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Breviario

Omero sin hache, poeta sin querer

Después de escuchar muchas veces una canción, ésta puede perder su magia. El autor argentino de este artículo, novel escucha de la música de “El último beso”, descubre la dimensión poética de Alci Acosta.

Alci Acosta en Coveñas, Sucre, 2008 © Ruth María Agudelo de Acosta


Fue en aquel tiempo en que el cd condenó a muerte, de la noche a la mañana, años y años de grabaciones en casetes. ¿Qué hicieron ustedes con esas montañas de casetes con y sin cajitas acumulados con fervor durante décadas? Sé de algunos amigos que, para evitar el insoportable trance de hacer una depuración, prefirieron regalar (o incluso tirar) en masa su colección de casetes. Como yo tenía un viejo Taunus con pasacasete, seleccioné los cuarenta o cincuenta que mejor funcionaban como “música para andar en auto” (y, como bien se sabe, hay música para andar de día y música para andar de noche, hay música para ir con todas las ventanillas abiertas, hay música para que todos los ocupantes del auto vayan siguiendo metronómicamente el compás con la cabeza y hay música para ir solo y cantando para adentro, con la garganta rota y los ojos llenos de lágrimas) y así fue como me pasé los dos años siguientes escuchando en el auto una música que no sonaba en ninguna radio, en ninguna parte (y que sonaba cada vez peor, no solo por el polvo que acumulaban esos casetes y por los pésimos parlantes que tenía aquel Taunus sino porque todos nos habíamos acostumbrado ya al sonido cien veces superior de los cd).

Una de las canciones más bizarras de aquel repertorio automotor era un bolero “de carretera” cantado por el pianista y vocalista colombiano Alci Acosta. Se llamaba “El último beso” y era el último tema del lado b de un casete, así que era fácil rebobinarlo para escucharlo una y otra vez, y hacer que quien viniera en el auto terminara tarareando a gritos conmigo la extraordinaria, lacrimógena letra de la canción. Que trataba de una parejita “que iba en carro, al anochecer, por la carretera, a más de cien” y veía demasiado tarde “un letrero de desviación”, razón por la cual “al enfrenar el carro volcó y hasta el fondo fue a dar” (el fondo de un precipicio). Venía entonces el momento culminante, con el conductor sosteniendo en brazos a su amada moribunda, quien le dice “Abrázame fuerte, que me voy”. Antes del estribillo (“Por qué se fue...

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Juan Forn

Fundador de Radar, el suplemento cultural de Página 12. Su último libro se titula 'El hombre que fue viernes'.

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