Esta noche me gustaría hablar, si ustedes me lo permiten, de mi carrera en el mundo editorial, la cual comenzó hace casi sesenta años y todavía no da muestras de llegar a su fin, al menos hasta que yo no llegue al mío. Contarles todo lo que me ha sucedido, o que ha sucedido por causa mía, en el mundo editorial a lo largo de esos sesenta años tomaría otros sesenta años. Así que sólo les voy a hablar del aspecto de mi carrera que explica el resto. Me refiero al fondo editorial, porque las editoriales no podrían existir sin un fondo y, como trataré de demostrarlo, tampoco podríamos existir ni ustedes ni yo.
El fondo editorial es el activo más importante de una empresa editora: son todos aquellos libros que ya han recuperado el costo inicial y los anticipos que se les pagan a los autores, que ya no implican ningún riesgo ni requieren de más inversión que el costo de producirlos y distribuirlos, y que se venden de manera constante año tras año sin necesidad de publicidad ni de grandes gastos de ventas. La editorial que no cuente con un catálogo importante de ese tipo de libros no podrá sobrevivir. Lo mismo se puede decir de la civilización, pues los libros que sobreviven al paso del tiempo, esos que son atesorados y leídos año tras año, son el fondo editorial de la humanidad, nuestro cerebro colectivo. No me refiero simplemente a los clásicos de las distintas tradiciones culturales, sino a libros más recientes, cientos de los cuales son publicados cada año y van a engrosar el fondo editorial de una manera permanente o, al menos, durante el tiempo suficiente como para hacer avanzar nuestra comprensión y brindarle profundidad y complejidad. Los libros que componen el fondo editorial profundizan nuestro conocimiento de la experiencia humana, pasada y presente. Sin esos libros no sabríamos quiénes somos, de dónde venimos o adónde vamos. Con frecuencia se dice que el periodismo es el primer borrador de la historia. Los libros son el segundo borrador y, en algunos casos, la versión definitiva de la historia. Esos libros que han superado el paso del tiempo son un diálogo permanente entre el presente y el pasado, la eterna confrontación de la mente humana con el problema de la existencia. Si desapareciera nuestro fondo editorial colectivo o nuestra memoria racial, no podrían sobrevivir ni siquiera aquellas personas que tal vez nunca lean esos libros, ni aquellos que tal vez nunca hayan oído hablar de ellos.
Desde la época en que entré al mundo editorial en calidad de asistente de Doubleday, en 1951, he estado obsesionado con la conservación y distribución del fondo editorial, porque desde el comienzo entendí dos grandes verdades de nuestro negocio: la primera es que en realidad no se trata de un negocio, al menos, no de un muy buen negocio. Si lo que uno quiere es hacer dinero, lo mejor es irse a Wall Street y arriesgar un poco. La segunda verdad es que la edición es una vocación, una especie de sacerdocio laico, porque los editores son los que cuidan nuestra memoria colectiva. Cultivar el fondo editorial no sólo es nuestro negocio: es también nuestra responsabilidad moral.
En 1951, seis años después del final de la Segunda Guerra Mundial y dos después de que yo me graduara de Columbia, encontré un empleo en Doubleday, una gran empresa editorial de carácter comercial y con estándares literarios más bien bajos. Sin embargo, tenía una gran infraestructura de producción y mercadeo, e incluso tenía su propia planta de impresión, de manera que era un buen lugar para aprender sobre el negocio. Hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, unos seis años antes de que yo entrara a Doubleday, el Congreso americano aprobó una ley maravillosa: el llamado G. I. Bill of Rights, que les ofrecía educación universitaria gratuita a todos aquellos que hubiesen prestado el servicio militar y cumplieran con los requisitos de admisión a una universidad acreditada1. Esta magnífica ley transformó el país al ofrecerles educación avanzada a millones de jóvenes, muchos de cuyos padres no habían completado la secundaria. El G. I. Bill democratizó la educación superior en Estados Unidos y creó, entre otras cosas, un mercado masivo para libros serios, para libros del fondo editorial, un mercado que nunca antes había sido tan grande.
Muchos de mis compañeros de estudio eran beneficiarios de la generosidad de esa ley, pero el G. I. Bill no cubría la compra de todos los libros que mis amigos y yo queríamos tener. No podíamos darnos el lujo de comprar las costosas ediciones en tapa dura de los títulos que leíamos con avidez. En aquellos días, los libros que se conseguían en edición rústica eran principalmente novelas de suspenso o románticas, que se vendían en droguerías y misceláneas, o reimpresiones de los títulos más vendidos el último año, entre ellos, un ejemplar de Los desnudos y los muertos, de Norman Mailer, que todavía tengo en mi biblioteca; pero en su mayoría eran títulos efímeros. Sin embargo, los títulos profundos del fondo editorial –lo que se conoce hoy como la “Larga Cola” o la “Larga Estela”– sólo se conseguían en tapa dura, si es que se conseguían2. Así que seis meses después de haber entrado a Doubleday como asistente de un asistente, le sugerí a nuestro director editorial que podía ser una buena idea publicar en una buena edición económica, impresa en papel neutro, el tipo de libros del fondo editorial que estaban leyendo mis compañeros de clase, pero que no podían adquirir a los precios de las ediciones de tapa dura. Mi idea era tener permanentemente en las librerías un inventario de estos títulos en rústica. Hoy día damos por sentada la disponibilidad de las llamadas ediciones de bolsillo de interés general: sus ventas anuales suman miles de millones de dólares. Pero en aquellos días la mayor parte de las librerías no vendía libros de bolsillo.
1. Gracias a los beneficios educativos ofrecidos por el G. I. Bill o Servicemen’s Readjustmen Act (Ley de Reajuste del Personal de Servicio) de 1944, más de la mitad de los veteranos elegibles pudieron asistir a la universidad y, de acuerdo con las estadísticas, en 1947 casi la mitad de los estudiantes universitarios había prestado el servicio militar. A esta ley se le conoce como G. I. Bill debido a que G. I. (iniciales de Government Issue, “propiedad del gobierno”) es el término usado para designar a los miembros de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos o cualquier parte de su equipo (N. de la T.).
2. La “Larga Cola” (así, con mayúsculas) es un término acuñado por Chris Anderson, editor de la revista Wired, en 2004; es una expresión tomada de la estadística que define un modelo de distribución y hace referencia al fenómeno que se produce, por ejemplo, en una empresa como Amazon.com, donde la suma de todas las ventas minoritarias puede llegar a ser igual o mayor que el total de las ventas de bestsellers (N. de la T.).
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