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Ficción

Madame Zilensky y el rey de Finlandia

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Al señor Brook, decano del departamento de música del Ryder College, se debió todo el mérito de incorporar a madame Zilensky al profesorado. La institución se consideró afortunada; la dama tenía una reputación admirable como compositora, así como pedagoga. El señor Brook asumió la responsabilidad de encontrarle a madame Zilensky una casa, un lugar confortable con jardín, cómodo para la vida de la universidad y contiguo al edificio de apartamentos donde él mismo habitaba.

Nadie en Westbridge conocía a madame Zilensky antes de que viniera. El señor Brook había visto su foto en revistas de música, y alguna vez le había escrito solicitándole una opinión sobre la autenticidad de cierto manuscrito de Buxtehude. También, durante el proceso de su vinculación a la facultad, habían intercambiado unos cuantos cables y cartas relativos a asuntos prácticos. La letra de ella era clara y cuadrada, y lo único inusual en sus cartas era que en ocasiones mencionaba cosas o personas del todo desconocidas para el señor Brook, como “el gato amarillo de Lisboa” o “el pobre Heinrich”. El señor Brook asumió que semejantes descuidos se debían a la confusión que significaba para la dama abandonar Europa con toda su familia.
 
El señor Brook era lo que se dice una personalidad tenue; años de minuetos de Mozart, de explicaciones sobre séptimas disminuidas y tríadas menores, habían dejado en él una cautelosa paciencia vocacional. Por lo general se la pasaba solo. Detestaba el bochinche académico y los comités. Años atrás, cuando los miembros del departamento de música se habían ido en grupo a pasar el verano en Salzburgo, el señor Brook se había excusado a último momento para hacer un viaje solitario al Perú. Tenía sus contadas excentricidades personales y era tolerante con las peculiaridades de los demás; de hecho, experimentaba una cierta debilidad por el ridículo. Con frecuencia, cuando se veía confrontado con alguna situación grave e incongruente, solía sentir unas cosquillas interiores, que contraían su larga y afable cara y aguzaban la luminosidad de sus ojos grises.
 
El señor Brook salió a recibir a madame Zilensky a la estación del tren de Westbridge una semana antes de que comenzara el semestre de otoño. La reconoció al instante. Era una mujer alta y rígida, de ...

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