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Una película en blanco y negro

Lograr que el pueblo más poderoso del mundo entienda las cosas al revés no es fácil. Aun así, desde hace dos o tres décadas la contrarrevolución conservadora ha conseguido hacer creer a las mayorías blancas que la culpa es de los débiles.

La tremenda agitación que se da en la superficie de los grandes episodios de la política americana —el abrumador cubrimiento de la televisión, la atención obsesiva por las minucias, la explosión de interpretaciones personalistas, la lluvia de ideas secundarias derivadas en parte de lo que allá se llama el “spin”, y que consiste en despojar a los eventos o a las decisiones políticas de su sentido básico para enfatizar lo accesorio con el fin de hacer la cosa digestible para la gama más amplia posible de paladares—, todo lo anterior contribuye a ocultar ciertos cambios de fondo que se han venido consolidando en las líneas de cimentación de esta política. No dudo de que el país más poderoso del mundo sea también uno de los más complejos, pero esto no significa que todas las premisas de lo que allí acontece sean misteriosas. Aparte de la veta que quiero explorar en este ensayo, entiendo que existen muchas otras, si bien me parece necesario destacar que una gran placa tectónica se ha estado moviendo sin cesar en la política americana y que este movimiento crucial no se suele poner de relieve con la suficiente claridad.

Para saber de qué estoy hablando podríamos empezar por mirar el mapa del Colegio Electoral que eligió a Calvin Coolidge presidente en 1924. En él la línea sísmica a la que me refiero se ve de forma impecable en su estado anterior: todos los estados del sur votaron a favor de John Davis, el candidato de los demócratas, mientras que prácticamente el resto del país votó por el republicano Calvin Coolidge, quien salió elegido. Esta división política no era excepcional, pues en las décadas siguientes el sur siguió apoyando a los demócratas, no sólo —y de manera multitudinaria— cuando el candidato era una figura de gran popularidad, como el nor­teño Franklin D. Roosevelt, sino también cuando los demócratas apostaban por candidatos perdedores, digamos, por Adlai Stevenson, quien ganó en la mayoría de los estados del sur en 1952 y en 1956 para luego perder a manos del muy popular general republicano Dwight Eisenhower. Un factor de orden histórico bien sabido parece decisivo a la hora de explicar estas victorias de los demócratas en el sur: Abraham Lincoln, el presidente que ganó la guerra civil de 1861-1865, era republicano, y la demoledora derrota que él le infligió a Dixieland, en últimas no una confederación de estados sino todo un modo de vida, era algo que la...

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Andrés Hoyos

Es columnista de El Espectador y fundador de la revista El Malpensante.

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