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La endeble luz de la democracia

En septiembre pasado, durante el Festival de Literatura de Berlín, la conocida autora y activista india leyó el siguiente ensayo. Sus provocadoras reflexiones desataron una polémica cuyos ecos no se apagan y cuya pertinencia para democracias diferentes a la de su país amerita una juiciosa consideración.

La endeble luz de la democracia
Traductor
Jorge Vitón
Edición N° 103

N° 103

Noviembre de 2009[ ver índice ]

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Mientras seguimos discutiendo si hay vida después de la muerte, ¿podríamos incluir otra pregunta en la discusión? ¿Hay vida después de la democracia? ¿Qué tipo de vida será? Cuando hablo de democracia no me refiero a un ideal o una inspiración, sino al modelo existente, es decir, la democracia liberal occidental y las variantes que tenemos.

Entonces, ¿hay vida después de la democracia?
 
A menudo los intentos de responder esta pregunta se convierten en una comparación entre diferentes sistemas de gobierno y terminan en una defensa combativa de la democracia, que provoca cierta desazón. “Tiene sus defectos”, decimos, “no es perfecta, pero es mejor que cualquiera de los otros sistemas”. Inevitablemente alguien remacha: “Afganistán, Pakistán, Arabia Saudita, Somalia... ¿preferirías eso?”.
 
Si la democracia debería o no ser la utopía a la que aspiran todas las sociedades “en desarrollo”, es otra pregunta por separado (yo creo que sí, la fase idealista temprana puede ser muy embriagadora). La pregunta sobre la vida después de la democracia se dirige a quienes ya vivimos en una democracia o en países que aparentan ser democracias. Esta pregunta no trata de insinuar que debamos retomar viejos modelos desacreditados de gobiernos totalitarios o autoritarios, sino que alude a que el sistema de la democracia representativa –demasiada representación, demasiada poca democracia– necesita algunos ajustes estructurales.
 
Podría parecer fuera de lugar criticar la democracia ante una audiencia que incluye escritores de países cuyos pueblos no conocen la democracia o cuyos regímenes totalitarios les han negado los derechos básicos durante décadas. Pero todos sabemos que, como el capital global, los sistemas políticos también están interconectados. Con más frecuencia que en el caso contrario, son las grandes naciones democráticas –disfrazadas de salvaguardias de la moral y servidoras de la humanidad– las que apoyan, financian y refuerzan las dictaduras militares y los regímenes dictatoriales. Sabemos que las guerras en Irak y Afganistán, donde cientos de miles de personas perdieron la vida y ciudades enteras fueron convertidas en escombros por los bombarderos, fueron hechas en nombre de la democracia. También sabemos que países que se llaman a sí mismos democracias administran muchas de las ocupaciones militares en el mundo: me refiero a Palestina, Irak, Afganistán y Cachemira.
 
Por lo tanto, las preguntas reales aquí son: ¿qué hemos hecho de la democracia? ¿En qué la hemos convertido? ¿Qué pasará cuando la democracia se gaste? ¿Cuándo quede hueca, vacía de significado? ¿Qué pasará cuando todas sus instituciones hayan hecho metástasis hacia algo peligroso? ¿Qué pasará ahora que la democracia y el mercado libre se han fusionado en un solo organismo depredador con una imaginación tan restringida que piensa casi exclusivamente en maximizar las ganancias? ¿Es posible invertir este proceso? ¿Puede algo que ha mutado volver a ser lo que era?
 
Lo que necesitamos hoy para la supervivencia de este planeta es una visión a largo plazo. ¿Pueden los gobiernos cuya supervivencia depende de las ganancias inmediatas proporcionar esta visión? ¿Puede ser que la democracia, la respuesta sagrada a nuestras esperanzas y plegarias inmediatas, la protectora de nuestras libertades individuales y nutridora de nuestros sueños de avaricia, resulte la etapa final de la raza humana? ¿Puede ser que la democracia tenga tanto éxito en los humanos modernos precisamente porque refleja nuestra mayor necedad, nuestra miopía? Nuestra incapacidad de vivir por completo en el presente (como lo hace la mayoría de los animales), combinada con nuestra incapacidad de ver el futuro lejano, nos convierte en extrañas criaturas a medio camino, ni bestias ni profetas. Nuestra asombrosa inteligencia parece haber dejado atrás nuestro instinto de supervivencia. Saqueamos la Tierra con la esperanza de que la acumulación de excedentes materiales compense esta gran pérdida.
 
