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300 días en Afganistán

Texto y fotografías de Natalia Aguirre Zimerman

El texto que sigue, excepcionalmente largo incluso para las dilatadas tradiciones de esta revista, cumple sin embargo con medidas también excepcionales de calidad e interés que nos llevan a publicarlo de un tirón: es la versión muy personal de lo que vio y vivió una joven médica colombiana durante algo más de 300 días en Afganistán, adonde llegó el 9 de septiembre de 2002 y de donde partió el 15 de julio de 2003.

300 días en Afganistán
Edición N° 53

N° 53

Marzo - Abril de 2004[ ver índice ]

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Las suegras afganas

De por sí las suegras son mundialmente reconocidas por ser unas malas mujeres, pero las afganas son las reinas de la maldad. Resulta que a toda mujer afgana le toca seguir un orden jerárquico muy particular.
 
1. Cuando nacen son un bebé de mala calidad por ser mujeres (una tristeza para la madre parturienta cuando se entera de que el bebé es de sexo femenino). Y, además, no se les puede decir el sexo del neonato hasta que la placenta haya salido porque se ponen tan tristes que, según ellas, se les atranca y sangran más. Cuando uno le pregunta a una mujer que ha parido doce hijos cuántos hijos tiene, dice que cinco o seis, pues cuenta sólo los hombres. A las hijas no las incluyen en las estadísticas personales.
 
2. Cuando tienen entre 2 y 12 años son las hermanas, las sirvientas, las carga agua, las carga hermanitos, las culpables de que los platos se quiebren, el agua se riegue, el hermanito se accidente y de cualquier desgracia que se les quiera asignar. Viven en manadas, duermen en corrales y se comportan como cabras.
 
3. Cuando cumplen 13 se convierten en estorbos, así que corriendito hay que conseguirles marido para deshacerse de ellas. Literalmente se vuelven un estorbo porque comen mucho y si accidentalmente se embarazan o las violan toca matarlas y eso es muy engorroso. Hasta este punto cualquiera se puede tomar la libertad de cascarlas. Los hermanos, la mamá, el papá, las tías y hasta la abuelita las cachetean y patean con frecuencia. Les pegan por torpes o porque se ríen o porque lloran o porque está haciendo mucho frío o porque no hay trabajo. En resumidas cuentas no hay que tener una razón clara para cascarle a una afganita: es el derecho divino de los hombres y los adultos limpiarse las botas en la dignidad de estas personas.
 
4. Entre los 13 y los 17 se casan y se las llevan para la casa de la suegra a vivir en una pieza. La suegra fue en realidad quien hizo las negociaciones, así que ella es la que escoge el surtido de nueras y, dependiendo de su poder, las escoge más gordas o más flacas, más ricas o más pobres, más sumisas o más ale­brestadas, y si por casualidad alguna saliera defectuosa (por ejemplo infértil) le consiguen una segunda esposa al hijo, la convierten en muchacha de servicio y se acabó el proble­mita.
 
Las suegras manipulan, cascan y humillan, y en su casa las jóvenes viven el momento más duro porque de buenas a primeras las patadas vienen de desconocidos, las cachetadas de extraños y las humillaciones de personas a quienes no quieren. Ahora las patean el marido, la suegra, el suegro, el hermano del marido, el sobrino del marido, y hasta el abuelo del marido.
 
5. Se dedican pues a parir hijos para que las acompañen y para mantener al maridito contento. Paren hijos para que las quieran, paren hijos para que dependan de ellas, paren hijos para pegárselos al pecho y no ser golpeadas. Paren hijos porque Dios así lo quiere y la evolución así lo diseñó. Paren y paren y paren y nunca paran. Porque paran de parir cuando por parir parten (recuerden que la mortandad materna en Afganistán es la más alta del mundo).
 
6. Un día cualquiera se despiertan y se dan cuenta de que ya es hora de casar al primer hijo que parieron y de que ya no son las nueras sino las suegras y, como si hubieran olvidado su historia personal, se tornan en tiranas y repiten con sus nueras exactamente la misma historia. Pasan de ser el oprimido a ser el opresor con una facilidad aterradora y sin memoria alguna de lo que fue ser golpeada y humillada; porque, eso sí, después de treinta años de patadas, a las suegras nadie les vuelve a poner la mano encima, pues de alguna manera trajeron al mundo a un batallón de hombrecitos que las quieren y las respetan y se hacen matar por ellas. Me pregunto, entonces, si esa amnesia selectiva es sólo un mecanismo más de adaptación y si hay alguna manera de romper este ciclo de vida tan enfermo.
 
