Coelho tiene casi 60 años. Su nombre, que llevan una suite del hotel Ambasciatori de Roma y una bebida de chocolate caliente del hotel Le Bristol de París, se pronuncia Co-el-lo. Es un hombre bajo y macizo, con el aspecto seguro y curtido de alguien que vive la vida al aire libre; viste botas vaqueras de color negro, jeans negros y camisetas de manga corta también negras. En las noches, agrega a su atuendo una chaqueta de casimir negra con una cinta roja sujeta a la solapa, la cual indica que es un caballero de la Legión de Honor francesa. Tiene cabello cano y lo lleva muy corto, excepto por una pequeña cola de caballo que le sale de la parte posterior de la cabeza. En el antebrazo izquierdo tiene un rudimentario tatuaje de una mariposa azul, que él y su esposa –Christina Oiticica, pintora, quien lo diseñó y tiene uno igual– llevan desde 1980, como si fuera un “anillo de matrimonio”. Christina, afirma, es su última esposa (ha tenido otras tres antes). Coelho es supersticioso –no permite que haya trece personas a la mesa en una cena– y evita usar la palabra último en cualquier otro contexto, pues le parece malsana. Su reloj es nuevo. Lo recibió hace unas semanas de la International Watch Company, que le encargó escribir siete relatos cortos, uno sobre cada modelo que produce la compañía. Cobró sus honorarios en forma de una donación para el Instituto Paulo Coelho, una fundación que ayuda a niños que viven en la favela Pavão-Pavãozinho, en Rio de Janeiro. El encargo le tomó una semana.
Una noche de marzo, Coelho está en París, donde hace tres años compró un departamento en un edificio de 1925, en el barrio XVI. El departamento está poco amoblado, pero de manera exquisita, como si una persona de gustos rococó estuviera en proceso de mudanza: sillones de cuero blanco, almohadas decoradas con diseños de rosas en flor, cortinas de seda anaranjadas, un espejo antiguo. En un vaisselier de la cocina se pueden ver algunas solitarias botellas de licores finos. Coelho y Christina no tienen hijos; su sobrina de 25 años, Paula, quien trabaja como su asistente, vive con ellos. Coelho también es dueño de un molino transformado en vivienda, en los Pirineos franceses, y de un departamento en la playa de Copacabana, en Rio de Janeiro. Vive varios meses del año en cada lugar, y el resto de su tiempo lo pasa viajando. Por la mañana debe partir en un viaje de una semana a Italia, para promover su más reciente novela, La bruja de Portobello, mientras Christina y Paula pasan unos días en el sur de Francia.
Coelho se sienta en un escritorio con tablero de vidrio y empieza a revisar sus mensajes de correo electrónico en la computadora, en una oficina con repisas casi vacías, excepto por algunos libros sobre Irak y una gastada baraja de tarjetas con imágenes de santos que preside san Dimas, santo patrón de los ladrones. En su página web, que ofrece amplio espacio para comentarios y conversación, Coelho mantiene una relación excepcionalmente cálida con sus lectores. El sitio funciona como una habitación de chat de la Nueva Era, donde los lectores intercambian ideas sobre la oración (“¡Soy musulmán, pero no la practico! [...]. ¡Creo en Dios, pero con la globalización es difícil aferrarse a principios religiosos!”) y el camino espiritual (“¿Ha leído alguien El secreto?”).
Dos semanas antes, Coelho estuvo leyendo una sección de su página web dedicada a “milagros cotidianos”, y eso lo llevó a publicar un anuncio personal, invitando a los primeros diez lectores que le respondieran a que lo acompañaran en una fiesta que daría en España el 19 de marzo, en celebración de las festividades de san José. “Somos guerreros de la luz y creemos en los sueños, los milagros y las señales”, escribió, explicando por qué quería conocerlos. “Al día siguiente, me habían llegado un centenar de pedidos. Tenía solicitudes provenientes de Japón, de Cataluña, de América del Sur, de América del Norte, de Europa. Se van a sentir intimidados. La gente espera hasta seis horas para que les firme un libro”. Se siente culpable por los lectores que vienen desde lejos –tendrán que pagar por su propio transporte y alojamiento, y sólo estarán unas horas con él–, pero está determinado a honrar su promesa.
La ilusión que tienen los lectores de que Coelho hable directamente con ellos y sobre ellos se ve reforzada por el hecho de que él a menudo se ha inspirado en sus vidas para escribir su ficción. El personaje central de La bruja de Portobello es una gitana rumana adoptada de niña por cristianos libaneses y que vive en Londres, quien descubre poderes sobrenaturales a través de la danza. Athena, el nombre que adopta el personaje, fue inspirado por un encuentro que Coelho tuvo con una aeromoza rumana que asistió a una charla suya en Viena hace varios años. La aeromoza luego cenó con él, y más adelante lo acompañó en un viaje que hizo a través de Rumania. La prostituta de Once minutos también tiene una homóloga entre sus lectores: una prostituta que asistió a una firma de libros en Ginebra y que luego lo llevó a conocer la Rue de Berne, en la zona roja. Coelho se inspiró en las experiencias de esta mujer, así como en las de otra prostituta especializada en sadomasoquismo, para escribir el libro.
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