, que un rico entre al reino de los cielos.

El camello descuartizado, sus huesos triturados y sus entrañas licuadas para poderlo meter a través de ese ojo.

Mi madre levitando en sus jeans flojos. Su pelo largo cubriendo el estampado de su camisa de hombre. Qué desperdicio, le hubiera dicho si fuera su amiga, yo exhibiría ese tronco de palmera, esa cintura que ella podía rodear con las dos manos como un truco para hacerme reír cuando nos bañábamos juntas en aquel tiempo. Cuántas veces he chillado al intentar cercar uno de mis muslos de la misma manera y no poder culpar a mis manos de ser muy pequeñas.

En la mesa de la cena y la costura no había casi palabras, solo cuerpos desmembrados que terminaban sobre los platos. Los botones entre la ensalada.

Yo crecí y me negué a bordar los labios de las muñecas.

Vas a repetir las instrucciones en voz alta para que no se te olvide cómo hacerlo: puntada desde arriba, saco, me devuelvo. Las curvas llevan más puntadas. La boca debe estar cerrada.

Yo lagrimeaba sobre el trapo inacabado. De labios hubiera preferido delinear cayenas escandalosas con el pistilo erecto como una lengua ansiosa.

Ella siguió haciendo las muñecas que quería, aunque se suponía que eran para mí. Trasladó su taller al sótano, un lugar parecido a una alberca seca y subterránea donde mi padre, cuando viv&iacu...

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Juliana Muñoz Toro

Columnista de El Espectador y profesora de la maestría en creación literaria de la Universidad Central. Autora de 24 señales para descubrir a un alien y Los últimos días del hambre, novela de donde extraemos estos fragmentos.

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