 
Los retournés
 
¿Qué son los retournés o retornados? Son 1,8 millones de afganos que reingresaron a Afganistán durante los últimos tres meses. (Estamos esperando 1,6 millones más durante la primavera que viene). ¿Por qué regresaron a este moridero plagado de minas quiebrapatas? Porque como cualquier humano normal añoran volver a su terruño y sueñan con reconstruir sus casas y porque fueron presionados en un proceso de repatriación semivoluntario creado por Naciones Unidas.
 
Resulta que durante los últimos seis años, cinco millones de afganos se fueron del país huyendo de la guerra, los talibanes, las bombas rusas, el conflicto interno, el desempleo, la discriminación. Y finalmente del bombardeo americano. (Nota: cuando uno se escapa del país se llama “refugiado” y cuando vuelve se llama “retornado”). La mayoría de los refugiados migraron hacia Pakistán o hacia Irán, y los más educados y pudientes se fueron para Europa, América, Australia y Japón.
 
Gracias a Al Qaeda y su atentado en las torres, el ejército internacional intervino y se metió a este país y desterró parcialmente al régimen talibán. Resulta entonces que al resto de los países del mundo se les metió en la cabeza que era muy buena idea devolver a los refugiados a su país de origen porque supuestamente la guerra se había acabado y la paz reinaría por los siglos de los siglos.
 
Esto es obviamente ridículo porque ninguna de las causas por las cuales el conflicto se originó ha cambiado, y la paz que hoy se vive es una frágil torrecita de cartas que en cualquier momento colapsará. Pero bien, a Naciones Unidas se le ocurrió iniciar el más grande proyecto de repatriación de la historia del mundo. Hicieron una campaña gigantesca para estimular a los refugiados a que se devolvieran para sus tierras. Por el radio y la televisión de Pakistán e Irán anunciaron que reinaba la paz, que les iban a ayudar económicamente, que la sequía se había acabado, que todo iba ser una belleza. A los países anfitriones de los refugiados les pareció una magnifíca idea salir de los estorbitos y se dedicaron por cuenta propia a presionar psicológicamente y con amenazas a los refugiados para que se devolvieran.
 
Sin embargo, a nadie se le ocurrió pensar que este país está destruido y que no tiene la infraestructura necesaria para reincorporar tal cantidad de personas. Kabul hoy por hoy está destruida en un ¡70%! Tiene luz eléctrica de tres a cuatro horas al día y no tiene alcantarillado. Hay un solo semáforo, que funciona tres horas al día, no tiene sino unos cuantos buses para el transporte público, y ni hablar de los hospitales. Las montañas están plagadas de minas quiebrapatas que dejaron los rusos de regalo al partir y los mujaidines cuando peleaban entre sí. Los sistemas de riego fueron destruidos por los bombardeos aéreos de todo el mundo incluyendo a los gringos, y el invierno afgano es despiadado. Así, pues, los pobres pendejos que se dejaron echar el cuento o que se dejaron empujar hacia Kabul llegaron llenos de ilusiones y se encontraron con múltiples decepciones. En el solo Kabul tenemos 600.000 nuevos habitantes y ningún sistema de rehabilitación de casas para alojarlos. Llegan a Kabul por los caminos, cargados de cositas, desde Pakistán. Literalmente desensamblaron las casas que tenían en Pakistán para traerse la madera y poder volver a construirlas (como ustedes ya lo saben, los afganos son recicladores), así que tampoco se pueden regresar porque ya no tienen casa y al cruzar la frontera devolvieron los papeles de refugiados. Mejor dicho, se fregaron porque ni pa’ dentro ni pa’ fuera. Llegan a Kabul porque de aquí salen algunos para el resto del país y cuando llegan están exhaustos por el viaje, medio muertos por la malaria que se traen de Pakistán y con diarrea porque en el camino no hay agua limpia para tomar.
 
Lo más triste es que cuando llegan al campo de ingreso (nosotros tenemos un puesto de salud ahí, organizado por Naciones Unidas), llegan hechos unos guiñapos pero felices porque vuelven a su tierra. Es difícil describirles lo apegados que son estos berraquitos a sus tierras. Sueñan con volver a sus montañas porque el exilio y la discriminación en los países vecinos es realmente horrible. Naciones Unidas les da por familia: un plástico de 15 x 15 metros, 100 kilos de trigo, 3 barras de jabón y 20 dólares por persona para pagar el transporte hacia sus tierras. (¡Cómo me les parece la ayudita de incompleta!). Los pasan por un túnel de información tipo “vacas” y les enseñan con dibujitos y minas a los niños con qué “juguetes” no pueden jugar, o sea, cómo se ven la minas en la tierra. (Nota: los malnacidos rusos, y perdón por la palabra, pero no tengo otra manera de expresar este sentimiento, tiraron unas minas 100% plásticas en forma de mariposas muy coloridas para que los afganitos queden totalmente confundidos). Adicional­men­te, Unicef vacuna a todos los niños, y nosotros les ha­cemos consultas médicas a quienes lo solicitan. Hasta hace un mes, MSF estaba haciendo 400 consultas diarias en el puesto de salud.
 
