Pocos retratos familiares incluyen algo más que primos lejanos o ancestros desconocidos. En esta excepción, el protagonista de la foto es el gran físico alemán.
En mi casa nunca hubo una galería completa de fotos familiares. Tendríamos a lo sumo una o dos en algún portarretrato sobre la mesa de noche, pero nada más. Solo mi hermana mayor pudo hacerse, y de chepa, una foto de estudio con mi madre en su primer cumpleaños; los que le seguimos no tuvimos ese privilegio. Digamos que el impulso de proyectarnos como una familia exitosa y feliz se diluyó en el embrollo de la vida cotidiana. En cuanto a mis padres, la única foto que registra su matrimonio fue tomada por un tío que ese día llevó casualmente su “máquina de retratar”, como llamaban entonces a las cámaras; las fotos oficiales de la boda se perdieron para siempre en una maleta que se llevaron los ladrones.
En la biblioteca de mi padre, en cambio, sí había una imagen excepcional: estaba en un marco de madera cruda que colgaba de un hilo de cáñamo formando un triángulo desde el clavo y que por alguna razón misteriosa siempre estaba torcido. La foto en blanco y negro mostraba a dos hombres, uno muy joven y el otro muy viejo. El joven era mi padre y el viejo Albert Einstein. Yo suponía de niña que ese viejo de pelo largo y canoso era mi pariente porque tenía una mirada dulce y una sonrisa a medias que me parecía pícara. Había grandes conversaciones acerca del retrato cuando venía a casa algún amigo de mi padre que no lo conocía. Yo me sentía orgullosa del viejito extravagante; me parecía bueno que fuera parte de mi vida.
Mi padre se graduó en derecho y ciencias económicas en la Universidad Javeriana en 1944. Al año siguiente fue a Princeton a hacer un máster en economía y allí conoció a Einstein, que había llegado de Alemania en 1933, el año del ascenso de Hitler al poder. En 1945, acababa de terminar la Segunda Guerra Mundial y se vivía en Estados Unidos una especie de euforia que mi padre solía relatarnos en la mesa. Nos contaba que estaba en Nueva York cuando París fue liberada por las tropas aliadas; que Lily Pons, una cantante de ópera famosa por su cintura de avispa, cantaba “La Marsellesa” subida en un carro de bomberos y que todos lloraban de alegría y agitaban pañuelos blancos al paso del desfile. Eran tiempos en los que el futuro parecía ofrecer un mundo nuevo y supongo que mi padre veía la vida así a sus 23 años.
Albert Einstein vivía en Princeton y le gustaba caminar por el campus de la universidad, lleno de senderos, preciosos jardines de estilo inglés y rincones perdidos con bancas de madera y hiedras trepando por los muros de ladrillo. Había orden expresa de la administración de no establecer conversación con él. Me imagino a muchos estudiantes con ganas incontenibles al menos de saludar al más grande físico teórico de todos los tiempos, al hombre más destacado del siglo XX.
Era obligación de los estudiantes de postgrado tomar cursos de algún idioma distinto a su lengua materna. Mi padre optó por el alemán y su profesora fue la señora Eisenhart, que vivía en el campus, en una de esas primorosas casitas de dos plantas. Las clases de alemán eran individuales porque no había muchos estudiantes interesados en este idioma, de manera que la señora Eisenhart le enseñaba alemán a mi padre en la sala de su casa todas las tardes a las seis, después del té. Albert Einstein, para entonces viudo, tomaba el té en casa de la señora que era también una intelectual judía alemana, casada entonces con el profesor Luther Pfhaler Eisenhart de la Universidad de Princeton. Así que cuando el viejo salía de la casa a menudo se cruzaba con mi padre en la escalera de entrada. “Buenas tardes, señor”, “Buenas tardes, joven”. Y mi padre esperaba a que terminara la última cháchara de los viejos en la puerta de la casa. A fuerza de repetir estos cortos encuentros, había ya cierta cercanía con Einstein. Una mañana de invierno en que el científico tomaba el sol en una banca de jardín, mi padre y un compañero de estudios tuvieron el arrojo de pedirle posar para una foto.
Es un bello retrato y su belleza crece para mí cuando pienso que sobrevivió de milagro. El negativo terminó cortado en delgadas tiritas en las manos de mi hermana y las mías. Estaba guardado con otros cientos en una caja metálica olvidada en los estantes de la biblioteca; jugábamos a meternos las tiritas entre los dientes para sentir un cosquilleo que nos destemplaba cuando soplábamos con fuerza. En la fotografía original que encontré hace un par de años en un baúl, aparecen mi padre, Einstein y el compañero desconocido frente a una edificación con tejas de madera. Einstein está parado en un escalón y mi padre está a la izquierda sobre el prado. Detrás se ven los árboles desnudos del invierno, la nieve cubre por retazos el suelo y parte de los techos. Einstein no usaba medias ni siquiera en invierno, eso era bien sabido en Princeton, y llevaba ese día los pantalones arremangados a la altura del tobillo. Cosas de genio loco.
De niña pensaba que Einstein era un gigante porque la foto que colgaba en la biblioteca estaba intervenida y los dos hombres aparecían de la cintura para arriba. Pero no debía medir más de 1.63 metros, según mis cálculos mentales. Hernando de Francisco, que trabajaba en el departamento de publicidad de la Esso, había intervenido la fotografía eliminando al estudiante desconocido y quemando con bromuro el segundo plano, de manera que Einstein y mi padre parecen estar flotando en un vago vapor gris, un resultado final muy celestial que esconde el prosaico móvil del retrato. La intervención incluyó también un retoque con lápiz al rostro de mi padre y a las solapas de su abrigo, supongo que con el propósito de darle un aire más solemne, pero Einstein permanece intacto. No se atrevió el interventor a tocar su hermosa figura.
Reapareció la foto original, se destruyeron los negativos, murieron Einstein y mi padre y sigue colgando del mismo clavo el retrato retocado y descolorido. Yo veo en la mirada de mi padre el brillo de la juventud y en la mirada de Einstein la luz de los que saben cosas. He vuelto a ver otras fotografías de Einstein en cientos de publicaciones y en todas percibo cierta actitud condescendiente, como si un halo de humildad le pusiera los pies en la tierra. Me satisface que en mi casa se conserve la foto sin más pretensiones, en el justo lugar que le corresponde, en el mismo marco de madera cepillada.
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