Hay una razón por la que los atraje con la promesa de un montón de cosas ricas de comer y beber para que vinieran a oírme dar cátedra. De hecho, es la misma razón por la cual las prisiones de máxima seguridad se cercioran de alimentar bien a sus prisioneros más peligrosos. Y es la misma razón por la cual creo que sería una buena política para todos los editores dedicar más tiempo a hablar a sus lectores sobre comida.
Todo el mundo come. Y casi todo el mundo se preocupa por lo que hay en su plato. Los políticos siempre han sabido que una forma segura de garantizar votos es alimentar a la gente, lo que explica que la maquinaria política demócrata creara en su momento la grandiosa institución americana conocida como el Gran Steak. Y es también por ello que alguna vez Alcatraz tuvo la mejor comida de todo el sistema penitenciario de Estados Unidos. Alimente bien a las personas y escucharán. Aliméntelas mal y se rebelarán. Por eso mismo pueden estar seguros de que cuando les ofrezcan a sus lectores una historia sobre comida la leerán. Es un hecho que los políticos y los guardias de las prisiones saben, pero que el resto de nosotros rara vez aprovecha.
En 1990, cuando me convertí en editora de la sección de comida de Los Angeles Times, lo primero que hice fue asignarle a un reportero la tarea de pasar tiempo con una madre que vivía de cupones alimentarios y de la seguridad social. La mujer recibía cerca de 200 dólares al mes. Con cuatro hijos, no tenía carro ni refrigerador... era terrible y esclarecedor. Pusimos una gran fotografía de ella justo debajo del logo de la sección en que se leía “Comida”.
Shelby Coffey, quien era entonces director del periódico, el hombre que me había dado el trabajo, irrumpió en mi oficina, señaló la foto de la mujer, apuntó al logo de “Comida” y dijo:
–Esto NO es igual a eso. ¿Qué crees que estás haciendo?
Yo me alteré mucho.
–Si lo único que quieres es un montón de lindas recetas de jamón en Coca-Cola, deberías contratar a alguien
diferente –le dije–. Porque en mi mundo, esto ES igual a eso y en mi opinión la comida es demasiado importante como para relegarla a una sección dirigida a mujercitas dulces y estúpidas. Vamos a escribir sobre cupones alimentarios y sobre política agrícola, acerca de salud y educación. Porque nuestros lectores realmente pueden producir un impacto sobre todas estas cosas.
Shelby se retiró de mi oficina y, dicho sea en su honor, nunca me volvió a decir una palabra sobre el tipo de historias que publicábamos. Como a él en ese momento, me gustaría intentar convencerlos a ustedes de que muchos de los asuntos importantes con los que lidiamos en la actualidad tienen que ver, en últimas, con la comida. Y no se trata de temas que pertenecen únicamente a la sección de comida –donde no aparecen con la frecuencia suficiente–, sino que además merecen, y mucho, un lugar en las páginas editoriales de nuestros diarios.
Más importante aún, quisiera recordarles que de todos los temas sobre los que se podría escribir, éste es uno que los lectores realmente tienen el poder de cambiar. Claro, si a ellos no les gusta la guerra pueden escribir a sus congresistas o votar para inhabilitarlos, pero es un proceso largo y finalmente insatisfactorio. Si en cambio deciden que ya no quieren comer animales criados en fábricas, su recurso es muy fácil: simplemente tienen que dejar de comprarlos. De hecho nosotros –todos nosotros– votamos sobre nuestro suministro de alimento todos los días. Cada vez que adquirimos comida en una plaza de mercado, en lugar de un Wal-Mart, estamos votando por el futuro de la oferta de comida en Norteamérica. Y este tipo de votos son extraordinariamente efectivos. Si mañana todo el mundo en Estados Unidos decidiera dejar de comprar animales criados en fábricas, la industria dejaría de producirlos. De inmediato.
No puedo pensar en un mejor ejemplo al respecto que el reciente enfrentamiento entre Michael Pollan, autor de El dilema del omnívoro, y el presidente de Whole Foods, John P. Mackey. Sí, El dilema del omnívoro apareció en la lista de bestsellers del New York Times. Pero, como autora que ha publicado tres bestsellers, les puedo decir que eso significa que Michael vendió algo así como 100.000 copias de su libro. Muchos editores de prensa alcanzan una audiencia mayor todos los días. Y, sin embargo, una sola frase de este libro hizo que Whole Foods cambiara sus políticas. Cuando Pollan le llamó la atención al supermercado por vender espárragos del otro lado del mundo –afirmó que sabían a cartón, peleó por la cantidad de petróleo usada para transportarlos y cuestionó que la firma no se comprometiera a apoyar la producción local– la compañía accedió a dialogar con él. Al final de un agitado intercambio público de correos electrónicos, Whole Foods prometió cambiar sus políticas y vender productos de granjeros locales en sus almacenes.
La pregunta que debemos hacernos es: ¿por qué? ¿Por qué causaba tanta angustia la idea de que 100.000 personas pudieran desaprobar lo que estaba haciendo el supermercado de mayor crecimiento en Estados Unidos? La respuesta dice mucho acerca de por qué la comida es un tema tan importante para los líderes de opinión.
En Estados Unidos hemos llegado a un momento en el que la comida –y las percepciones sobre ella– polarizan valores. Y para Whole Foods la imagen es todo. La gente no solo va a esa tienda por la comida, sino a ejercer una especie de acto virtuoso. Cuando compran comida orgánica, o carne de animales alimentados con pasto, o comida libre de pesticidas, al menos en sus mentes, están salvando el medio ambiente. Cuando se niegan a comprar salmón de criadero porque no es ambientalmente sano, están haciendo una declaración para sí mismos y sobre sí mismos. Entonces, cuando un autor famoso –o un editorialista– sugiere que comprar en su tienda no es tan virtuoso como se pensaba, saben que están en problemas. En un mundo en el que la comida nos define cada vez más, cobra vital importancia la forma como se perciben los productos y las tiendas donde se venden. Ésta es otra razón por la cual la comida y los asuntos alimentarios son significativos para autores y editores de prensa. Si Michael Pollan puede cambiar la forma en que el supermercado de mayor crecimiento vende su comida, piensen en lo que pueden hacer los editores de los principales medios.
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