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 La paradoja de las buenas razones

Por todas partes hay los que matan por “buenas razones”. Casi nadie dice: “mato porque me conviene y, además, porque me gusta y porque me da la gana”. Sería demasiado pedir. De otro lado, la filantropía entre las naciones
—en el ámbito geopolítico que dicen— es un concepto que prácticamente carece de historia. La democracia, dicho sea con toda la crudeza posible, tal vez aspire a hacer a un país más próspero, más confiable o menos conflictivo, pero no tiene como propósito hacerlo más filantrópico: en el contexto internacional la suerte del vecino sólo suele importar en la medida en que nos favorece.
 
Quedan, pues, las personas o los grupos filantrópicos, pero ya dan ganas de llorar cuando entre estos grupos uno no encuentra sino con escasísima frecuencia a los que aspiran a ejercer la filantropía porque sí. La inmensa mayoría viene armada con una escopeta conceptual que dice: te doy pero si haces y piensas como yo te digo. Por último, están el comercio y la inversión capitalista, sobre los que no habrá que aclarar que son el modo predominante de relación económica en el mundo. En cuanto a ellos, un par de conclusiones están claras: no son dañinos en sí, pero si fueran la panacea filantrópica que todo lo arregla, en el mundo no habría miseria, ya que como Fernando de Magallanes o el capitán Cook los dos han estado en casi todas partes desde hace mucho tiempo. El tema, pues, es muy difícil, y uno no agradece cuando viene algún polígrafo y lo enfoca en tono regañón. Se pregunta uno, ¿por qué no empiezan por regañarse a sí mismos?
*
 
La maldición de Julio Ramón Ribeyro me parece terrible: ser un hipocondríaco que de veras estaba enfermo. Ese sufrimiento físico, sin embargo, ya no existe; existe en cambio el bello e inteligente registro que por cuenta de su dolor, físico y metafísico, el autor dejó en el papel. Hombre exótico en el panorama subcontinental, ¿qué era lo que en últimas quería Julio Ramón? Me late que era algo imposible: el propio reconocimiento que le negaba una severidad interna devastadora. Era, para colmos, un gran cuentista que consideraba el...

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Andrés Hoyos

Es columnista de El Espectador y fundador de la revista El Malpensante.

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