Resulta que se llegó el invierno y tenemos detectadas 700 familias (nueve personas en promedio por familia) que están viviendo como tugurianos en las ruinas de edificios bombardeados. Se sabe lo baja que es la temperatura en la noche porque los perros y gatos callejeros se están empezando a morir congelados y en la mañana vemos los cadáveres en las calles. Pronto no van a ser los perros callejeros sino los niños y los ancianos los que no van a aguantar. Debido a esto, MSF (y en contra de lo que Naciones Unidas quiere) decidió distribuir elementos no médicos porque definitivamente el frío no se cura a punta de aspirina. Ayer empezamos la distribución de 50 kilos de carbón por familia (calculado para cocinar y calentar el tugurio por un mes y luego cada mes les daremos más durante el invierno), un aparato consistente en una mesita con una olla en la mitad en la que se pone el carbón y se le coloca una cobijota encima y toda la familia se mete debajo de esa mesita y así comen y así duermen. Además, les damos tres cobijas de 40% de lana y nos sentamos a esperar que sobrevivan este invierno y que en la primavera puedan construir una casa o por lo menos rehabilitar el tugurio.
 
 
Ongianos vulnerables
 
El sentimiento anti-Occidente va en incremento. Cada vez que el torpe de Bush lanza una amenaza contra Irak, el resto de los países musulmanes se lo toman a pecho y se empieza a sentir el rechazo. Es muy claro que si Bush decide atacar a Irak, a nosotros aquí en Afganistán se nos complica la vida. La mayor parte de la población afgana es muy agradecida y quiere mucho a MSF porque por veinte años hemos estado aquí a pesar de los talibanes y los rusos. Cuando nadie se atrevía a venir, MSF y la Cruz Roja nunca los desampararon. Sin embargo, mucha parte de la población actual lleva años sin ver televisión ni oír radio (porque los talibanes lo prohibían) y no saben distinguir bien quién es un gringo y quién no. Hay múltiples incidentes por confusiones fatales, porque a los militares les dio ahora por ponerse de humanitarios y reparten dos o tres cobijas para tomarse fotos y hacerle creer al mundo que vienen a ayudar mucho. Este hecho hace que la población no tenga muy claro quién es quién y cualquier mono ojiazul es un potencial militar. Hoy por hoy en Kabul hay 300 ONG, más el ejército gringo, más el ejército de Naciones Unidas, ISAF. Entre las 300 ONG hay toda clase de locos: cristianos funda­men­talistas evangelizadores que creen realmente que lograrán hacer algo, ONG médicas muy buenas, ONG farmacéuticas excelentes, ONG feministas como Women for Women, ONG para la reconstrucción de carreteras, hay ONG de todo tipo con expats de toda índole tratando de sacar este país a flote de alguna manera.
 
Pues bien, MSF tiene las reglas de seguridad más estrictas de todas las ONG, y nos llaman constantemente para preguntarnos cómo son nuestras reglas para copiarlas porque tenemos una mortalidad de expats realmente bajita cuando consideramos las leoneras en donde nos metemos. El viernes pasado, una mujer y un hombre de GTZ (es la ONG del gobierno alemán, que se dedica a reconstruir escuelitas y hospitales) salieron en el carro de Unicef a ver una obra a diez kilómetros de mi casa y a tomar fotos y fueron atacados por unos afganos. Aparentemente se los llevaron, les robaron todo, torturaron un poquito al hombre y violaron a la pelada que, además, es psicóloga. Para mí es particularmente duro porque ellos son los que están reconstruyendo mis cliniquitas y construyendo las maternidades y, además, los conozco. Son unas buenas personas. A todos se nos partió el corazón porque es un acto de agresión que nos enfrenta a la triste realidad de lo supremamente vulnerables que somos al vivir aquí. Uno se puede hacer pajazos mentales y decir que fue porque no fueron cuidadosos, pero en realidad nada justifica estos actos. La pelada estaba vestida con ropa de Occidente (nosotros nunca salimos a la calle sin shwar kamize y sin velo) pero el ataque fue claramente para ellos porque pararon el carro y se los llevaron a los dos. Afortunadamente no los mataron.
 
