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Coda

El dilema de Cicerón

Como ciertas semillas delicadas, la ética no prospera en todos los terrenos. De ahí que exista una oposición inevitable entre esta planta necesaria y los sistemas absolutistas.

Invitado Festival MalPensante 09

No soy filósofo, de modo que en lo que sigue habrá lagunas notorias, quizá “redescubriré el agua mojada”, como se dice, o la veré limpia cuando tiene “turbiedades” filosóficas de vieja data, pero mucho menos creo que el tema sea exclusivo de los filósofos o que escribir sobre él resulte inútil. Me considero un intelectual, palabra cuyo ejercicio implícito me honra. Como se sabe, esta palabra era sólo un adjetivo hasta fines del siglo XIX cuando se forjó su sentido moderno durante el Affaire Dreyfus, denunciado por el famoso J’acuse de Zola. A poco de publicarse, este manifiesto recibió el apoyo de un grupo de personas hasta entonces innominado, que luego se vino a conocer con el nombre genérico de “intelectuales”. La palabra, pues, ad­quirió de nacimiento la marca de una radical crítica al ejercicio arbitrario del poder.

Me preguntaba, durante el reciente escándalo por la publicación en varios diarios europeos de unas caricaturas de Mahoma, cuál era el origen de la certeza ética que me permitía fijar una posición drástica en favor de dicha publicación, como lo hice, por ejemplo, en un breve texto para el Iceberg de esta revista. Leía por esos mismos días el breve ensayo que Stefan Zweig dedica a Cicerón en sus Momentos estelares de la humanidad y me dije que la indagatoria sobre el origen de mi certeza ética quizá podría empezar por ahí. Cicerón distaba de ser un hombre perfecto, condición que no estaba a su alcance como a la larga no está al alcance de nadie, pero sí fue un hombre de principios. Digamos de pasada que el concepto de “perfección” es en últimas teológico y que, por lo tanto, resulta inútil para juzgar las acciones humanas. De cualquier modo, una comparación entre Cicerón y Marco Antonio, su verdugo al que tanto exaltó y embelleció Shakespeare, agiganta al primero. Mientras vivió Julio César, un dictador cuyas actitudes no carecían de grandeza —y la palabra puede usarse sin comillas—, el dilema para Cicerón todavía no era irrevocable, pero una vez Julio César fue asesinado quedó del todo claro que su grandeza era voluntaria y que las vidas que se amparaban bajo su protección iban a quedar desprotegidas de la noche a la mañana. Pese ...

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Andrés Hoyos

Es columnista de El Espectador y fundador de la revista El Malpensante.

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