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El placer de las digresiones

Una entrevista con Javier Marías

La reciente publicación de Tu rostro mañana, la singular meganovela de Javier Marías, es el pretexto para que el autor explore, en compañía de Juan Gabriel Vásquez, los meandros y misterios de su literatura.
El placer de las digresiones
Edición N° 109

N° 109

Junio de 2010[ ver índice ]

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Javier Marías se ha ganado cierta fama de excéntrico, y no es difícil ver por qué. No es porque su casa de retiro –en Soria, a 230 kilómetros de Madrid– reproduzca todo lo que utiliza en su residencia principal, desde la máquina de escribir hasta la afeitadora; no es porque se haya negado siempre a usar computadores, ni porque se comunique con el mundo solo por fax y correo ordinario. Marías es rey: el rey Xavier I de Redonda. El proceso de su coronación está explicado en su libro Negra espalda del tiempo: en el siglo XIX, un magnate tomó posesión de una isla diminuta e inhabitada del Caribe y declaró rey de ella a su hijo, que crecería para convertirse en el escritor de ciencia ficción Matthew Phipps Shiell, cuyo nom de plume es M. P. Shiel. Al morir Shiel en 1947, la isla y el título fueron heredados por el también escritor John Gawsworth. Varias sucesiones después, Marías, que había escrito sobre Gawsworth y Redonda en su novela Todas las almas, recibió un día una llamada en que Jon Wynne-Tyson, fideicomisario de Gawsworth, le proponía ser el siguiente rey. La corona carece de todo valor, pero a Marías le ha permitido, siguiendo la tradición, otorgar aquí y allá ficticios títulos nobiliarios. El cineasta Pedro Almodóvar es duque de Trémula; J. M. Coetzee es duque de Deshonra; Alice Munro es duquesa de Ontario.

Marías, nacido en Madrid en 1951, fue un escritor precoz: publicó sus dos primeras novelas, Los dominios del lobo y Travesía del horizonte, con 19 y 21 años respectivamente. Eran textos paródicos, hechos con el cine norteamericano y las novelas de aventuras que el joven había consumido con pasión, y que le hicieron objeto de una crítica que lo acompañaría siempre: ser poco español. Para cuando apareció El siglo, en 1983, Marías ya era un escritor hecho y derecho. Sobre las novelas que siguieron a aquella –El hombre sentimental, Todas las almas, Corazón tan blanco, Mañana en la batalla piensa en mí, Negra espalda del tiempo– se podrían decir muchos lugares comunes: “le granjearon un éxito de...”, “le merecieron un lugar en...”. Yo prefiero señalar que su lectura fue para mí una epifanía: nunca había escuchado en mi lengua una voz semejante, y durante varios años la literatura española después de Franco se redujo para mí a Marías y otros dos nombres. Deliberadamente híbrida y desvergonzadamente anglófila, la voz de Marías me abrió varias puertas y me liberó de varios complejos. Tuvo en mi caso el mejor efecto que puede tener una influencia: me permitió hacer cosas que hasta ese momento había creído prohibidas. Desde entonces he leído todo lo que Marías ha escrito, e incluso lo que, habiéndolo escrito él, no ha inventado: la primera vez que leí El espejo del mar, de Conrad, fue en su traducción, no en el original.

El novelista es hijo del filósofo Julián Marías (1914-2005). Después de la victoria del general Franco en la Guerra Civil Española, muchos intelectuales de tendencias liberales sufrieron la persecución del fascismo triunfador. Julián Marías fue uno de ellos: traicionado por un amigo en circunstancias confusas, pasó tres meses en prisión y luego se le prohibió trabajar como profesor y publicar sus escritos. La traición, ficcionalizada, es uno de los ejes de Tu rostro mañana, la singular meganovela de 1.300 páginas que Marías publicó en tres tomos entre 2001 y 2007. Su narrador, Jaime o Jacques o Jack o Jacobo Deza (su nombre cambia durante la narración, según su interlocutor y otras circunstancias), es un español que ha sido contratado por el Servicio Secreto británico para formar parte de un equipo singular: son personas cuyo talento es interpretar a los otros. Es decir, personas capaces de saber, mediante el estudio de los gestos y las palabras de otro, cómo reaccionará en el futuro, qué probabilidades lleva en su sangre: cómo será su rostro mañana.

Cuando le pedí que me recibiera en su estudio de Madrid, fue para hablar de este libro, que para mí es uno de los grandes acontecimientos de la narrativa contemporánea en mi lengua. Lo primero que hizo al recibirme fue enseñarme sus tesoros conradianos –Conrad es una pasión que compartimos–: una carta enmarcada y un par de ediciones autografiadas. Marías es un coleccionista: tiene una cigarrera que fue de Arthur Conan Doyle, por ejemplo; tiene, también, un álbum de cromos de la Liga Española de 1959. Puesto que el fútbol es otro entusiasmo que compartimos –aunque desde extremos opuestos de la rivalidad Madrid-Barça–, convinimos que al final encontraríamos el momento para hablar un rato de fútbol.

Y luego comenzamos a hablar de libros.

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