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Ficción

La bufanda de Cambridge

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Ella se dijo: Acostarme con él, sí… ¡pero nada de intimidades!
Kart Kraus
 
 
Este es un pueblo chico, de esos donde todos y cada uno de sus habitantes saben de memoria, todos y cada uno de los días del año, el color de la ropa interior de todas y cada una de sus convecinas. Es un pueblo chico, sí, y de haber nacido aquí John Donne, el censo municipal en pleno se habría reído de buena gana al leer aquellos versos suyos donde dejó escrito: “si oyes doblar las campanas, no preguntes quién se ha muerto; están doblando por ti”:
 
—¿Pues qué, acaso no se enteró todavía de que fue el viejo Kalle Kappes quien estiró la pata?
 
Con el correr del tiempo y la expansión de la gran ciudad que pulula al norte, más allá del arco del río, el pueblo ha pasado a formar parte de su conurbano pero sin perder carácter, sin perder identidad. Y además, la fortuna geográfica quiere que quede aislado del resto de la metrópolis por el inmenso bosque que ocupa el arco fluvial: una zona declarada reserva natural amén de ornitológica, y muy rica en aguas freáticas. Gracias a tan privilegiada ubicación, hasta aquí no llegan ni esa espesa nube de hedor a peculado en cuyo seno parece levitar el Ayuntamiento, ni tampoco esotra hedentina a Trento que emana del palacio arzobispal.
 
Un único lunar desentona en este idilio: la urbanización llamada Barrio de los Arquitectos, donde vive Deborah, una de las protagonistas del presente cuento de hadas (y nunca tan bien empleado el plural, porque son dos), un cuento que es tan mío como tuyo, desocupado lector. La primera vez que la vi fue yendo ella de amazona en una bicicleta lujuriosa, por la calle mayor del pueblo. Al verla pasar, mi buen Giosué, cuya heladería Torcello, enfrente de mi apartamento, es un imán de la gula lugareña hasta en el invierno más crudo, me echó el brazo por encima de los hombros, guiñó el ojo derecho y me dijo al oído:
 
—No sé cuánto tiempo llevará fuera de casa, pero con este frío y esa minifalda ya debe tener un carámbano en el clítoris.
—Eres un poeta, Giosué...
—¿Acaso lo has dudado alguna vez?
—No... pero tu imaginación está podrida por la deformación profesio...

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