¿Por qué salió usted de El Heraldo: ¿lo despidieron o renunció?
Ese asunto, francamente, me parece anecdótico. La verdad es que ya no soy el editor general del periódico.
En la redacción del periódico dicen que usted ya había comunicado su decisión de renunciar desde finales de enero de 2009...
Desde antes, en realidad, pero convine con la jefe de redacción de El Heraldo y de Al Día que solo haría formal mi decisión tras el Carnaval para no entorpecer el cubrimiento que ya habíamos comenzado.
Usted estuvo vinculado como editor general, primero en Al Día y luego en El Heraldo, por casi dos años. ¿Cuál es su balance de esa experiencia?
Son dos momentos distintos. Yo fui contratado a toda prisa para conjurar la amenaza que representaba un nuevo periódico popular de origen cachaco en Barranquilla. El Colombiano de Medellín y El País de Cali tenían periódicos populares muy exitosos desde hacía más de tres años y decidieron, junto con El Universal de Cartagena, jugar en el mercado de Barranquilla. En apenas un mes yo debí inventar Al Día de la nada: desde diseñar sus páginas, secciones y estilo tipográfico hasta contratar periodistas. Fue un esfuerzo maratónico.
Y pronto se convirtió en un fenómeno...
Sí. Un año después, Al Día logró más de medio millón de lectores, trescientos mil más que el periódico Nuestro Diario, que luego tuvo que llamarse Q’hubo por un revés legal que no pudieron sortear con éxito sus propietarios. Un año después, contra todo pronóstico, Al Día ya era el periódico popular más leído del país y el tercero con más lectores después de El Tiempo y El Espectador. Fue un milagro editorial sin precedentes en Barranquilla ni en la Costa Caribe.
Claro, pero sobre la calidad de ese periódico siempre hubo reparos. Muchos creen que es amarillista, oportunista, que se hizo popular mostrando ahorcados, macheteados y mujeres desnudas...
Eso no es cierto. Mostrar muertos y tetas no es la fórmula ganadora de Al Día. La Libertad, para mencionar el periódico amarillista por excelencia de la ciudad, sí exhibe las cabezas amputadas desde todos los ángulos, a todo color, a doble página, y sin embargo, en solo un año, ya tenía cuatrocientos mil lectores menos de los que tenía Al Día. Nosotros no publicábamos fotos de los muertos desplegadas en páginas interiores y nunca sacamos mujeres desnudas, nunca.
Y entonces, según usted, ¿dónde radica el éxito de Al Día?
Es una mezcla de muchas cosas. Por ejemplo: un acierto en su esquema de circulación, que vinculó a más de dos mil mujeres cabeza de familia que antes no tenían ningún tipo de ingreso. Pero no fue solo entregarles el periódico. Yo dicté, no sé, nueve, doce talleres a esas mujeres, en sus barrios, en sus zonas de venta, para explicarles en qué consistía la diferencia de Al Día con respecto a los demás diarios de la ciudad, cómo había que ofrecerlo, cuáles eran sus secciones, sus énfasis temáticos día por día, en fin. Y todos los días, sin excepción, me reunía con los vendedores para calibrar la aceptación de los lectores en la calle. Un editor general no hace esas cosas, seguro, pero digamos que el esquema tan singular que diseñé para Al Día me fue imponiendo ese tipo de tareas.
Los titulares de Al Día siempre crearon controversia, ¿usted los ponía? Para muchos se trata de un verdadero irrespeto a la ciudad.
El éxito de Al Día es que se parece a la ciudad que lo bien parió. A mí siempre me resultó divertido escuchar a locutores radiales al parecer ofendidos por este o aquel titular y que, para criticar o cuestionar, recurrían a las mismas palabras usadas en el titular. El éxito de Al Día consiste en que se parece a los barranquilleros, habla como los barranquilleros, sin recurrir nunca a vulgaridades, pero sí: no se anda con mentiras. A las cosas las llama por su nombre, como hace la gente en Barranquilla.
Y usa un humor macabro, ¿no?
Humor sí, pero no macabro. Es que el barranquillero es así, gozón, y punto. ¿Qué será más currambero que la figura de un hombre sin cabeza que carga su propia testa sangrienta en una mano y en otra agita un machete? ¡Y eso lo hace al son de música de fandango! El barranquillero es mamagallista y ese es, probablemente, su mayor antídoto contra todas las tragedias que lo acosan.
¿Pero burlarse del dolor de los demás con titulares satíricos no es excesivo?
Le respondo con un ejemplo: la policía captura a un grupo de ladrones conocidos como Los Bachilleres y Al Día publica sus fotos con el siguiente título: ¡Los graduaron! Seguro que a ellos y a sus familias ese titular les resultará incómodo, burlón, pero el ciudadano, el que festeja la eficacia policial, encuentra ese titular cercano, entendible, contundente.
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