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La segunda revolución desde Gutenberg

En la actualidad, lo bienpensante es profetizar que los días del libro están contados. No opina lo mismo el veterano editor de Random House, para quien la industria editorial está a las puertas de una revolución tan dramática como la de Gutenberg hace 500 años.

La segunda revolución desde Gutenberg
Edición N° 88

N° 88

Julio de 2008[ ver índice ]

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El director editorial de Doubleday, un hombre maravilloso llamado Ken McCormick, aceptó hacer una prueba con una selección preliminar de doce títulos. Yo elegí los libros, negocié los derechos, escogí el formato, supervisé el diseño de la cubierta, trabajé con el departamento de ventas para desarrollar un plan de mercadeo, me reuní con los libreros más importantes y de esa manera aprendí de primera mano, a los veintiún años, que la mecánica del mundo editorial seguía siendo esencialmente la misma desde la época de Gutenberg, hace quinientos años. Y eso sigue siendo básicamente cierto sesenta años después. Los editores todavía le mandan al impresor una orden por cada título, almacenan los ejemplares impresos en una bodega y los distribuyen a las librerías, donde los libros esperan a los clientes; después de seis meses, los ejemplares que no se han vendido son devueltos a la editorial para que los destruya o los vuelva a vender, en algunos casos como saldos. Desde cuando estaba en Doubleday en los cincuenta ya me preguntaba si no habría una forma más eficaz de publicar libros. Se necesitaría que pasaran treinta años y el advenimiento de la digitalización para que encontrara la respuesta. Pero me estoy adelantando.

Decidí bautizar mi nueva colección con el nombre de Anchor Books, en honor del emblema de la Imprenta Aldina: un delfín enrollado alrededor de un ancla; el delfín, para indicar la inteligencia y el ancla, para aludir a la profundidad. La primera colección de Anchor Books fue un gran éxito, pero no porque los títulos mismos fueran muy atractivos –es posible que algunos de los más esotéricos no se hayan vendido en lo absoluto– sino porque la idea de lo que estábamos tratando de hacer coincidió con la mentalidad de mi generación de lectores con educación universitaria, así como el iPod parece coincidir con la mentalidad de los jóvenes contemporáneos. En un lapso de uno o dos años, la industria editorial se había reinventado a sí misma. Actualmente todas las editoriales tienen un catálogo de los llamados libros de bolsillo. Lo que se conoció como la revolución de las ediciones rústicas cambió el panorama de nuestro oficio, en la medida en que los editores comenzaron a revisar sus fondos dormidos en busca de títulos que se pudieran vender en el nuevo formato de la edición rústica. De ser un simple asistente de un asistente pasé a convertirme en el héroe de una revolución, y decidí seguir desempeñando ese papel.
 
De esa experiencia aprendí dos lecciones: primero, que los editores son lentos para aprovechar las oportunidades que les brinda la historia, porque de otro modo ¿cómo se podría explicar que un insignificante asistente, con seis meses de experiencia, hubiese podido identificar un gigantesco mercado nuevo para algunos libros, que era perfectamente evidente pero que mis colegas mayores no habían visto? En segundo lugar, aprendí que aunque había dado un primer paso muy significativo, todavía tenía por delante un largo camino para lograr reunir y distribuir un fondo verdaderamente completo de libros importantes en todas las disciplinas y lenguas. Pero ése es mi sueño actual.
 
Un ejemplo protuberante del problema era lo que sucedía con la literatura americana: en esa época se podían conseguir ediciones de bolsillo de unas cuantas obras individuales de los principales escritores americanos –obras como Moby Dick, La letra escarlata, Las alas de la paloma, La roja insignia del valor y otras–, pero las obras completas de los escritores americanos estaban descontinuadas. Esto representaba una afrenta nacional, y con el estímulo y apoyo de Edmund Wilson, el gran crítico e impulsor literario, decidí subsanarla.
 
Para entonces me había retirado de Doubleday y estaba trabajando en Random House, donde me ofrecieron unas condiciones inusuales. Yo era editor y, con el tiempo, llegaría a ser director editorial, pero también tenía la libertad de crear mis propios negocios, siempre y cuando no entraran en conflicto con lo que Random estaba haciendo. Ésa era una oferta que no podía rechazar. Lo primero que hice fue diseñar lo que más tarde se convertiría en la Library of America [Biblioteca de América]: una hermosa colección de libros con encuadernación en tela e impresos en papel fino, que incluía las obras reunidas o completas de importantes autores nacionales. Eso no fue ni remotamente tan fácil de lograr como lo fue crear Anchor Books, porque no era posible que la colección que yo me imaginaba diera ganancias. Los gastos de inventario de una colección de costosos libros en tapa dura y de baja rotación serían prohibitivos. Tendría que crear una corporación sin ánimo de lucro con financiación externa. Eso tomó más tiempo de lo que yo esperaba –de hecho, tomó veinticinco años–, pero persistí. Finalmente encontré financiación gracias a McGeorge Bundy, el antiguo presidente de la Fundación Ford, y hoy la Library of America es un tesoro nacional, el depositario permanente de casi todo el fondo editorial de lo que, sin miedo a sonar demasiado presuntuoso, se podría llamar la literatura clásica del país.
 
Pero para ese momento, a mediados de los ochenta, los fondos de las casas editoriales habían comenzado a reducirse de manera ominosa. La razón no fue difícil de descubrir. Desde los sesenta se inició en Estados Unidos un proceso, que se fue acelerando año tras año, en el cual las familias fueron abandonando las ciudades para irse a vivir a los suburbios, en busca de lo que se llamó el “sueño americano”: tener una casa propia, lo que en la actualidad constituye una pesadilla nacional.
 
Con el gigantesco éxodo a los suburbios comenzaron a desaparecer, al comienzo lentamente y luego de manera acelerada, las librerías metropolitanas, con sus enormes inventarios de libros cuidadosamente catalogados. Hoy, de lo que alguna vez fueron unos cuantos miles de librerías independientes importantes y muy bien surtidas, sólo quedan en Estados Unidos cerca de cincuenta, si es que se llega a esa cifra. A cambio, los lectores de los suburbios compran ahora sus libros en los centros comerciales, donde las librerías de cadena pagan el mismo alquiler que la tienda de zapatos que tienen al lado y, en consecuencia, necesitan tener la misma rotación en el mismo espacio limitado. Esto significa que sólo pueden tener un inventario radicalmente reducido de biografías de celebridades, novelas populares, libros de fotografías, chucherías y demás, lo cual casi no deja espacio para el fondo editorial.

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