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El último torero británico

El regreso del matador Francis Evans Kelly

¿A quién se le ocurre lidiar con toros al filo de los setenta años? El perfil sonriente de este excéntrico en traje de luces arroja brillo sobre sus más deslucidas faenas.

El último torero británico
Edición N° 103

N° 103

Noviembre de 2009[ ver índice ]

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Francis Evans Kelly respira hondo. Cuatro años después de retirarse está a punto de volver a enfrentar un toro de 450 kilos. En el 2005 su adiós fue inevitable: los ligamentos de la rodilla derecha y una cirugía de bypass cuádruple, que le practicaron para destapar las arterias del corazón, lo obligaron a abandonar los ruedos. Es la edad: a los 67 años ya no es el mismo diestro de antes. Una y otra vez los médicos le han advertido que no debe seguir toreando pero Frank, el único torero inglés que hay en el mundo, ha optado por no hacerles caso.
 
Es 30 de agosto de 2009. Benalmádena, sur de España. En esta tierra se respira toreo: el arte de la tauromaquia se siente en los carteles que anuncian corridas en ciudades y pueblos remotos; en la enorme valla con la figura de un toro que se alza al borde de la carretera y en los innumerables festejos que se celebran cada año con devoción religiosa y que congregan a miles de seguidores. Los toros, más que un arte, son parte esencial de Andalucía.
 
La pequeña plaza de Benalmádena –una población de la provincia de Málaga que está a cincuenta minutos en tren de la capital– tiene capacidad para 600 personas. Son las 6 y 45 minutos de la tarde y todavía no se llena. Las gradas de la localidad de sombra se van ocupando poco a poco por curiosos espectadores que quieren ver el regreso de El Inglés. Las de sol continúan vacías. En el medio de la arena dos hombres rasgan las cuerdas de una guitarra y una mujer flamenca con vestido blanco de puntos verdes taconea al compás de la música. El sol no da tregua; a esa hora el calor sobrepasa los treinta grados.
 
Evans está detrás de la gran puerta metálica de color rojo por la que se entra al ruedo. No hay rastro de miedo en su mirada. Una hora antes, mientras dos mozos de espadas le ponían el traje de luces en la austera habitación del hostal Los Corchos, en Fuengirola, había bromeado con los periodistas que entramos a ver el ritual. La minúscula habitación se llenó de reporteros británicos que viajaron desde Inglaterra para cubrir la historia. Entre ellos estaba el cámara Daniel Demoustier, un corresponsal de guerra que ha cubierto el conflicto iraquí y que al día siguiente partiría a Afganistán junto a las tropas británicas. “I’m a fat bastard for being a bullfighter”, nos dijo Frank entre risas, con un acento británico limpio y elegante.
 
En la mañana, mientras desayunaba unos huevos revueltos con tostadas y café en un restaurante barato cerca a la playa, Evans me confesó que sentía un poco de presión. “Siempre tienes la responsabilidad de estar bien –me dijo–, pero hoy más que nunca, porque si fallo todo el mundo se entera. Yo espero por lo menos ser digno”.
 
Lo había visto por primera vez minutos antes, cuando nos cruzamos a la salida del hostal donde se quedaría esa noche. Fuengirola es un pequeño pueblo de La Costa del Sol, una larga cadena de poblaciones que se extienden a lo largo del mar Mediterráneo. El lugar está pensado para el turismo: en sus playas abundan los kioscos y chiringuitos –los tradicionales restaurantes junto al mar–; sus calles son estrechas y verdes, y hay hoteles para todos los presupuestos. Al borde de la playa se extiende un paseo marítimo con decenas de restaurantes que ofrecen paella y camarones.
 
De inmediato lo reconocí: estaba vestido completamente de blanco y llevaba unos zapatos de cuero café, sin medias. Tenía la piel morena de aquellos que se exponen muchos días al sol y una gran entrada en la frente que daba paso a su pelo metálico. Llevaba los dos primeros botones de la camisa desabrochados, un par de collares colgados en el cuello, un anillo grande y brillante en el dedo meñique, tres manillas en la mano derecha y un reloj negro deportivo en la izquierda. Su figura era esbelta y atlética; su sonrisa, amplia y generosa.
 
Ahora son las siete en punto de la tarde. Embutido en su traje de luces color oro y azul, la barriga de Frank se ve más prominente. Por detrás de la montera negra su pelo se recoge en una pequeña coleta. El capote de paseo, firme, descansa recostado en el brazo derecho. La plaza no va a llenarse más: las gradas de sol están vacías y el grupo de flamenco ya ha desmontado su tablado. Detrás de la puerta roja por la que se dispone a salir hay un espacio amplio en el que van enfilando alguacilillos, toreros, subalternos –conocidos como banderilleros–, picadores, monosabios y areneros. Es el orden estricto en el que en cada corrida desfilan los protagonistas del paseíllo, el ritual de preámbulo al inicio del espectáculo. Puro y rígido protocolo que le da a la fiesta brava ese aire de elegancia.
 
Todo está listo; en las gradas la banda ameniza la fiesta: el redoble de clarines y timbales anuncia la salida de los protagonistas a ritmo de pasodoble. La puerta se abre y Frank camina detrás de los alguacilillos, con la cabeza erguida y la mirada en alto. Parece como si en estos cuatro años de ausencia extrañara el enorme riesgo que implica poner su vida en juego frente a un toro. Junto a él va el que será su compañero de faena: un novillero imberbe llamado Saúl Jiménez Fortes. Entonces recuerdo que una de las razones por las que Frank se hizo torero –en 1991, a los 48 años– fue porque, según me dijo, “sentía vergüenza de seguir toreando con muchachos”.
 
El paseíllo se alarga hasta el otro extremo de la plaza, donde está la presidencia. Frank saluda –como exige el protocolo– y hace dos o tres pases de práctica con el capote; a su lado, los banderilleros se alistan. Pocos segundos después, “Baloncito”, un toro de grandes pitones, recorre el ruedo con furia; el público, que había estado tranquilo, aplaude y silba. Y entonces, por fin, Frank se le pone al frente.

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