Asumir el riesgo de escribir buena parte de una novela en forma de diálogos no ha sido una tradición en la literatura latinoamericana. Se le vienen a uno a la cabeza Una sombra ya pronto serás, de Osvaldo Soriano; El beso de la mujer araña, de Manuel Puig, y Conversación en la Catedral, de Mario Vargas Llosa, como casos notables. Los diálogos, tan precisos y elocuentes en la literatura anglosajona, no han sido, por decirlo de alguna manera, una virtud en nuestra tradición literaria. Por eso, cuando comencé a leer Demasiados héroes, la más reciente novela de Laura Restrepo, me sorprendí de que una escritora que había arriesgado en Delirio –premio Alfaguara de Novela en 2004– una manera de escribir que recordaba a José Saramago, se lanzara a construir su relato basado en una conversación.
Esta novela es eso: una conversación fallida entre una madre (Lorenza) y un hijo (Mateo), para desentrañar la historia de un padre ausente (Ramón). La cosa es más o menos así: Lorenza conoce a Ramón cuando viaja a Buenos Aires a apoyar la resistencia trotskista en los días en que la dictadura militar mandaba en Argentina. Lorenza es una muchacha que como muchas en los años setenta abrazaba el sueño de un mundo mejor. En Argentina se enamora de Ramón, el líder de su movimiento, después de verlo un par de veces. Y ese amor sin nombres propios crece en la clandestinidad. ¿Qué puede romper el encanto de los escondrijos, los seudónimos y la lucha secreta? Lorenza queda embarazada. Y por eso le pide a Ramón un poco de calma. Él acepta. Los dos viajan a Bogotá para criar a Mateo, su retoño, en un ambiente menos opresivo y mezquino, es decir, ¡en la Colombia de Turbay Ayala!
Al llegar a Bogotá Lorenza se emplea en La Crónica, un semanario de actualidad. Lorenza comienza a olvidarse de Ramón y Ramón se encierra en un apartamento. La relación entra en crisis, aunque eso solo merece unas pocas líneas de la novela. Aquí uno comienza a sentir que a la escritora le importa más aquello que está contando que cómo lo está contando.
Lorenza, algo aburguesada por el encuentro con su mundo familiar y profesional, decide separarse de Ramón. Él no entiende nada, pero terminan separándose. ¿Qué diablos pasa con Ramón en una ciudad que no conoce? No lo sabemos. ¿Qué pasa con Lorenza? Que trabaja mucho. ¿Y Mateo? Tiene como tres años cuando su padre lo invita a un paseo. Lorenza, feliz con la idea de que Ramón ya tenga incluso planes de vacaciones en una ciudad desconocida y amigos como por arte de magia, se lo permite. Horas después descubre sobre la mesita de noche un sobre dirigido a ella con la caligrafía de Ramón. Lo abre, lee. Y comprende: Ramón acaba de llevarse a su hijo para no volver jamás. Lorenza se vuelve loca –unas cuantas páginas– y termina donde un psiquiatra experto en secuestros avant la lettre. Y como experto que es, le dice a Lorenza que lo que acaba de hacer Ramón es “un acto de amor”. Así es como la quiere recuperar, pero nosotros ya sabemos que la perdió para siempre. Entonces Lorenza se desespera, grita, pero de pronto es capaz de templar el ánimo para cuando llegue el momento final. El momento final es como el minuto 33 de las películas de acción, es decir, el punto de quiebre de la trama. El minuto 33 es la llamada de Ramón. Ramón llamará, dice el experto en patologías del rapto, porque lo que quiere es que ella vuelva con él. Lorenza presume que Ramón, un tipo curtido en la clandestinidad, se ha escapado a la Argentina con pasaportes y permisos falsos. En efecto, tiene razón. Y eso ya molesta en demasía: es como si estuviéramos en un juego de adivinanzas del que ya sabemos las respuestas. Es como si el propósito de la lectura fuera, como en las buenas novelas de intriga, dar con el enigma, aunque en este caso se nos haya insistido, hasta la saciedad, que estamos en un viaje a la intimidad de dos personajes que se confrontan por la desaparición de un tercero.
Después del desenlace de la novela, que no adelantaré para no arruinar su lectura, el rastro de Ramón se pierde para siempre. Bueno, para siempre no, porque Mateo quiere saber quién es su padre. Por eso, cuando alcanza la adolescencia cree que tiene derecho a saber quién es Ramón. Por eso Lorenza, una escritora que no sabemos cuándo ni cómo se hizo escritora, pero imaginamos que después de haber renunciado a La Crónica para vivir en países lejanos como México e Italia, aprovecha el lanzamiento de un nuevo libro en Argentina para llevarse a Mateo y permitirle que él busque a su padre.
