Si esto fuera un libro, sería suicida. Ya se lo habían dicho a Julio Cortázar los amigos que habían leído los borradores, antes de su muerte. Para un escritor que había publicado en ese momento tantos cuentos y novelas tan difíciles de olvidar, la idea de publicar poemas con prosas era (¡Julio, por Dios, ¡estás loco!) una especie de harakiri. El lector, según sus amigos, se vería obligado a cambiar de voltaje a cada página y es así como se queman los bombillos.
Parece que Cortázar, sin embargo, estaba dispuesto esta vez también a desoír los consejos, tal como ocurrió el día en que un amigo piadoso le aconsejó botar a la basura el manuscrito de “El perseguidor”, uno de sus mejores cuentos. Tal vez por eso él se decía a sí mismo: “No importa (...) Si tus amigos reaccionan de manera tan convulsiva, se siente que lo mismo te quieren, como a mí también me quiere José Miguel Oviedo cuando afirma que mis poemas son conmovedoramente malos. Y eso que sólo conoce los que he publicado; imagínate ahora la cara que va a poner”.
Pues bien. Ahora, muchos años después de la muerte de Cortázar, el libro —llamémoslo así— sigue en las vitrinas de ciertas librerías de España y América. El título (Salvo el crepúsculo), como tantos epígrafes igualmente hermosos coleccionados por Cortázar, está tomado de un poema japonés que dice: “Este camino ya nadie lo recorre, salvo el crepúsculo”.
Al mismo autor le costaba trabajo hablar de lo que hizo. Es un libro jodido, en resumen, decía cuando estaba vivo. Él sabía, más que nadie, que tenía toda la razón: lo que el lector tiene entre manos, cuando abre las páginas, son poemas escritos en la libretica de tapas verdes donde Cortázar escribía cuando cambiaba de avión. Son poemas de bolsillo, poemas de rato libre en el café, prosas de un hombre que se siente capaz de escribir Oh sin sentirse idiota, poemas de hotel, sonetos de los años cuarenta en los que la abstracción y la forma bastan para la felicidad. Son letras de tangos, poemas de amor, versos de boleros.
En medio de tanto desorden acumulado en su libro, uno se asusta cuando ve que a lo largo de las páginas va naciendo un orden, cuando siente que escucha la voz y hasta la respiración de alguien que, con una sabiduría amarga, nos dice que toda la vida es un ayer y todo encuentro es una pérdida. Y nos lo dice sin solemnidad, sin miedo a escribir sonetos en estos tiempos de miseria: amargo precio del poema, las once sílabas del verso.
A mitad de camino, Cortázar se detiene para pedir perdón. Detrás de toda tristeza y toda nostalgia —dice—, quisiera que el mismo lector sintiera el estallido de la vida y la gratitud de alguien que tanto la amó. Después im-plora una comunión con el que lee sus páginas, sin la cual advierte que jamás habría escrito nada, y pide que esa comunión participe a la vez de la tonte-ría y la ingenuidad: loadas sean las tres.
En otro capítulo, luego de confesar que escribimos tristeza cada vez que estamos llovizna, Cortázar vuelve a decir: “Estos pameos son mis amores, mis bebidas, mis tabacos; sé que los critico como se critica lo que se ama, es decir muy mal, pero en cambio los acaricio y los voy juntando aquí para esas horas en que algo llama desde el pasado, busca volver, resbala en el tiempo, devuelve o reclama, agenda telefónica de las altas horas, ronda de gatos bajo una luna de papel. Todo eso escrito en ese atardecer de la vida en que nos despertamos más tristes y más sabios...”.
No hay que defender a Cortázar por este libro póstumo, que tiene hasta un soneto con un endecasílabo de diez sílabas, producto más bien de un pequeño descuido de los editores (Alfaguara, de España). Cortázar estaba tan seguro de él que buena parte de los poemas circularon entre sus amigos en pequeñas ediciones privadas fabricadas en casa con un mimeógrafo manual Gestetner.
Todo lo contrario: cuando apareció Salvo el crepúsculo, fue la primera vez en muchos años que un libro de Cortázar fue más allá del oficio puro, de la perfección del escritor que sabe lo que hace, pero nada más. En sus páginas hay amor, hay dolor, hay vida, hay pasión, cosas casi todas que uno recuerda con nostalgia del Cortázar de Bestiario, Final del juego, Las armas secretas, Rayuela. El reencuentro termina con un abrazo feliz al viejo amigo que no tuvo miedo de abrir el cajón del escritorio para sacar de él los poemas de hace veinte, treinta años, que guardaban su alma y su rostro como viejas y fieles fotografías.
Edward Morgan Forster decía que la prueba final de un libro es el cariño que nos inspire, la misma prueba que hacemos a los amigos y a todas esas otras cosas que no sabemos definir. En el caso de Salvo el crepúsculo, habría que decir que Cortázar pasó la prueba final.
Es difícil decir algo más de estos poemas de amor memorables, como los “Poemas para Chris”, “Si he de vivir sin ti”, y esa estrofa que parece un tango del año cincuenta:
Y si el llanto te viene a buscar,
agárralo de frente, bebé entero el copetín de lágrimas legítimas.
Llorá por fin un llanto de verdad.
¿Qué más decir del libro de alguien que siempre se negó a aceptar otro orden que el de las afinidades, otra cronología que la del corazón, otro horario que el de los encuentros a deshora, los verdaderos?
En Salvo el crepúsculo, Julio Cortázar se atrevió a gritar: “Quiero llorar porque me da la gana, como lloran los niños, porque yo no soy ni un poeta, ni un hombre, ni una hoja”. Por eso dejó que, después de muerto de sida en París —y sin aguacero—, sus amigos publicaran este libro suicida. Por eso se despidió, como Don Segundo Sombra. Es decir, se fue, como quien se desangra.
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