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Breviario

¡Salud por saúl!

Un réquiem para Saúl Álvarez, amigo de la música y de esta revista.

Saúl al frente de su muestrario de golosinas en la Callle 19 con Carrera Octava, en Bogotá © Cortesía El Tiempo

El sábado 14 de marzo de 2009, hacia las cinco de la tarde, pasé por la Musiteca de Saúl Álvarez (para mí siempre había que anteponerle el artículo femenino a su templo, así como otros lo trataban de una manera reverencial y lo invocaban llamándolo simplemente Musiteca: y la mayúscula tronaba en el aire). Huía de lo que no se me había perdido y, aunque no lo había pensado, decidí escaparme, como un adicto que traiciona sus promesas, a saludar a Saúl en su almacén de la Calle 19 con Carrera Octava, en Bogotá. Nunca pensé que ese “chao, hermano” que le dije media hora más tarde iba a ser el último. Y nunca lo pensé porque ninguno de sus clientes consideramos que Saúl se iba a morir algún día. La palabra muerte nunca pasaba por nuestras cabezas en la Musiteca, salvo que fuésemos a comprar un disco de Grateful Dead. Ir a visitarlo era una efímera temporada entre las golosinas del mundo. Y así uno se hubiese jurado para sus adentros que no compraría nada, el encanto de Saúl y sus cómplices nos hacía flaquear y volver a caer en el pecado capital de llevarse más discos a casa.

Estamos enfermos de música. Saúl lo sabía y protegía los caprichos y las patologías de sus fieles, porque intuía que todos los que lo visitábamos no éramos clientes: éramos pacientes. Y el único tratamiento posible era la inyección relajada de las compras semanales en su establecimiento. En nuestros tiempos, al menos en los míos, oír música es sinónimo de tener música. De alguna manera, la muerte de Saúl nos está advirtiendo que, muy pronto, así como el invento de Edison llevó el sonido a las salas de las casas, muy pronto, digo, la música ya no estará ligada a las carátulas y al misterio de los discos compactos guardados en nuestras estanterías. Por mucho tiempo me resistí a la idea de cambiar los acetatos por los poco atractivos ced&...

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Sandro Romero Rey

Trabaja como profesor en la Facultad de Artes de la Universidad Distrital. En 2010 publicó 'El miedo a la oscuridad'.

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