Mateo y Lorenza se encierran en el cuarto de un hotel a hablar, a tratar de reconstruir lo que les acabo de contar a través de diálogos que suenan, en su mayoría, inverosímiles. Mateo tiene tantas tonalidades que nunca sabemos si es un sabiondo afectado o un inocente púber (“No te encerraste ahí a pensar, Lolé, sino a orinar. Es lo que hacen los animales cuando toman posesión de un lugar”, o “Tengo que vivir sacándote la información con tirabufón [sic]”). Y Lorenza, bueno, Lorenza habla como Lorenza, es decir, una mezcla explosiva de mujer burguesa con conciencia social y buenas dosis de frases lapidarias: una social bacana que ha coqueteado con la nueva era: “Quiero que sepas que aquí fue donde empezó a caer la dictadura, por el empujón que les pegaron las Madres. Justo en esa plaza, donde estamos parados: aquí se juntaban los jueves unas señoras con pañuelos blancos en la cabeza y daban vueltas en silencio alrededor de este obelisco, exigiendo la aparición con vida de sus hijos. ¿Te imaginas el valor, Mateo? En esos tiempos terribles, ellas se atrevían”, o “Querer perdonar es ya una forma de perdón, supongo”.
Por si fuera poco, en Demasiados héroes los diálogos, en su mayoría, anticipan, denotan, y no sugieren nada. Y la virtud de los buenos diálogos es que nos dejen espacios de interpretación, que no nos adelanten la trama, sino que nos hagan creer que estamos ante psicologías complejas que no lo saben todo, que hablan, precisamente, para comprender más que adivinar cuál es el desenlace:
–Esa parte de la historia me gusta, Lolé, la del aeropuerto de Ezeiza cuando tus compañeros te dicen rezate un padre nuestro porque no va a haber minuto que valga, me suena bien así, rezate, sin tilde en la e, rezate, como hablan los argentinos; es una frase bien de película. Y ahora repite lo del diario.
–¿Qué es lo del diario?
–Lo que te advirtieron, que no leyeras periódicos en el avión, ni tampoco después, en un café o en el metro, porque cualquier mujer que leyera el diario era sospechosa. ¿Y qué pasó al fin de cuentas en el aeropuerto, digo, con los microfilms y eso?
Así, la novela es una especie de torbellino que atrapa al lector más por el desarrollo de la acción que por los personajes. La acción, ya lo decía en mi resumen, es un guión milimétrico, pensado, bien armado, que tuvo que costarle muchas vueltas a Restrepo. Y quizá por ello se engolosinó con eso: con la idea de una novela rápida, que no le diera respiro al lector, lo que en el cine equivaldría a un thriller de acción. El problema es que las buenas novelas se sostienen sobre los hombros de los personajes. Y en Demasiados héroes los personajes son dos títeres que la narradora manipula a su antojo para que hablen en función del argumento, para que completen los datos o los rastros de ese padre perdido. Ese desfase entre acción y personajes se nota en cada una de las páginas de la novela: Laura Restrepo sabe del oficio, entiende de qué se trata eso de contar una historia y, por ello, en los episodios donde es su prosa la que nos adentra en la historia de Lorenza, Mateo y Ramón, uno, como lector, siente que está en frente de una diestra escritora, que entiende que la psicología de los personajes puede verse a través de lo que hacen. El problema es que cuando esos mismos personajes dicen, uno le pide al cielo que no haya más diálogos: que no digan más. Pero esa fue su elección, y ante eso no hay nada qué hacer.
Demasiados héroes es una novela que tiene una trama interesante, pero su desarrollo formal es insuficiente; una novela que quiere conquistar con una estructura que no toma partido por nada: a veces parece una intriga policiaca, a veces un relato intimista, a veces una mala copia de La noche de los lápices y en otras ocasiones, como le dice Mateo a su mamá, “una película de acción contada por la Mujer Maravilla”. Demasiados héroes se lee de un tirón, como quien quiere buscar los secretos de un personaje público, y he ahí el problema. Así que el lector colombiano, a lo mejor, intentará reconstruir la biografía de una escritora y periodista notable que quizá, por no querer “escribir bonito”, se entrampó en el hilo del tiempo de sus propios recuerdos olvidándose de lo principal: que la literatura debe apelar al lenguaje, a los personajes y a las imágenes, pues allí reside su poder.
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