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Saber lo que es bueno

A los 81 años, el autor de Matadero Cinco está escribiendo una novela sobre el fin del mundo que se inspira en Bush y en la realidad americana del presente. Hace poco habló de ella en una graduación de universitarios: su característico humor negro fue el personaje de la noche.
Saber lo que es bueno
Traductor
María Alejandra Pautassi
Edición N° 51

N° 51

Diciembre - Febrero de 2004[ ver índice ]

Nota del autor: Estoy escribiendo una novela —Si Dios estuviera vivo hoy— sobre un hombre ficticio, Gil Berman, 36 años menor que yo y que, al igual que yo, de tanto en tanto cuenta chistes o lo que sea frente a públicos universitarios. Transcribo aquí algunos fragmentos de algo que dije en la Universidad de Wisconsin en Madison la noche del 22 de septiembre de 2003, al tiempo que seguimos consumiendo los últimos poquitos, gotas y emanaciones de combustible fósil.

 
Me parece aterrador ser estudiante o profesor en una universidad tan importante como ésta, con sus bibliotecas, laboratorios y aulas magistrales, mientras uno sabe que vive entre los límites de una nación donde la sabiduría, la razón, el conocimiento y la verdad no aplican ya.
 
Soy consciente de que algunos de ustedes han venido con la esperanza de oír consejos de cómo convertirse en escritores profesionales. Y yo les digo: “Si realmente quieren herir a sus padres y no son lo suficientemente valientes para volverse homosexuales, lo menos que pueden hacer es dedicarse a las artes. Pero absténganse de usar el punto y coma. Es un signo hermafrodita y travesti que no significa nada. Lo único que hace es demostrar que uno ha ido a la universidad”.
 
El caso es que cultivar cualquier arte —no importa si bien o mal— es una forma de hacer crecer el alma. Así que háganlo. Bailen al salir de aquí. Canten al salir de aquí. Escriban un poema de amor cuando lleguen a casa. Hagan un dibujo de su cama o de su compañero de cuarto.
 
¡Ey! Escuchen: una señora melindrosa me mandó una carta hace algunos años. Sabía que yo también era melindroso, lo que dicho de otra manera significa que soy un fiel demócrata norteño moldeado a lo Franklin Delano Roosevelt, amigo de los duros de la clase obrera. Ella estaba a punto de tener un hijo —no era mío— y quería saber si era malo traer tan dulce e inocente criatura a un mundo corrompido como éste. Le respondí que, aparte de la música, lo que hacía que la vida valiera casi la pena para mí era que podía conocer santos, y que ellos aparecían en cualquier parte. Cuando digo santos quiero decir personas que se comportan de manera decente en una sociedad demasiado indecente. Quizás algunos de ustedes son —o se convertirán— en los santos que este niño pueda llegar a conocer.
 
 
Ahora quiero hablarles de mi difunto tío Alex. Hermano menor de mi padre, mi tío era un ex alumno de Harvard que nunca tuvo hijos y que vivió como un honesto vendedor de seguros de vida en Indianápolis. Había leído mucho y era un sabio. Su más sentida queja sobre los otros seres humanos era que si estaban felices casi nunca lo notaban. Así que cuando tomábamos limonada bajo un manzano en el verano, digamos, y conversábamos perezosamente sobre esto y lo otro zumbando como abejas, el tío Alex de repente interrumpía la agradable charla y exclamaba: “¡Si esto no es bueno, no sé qué pueda serlo!”.
 
Yo hago lo mismo ahora, al igual que mis hijos y nietos. Y los incito a que por favor se den cuenta cuándo están felices y a que en algún punto exclamen o murmuren o piensen: “Si esto no es bueno, no sé qué pueda serlo”.
 
Éste es un favor que les pido.
 
Ahora les pido otro. Levanten la mano: ¿cuántos de ustedes han tenido un profesor (en cualquier momento de su educación) que los hizo sentir más felices y orgullosos de estar vivos de lo que alguna vez creyeron posible? Por favor digan en voz alta el nombre de ese profesor a la persona que está sentada o parada al lado suyo.
 
¿Listo? ¿Acabaron todos? “Si esto no es bueno, no sé qué pueda serlo”.
 
 
El 11 de noviembre habré cumplido 81 años. ¿Que qué se siente al ser tan viejo? Ya no puedo parquear en reversa aunque me paguen por ello. Les pido que no me miren mientras intento hacerlo. Pero sin importar qué tanto empeoren las cosas, la música siempre será maravillosa. Si alguna vez necesito un epitafio —Dios no lo quiera—, éste dirá: “La única prueba que necesitó de la existencia de Dios fue la música”.
 
A la policía le interesará saber —y a ustedes también, ya que vamos a pasar esta noche juntos— que soy un humanista y un ludita. Si llegase a encontrar un bebé neoconservador, haría una misa negra en el garaje de un hotel de mediopelo, y lo sacrificaría.
 
¿Saben qué implica ser un humanista? Soy el presidente honorario de la Asociación Americana de Humanistas, puesto caduco en el que reemplacé al gran escritor de ciencia ficción Isaac Asimov. Nosotros, los humanistas, intentamos comportarnos correctamente sin esperar premios o casti­gos después de la muerte. Intentamos servir lo mejor posible a nuestra comunidad, la única abstracción con la que estamos realmente familiarizados.
 
Hace algunos años hicimos un homenaje en memoria de Isaac. En algún punto de la celebración dije: “En este momento Isaac debe estar en el cielo”. Fue la cosa más graciosa que pude haber dicho a un grupo de humanistas. Los hice caer de sus sillas de la risa. Pasaron varios minutos antes de que todo volviera a la normalidad. Y si alguna vez muero —Dios no lo quiera—, espero que digan: “En este momento Kurt debe estar en el cielo”. Es mi chiste favorito.
 
¿Saben qué es un ludita? Un ludita es una persona a quien no le gustan los cacharros modernos, cacharros como submarinos nucleares armados con misiles Poseidón y bombas de hidrógeno en las ojivas, o computadores que falsean el proceso de “llegar a ser”. Bill Gates dice: “Esperen a ver lo que su computador puede llegar a ser”. Pero usted es el que debe “llegar a ser”. Uno nace para realizar el milagro implícito en la vida, no para que un ridículo computador lo suplante.
 
Ahora saben lo que son un humanista y un ludita. ¿Saben qué es ser un pendejo? Hace 65 años, en Indianápolis, cuando yo aún estaba en el colegio, un pendejo era un tipo que se metía una caja de dientes por el trasero y mordía los botones de la cojinería de los taxis. (Y un pelmazo era un tipo que se dedicaba a oler los asientos de las bicicletas de las niñas.)

 

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