En 1985, en Hamburgo, jugué al mismo tiempo contra 32 computadores desarrollados especialmente para jugar ajedrez, en lo que se conoce como una exhibición simultánea. Fui pasando de una máquina a otra, haciendo mis movimientos, durante más de cinco horas. Los cuatro principales fabricantes de computadores de ajedrez habían enviado sus mejores modelos, entre ellos ocho que llevaban mi nombre, fabricados por la firma de productos electrónicos Saitek.
El hecho de que nadie se haya sorprendido mucho cuando obtuve una victoria perfecta de 32 a 0, barriendo en todas las partidas, ilustra el estado de los computadores ajedrecistas de esa época. Aunque hubo un momento de incomodidad: en cierto punto se me estaba enredando la partida contra uno de los nuevos modelos Kaspárov. Si esta máquina lograba ganar o incluso empatar, la gente se apresuraría a decir que yo había perdido intencionalmente para hacerle publicidad a la compañía, así que tuve que intensificar mis esfuerzos. Después de un rato encontré una manera de engañar a la máquina con un sacrificio que ha debido rechazar. Desde la perspectiva humana, o al menos desde mi perspectiva, ésos eran los buenos tiempos del enfrentamiento entre el hombre y las máquinas que jugaban ajedrez.
Once años después derroté por estrecho margen al supercomputador Deep Blue. Luego, en 1997, IBM redobló sus esfuerzos –duplicó la capacidad de procesamiento de Deep Blue– y yo perdí la revancha en un hecho que fue noticia en todo el mundo. El resultado fue recibido con asombro y tristeza por aquellos que lo interpretaron como un signo del sometimiento de la humanidad ante los computadores todopoderosos. (“La última batalla de la mente”, decía el titular de Newsweek). Otros se encogieron de hombros, sorprendidos al ver que los humanos todavía pudieran competir contra el enorme poder de cálculo, que para 1997 ya estaba presente sobre casi todos los escritorios del primer mundo.
Quienes tuvieron una comprensión más ponderada del resultado fueron los especialistas: los jugadores de ajedrez, los programadores y los entusiastas de la inteligencia artificial. Los grandes maestros ya habían comenzado a ver las implicaciones de la existencia de máquinas que pudieran jugar con absoluta perfección, aunque en ese momento solo podían hacerlo en unas cuantas configuraciones específicas de tablero. La gente que trabajaba en el desarrollo de programas de ajedrez para computador estaba encantada con la conquista de uno de los primeros y más sagrados símbolos de la ciencia informática, y en muchos casos llegaron a igualar las hipérboles de la prensa. El libro Deep Blue (2003) de Monty Newborn fue comentado con las siguientes palabras: “Una extraordinaria y crucial línea divisoria, que supera todos los otros triunfos: el primer viaje de Orville Wright, el aterrizaje de la NASA en la luna...”.
Los fanáticos de la inteligencia artificial también estaban complacidos con el resultado y la atención, pero se sentían decepcionados por el hecho de que Deep Blue no fuera realmente lo que sus predecesores se habían imaginado décadas atrás, cuando soñaron con crear una máquina capaz de derrotar al campeón mundial de ajedrez. En lugar de ser un computador que pensaba y jugaba ajedrez como un humano, con la intuición y la creatividad humanas, habían creado un computador que jugaba como una máquina y evaluaba de manera sistemática 200 millones de movimientos posibles por segundo y que ganaba por la fuerza bruta del procesamiento numérico. Tal como lo explicó Igor Aleksander, un pionero británico de la inteligencia artificial y las redes neurológicas, en su libro Cómo construir una mente, publicado en el año 2000:
A mediados de los noventa, el número de personas que tenía experiencia en el uso de computadores era de una magnitud muchísimo mayor que en los sesenta. En la derrota de Kasparov reconocieron un gran triunfo para los programadores, pero no uno que pudiera competir con la inteligencia humana que nos ayuda a vivir.
Fue un logro impresionante, desde luego, y un triunfo humano por parte de los miembros del equipo de IBM, pero Deep Blue solo era inteligente en el sentido en que es inteligente un reloj despertador programable. Aunque no es que me haya hecho sentir mucho mejor el hecho de perder contra un reloj despertador de diez millones de dólares.
Por desgracia, mi esperanza de tener una revancha con Deep Blue se frustró. IBM ya había obtenido la publicidad que deseaba y rápidamente clausuró el proyecto. Al mismo tiempo, otros proyectos de informática aplicada al ajedrez en otras partes del mundo también perdieron su patrocinio. Aunque de estar mejor preparado habría tenido más posibilidades en una revancha en 1998, en ese momento ya estaba claro que en el juego de ajedrez la superioridad de los computadores sobre los humanos siempre había sido solo cuestión de tiempo. Actualmente, por cincuenta dólares se puede comprar un programa de computador casero capaz de aplastar a la mayoría de los grandes maestros. En el año 2003 me enfrenté contra dos de estos programas, instalados en procesadores disponibles en el comercio –por supuesto, jugué solo una partida a la vez– y en los dos casos el resultado terminó en tablas, con una victoria para cada uno y varios empates.
Inevitable o no, nadie entendió todas las ramificaciones de tener a un gran maestro en el computador personal, en especial lo que eso iba a significar para el ajedrez profesional. Hubo varios panoramas fatalistas, sobre cómo la gente iba a perder el interés en el ajedrez con el surgimiento de las máquinas, en especial después de que perdí contra Deep Blue. Algunos reaccionaron a estas perspectivas con variaciones sobre cómo todavía se hacían carreras a pie, a pesar de que los carros y las bicicletas iban mucho más rápido, una analogía falsa, en la medida en que los carros no ayudan a los humanos a correr más rápido, mientras que los programas de ajedrez sí tienen un efecto indudable en la calidad del ajedrez humano.
Otro grupo anunció que el juego sería resuelto, es decir, que se encontraría una manera matemáticamente definitiva de que un computador ganara desde el comienzo. (O tal vez se probaría que una partida de ajedrez que se juega de la mejor manera posible siempre termina en un empate.) Tal vez una versión real de HAL 9000 anunciaría sencillamente un movimiento 1.e4 con jaque mate en, digamos, 38.484 movidas. Estas sombrías predicciones no se han hecho realidad y nunca lo harán. El ajedrez es demasiado complejo para que sea resuelto de manera definitiva por cualquier tecnología de las que podemos concebir hoy. Sin embargo, nuestra subestimada prima, las damas, padeció ese destino hace relativamente poco, gracias al trabajo de Jonathan Schaeffer, de la Universidad de Alberta, y su imbatible programa Chinook.
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