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Breviario: Esa señorita texana
Edición N° 99

N° 99

Julio de 2009[ ver índice ]

Mediante emisiones clandestinas en YouTube es posible presenciar de primera mano, como un amigo junto a su cama, la lenta agonía de Farrah Fawcett. Yo lo hice ayer. No sabría explicar por qué.

A sus sesenta y dos años Farrah Fawcett se pudría por dentro con el patrocinio de un cáncer anal trepidante y yo miraba su padecimiento acostado en mi cama entre impasible y fascinado, porque una vez atrapada en la pantalla cierta parte de la tragedia se trivializa y la otra parte, la que queda, la asimilamos casi sin darnos cuenta como una forma macabra de entretenimiento. Farrah Fawcett se muere y su documental de concientización sincero y terrible sobre un cáncer del que nadie habla parece al principio solo un telefilm motivacional mal producido. La gente se muere y nunca ha sido tan fácil acceder a esas muertes sin que presenciarlas exija un compromiso emocional. Todo es apenas un clip. Todo pasa. Hace dos semanas una mujer en Irán murió baleada en la calle durante una manifestación y acostada vomitaba sangre como en fuente mientras alguien la filmaba con un celular para eternizarla y convertirla en símbolo, en mártir digital de la libertad, y ahí estábamos nosotros también, del otro lado del tubo, viendo a la mujer ya muerta morirse en un bucle confuso y terrible que duraba treinta segundos pero que pese a los gritos apenas nos tocaba, porque estaba lejos, porque a decir verdad no entendíamos, porque esa sangre simplemente no podía ser real. Estamos demasiado acostumbrados a ver sufrimientos en pantalla y es difícil distinguir, saber cuándo son genuinos. Somos televidentes curtidos, cínicos, convencidos a punta de desengaños de que nada nunca ocurre en realidad, de que todo es ingeniosa manipulación de los sádicos guionistas o los poderes oscuros, y si alguien de veras sufre es su culpa por ser quien es, o por someterse a aparecer frente a una pantalla, o por optar por el camino fácil hacia el dinero y la fama. Que lloren, decimos: para eso les pagan.
 
Miro fotos de Farrah Fawcett. Hay cientos. La clásica, la del afiche legendario que vendió no sé cuántos millones de copias, la muestra sentada de perfil con un vestido de baño rojo y la sonrisa falsa de porrista gringa que convierte en crucero del terror ciertos paseos aleatorios por Facebook pero que por alguna razón en Farrah Fawcett se ve bien, se ve correcta, le hace juego con la nariz pequeñita respingada y esos ojos que están eternamente felices de vernos de nuevo. Por favor miren esa foto. Búsquenla. Deténganse en este momento y mírenla. No es difícil encontrarla y vale la pena volverla a ver. Ahí está esa rubia texana bronceada mirándonos en directo desde 1976 y es precisamente ahí donde se inicia su historia. Pero su historia es a todas luces absurda porque cuando uno intenta dilucidar por qué Farrah Fawcett es famosa no cuesta demasiado descubrir que no hay mucho más que ese viejo afiche. Hubo cosas antes, sí. También después. Pero ninguna como ese afiche. Su recordado papel en Los ángeles de Charlie duró apenas una temporada. Su matrimonio con Lee “Steve Austin” Majors se disolvió en seis años. Hay luego algunas películas, papeles en Broadway, una nominación a mejor actriz en los globos de oro del 87, un poco de televisión más bien deprimente, anuncios de cosméticos, muñecas, algunos contados escándalos personales, pero nada que condense la raíz de su fama como ese afiche. Y, ya puestos, nada que explique el poder del afiche como su pelo. Lo demás, su cara, sus piernas, su afilado pezoncito derecho y su escote insinuante, son detalles menores. La razón por la que ese afiche fue suficiente para que hoy sepamos quién era Farrah Fawcett y hasta nos duela un poco que haya muerto así, con la noticia barrida por la inmediata muerte del gigantesco Michael Jackson, es que Farrah Fawcett tenía un pelo que nos hacía parecer a todos calvos. Un pelo en explosión constante que caía a capas en cascadas y tirabuzones, que no se contenía, que flotaba, que se burlaba abiertamente y con desenfado del pelo hippie flojo y sin alma. Un afiche apenas, ese afiche, bastó para convertir su pelo en parámetro y norte estético generacional por una década entera o incluso más. Treinta años más tarde dos sesiones de quimioterapia fueron suficientes para que se quedara sin él.
 
No sabría determinar el punto, pero hay un momento en el documental sobre la agonía de Farrah Fawcett cuando todo mi cinismo de televidente con callo se derrumba. Hay un momento impreciso cuando se vuelve imposible negar que esta mujer, la misma del afiche, el pelo y la sonrisa resplandecientes, terroríficamente la misma, está sufriendo a treinta y tantos años de distancia porque ese cuerpo que creía suyo, el que la convirtió en diosa venerada y ángel deseada, de repente la traiciona. No es una broma inocente. No es algo temporal. La peluca es con franqueza lo de menos. Y nada de esto es culpa de sus excesos, si es que los tuvo, ni de su fama difusa ni de su codicia. Es cáncer hediondo y en metástasis escalando implacable del ano al hígado por el torrente sanguíneo. Cáncer que hace llorar y rezar. Una orgía celular expansiva que ha convertido sus venas en un campo de batalla donde la radiación y los venenos químicos enfrentan sin éxito el avance de la invasión. “Extraño mi vida”, dice varias veces. “Extraño vivir”. Al cierre descansa fundida entre su cama, impotente, sometida al dolor insoportable que palia con analgésicos y gotas homeopáticas, resignada a que los medios pornográficos jueguen con su enfermedad como si fuera una infidelidad o una foto en topless en Ibiza. Su hijo la visita en su casa en Los Ángeles. La abraza. Ella apenas lo reconoce en medio del sopor. “Te quiero”, le dice al fin. Su marido los mira desde la puerta del cuarto. Farrah Fawcett no se rinde ni se despide. Eso nunca. Ahí adentro está el cáncer desaprensivo pero ahí afuera sigue ella, pese a todo (y para siempre) viva, dulce, fuerte, de frente a nosotros, dispuesta a la batalla. Es triste. No es justo. Su historia no debería terminar así.

 

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