Cuando Karzai (el presidente) se enteró de lo ocurrido, llamó a GTZ y le dijo a Walter (el jefe de GTZ que, además, es el alemán más dulce de los dulces) que iba a mandar a la esposa para que hablara con la pelada violada. La mayoría de los afganos están muy avergonzados porque para ellos los invitados son lo primero. Parece que este acto fue planeado por un comandante del ejército bajo el mando de Fajim (el ministro de Defensa) para crear pánico en las instituciones que están ayudando a reconstruir a Afganistán y desestabilizar al gobierno de Karzai. Fajim y Karzai se detestan, pero esto es de esperarse si consideramos que Karzai es una marioneta de Estados Unidos y Fajim un militarote. De alguna manera lo están logrando porque al llenar de pánico a los expats logran que el país pierda el apoyo internacional. Este comandante hijo de puta sabe muy bien que violando a las mujeres les hace un gran mal a las relaciones de las ONG con el gobierno porque los países desarrollados cuidan mucho a sus mujeres, así que violando y no matando el daño es más significativo políticamente. De todas maneras, Dalila y yo fuimos a hablar con Walter y a ofrecerle nuestro apoyo, tanto en calidad de colegas expats y de psiquiatra y ginecóloga respectivamente. No es fácil vivir con el creciente temor de ser un blanco político cuando la mayoría de nosotros vinimos aquí a realizar trabajo humanitario.
 
 
El león y el comandante
 
Hace siete años cuando los mujaidines reinaban en Af­ganistán (eran unos comandantes súper atarvanes y bárbaros) uno de ellos se tomó a Kabul. Como prueba de su poderío, decidió ir al zoológico (que en realidad sólo tiene conejos y en ese entonces un león) y meterse a pelear a mano limpia con el único león de Afganistán. (Definitivamente los hombres se vuelven locos cuando tienen el poder). Este león era el orgullo de la ciudad porque era muy peludo y rugía muy duro. (A los afganos les encantan las muestras de poder). El pendejete se metió a la jaula sin armas y, como era de esperarse, el león lo mató de un zarpazo y casi se lo come. Lograron sacar el cadáver y al otro día un hermano del comandante, que había decidido vengarse del animal, se fue para el zoológico y le tiró una granada a la jaula. Afortunadamente no lo mató, pero le dañó la mandíbula. Los habitantes se pusieron muy tristes y llamaron a MSF para que lo atendiera. MSF puso todo su empeño en salvarlo y lo logró. Lastimosamente el león quedo un poco boquineto y cicatrizado y hace apenas dos años se murió de viejo. Son una leyenda en la ciudad: el león, por matar al comandante, y MSF, por salvar al león.
 
 
Rivalidad familiar
 
El ingeniero Yassim es un hombre muy bueno y dulce. Tiene 55 años y es el logístico afgano de la coordinación. Yassim es el claro ejemplo de alguien que nace en condiciones muy difíciles pero que logra salir adelante por su excepcional inteligencia. Resulta que el ingeniero Yassim nació en una vereda de una remota, violenta y lejana provincia de Afganistán. Cuando tenía 13 años, un hombre de otra familia mató a su papá. En el campo no hay sistema organizado de justicia, así que entre las familias arreglan el problema como buenamente pueden porque, si no lo resuelven, por cuestiones de honor se tienen que matar los unos a los otros hasta que se acaban las familias. Una de las soluciones más frecuentemente utilizadas es la de pedir perdón regalando una de las hijas para que se case con uno de los hijos de la familia ofendida, con lo que las familias dejan de ser enemigas y se convierten en “familiares”. El pobre Yassim tenía sólo 13 años cuando la familia del asesino le mandó una mujer de 29 para saldar las cuentas. Como los hermanos de Yassim ya se habían casado, y en vista de que la mujer ya estaba en la casa, resolvieron chantársela a Yassim y los casaron. ¡Cómo sería la desdicha de esta pareja! Ella fue regalada para prevenir la matanza de más gente, y a él lo encartaron con una mujer más vieja, que además era la hermana del asesino de su padre y muy ignorante.
 
Pasaron los años y a Yassim lo becaron en Kabul por ser uno de los niños más inteligentes del colegio. Mientras tanto, Yassim creció, se convirtió en un hombre y la embarazó, como buen esposo afgano. Resulta que luego de graduarse del colegio, a Yassim le salió una beca para estudiar ingeniería en Japón y él la aceptó; luego le resultó un postgrado en Alemania y también lo aceptó. Al buen Yassim se le abrió el mundo y aprendió a vivir en la civilización. Se convirtió en un hombre moderno y de avanzada, educado y culto, pero con un legado muy pesado tras de sí. Volvió a Afganistán, encontró a su mujer y a sus dos hijos —ya grandecitos— y se enfrentó al terrible dilema de tener la mente en 1970 y el cuerpo y la familia en 1570. En Europa también aprendió que los humanos se enamoran los unos de los otros y se casan con la persona que escogen pero él nunca tuvo la oportunidad. Un día se sentó con la esposa y le dijo que él nunca la iba a abandonar y mucho menos a sus hijos pero que ella tenía que entender que él necesitaba ser libre para casarse con una mujer más joven y más parecida a él. Ella aceptó sin chistar y hoy en día el ingeniero Yassim tiene dos esposas, dos casas y cuatro hijos.

 

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