La fiesta era en la casa de Linda King. No estoy seguro del distrito en el que estaba, pero no era lejos del apartaestudio de Bukowski en Hollywood. Toda la élite literaria de Los Ángeles estaba ahí cuando llegamos. Sobre todo eran poetas jóvenes y editores de pequeñas editoriales. Un par de flacas hippies y algunas atractivas y estiradas mujeres negras citadinas. Bukowski se sentó en una vieja silla en la sala, al lado de un poeta parecido a un enorme oso de peluche. No diré su nombre, pero llevaba por todas partes un libro manuscrito con todos sus poemas y los leía estruendosamente al modo de un falso Dylan Thomas. Me dijo que usaba un seudónimo porque había abandonado a su esposa e hijos y que por eso se estaba escondiendo de la justicia. No me gustó para nada ese tipo; me pareció un idiota pedante. Pero a Bukowski le gustaba. No entendía por qué quería que semejante trampa siquiera respirara en su sala.
Al otro lado de Bukowski estaba una pequeña y hermosa francesa de unos cincuenta años. Primero pensé que era Anais Nin. Parecía una farsante también. Muy elegante pero artificial. ¿Qué veía él en esa gente?
Casi esperaba ver a Henry Miller saliendo de la cocina y preguntando por un sacacorchos.
Los libros estaban amontonados sobre una mesa y valían un dólar. No tenía ni un centavo así que ni modo. Miré uno por encima. Era una cruda edición mimeografiada con poemas de Linda King y tal vez algunos de Bukowski también. Leí algunos; eran buenos pero yo estaba pelado. Había gastado mi último dólar en La 49.
Locklin había traído una o dos pacas de Coors, de las grandes en lata, y Bukowski dijo que había muchas botellas de Bud en el refrigerador. Yo me zampé dos Coors de las de Gerry y luego fui a la cocina por más.
De una estaba borracho. Estaba de pie en la cocina con Dana y Bukowski, los tres tomando de las botellas cafés de Bud. Bukowski nos decía que odiaba las fiestas, que no soportaba estar con gente. “Solo lo hago por la nena”, dijo, refiriéndose a Linda King.
Dana le hizo muchas preguntas y él se mostraba muy amable con nosotros, tolerando nuestra presencia en la cocina adonde había escapado de la multitud.
Bukowski prendió un cigarrillo y le dio a su cerveza. Parecía un enfermo terminal. Veía las pequeñas venas de su nariz, las partidas líneas rojas entrecruzando la superficie de su piel manchada. Dijo que había estado enfermo, que solo estaba tomando algo de cerveza y vino y que se estaba alejando de la bebida fuerte. Se abrió campo, tosió y escupió en el lavaplatos un coágulo de sangre mezclado con mocos, le tiró las cenizas de su cigarrillo y lo lavó con agua de la llave.
Abrió otra botella de cerveza y nos ofreció más a nosotros.
En el baño de Linda King vi la típica y usual parafernalia de la existencia común; los restos de una crema de dientes destapada, un barato enjuague bucal rosado y jovial, desodorante antitranspirante, papel higiénico con fragancia. En mi borrachera, me pareció un gran descubrimiento: Charles Bukowski se lavaba los dientes, hacía gárgaras, se echaba desodorante y se limpiaba como el resto de la humanidad. De repente ya no parecía semejante monstruo. El Viejo León era simplemente un cansado y viejo alcohólico que resultaba ser el mejor poeta de los alrededores. El genio era algo que le había caído del cielo. Por todos Los Ángeles, un millón de hombres iguales que él, de una u otra manera, estaban bebiendo y viendo televisión y peleando con sus mujeres. La única diferencia era la poesía. Nada más.
Empecé a sentir claustrofobia. Necesitaba salir un rato para controlarme. Me encontré con un cuarto en la parte de atrás donde los niños de Linda King estaban viendo un episodio de La Guerra de las Galaxias en un televisor a color. Un demonio cósmico con un vestido de plata brillante se derretía bajo la mirada imperdonable de los desencantados huérfanos espaciales. Era Dorothy y la Bruja Maldita del Oeste de nuevo. Me sumergí en la fantasía.
Realmente me estaba escondiendo. No quería caer de bruces, perder el conocimiento o ponerme a pelear. Tenía miedo de que le pudiera decir algo descortés a Bukowski, de provocarlo intencionalmente para ver cómo reaccionaba. Entonces me quedé ahí en ese cuarto con el televisor y los niños durmiendo en sus piyamas hasta que me mejoré.
Cuando regresé a la sala, la fiesta estaba a toda marcha. Bukowski y Linda estaban bailando “Honky Tonk Woman” de los Rolling Stones y la gente estaba gritando y el cuarto daba vueltas.
Sobre la repisa de la chimenea había varios trozos retorcidos y esculpidos en arcilla y al lado de ellos un busto labrado, grande y rugoso de Bukowski. Linda King vio que estaba interesado y se acercó para explicarme.
Era una mujer linda y ordinaria del sur de más o menos treinta y cinco años con un pelo castaño largo y llamativo y un cuerpo voluptuoso. Tontamente me recordaba a la ex esposa de mi tío Duke, a quien conoció en un bar rural del oeste americano. Escribía poesía (Linda King, no la ex de mi tío) y también era escultora.
Admiré el busto aunque realmente creía que era un pedazo de mierda.
“Va para una universidad allá arriba en el norte”, dijo ella. “Tienen un archivo sobre Bukowski, están coleccionando todos sus libros, cartas y manuscritos, todo lo que ha hecho, y quieren el busto también”.
“¿Hiciste estos?”, pregunté a la vez que cogía un seno de arcilla retorcido.
“No. Hank los hizo. Hace muchos y luego los bota pero yo los recupero a tiempo”.
Dejamos la arcilla y luego empezamos a hablar de música. Yo mencioné a Bob Dylan, uno de mis héroes del momento, pero a ella no le gustaba para nada.
“Es un farsante que gime. Me da dolor de cabeza”, dijo.
Dana estaba recostado contra la mesa del comedor. Linda King fue hasta allá y se sentó en la mesa junto a él, muslo contra muslo. Vi la mano de Dana en el culo de Linda, agarrándolo y sobándolo. Hablaban en voz baja. De repente estaban bailando, apretada y románticamente.
Como de la nada un bramido, un profundo rugido de Charles Bukowski atravesó el cuarto con furia, gritándole a Linda.
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