Yo he vivido toda mi vida en la India, un país que se vende a sí mismo como la democracia más grande del mundo (también ha usado adjetivos como la “más grandiosa” o la “más antigua”). Así que con el perdón de ustedes, criticaré la democracia actual desde esta perspectiva.
 
Hace algunas semanas el gobierno indio anunció su plan de enviar a 26.000 efectivos paramilitares a una operación contra “terroristas” maoístas en los tupidos bosques, ricos en minerales, de India central. Durante décadas el ejército indio se ha desplegado en estados como Nagaland, Manipur, Assam y Cachemira, donde la gente ha estado luchando por la independencia desde hace tiempo. Pero anunciar abiertamente la militarización del centro del país significa para el gobierno reconocer oficialmente la guerra civil.
 
La operación –como se llama a las guerras hoy en día– está planificada para octubre, cuando las lluvias monzónicas hayan terminado y los ríos estén menos crecidos y el terreno sea más accesible. La gente que vive en estos bosques, incluyendo a los maoístas que se consideran en guerra contra el Estado indio, vive en tribus y es la gente más pobre del país. Han vivido en estas tierras durante siglos sin escuelas, hospitales, carreteras ni agua corriente. Su crimen es viejo: vivir en una tierra rica en mineral de hierro, bauxita, uranio y estaño, minerales ansiados desesperadamente por las corporaciones mineras, entre las que se encuentran Tata, Vedanta, Essar y Sterlite. El primer ministro ha declarado que su gobierno está en el deber de explotar los yacimientos minerales del país para alimentar el boom económico de la India. Ha calificado a los maoístas como “la mayor amenaza interna para la seguridad de la India” y en los medios se usan comúnmente palabras como aplastar y exterminar cuando se discute lo que se debería hacer con ellos. Sin embargo, cuando las fuerzas de seguridad penetren en los bosques, nadie sabe cómo van a distinguir entre los maoístas, los simpatizantes de los maoístas y la gente común.
 
Resulta significativo que la India haya sido uno de los países que bloqueó la moción europea ante la ONU que solicitaba una investigación internacional sobre los crímenes de guerra que pudo haber cometido el gobierno de Sri Lanka durante su reciente ofensiva contra los Tigres Tamiles. Los gobiernos en esta parte del mundo tomaron nota del modelo israelí en Gaza como un buen modo de lidiar con el “terrorismo”: mantener a los medios lejos y cazar de una buena vez a la presa. De esta manera no hay que preocuparse demasiado por diferenciar entre el “terrorista” y quien no lo es. Puede que esto provoque alguna pequeña indignación internacional, pero pasa bien rápido.
 
Desde hace varios años en la India hay una guerra civil de baja intensidad no reconocida. Cientos de miles de personas han visto destruir sus pueblos y quemar sus provisiones de alimentos. Muchos han emigrado a ciudades donde trabajan en labores manuales por sueldos de miseria. El resto está escondido en los bosques, viviendo de hierbas y frutos salvajes. Muchos mueren de hambre lentamente.
 
Pero ahora han comenzado los preparativos para la guerra formal con tropas terrestres apoyadas por helicópteros de combate y cartografía vía satélite. Están estableciendo los cuarteles en Raipur, la capital de Chhattisgarh; están levantando barricadas y acordonando el bosque; ya impusieron restricciones a periodistas, aprobaron un montón de leyes que criminalizan cualquier tipo de disidencia, incluyendo la pacífica, y una veintena de personas ha sido arrestada y encarcelada sin derecho a fianza.
 
La Guerra de Octubre, si tiene lugar, si no logramos detenerla, marcará la convergencia, la boda, si se quiere, de dos tipos diferentes de guerra que azotan a la India desde hace ya décadas: la guerra contra el “terrorismo”, que el ejército indio lleva a cabo contra el pueblo de Cachemira, Nagaland y Manipur, y la guerra para sitiar y controlar los recursos naturales, un proceso que también se conoce como el “progreso”.

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